
Lucas tenĂa 22 años, reciĂ©n egresado, con traje prestado y nervios de principiante.
Trabajaba como asistente administrativo en una de las oficinas más lujosas de la ciudad.
Y su jefa era una leyenda viva.
VerĂłnica Salazar.
41 años. Empresaria exitosa. Divorciada. Dueña de la mitad del edificio.
Siempre impecable: blusa entallada, falda ajustada, tacones y una mirada que podĂa derretir acero.

Él la miraba en silencio todos los dĂas… hasta que un viernes por la tarde, ella lo llamĂł a su oficina.
—Lucas, cerrá la puerta. Quiero hablarte… a solas.
Él obedeciĂł. Estaba nervioso. PensĂł que algo habĂa hecho mal.
—Tranquilo. No estás despedido —dijo ella con media sonrisa, sentada con las piernas cruzadas—. Todo lo contrario… tengo una propuesta que puede interesarte.
Lucas tragĂł saliva. VerĂłnica se levantĂł, caminĂł despacio hacia Ă©l. El perfume la precedĂa.
Se detuvo frente a él, muy cerca.
—Sos joven. Atractivo. Y... obediente.
Yo estoy en una etapa donde prefiero lo práctico. Lo directo.
¿Querés ser mi... chico exclusivo?
—¿Mi qué…?
Ella deslizĂł su mano por su pecho y bajĂł hasta el cinturĂłn.
—Mi amante. Mi sugar boy. Yo te pago. Vos me comés como a una diosa.
Y a cambio, te lleno de placeres.
Lucas estaba paralizado. Excitado. Incrédulo.
—¿Aceptás?
No dijo nada. Solo asintiĂł.
Verónica sonrió, lo empujó contra el escritorio y se arrodilló frente a él.
Le bajĂł el pantalĂłn y sacĂł su erecciĂłn palpitante con una sonrisa de loba.
—Mmm… que buena pija, sabĂa que tenĂas algo rico escondido.
Y empezó a mamársela con una lentitud experta, saboreándolo como un caramelo caro.
—Tranquilo… aún no acabamos de firmar contrato —murmuró entre succiones.
Lucas gemĂa bajito, mientras ella lo miraba desde abajo, tragándosela hasta el fondo, sin prisa.
Luego se puso de pie, se subió la falda, y se sentó sobre él, aún con los tacones puestos.
Sin ropa interior.
—Ahora, nene, dame lo que es mĂo —susurrĂł, guiándo su pija hacia Ă©l interior de su concha con una mano.
La penetraciĂłn fue intensa. Estaba mojada, caliente, hambrienta.
—¡Eso! ¡SĂ! ¡Rompeme, bebĂ©!
Verónica cabalgaba como una diosa salvaje, clavándole las uñas, moviendo las caderas con fuerza.
Los pechos rebotaban dentro de la blusa abierta.
Lucas jadeaba, sujetándola de la cintura, sintiendo cĂłmo lo exprimĂa con cada embestida.
—¡Me encanta tu pija joven! ¡Sos mĂo ahora! —gritaba ella, rozando el clĂmax.
Él acabó adentro de ella con un gemido brutal.
Y ella se quedĂł quieta, estremecida, con una sonrisa victoriosa.
—Perfecto, bebé.
Desde hoy… vas a tener todo lo que querés. Pero tu cuerpo me pertenece.

Al dĂa siguiente, tenĂa en su cuenta una transferencia de cinco cifras…
y una notita:
> "Gracias por la entrevista. Nos vemos esta noche. Lleva solo ganas.
Lucas llegó al restaurante sin saber qué esperar. Traje nuevo —pagado por ella—, zapatos brillantes, y nervios desbordados.
VerĂłnica lo esperaba en la mesa privada del fondo, con una copa de vino en la mano y un vestido rojo que parecĂa pintado sobre su piel.

Cuando lo vio, sonriĂł con la seguridad de una mujer que ya sabĂa lo que iba a pasar.
—Estás hermoso, bebĂ© —le susurrĂł al oĂdo cuando Ă©l se inclinĂł a saludarla—. Te quiero ver asĂ… pero sin ropa.
