
El silencio en la habitaciĂłn pesaba como una losa.
Valeria y Camila lo miraban fijamente, con el cuerpo aún tibio por lo que acababan de vivir, pero con la mirada llena de expectativa… y celos.
Ricardo se pasĂł una mano por el rostro. RespirĂł hondo. Y hablĂł:
—Escuchen bien, las dos.
No me gusta jugar con nadie. Y mucho menos mentir.
Lo que pasĂł esta noche fue increĂble… pero tambiĂ©n me hizo darme cuenta de algo.
Ambas lo observaban, tensas.
—No quiero una relación seria con ninguna —dijo, firme—. No ahora. No en este edificio.
Camila frunció el ceño. Valeria se cruzó de brazos, con expresión tensa.
—Yo soy el conserje. Y sĂ, atiendo cañerĂas, duchas, ascensores… pero tambiĂ©n mujeres hermosas, solas, aburridas, necesitadas. Ustedes lo saben.
No estoy para ser exclusivo de nadie. No vine acá a casarme ni a mudarme con ninguna.
Valeria apretĂł la mandĂbula.
—¿Y qué propones entonces?
Ricardo se acomodĂł en la cama, con una media sonrisa.
—Simple: libertad. Si alguna de ustedes quiere verme… perfecto. Se agenda. Se disfruta. Y después, cada una en su mundo.
Camila alzĂł una ceja.
—¿Como si fuéramos citas programadas?
—Como si fueran... turnos de mantenimiento —respondió él, guiñando un ojo.
Las dos se miraron. La rabia se mezclaba con el deseo, con la picardĂa, con el asombro. Porque en el fondo… ninguna podĂa negar que aquel tipo sabĂa cĂłmo dejar huella.
—Y si alguna no está de acuerdo —agregó Cristian—, lo entiendo.
Pero yo voy a seguir viviendo solo, libre, y disponible. Porque hay muchas mujeres en este edificio que todavĂa no han probado mi trabajo… y se nota que hace falta mantenimiento en varios pisos.
Camila soltĂł una risa corta y resignada.
Valeria chasqueó la lengua, se levantó, recogió su copa de vino… y dijo:
—Entonces que te vaya bien… pero no tardes mucho en pasar por el 601. La ducha volvió a gotear.
Ricardo sonriĂł. Camila, mientras se vestĂa, le susurrĂł al oĂdo:
—No te enamores de ninguna, conserje… o vas a perder tu magia.

Y con un portazo suave, ambas se fueron.
Ricardo se quedĂł solo, mirando el techo. Tranquilo.
SabĂa que no serĂa fácil. Pero habĂa sido claro.
Ahora Ă©l ponĂa las reglas del juego.
Ricardo estaba en la recepciĂłn revisando el parte diario cuando escuchĂł el ascensor abrirse.
Alzó la vista… y se le fue el aire.
Una mujer alta, de piel tersa y cabello negro azabache bajaba con paso firme.
VestĂa unos pantalones de tela liviana que dejaban adivinar sus curvas redondas, y una blusa ajustada que no disimulaba el generoso escote.
—¿Eres tú el encargado de todo esto? —preguntó con un acento coreano encantador, señalando el edificio a su alrededor.
—Depende de qué incluya “todo” —dijo Ricardo, sonriendo.
Ella extendiĂł la mano.
—Me llamo Min-Ji, recién llegada del 804.
Necesito… ayuda técnica. En varias cosas.
Las siguientes semanas, Min-Ji se convirtiĂł en un misterio delicioso. Cada vez que lo llamaba, lo recibĂa con ropa más provocadora: a veces en bata abierta, a veces en shorts mĂnimos.
Sus curvas lo volvĂan loco. Y su actitud, directa y segura, lo desarmaba.
Hasta que un viernes, lo citó por “un problema con el aire acondicionado”.
Ricardo subió con sus herramientas… pero al llegar, Min-Ji ya lo esperaba con una copa de vino, y nada debajo de su bata de seda.
—Hace calor —susurró, llevándolo al sofá.
Lo besĂł con hambre. Le saco la pija del pantalĂłn y lo chupaba intensamente. Se saco la bata y subiĂł sobre Ă©l, bajando lentamente introduciendo su pija en su concha hĂşmeda, mientras le susurraba en coreano al oĂdo.
Cabalgaba con ritmo, como si marcara un baile erĂłtico, profundo, rĂtmico.
Luego Ă©l la acostĂł en el sofá, metiĂ©ndosela en la concha, toda su pija bombeandola, con fuerza controlada. Min-Ji gemĂa en su idioma, mirando al espejo, excitándose al ver sus propias expresiones.
En medio del clĂmax, ella deslizĂł la mano por detrás, metiĂ©ndole el dedo en el culo, provocando una reacciĂłn intensa, elĂ©ctrica.
Ricardo soltĂł un gemido ronco, sorprendido por la sensaciĂłn, por el control que parecĂa perder.
—Te gusta explorar… —murmuró ella, sonriente—. No solo tú sabes dar sorpresas.
Ricardo, sudado, jadeando, la mirĂł con una mezcla de deseo y admiraciĂłn.
Min-Ji no solo querĂa sexo. QuerĂa dominarlo… y lo estaba logrando.
Después, acostados entre las sábanas revueltas, ella lo miró con malicia:
—¿Asà son todas las mujeres del edificio, o soy la primera que te lleva más allá?
Ricardo sonriĂł, aĂşn sin aliento.
—Te juro… que no he sentido algo asà con ninguna otra.
Y mientras ella se acomodaba sobre su pecho, él se dio cuenta de algo:
Por primera vez, el conserje no solo daba placer… estaba empezando a perder el control.

Las paredes del edificio comenzaban a susurrar.
Las vecinas hablaban. Algunas con celos, otras con curiosidad.
Y Camila… con furia.
Desde su balcĂłn, la joven del 702 habĂa visto entrar y salir a Min-Ji, la nueva inquilina del 804, varias veces. Siempre con el mismo gesto de satisfacciĂłn post-visita.
Una noche, Camila bajĂł sin avisar. VestĂa un vestido corto, rojo como su humor.
TocĂł la puerta de Min-Ji, con la seguridad de quien no piensa retroceder.
La coreana abriĂł la puerta. Su bata de seda, apenas amarrada, dejaba poco a la imaginaciