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166📑La Tentación del Padre Juan - Relato Corto 🎃

166📑La Tentación del Padre Juan - Relato Corto 🎃

El calor del verano envolvía la parroquia, haciendo que cada respiración se sintiera pesada y cargada de sudor. El Padre Juan, acostumbrado a la rutina y a la disciplina, sentía que algo en el aire de aquel día lo inquietaba, un zumbido casi imperceptible que parecía recorrer la madera de la sacristía y los vitrales polvorientos.

Mariana apareció como un susurro, deslizándose con movimientos suaves y provocativos. Su vestido ligero apenas cubría sus curvas, y su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Pero algo en su mirada era distinto: un brillo que no era humano, y una sonrisa torcida, casi diabólica. Juan sintió un escalofrío recorrer su espalda, y al mismo tiempo, un deseo imposible de contener.

—Padre… necesito su ayuda —dijo ella, acercándose con pasos silenciosos, tan cerca que el calor de su cuerpo rozaba el suyo—. Los archivos siempre se me caen… y necesito que me enseñe a organizarlos.

Cada roce de sus manos al pasar los documentos era un latido eléctrico. Mariana inclinó su cuerpo para recoger un papel que había caído, dejando ver su culo perfecto, solo cubierto por un hilo rojo y Juan, incapaz de resistir más, la tomó por la cintura. La atrajo hacia él y sus labios se encontraron en un beso húmedo y urgente. La lengua de Mariana invadió su boca, explorando, retando, y Juan sintió que la devoción que lo sostenía se evaporaba en un fuego carnal.

Sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo. Las tetas de Mariana eran suaves, firmes y cálidas; cada caricia provocaba un gemido bajo y extraño, que parecía resonar en la madera de la sacristía. Mariana arqueaba la espalda, presionando sus caderas contra sus manos, guiándolo con movimientos que parecían diseñados para quebrar toda resistencia. Juan bajó sus manos hacia sus nalgas, apretando y levantándola ligeramente, sintiendo cómo su cuerpo respondía con ansia.

—Más… —jadeó Mariana, con una voz que era humana y demoníaca al mismo tiempo—. No te detengas…

Juan la levantó sobre el escritorio. Le arranco el hilo rojo de un tirón. La piel desnuda contra la madera fría intensificó su excitación. Sus manos exploraban cada rincón de su cuerpo mientras Mariana se movía con la cadencia de un felino, abriendo sus piernas, mostrandole su concha húmeda y brillante, guiando la pija dura del Padre hacia ella. Finalmente, la penetró lentamente, sintiendo cada estremecimiento,el calor de su concha, como le apretaba el pene, cada sacudida que ella le ofrecía. Mariana gemía con fuerza, abrazándolo, su lengua rozando su cuello, mientras un aura oscura parecía envolverlos, intensificando cada sensación.

Cada movimiento se volvía más intenso, más urgente. Juan la cogia sin compasión,  aumentaba la velocidad y profundidad de cada embestida, mientras Mariana respondía arqueando la espalda, apretándolo con sus piernas, gimiendo de placer y emitía un zumbido extraño, casi sobrenatural, que llenaba la sacristía. Su piel brillaba de sudor, sus cuerpos se pegaban, se movían al unísono, como si fueran uno solo. Cada gemido era una mezcla de éxtasis y advertencia; algo en ella no era humano, y Juan lo sentía en cada estremecimiento.

Finalmente, ambos alcanzaron el clímax con un estremecimiento violento. Juan cayó sobre ella, jadeante, y Mariana lo abrazó con fuerza, dejando escapar un grito que era humano y monstruoso a la vez. Fue entonces cuando su verdadero rostro comenzó a mostrarse: los ojos rojos, el brillo oscuro en su piel, la sonrisa que se alargaba más allá de lo natural. Su forma se distorsionó: la espalda arqueada, las piernas alargadas, los dedos afilados como garras. El aire alrededor de ellos parecía vibrar con una malicia palpable.

—Gracias por tu entrega, Padre —susurró con eco sobrenatural, mientras se metía los dedos en la concha y se lamía la leche del Padre —. Tu deseo me ha alimentado… y ahora eres mío.

Juan retrocedió, horrorizado. La criatura que había sido Mariana se deslizó de él con movimientos felinos, y él cayó de rodillas, atrapado entre el éxtasis y el horror. Su cuerpo aún temblaba de placer, pero el terror era absoluto. La sonrisa del demonio era cruel, sus ojos brillaban con hambre insaciable.

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—Los pecadores siempre caen… y tú, Padre Juan, has probado lo prohibido —susurró la criatura mientras desaparecía entre las sombras—. Esta iglesia ahora es mía.

El Padre Juan quedó solo, temblando, con la respiración agitada, su cuerpo aún recordando cada caricia y cada penetración. Pero su mente estaba marcada para siempre: imágenes de Mariana cambiando, riéndose, ojos rojos, sonrisa demoníaca, perseguían cada pensamiento. Cada noche, en sueños y pesadillas, su deseo y su culpa se entrelazaban, atrapándolo en un ciclo interminable de placer y terror.

El sacerdote nunca volvió a ser el mismo. La experiencia lo había destrozado, y la tentación había ganado por completo. Su fe se había convertido en miedo; su deseo, en obsesión. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos rojos de Mariana y sentía su sonrisa torcida. El demonio había ganado: no solo había seducido su cuerpo, sino que había quebrado su mente, dejando al Padre Juan en un estado de perturbación mental permanente, atrapado entre el placer prohibido y el horror que lo consumía.

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Moraleja: Cuidado en este Halloween… no todas las tentaciones vienen disfrazadas de putas bonitas. Algunas esconden algo mucho más oscuro, y a veces, ceder a la curiosidad puede costarte más que el placer: puede costarte tu alma.

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