Durante la cena lo mimĂł con todo: platos caros, miradas atrevidas, un juego sutil de caricias bajo la mesa.
A Lucas le costaba concentrarse. SentĂa su pie rozarle la entrepierna. Y el calor subĂa más que el vino.
—Vamos —le dijo finalmente—. Quiero mostrarte… mi mundo.
El ascensor los llevĂł directo al piso 45. Penthouse privado. Vista de la ciudad. Cristales, arte moderno, olor a madera, y lujo por todos lados.
—Este… es mi nido —dijo Verónica, dejando su cartera en el sillón y sacándose los tacones.
Se acercó a él despacio, acariciándole el pecho, desabrochándole el saco.
—Ahora… quiero verte como más me gustás.
Le sacĂł la camisa, el cinturĂłn, el pantalĂłn.
Y lo empujó hacia su cama: amplia, suave, con sábanas negras de seda.
VerĂłnica se quitĂł el vestido, quedando solo con su ropa interior de encaje. Su cuerpo era de otro nivel: piel firme, pechos redondos, caderas generosas.
—¿Tenés idea de lo que me calentás? —dijo, subiéndose encima de él.
Lo besĂł con hambre, con fuego.
Lucas la desnudĂł por completo, acariciando cada centĂmetro, y cuando se inclinĂł a besarle las tetas, ella gimiĂł bajito:
—AsĂ… adorame, nene…
Él la recorrió con la lengua, desde los pezones hasta el ombligo.
Y cuando bajó más… la encontró con la concha empapada.
—¿Querés comérmelo? —le susurró, separando las piernas—. Hacelo bien, y te recompenso.
Lucas se lo lamiĂł lento, profundo, con toda la lengua.
Ella se retorcĂa, se mordĂa los labios, le hundĂa la cabeza con una mano.
—¡SĂ! ¡Eso! ¡AsĂ me gusta! ¡No pares!
Cuando no pudo más, lo subió de nuevo sobre ella y el le metió la pija entera en su concha con un gemido salvaje.
—¡Ufff… sĂ! ¡Rompeme!
La cogida fue intensa, hĂşmeda, salvaje. Lucas la tomĂł con fuerza, le besĂł el cuello, las tetas, la mordĂa mientras la embestĂa sin piedad.
VerĂłnica gemĂa fuerte, se arqueaba, se lo pedĂa todo.
—¡Más! ¡Más! ¡Quiero sentirte adentro hasta el alma!
Se pusieron de lado, luego él la tomó por detrás, hasta que ella tembló bajo él, acabando con fuerza.
Lucas acabó dentro de ella, jadeando, mientras la abrazaba desde atrás.
Quedaron en silencio, respirando juntos, sudados, satisfechos.
VerĂłnica lo mirĂł, con una sonrisa suave, y le acariciĂł el pecho con la palma.
—Gracias por aceptar. Me haces sentir… viva otra vez.
Lucas la besĂł en la frente.
Y pensĂł que eso apenas estaba empezando.

VerĂłnica le enviĂł el mensaje un viernes al mediodĂa:
> "CancelĂ© tus dĂas en la oficina. Te quiero para mĂ todo el fin de semana. Preparate: traje de baño, nada más. El resto lo pongo yo."
Lucas llegó al aeropuerto privado sin saber qué destino los esperaba.
Ella lo recibiĂł con lentes de sol, pareo blanco, labios rojos.
—Te ves comestible, nene —le susurrĂł antes de besarlo—. VenĂ, que te quiero sin camisa cuanto antes.
El jet privado los llevó a una playa exclusiva, privada, con cabañas abiertas frente al mar.
Horas después, caminaban descalzos por la orilla, el atardecer tiñendo de naranja el cielo.
VerĂłnica se soltĂł el pareo, quedando en bikini negro.
Lucas, solo con short, la miraba con hambre.
—¿Querés jugar? —preguntó ella, metiéndose en el agua.
Lucas la siguiĂł, y cuando estuvieron con el agua hasta la cintura, se besaron de nuevo.
Pero esta vez, con más hambre.
Las manos de ella bajaron por su pecho, su abdomen… y encontraron su dureza bajo el agua.
—Mmm… ya estás listo.
¿Querés cogerme… aquà mismo?
