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El Infiltrado

El Infiltrado




El Infiltrado
Ethel era una mujer casada,comprometida, fiel y leal. De rasgos suaves y expresivos, su melena larga yondulada de tonos dorados enmarcaba un rostro iluminado por unos ojos grandes yoscuros que transmitían una mezcla de dulzura y confianza. Su figura, bonita,estilizada y sensual, equilibraba curvas suaves con una postura natural ysegura. Su presencia desprendía feminidad, calidez y un atractivo discreto peroinnegable.
Estaba casada con Manuel, elmejor amigo de Iván. Manuel era empleado en la empresa de Iván; un hombre superamable pero inseguro, de complexión gordita y rasgos toscos que la sociedadconsideraba poco atractivos. Ethel lo había elegido por protección y seguridad,buscando en su bondad un refugio estable, aunque sin la pasión que a vecessusurraba en sus sueños.
Por su parte, Iván era un hombrede complexión poderosa, con un físico claramente trabajado y definido. Su torsomostraba músculos marcados, venas visibles en los brazos y una postura firmeque denotaba disciplina y fuerza. La barba recortada y el cabello oscurocompletaban una apariencia robusta y masculina. Sus rasgos transmitíandeterminación, y su expresión seria subrayaba un carácter intenso. Representabala dedicación absoluta al entrenamiento y a la autosuperación.
Iván conoció a Ethel en una cenacasual en casa de Manuel. Ella abrió la puerta, y su imagen le dejó sinaliento. El mundo pareció detenerse mientras la observaba: su sonrisatranquila, esos ojos oscuros que lo miraron con curiosidad, el modo en que su vestidoceñido acariciaba su figura elegante. En ese instante, Iván supo que estabaperdido. Su corazón latió con una fuerza desconocida, y no pudo apartar lamirada de ella en toda la noche.
Ethel, por su parte, tambiénsintió un impacto similar. Al cruzar una mirada con Iván, algo en su interiorse estremeció. Le encantó su presencia intensa, la seguridad que emanaba, elcontraste entre su fuerza exterior y la timidez con que bajó la mirada alsonrojarse. Pero rápidamente apartó esos pensamientos, escondiéndolos bajo elmanto de su matrimonio y sus valores. Era una mujer leal, y Manuel, a pesar desus inseguridades, era su esposo.
Días después, Iván la agregó enFacebook. Ethel aceptó con un nudo en la garganta, consciente del peligro. Asícomenzó un silencioso juego de complicidad. Sin intercambiar mensajes, sededicaban a darse "me gusta" en todas las fotos. Cada like de Iván enuna imagen de Ethel -ya fuera un recuerdo de vacaciones, una selfie casual- eraun mensaje cifrado de admiración. Cada like de Ethel en una foto de Iván -entrenandoen el gimnasio, un logro laboral- era una confesión muda de atracción.
Era un baile digital decoquetería reprimida. A las 11 de la noche, si Ethel publicaba una foto, Ivánera el primero en reaccionar. Si Iván compartía un logro, el corazón rojo deEthel aparecía al instante. Se convirtió en un ritual, un código secreto quesolo ellos entendían, un puente frágil sobre el abismo de lo no dicho.
Pero para Iván, eso ya no erasuficiente. La desesperación crecía en su interior, alimentada por cada imagende Ethel junto a Manuel, cada sonrisa que le parecía forzada. Anhelaba más,necesitaba cruzar esa línea invisible.
Fue entonces cuando comenzó aidear un plan. No podía ser algo directo, que la asustara o que traicionaraabiertamente a su amigo. Tenía que ser sutil, un acercamiento estratégico.Empezó a incitar a Manuel a salir los viernes por la noche. "Un hombrenecesita desestresarse", le decía Iván, poniéndole una cerveza en la mano.Lo llevaba a bares discretos y, con la excusa de celebrar el fin de semana, lepedía rondas y más rondas, asegurándose de que el vaso de Manuel nuncaestuviera vacío. Al principio, Manuel regresaba a casa solo alegre, pero con eltiempo comenzó a llegar tambaleándose, con la voz pastosa y la mirada perdida.Ethel, desde la puerta, lo recibía con los brazos cruzados y el ceño fruncido.Sus reclamos eran un eco de decepción: "Otra vez, Manuel. ¿Esnecesario?". Pero él, sumido en la culpa y la resaca, solo balbuceabaexcusas.
La oportunidad de oro para Ivánllegó con la organización de las despedidas de soltero. Primero fue la deCarlos, un compañero de la empresa. Iván, como maestro de ceremonias, orquestóuna noche de excesos. Se aseguró personalmente de que la copa de Manuel fuerala más llena, animándolo con brindis constantes. "¡Por la amistad, Manuel!¡Por los que se quedan!". Cuando la noche estaba en su punto más álgido ylas strippers bailaban sobre la mesa, Iván, con la frialdad de un estratega,sacó su teléfono. Disparó varias fotos: Manuel, con la camisa desabrochada y lamirada vidriosa, sonriendo de manera ebria entre dos mujeres semidesnudas. Nofueron fotos explícitas, sino lo suficientemente sugerentes. De forma anónima,a través de un perfil falso, esas imágenes llegaron al Facebook de Ethel.
La reacción fue un terremotosilencioso. Ethel, al ver las fotos, sintió que el suelo cedía bajo sus pies.No fue solo la borrachera, fue la humillación pública. Cuando Manuel llegó,ella no alzó la voz. Le retiró la palabra. La casa se convirtió en un campo dehielo durante varios días, donde el sonido del portazo de la habitación deEthel era la única comunicación.
Fue entonces cuando Chayo, lacómplice inconsciente, entró en escena. Amiga en común y compañera de trabajoen la empresa, Chayo era la confidente de ambos. Al ver a Ethel tan afectada,no dudó en animarla. "Marifer, la de contabilidad, también se casa. Hayuna despedida de soltera el sábado en 'La Guarida'. Tienes que venir, Ethel. Nopuedes dejarlo pasar. Él hace lo que quiere y tú te pudres en casa.¡Empodérate! ¡Que vea que no eres un felpudo!".
La idea, sembrada por Chayo,encontró un terreno fértil en el resentimiento de Ethel. La lealtad que siemprela había definido se agrietó, reemplazada por un deseo punzante de desquite.Asistir a esa fiesta ya no era solo una salida; era una declaración de guerra.Una lección que Manuel necesitaba aprender. Se miró al espejo esa noche con unadeterminación nueva. Se puso un vestido negro, más ceñido de lo habitual, ypintó sus labios con un rojo audaz que era un grito de rebelión. Iba a ir a ladespedida de Marifer, pero en su mente, era su propia despedida... de la mujersumisa que había sido. Y en el fondo, sin querer admitirlo, una parte de ellase preguntaba si Iván estaría al tanto de todo esto.
Pero Iván estaba más que altanto... estaba orquestando. Él mismo había contratado a tres strippers paraque lo acompañaran a la fiesta a "animarla". "Llevaremosmáscaras de luchadores para dar más emoción y anonimato", les dijo, ocultandosus propias intenciones tras la fachada del espectáculo. Y así fue como el planse puso en marcha.
Ethel arribó a la fiesta esanoche con el corazón latiendo a un ritmo de rebelión. Lucía deslumbrante. Suvestido negro, un sedoso escote que se ceñía a sus curvas como una segundapiel, y sus labios rojos eran un manifiesto de una feminidad que había tenidoreprimida. El dorado cálido de su melena brillaba bajo las luces tenues, y susojos, normalmente tan serenos, tenían un destello de ansiedad y determinación.
Chayo, fiel a su papel, no seseparó de su lado. "¡Para que vea ese gordito desagradecido lo que sepierde!", le decía mientras, con mano rápida, le llenaba la copa con uncóctel dulce y traicionero. Ethel, que no estaba acostumbrada al alcohol,empezó a sentirse mareada, y con la marez llegó una desinhibición temblorosa.La música le envolvía, y la euforia general de las mujeres a su alrededor eraun contagio. "Tranquila, Ethel, aquí no hay hombres y estamos seguras.¡Somos puras mujeres!", le susurraba Chayo, empujándola suavemente haciael abismo mientras le servía otra copa.