Lucas no respondiĂł. Solo la alzĂł en brazos.
VerĂłnica se sostuvo en su cuello y se lo metiĂł dentro, con un gemido suave.
—¡SĂ… asĂ… cogeme, mi chico!
El vaivĂ©n del mar los mecĂa mientras Ă©l la embestĂa con fuerza.
Las olas les llegaban hasta el pecho, y sus gemidos se perdĂan en el viento.
Ella se aferraba a sus hombros, con el rostro hacia el cielo, el sol bañándole las tetas.
Lucas la tomaba con ambas manos, sintiéndola ajustada, caliente, salvaje.
—¡Sos mĂo! ¡Mi adicciĂłn! ¡No pares! —gritaba ella.
Cuando el orgasmo la recorriĂł entera, se estremeciĂł entre sus brazos.

—Acabá dentro… quiero sentirte llenarme toda, mi amor…
Y Ă©l obedeciĂł, explotando dentro de su vagina con un gemido contenido, mientras las olas seguĂan acariciándolos.
Ya de noche, se ducharon juntos en la cabaña.
Lucas la lavaba con cuidado, acariciando su espalda, sus piernas, su cuello.
VerĂłnica lo mirĂł con una sonrisa tranquila.
—¿Te das cuenta lo que sos para m�
—DecĂmelo —susurrĂł Ă©l.
Ella le tomĂł la mano y la llevĂł a su pecho.
—Un lujo… que nunca más quiero dejar de pagar.
La noche habĂa caĂdo sobre la costa.
En la cabaña solo se escuchaban las olas de fondo… y las respiraciones entrecortadas.
VerĂłnica caminaba desnuda por la habitaciĂłn, con una copa de vino en la mano y fuego en la mirada.
—Quiero que te relajes, mi chico —dijo, sentándose en el borde de la cama—. Esta noche... vas a darme todo.
Lucas, también desnudo, se acercó con el cuerpo tenso. Ella lo detuvo con una mano y lo miró de abajo hacia arriba, admirando cada músculo.
—Me encanta cómo me mirás —susurró él.
—Y yo muero por saborearte —contestó ella, tomando su pija con delicadeza, como si acariciara oro caliente.
Lo lamiĂł lentamente. Primero la punta. Luego el tronco. Con la lengua suave, con los labios cerrados.
Lucas arqueĂł la espalda, soltando un gemido.
—Dios, Verónica…
—Shhh… disfrutá.
Lo mamó con fuerza creciente, salivando sobre él, tragándolo sin prisa. Lo miraba desde abajo con esa mirada suya, de mujer que sabe lo que hace.
Lucas no pudo más y la sujetó de los cabellos, sin empujar, solo agradeciendo el placer.
—Quiero sentirte —dijo ella, parándose y subiendo a la cama.
Se montĂł sobre Ă©l sin guĂa. Se deslizĂł encima, recibiĂ©ndo su pija por completo con un suspiro profundo.
—¡Ufff… sĂ… eso! ¡Quedate quieto… yo marco el ritmo!
Lo cabalgaba con movimientos lentos, ondulantes, rotando las caderas.
Sus tetas saltaban, sus uñas se clavaban en su pecho.
Lucas no podĂa creer lo que estaba sintiendo.
—¡Tenés algo adictivo! —jadeaba ella—. ¡Me llenás de una forma que me vuelve loca!
Aceleró. Lo montó más rápido, con violencia dulce, con pasión desatada.
—¡No pares! ¡Rompeme la concha, bebé! ¡Quiero acabarte encima!
Se corriĂł temblando, gritando con el cuerpo entero, sintiendo cada latido dentro de ella.
Pero no se detuvo. Se inclinĂł, lo besĂł, lo lamiĂł, lo acariciĂł como si quisiera devorarlo.
—Dame más. TodavĂa no terminamos.
Se puso en otra posiciĂłn, bajando lentamente sobre Ă©l, susurrando cosas al oĂdo, mientras lo guiaba hacia otro ritmo más lento… más profundo.

Lucas se entregĂł por completo. Gemidos, piel contra piel, manos desesperadas.