Justo cuando Ethel comenzaba areír con una libertad que no sentía desde hacía años, las luces se apagaron porcompleto. Un grito colectivo de emoción recorrió la sala antes de que un foco barrierael espacio, iluminando la entrada. Cuatro figuras masculinas, torsos desnudos ypoderosos enfundados en leggings oscuros, emergieron de la penumbra. Llevabanmáscaras de luchador que ocultaban sus rostros, pero no podían esconder susfísicos.
Uno de ellos, con una máscaradorada que relucía como un dios pagano, destacaba entre todos. Su complexiónera escultural, cada músculo abdominal una losa definida, sus piernas gruesas yfuertes como columnas. Pero la mirada de todas, casi de forma magnética, sedirigía irresistiblemente hacia lo que el ajustado calzón acentuaba de maneraobscena y fascinante: una prominencia voluminosa y firme que prometía unavirilidad abrumadora.
Chayo, sabiendo el guion, seacercó a Ethel, cuya boca se había entreabierto ligeramente, y le susurró en eloído con una voz cargada de complicidad: "Qué bárbaro el de la máscaradorada... ¿Ya viste lo que trae en la entrepierna? Es un semental".
Ethel miró en esa dirección y uncalor repentino le incendió las mejillas. Una mezcla de vergüenza, curiosidad yun deseo primitivo que nunca antes había experimentado la atravesó como unadescarga. Su mente de mujer casada, que solo había conocido la intimidad con unhombre de dotación modesta —una "lombriz" en el cruel léxico de sufrustración silenciosa—, se sintió de pronto sobrecogida por la vista. Allí, ensu estado de embriaguez y despecho, esa imagen era la encarnación de todo loque su matrimonio seguro y estable le negaba: el riesgo, la carnalidad pura, laentrega a un instinto que siempre había domesticado.
Una lucha interna, pequeña peroferoz, estalló en su pecho. Sus valores, su lealtad, levantaban una banderablanca y gastada. Pero la humillación de las fotos, la soledad de su cama, y ellicor ardiente en sus venas empujaban esa bandera hacia abajo, sustituyéndolapor el destello dorado de una máscara y la promesa prohibida de lo que habíadebajo.
La música electrónica retumbó,marcando el inicio del espectáculo. Durante un minuto aproximado, los cuatrohombres ejecutaron una coreografía sincronizada de movimientos sensuales ypoderosos. Las mujeres enloquecieron, gritando y aplaudiendo, convirtiendo lasala en un torbellino de euforia. Poco a poco, como depredadores eligiendo asus presas, los strippers comenzaron a separarse. El de la máscara doradaavanzó, imparable, hacia Ethel.
Ella, con una risa nerviosa quele temblaba en los labios, trataba de esconderse tras Chayo, de desviar suatención hacia las demás. "No, por favor, yo no bailo", murmuró, perosu voz se perdió en el griterío. Chayo, con una sonrisa cómplice, la empujósuavemente hacia el torso sudoroso del luchador. "¡Son puras bromas,Ethel! ¡Déjate llevar!". Los otros tres strippers ya tenían a suscompañeras en brazos, y la presión social y la curiosidad fueron más fuertesque su resistencia. En segundos, la mano enorme y caliente del hombre de oro seposó en su cintura, atrayéndola hacia él.
Ethel sintió cómo el mundo sereducía a ese contacto. Su mano en la espalda baja, firme y posesiva. Y luego,la presión inconfundible, el bulto duro y prominente que se acercaba y seretiraba al ritmo de la música, rozando su vientre a través de la fina tela desu vestido. Una oleada de calor la recorrió de la cabeza a los pies. Eravergonzoso, era obsceno, pero una parte de ella, ahogada durante años, despertócon un gemido ahogado en la garganta. La lucha interna fue breve: la decepción,el licor y la proximidad de aquel cuerpo escultural apagaron la última chispade recato. Dejó de resistirse, y terminó bailando pegadita a él, su mejillaapoyada en su pectoral, sintiendo el latido acelerado del hombre bajo su piel,o quizás era el suyo propio.