Al final, se vino con fuerza, apretando los dientes, estremecido, sintiendo cĂłmo ella lo apretaba, lo recibĂa, lo abrazaba con todo su cuerpo.
Quedaron en silencio.
Sudados. Exhaustos. Conectados.
Verónica le acarició el pecho con una mano y apoyó la cabeza en él.
—Gracias por ser tan mĂo… No sabĂ©s cuánto me hacĂ©s bien.
Lucas la besĂł en la frente.
—No quiero estar en otro lugar que no sea acá. Con vos.
Ella sonriĂł. Se acomodĂł entre sus brazos.
Y la noche los envolvió en calma, después de tanto fuego.

La relaciĂłn entre Lucas y VerĂłnica seguĂa ardiendo.
Escapadas secretas. Regalos caros.
Sexo salvaje en hoteles, oficinas, y hasta dentro del auto con vidrios polarizados.
Pero lo que empezó como un juego privado… pronto empezó a dejar huellas.
Una mañana, en la oficina, Mara, la nueva asistente personal de Verónica, lo miró con sospecha.
Lo vio salir del ascensor minutos después que ella.
Lo vio con la misma camisa de la noche anterior.
Y lo peor: lo escuchó sin querer en el baño, hablando con un amigo.
—SĂ, me tiene loco. Me lleva a todos lados… y en la cama… uff. Es una bestia.
—¿Estás hablando de una mina mayor?
—Es mi jefa.
Eso bastĂł.
Dos dĂas despuĂ©s, VerĂłnica lo llamĂł a su oficina. Pero su tono no era el de siempre.
—Lucas… cerrá la puerta.
Él obedeció.
Ella no lo mirĂł como antes. TenĂa los brazos cruzados, el rostro serio.
—¿Le contaste a alguien?
—¿A quĂ© te referĂs?
—No me tomes por tonta. Te escucharon hablar.
Y ya corren rumores en toda la empresa.
Algunos piensan que estás acá por… favores.
Lucas tragĂł saliva.
—Yo… no dije nombres. No conté nada concreto.
—Pero lo insinuaste. Y eso me jode más que cualquier otra cosa.
Se levantĂł de la silla. Su perfume aĂşn lo volvĂa loco.
Pero ahora habĂa distancia. Frialdad.
—Te cuidé, te di todo… y vos, en vez de callarte, te agrandás.
—Verónica, yo no quiero perderte.
Ella lo mirĂł fijo.
—Entonces hacé algo.
Demostrame que no estás solo por el sexo… o por el dinero.
Porque si eso es lo único que te mueve, Lucas… esto termina acá.
Él se acercó. La tomó de la mano. Con sinceridad.
—No es solo eso. Me gustás. Me hacĂ©s sentir vivo. Deseado. Importante. Y sĂ, te deseo como nunca. Pero tambiĂ©n me importás de verdad.
VerĂłnica dudĂł. Su expresiĂłn se suavizĂł apenas.
—Si querés seguir con esto… vas a tener que manejarlo como un hombre.
Nada de hablar de más. Nada de tonterĂas.
—Lo juro.
Ella lo mirĂł largo rato.
—Esta noche venĂs a casa. Pero no va a ser como siempre.
Quiero que me lo ganes. Que me lo ruegues.
Y si lo hacés bien… tal vez te perdone.
Lucas pensĂł que tenĂa todo bajo control. VerĂłnica en la cima del poder, entre lujo, sexo y secretos.
Y Martina, su “noviecita”, la chica dulce del barrio que aĂşn creĂa en Ă©l. O eso pensaba.
Hasta que una noche, mientras revisaba su celular en casa, recibiĂł un mensaje inesperado:
> Martina đź’”
“¿Querés explicarme de dónde sacaste el Apple Watch nuevo, el traje, o el viaje a Cancún? ¿O mejor te muestro esto?”
El corazĂłn le dio un vuelco.
Segundos después, llegó una captura de pantalla.
Una publicaciĂłn privada, sacada de una cuenta anĂłnima.
Una foto suya saliendo del ascensor con VerĂłnica.
Ella de vestido rojo. Él con la misma camisa del lunes.
Sonrientes. ĂŤntimos.
Lucas no supo qué decir.
> “Me usaste como tapadera, ¿no?