Luego, los strippers iniciaronsus juegos. Uno de ellos involucró, por supuesto, a Ethel y al luchador dorado.El juego era simple: "El beso de la suerte". El hombre con la máscarase acostaría en el suelo y la mujer elegida debería tomar un caramelo con loslabios de su boca. Chayo y las demás coreaban su nombre. "¡Ethel,Ethel!".
Él se tumbó, la máscara doradamirándola fijamente. Ethel, entre risas nerviosas y con el corazón en la boca,se inclinó sobre él. Podía sentir su aliento cálido. Justo cuando sus labios seaproximaban al caramelo, sus manos se enredaron en su melena dorada. En unmovimiento audaz, no le permitió tomar el dulce. En su lugar, cerró ladistancia y capturó sus labios con los suyos.
No fue un roce tímido. Fue unbeso profundo, atrevido, posesivo. Su boca se movió sobre la de ella con unaexperiencia devastadora, y cuando la lengua de él buscó la entrada, Ethel,mareada por la sorpresa y el deseo, se rindió. Abrió la boca permitiéndoleexplorarla en una danza húmeda y sensual que la dejó sin aliento. Un zumbidollenó sus oídos, el ruido de la fiesta se desvaneció en un lejano eco. Cuandoél finalmente se separó, Ethel se incorporó tambaleándose, viendo estrellas.Sus labios, pintados de rojo, ahora estaban manchados y sensibles. El mundo yano era el mismo. El sabor a menta y a peligro del luchador enmascarado habíaborrado, por un instante, todo lo demás.
La música siguió fluyendo, unlatido constante que se fundía con el ritmo acelerado del corazón de Ethel. Losjuegos continuaron, pero para ella, el mundo se había reducido a un únicopunto: el hombre de la máscara dorada. Él, con una confianza animal, la habíaguiado lejos del grupo, hacia una esquina más oscura de la sala, y ella se dejóllevar, sin voluntad, hipnotizada. Bajo la débil luz, su mano, casi porvoluntad propia, se deslizó para acariciar discretamente el torso desnudo delluchador. Sus dedos recorrieron la geografía de músculos definidos, esosabdominales duros como roca que se contraían bajo su tacto. Una sensación deasombro y pura lujuria la recorrió; era una textura, una fuerza que su cuerponunca antes había explorado, y la maravilló.
La música bajó de intensidad,transformándose en un blues sensual y lento. Los strippers guiaron a las demásmujeres hacia un banco largo para otro juego, pero el luchador dorado,ignorando el guion general, llevó a Ethel a un banco apartado en la esquina. Laprivacidad relativa, la penumbra y la distancia de las miradas curiosashicieron que Ethel se sintiera más confianzuda, como si las reglas del mundoexterior ya no aplicaran en este rincón escondido.
Entonces, él comenzó adesvestirse de manera teatral. De la nada, sacó una bandera de seda negra,grande y ondeante. Con movimientos fluidos y sin darle tiempo a reaccionar, laenvolvió a ella y a él mismo, creando una tienda improvisada, una "casita"íntima que los aislaba del resto. Desde afuera, solo se verían dos figurasenvueltas en tela, un juego más del espectáculo. Pero en el interior, larealidad era otra.
Ethel rió nerviosa, la risaahogada por la tela que los cubría. "¿Qué haces?", susurró, pero suprotesta era débil, cargada de una excitación que ya no podía negar.
En respuesta, él, con unmovimiento decisivo, se bajó el ajustado calzón. Y allí, liberada, apareció suverga: enorme, gruesa y poderosa, con una furiosa erección que palpitaba.Estaba acompañada por dos testículos grandes y pesados, un paquete viril quedesbordaba masculinidad. Ethel la vio a escasos centímetros de su rostro,hipnotizada. Su mente, nublada por el alcohol y la excitación, no podíaprocesar el tamaño, la crudeza de la imagen. Era la materialización de todassus fantasías reprimidas y del despecho que ardía en su interior.