Mientras te cogĂas a esa mujer rica… seguĂas durmiendo conmigo.
¿Te gusta jugar con nosotras?”
Y entonces vino el golpe final:
> “Le escribĂ. A tu Sugar Mami.
Le dije que existo. Que sé todo.
A ver si sigue queriéndote ahora, pedazo de basura.”
Horas después, Verónica lo llamó.
—¿Quién carajos es Martina?
Lucas se congelĂł.
—Verónica, dejame explicarte…
—¡No me expliques nada! ¡Me hablaste de sinceridad! ÂżY tenĂas a una nena escondida mientras te venĂas adentro mĂo?
El silencio fue largo. Pesado.
—No es lo que pensás… Estábamos mal, casi ni hablábamos.
—Pero seguĂas con ella. Y seguĂas cogiendo conmigo.
¿Qué sos, Lucas? ¿Un actor porno? ¿Un doble agente del amor?
Él intentĂł acercarse, pero ella lo detuvo con una mirada frĂa.
—Mirá, nene… estoy grande para estos jueguitos.
Yo soy una mujer que no comparte. No con otra. Y mucho menos con una mocosa despechada que me escribe por Instagram.
—Verónica…
—Tenés dos opciones. O vas con tu noviecita y tu vida común…
O venĂs esta noche, y me demostrás que soy lo Ăşnico que querĂ©s.
Lucas tragĂł saliva.
—Voy a ir.
—No te equivoques, Lucas.
Esta vez… si no me convencés, te borro de mi vida y de mi cama.
Y te aseguro que vas a desear no haberme conocido nunca.
Click.
Esa noche, Lucas llegĂł a su puerta. Sin celular. Sin reloj. Sin camisa.
Solo con ganas de redimirse.
O de perderse para siempre.
VerĂłnica lo mirĂł desde el otro lado de la sala, con los brazos cruzados, envuelta en una bata de seda negra.
HabĂa una copa de vino sobre la mesa… y fuego en sus ojos.
—¿Viniste a suplicar?
Lucas asintiĂł.
—Pero no con excusas —dijo firme—. Vengo a decirte la verdad.
Ella no respondiĂł. Solo lo mirĂł, seria, con el orgullo herido.
—Martina me tratĂł como basura —continuĂł Ă©l—. Cuando supo de vos, lo primero que hizo fue gritarme que yo no valĂa nada. Que solo te seguĂa por interĂ©s.
Que eras “vieja”, “una adinerada desesperada”.
Y yo me di cuenta de algo, VerĂłnica: ella nunca me vio como vos me ves.
Ella levantĂł una ceja.
—¿Y cómo te veo yo?
Lucas dio un paso al frente.
—Como un hombre. Como alguien que vale. Me hiciste sentir deseado, respetado… importante.
Y sĂ, me diste cosas. Pero lo más fuerte que me diste fue esa mirada tuya… esa forma de tocarme como si me necesitaras. Como si fueras mĂa tambiĂ©n.
Silencio.
Ella lo observĂł, sin moverse. Pero su respiraciĂłn ya no era tan firme.
Lucas se acercĂł otro paso.
—Estoy acá porque vos me gustás. No por el dinero. No por el lujo.
Porque me volvés loco. Por tu cuerpo, tu carácter… por cómo me hablás y cómo me cogés.
—¿Y querés que te crea?
—No.
Quiero demostrartelo.
Ella dejó la copa. Lo miró largo rato… y luego se soltó la bata.
CayĂł al piso, revelando su cuerpo desnudo, fuerte, maduro, deseable.
—Entonces callate… y hacelo.
Lucas se arrodillĂł frente a ella. Le besĂł las piernas. Le adorĂł cada centĂmetro.
Subió lento, besándole los muslos, el abdomen, las tetas.
Y cuando llegĂł a su boca, la besĂł con pasiĂłn de verdad.
—Sos mĂa, VerĂłnica. Hoy… y siempre.
Ella lo empujĂł hacia el sillĂłn, lo desnudĂł sin apuro y se subiĂł encima.
—Demostrame que no mentĂs.
Él la sostuvo por la cintura, y ella se metió su pija en la concha con un gemido ronco.