Dentro de su máscara, Iváncontuvo la respiración. Un pensamiento triunfante cruzó su mente: Alfin. Al fin te tengo donde te quería, preciosa.
Sin mediar palabra, su mano seentrelazó en su melena dorada, guiándola suavemente, pero con firmeza, hacia suentrepierna. Ethel, por primera vez en su vida fuera de su matrimonio, obedecióa un instinto primal. Con una timidez torpe, abrió la boca y comenzó a chupar.Al principio eran movimientos inseguros, apenas roces, pero él, con gruñidosbajos y aprobatorios, le fue indicando. "Más hondo... así... usa lalengua". Su mano en su nuca la guiaba con una presión que era a la vez unaorden y un halago.
Poco a poco, Ethel fuesoltándose, encontrando el ritmo. Su boca se adaptaba, engulléndolo con unaentrega cada vez más confiada. Una de sus manos, casi por instinto, se elevó ycomenzó a acariciar el enorme saco de testículos que colgaba bajo la base de suverga. La piel era increíblemente suave y tensa, y al masajearla, sintió cómoél bufaba, un sonido gutural de locura y placer que vibraba a través de sucuerpo. Era un sonido de dominio y de rendición, y a Ethel, en el fondo de suconfusión y su éxtasis, le encantó ser la causa.
La música cambiaba de ritmo, peropara Ethel el único compás era el que marcaba su boca sobre aquella verga quela hipnotizaba. Se había olvidado del lugar, de las amigas, de su nombre. Soloexistía la textura de piel caliente bajo su lengua, el peso de los testículosen su mano y el sonido de la respiración entrecortada del hombre que teníasobre ella. Estaba fascinada. Era grande, gruesa, todo lo que la de su maridono era: una promesa de placer intenso y prohibido que llenaba un vacío que niella misma sabía que tenía.
"¿Te gusta?", lepreguntó Iván, con la voz ronca por el placer, orgulloso al ver cómo se lachupaba con un ansia que ya no podía disimular.
Ethel, haciendo un sonoro pop alsacársela de la boca, jadeó para responder: "¡Me encanta...!" Y, sinpoder esperar, volvió a engullirla, como si temiera que fuera a desaparecer.
Iván, sabiendo que si continuabaasí no podría contenerse y terminaría llenándole la boca de leche, puso susmanos en sus hombros para detenerla suavemente. "Espera... espera a que lapruebas dentro...", le susurró con una voz cargada de promesas oscuras. Laguió para que se levantara, sus piernas temblorosas apenas lo sostenían. Con labandera aún envolviéndolos como una sombra, la condujo entre las sombras, lejosde las miradas, hacia una puerta lateral que daba a un pequeño cuarto de almacén.Un cuarto que él, previsor, había despejado y preparado con un colchón en elsuelo desde antes.
Empujó la puerta, metió a Ethelen la penumbra y la encerró con llave. El mundo exterior se apagó. Antes de quesus ojos se acostumbraran a la oscuridad, él se lanzó sobre ella, capturandosus labios en un beso que no tenía nada que ver con el juego anterior. Era unbeso de posesión, de hambre acumulada, una pasión indescriptible que le robó elaliento y le hizo olvidar hasta su propio nombre. Sus manos recorrían su cuerpocon urgencia, desabrochando el vestido, que cayó a sus pies como una pielmuerta.
"Estoy casada...",gemía Ethel entre besos, un mantra débil y automático. "... por favor, estoycasada...". Pero sus manos no lo empujaban; se aferraban a sus hombros,sus uñas se clavaban en la piel sudorosa de su espalda. Su cuerpo, traicionero,se arqueaba contra el de él.
Él no respondió con palabras. Ladesnudó por completo hasta que ella quedó temblorosa y vulnerable bajo la tenueluz que se filtraba por la rendija de la puerta. Ya no había vuelta atrás.Cuando la tuvo desnuda, no titubeó. La colocó contra la pared, y con unadeterminación feroz, guió su miembro hasta la entrada de su sexo, que, contratoda su voluntad declarada, estaba humedecido y lo esperaba.
Ethel gritó ahogada cuando lapenetró. Era un dolor agudo, expansivo, una sensación de estar siendo partidaen dos. "¡Sácala!... Duele... por favor, sácala", suplicó, conlágrimas asomándose a sus ojos.
Pero Iván, decidido, cegado porel deseo y la obsesión, no retrocedió. La sostuvo firme por las caderas."Shhh... ya pasará, preciosa...", murmuró con una voz que era a lavez un consuelo y una orden. Y entonces, con un empuje final y profundo, se lametió por completo, hasta el fondo, hasta que sus pesados testículos chocaroncontra la piel de sus nalgas con un sonido húmedo y definitivo. Un gemiditolargo y quebrado escapó de los labios de Ethel. El dolor comenzaba a ceder,transformándose en una sensación de plenitud abrumadora, un territoriodesconocido y brutal que, para su terror y su éxtasis, su cuerpo empezaba aaceptar.
Iván comenzó a bombearla conmovimientos largos y profundos, cada embestida una reclamación del territorioque tanto había anhelado. Y Ethel, para su propia sorpresa, se entregó porcompleto. El dolor inicial se transformó en una sensación de plenitud abrasadora.Aquella verga gruesa y larga llenaba cada espacio, rozando puntos internos queni siquiera sabía que existían. Sus gemidos, primero contenidos, seconvirtieron en quejidos descarados que resonaban en el pequeño cuarto, uncanto de liberación y lujuria que ya no podía, ni quería, controlar.
"¿Ves? Era esto lo que tefaltaba", le susurró Iván al oído, jadeante, antes de tumbarse de espaldasen el colchón. Sin necesidad de palabras, la guió para que se montara sobre él.Ethel, poseída por una fogosidad que le era completamente nueva, lo cabalgó conun ritmo descomunal, frenético. Sus caderas subían y bajaban con una energíasalvaje, el sonido húmedo y repetitivo de sus nalgas chocando contra sus muslosy testículos llenaba la habitación. Era una versión de ella misma que jamáshabía existido: una mujer desinhibida, poderosa en su propio placer.
Luego, Iván la puso a gatas sobreel colchón, la posición de perrito que la hacía sentir aún más vulnerable yposeída. Desde atrás, la penetró con una fuerza renovada, agarrándola de lascaderas para clavar cada embestida más hondo. Ethel gritó, con los ojos enblanco, cuando un orgasmo brutal la estremeció de pies a cabeza, un terremotointerno que la dejó temblorosa y sin aliento, segura de que nunca en su vidahabía sentido algo ni remotamente similar.
Finalmente, Iván la tumbó bocaarriba. En la posición del misionero, pero con una intensidad que nada tenía demarital, la miró fijamente mientras sus caderas encontraban de nuevo el ritmo.Ethel, ya en un éxtasis sensorial, sintió cómo otro clímax, aún más profundo,comenzaba a construirse dentro de ella. Justo cuando alcanzaba la cima, Iván sehundió hasta el fondo y, con un gruñido ronco y prolongado, eyaculó. Ethelsintió la eyección caliente y abundante llenándola por dentro, oleada trasoleada, una sensación de posesión tan primitiva como maravillosa. "Dios...es tanto...", murmuró, fascinada por la cantidad de semen que parecía notener fin.
Cuando su respiración comenzó acalmarse, Ethel, con una sonrisa tímida y llena de complicidad, le tocó lamáscara. "Quítatela", susurró.
Iván titubeó un instante, elmiedo a perder el hechizo momentáneo cruzándole por la mente. Se inclinó y ledio un beso suave en los labios. "Prométeme que no te irás de mi lado.Prométemelo".
Ella, cuyos valores y lealtadesahora yacían hechos añicos a sus pies, lo miró con una determinación nueva."Te lo prometo".