La conexiĂłn fue distinta.
No era solo sexo: era piel con piel, deseo con entrega, fuego con verdad.
VerĂłnica lo cabalgaba como si fuera suyo desde siempre.
Él la sujetaba como si no quisiera que se fuera nunca.
—¡AsĂ… asĂ me gusta! —jadeaba ella—. Sentime. Haceme tuya.
Se besaban entre gemidos, tocándose sin miedo, mirándose a los ojos como nunca.
Cuando ella sintiĂł que iba a explotar, gritĂł su nombre.
Y él, temblando, acabó dentro de ella con un gemido ahogado, sujetándola fuerte.
Permanecieron asĂ, entrelazados, sudados, besándose en silencio.
Y por primera vez… sin dudas.
Después, Verónica le acarició el rostro.
No sonreĂa, pero tampoco estaba seria.
—¿Sabés lo que esto significa, no?
—Que ya no soy tu juguete.
—No.
Que ahora… sos mĂo de verdad.
Y Lucas lo supo. Lo aceptĂł. Y lo deseĂł.

Semanas después del reencuentro, Verónica lo miraba distinto.
Ya no era solo la Sugar Mami que lo devoraba en silencio.
Ahora lo invitaba a las reuniones, lo presentaba como “alguien especial” y le acariciaba la espalda en público sin ocultarse.
Una noche, mientras cenaban en su terraza, ella le susurrĂł:
—Tengo ganas de sellar esto como se debe. Un viaje. Uno Ăntimo. Solo vos, yo… y ninguna distracciĂłn.
Lucas sonrió. —¿A dónde?
—Grecia. Isla privada. Todo pago. Solo nosotros.
El mar Egeo brillaba como un espejo de plata cuando bajaron del helicĂłptero.
La casa estaba en lo alto de un acantilado, con ventanales sin cortinas, piscina infinita y una cama tan grande que parecĂa flotante.
Lucas no preguntĂł nada.
Solo la tomó de la mano… y la llevó a la habitación.
VerĂłnica se quitĂł la bata, dejando caer el encaje blanco al suelo.
Lucas se desnudó sin prisa, mirándola con hambre, pero también con ternura.
—Hacelo lento —susurró ella—. Esta noche no quiero dominarte…
Quiero que me hagas el amor como si ya no fueras mi chico.
Sino mi igual.
Él la besó de pie, desnudos, frente al mar.
Se acostaron sobre las sábanas frescas, y la acarició como nunca: sin apuro, sin juego, con pura devoción.
Le lamió el cuello, los tetas, el vientre…
Hasta encontrar su concha cálida, húmeda y dispuesta.
Le abriĂł las piernas y la besĂł allĂ, lento, profundo, hasta que ella se arqueĂł con un gemido que decĂa “no pares”.
—Ahora entrame —dijo con voz ronca—. Llename entera.
Pero no como antes…
Como un hombre que me ama.
Y Lucas lo hizo. La metiĂł la pija lento, despacio, con cada centĂmetro como una promesa.
Sus cuerpos encajaban a la perfecciĂłn.
Ella le envolvĂa la cintura con las piernas.
Él le acariciaba el rostro mientras la cogĂa con una ternura salvaje.
—Sos todo lo que quiero —murmuró ella, besándole el cuello—. Y no me importa lo que digan. Te quiero conmigo.
Lucas acelerĂł un poco. SintiĂł cĂłmo ella apretaba, cĂłmo gemĂa cada vez más fuerte.
—Entonces no me sueltes —dijo él—. Porque ya no soy tu chico. Soy tu hombre.
Y acabaron juntos. Ella aferrada a su espalda.
Él hundido en su cuerpo, pero también en su vida.
Horas después, desnudos en la piscina bajo las estrellas, ella le apoyó la cabeza en el pecho y susurró:
—Se terminó el trato.
Ya no te pago…
Porque ahora lo que me das… vale más que cualquier cifra.
Lucas la abrazĂł fuerte.
Y entendiĂł que sĂ: el fuego que empezĂł como un juego, ahora era amor real.
Lujurioso. Salvaje. Verdadero. Y eterno.

4 comentarios - 133đź“‘La Sugar Mami
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