Con movimientos lentos, Ivándesató los cordones de la máscara y se la quitó. En la penumbra, la tenue luzque se filtraba por la puerta iluminó su rostro sudoroso, sus ojos intensosfijos en ella.
Ethel no se sorprendió. Unasonrisa triste y sabia se dibujó en sus labios. "Sabía en el fondo queeras tú...". Lo jaló hacia sí y se besaron de nuevo, un beso que ya no erade conquista, sino de un pacto secreto y un deseo recién descubierto.
Se besaron con tanta hambre, contanta urgencia de reafirmar lo sucedido, que la verga de Iván, que aún yacíadentro de ella, se endureció de nuevo, palpitando con fuerza. Esta vez, fueEthel quien, con una mirada perversa que jamás hubiera creído poseer, se sentósobre él. "Iván...", gritó su nombre sin vergüenza, mientrascomenzaba a moverse con un ritmo violento y sensual. "Me encanta estaverga... Es mía, ¿verdad? ¡Dime que es mía!".
"Tuya... solo tuya,preciosa", gruñó él, embelesado, mientras con una mano le sujetaba lacintura para ayudarla en su ritmo desenfrenado y con la otra le cubría unpecho, llevándoselo a la boca para chupar y morder el pezón con devoción. Elcuarto volvió a llenarse de sus gemidos, de los golpes de sus cuerpos y delnombre de Iván en los labios de Ethel, una confesión y una maldición quesellaba su nuevo destino.
Cuando finalmente cayeronrendidos, jadeantes y cubiertos de un sudor pegajoso, los besos se prolongaron.Eran besos diferentes ahora, más lentos, posesivos, cargados de la intimidadbrutal que acababan de compartir. Ethel, con la cabeza apoyada en su pectoral,susurró en la penumbra: "No quiero regresar a mi realidad...". Laalusión a Manuel, a su vida de lealtad y seguridad vacía, flotaba en el airecomo un fantasma.
Iván acarició su cabello dorado,enredado y húmedo. Su voz sonó firme, un decreto en la oscuridad:"Esta es tu nueva realidad... A mi lado y como mimujer".
Y se lo cumplió. Cuando afuera elsilencio reemplazó a la música y los últimos ecos de la fiesta sedesvanecieron, se pusieron de pie. Con la previsión de quien ha orquestado cadadetalle, Iván sacó de un rincón del cuarto una muda de ropa suya que teníaescondida: una camisa negra y unos jeans. Ethel, por su parte, se enfundó denuevo en su vestido negro, ahora arrugado y cargado con el aroma de sutransgresión. Al salir del cuarto, tomados de la mano, enfrentaron la miradacolectiva.
La futura novia, Marifer, y lasinvitadas que aún quedaban, las que habían visto a Ethel como la esposa fiel,la vieron emerger de la oscuridad. La sorpresa fue mayúscula, un silencioincómodo que se cortó con el primer aplauso, seguido por otros. La complicidaddel ambiente y la audacia del acto se impusieron al juicio. "¡Hacen unapareja super bonita!", exclamó Chayo con una sonrisa amplia y cómplice,abriendo los brazos para despedirlos como si fueran los reyes de la fiesta.
Iván no perdió tiempo. Condujo aEthel fuera del lugar, y ante la puerta, bajo la luz del amanecer que empezabaa teñir el cielo, la subió a su BMW como si fuera el mejor trofeo conquistado.No la llevó a la casa que compartía con Manuel. La llevó a su casa,a su territorio. Y esa noche, en su cama, la posesión se repitió con unaintensidad renovada, ya sin máscaras que ocultaran sus rostros, sellando unpacto no dicho sobre las ruinas de su vida anterior.
A la mañana siguiente, mientrasEthel aún dormía entre sus sábanas, exhausta y transformada, el abogado expertoen divorcios, un hombre eficiente y discreto pagado por Iván desde hacíasemanas, ya estaba activo. Los papeles comenzaron a moverse. La infiltraciónhabía concluido. La conquista estaba completa y Ethel ahora le pertenecía aIván…

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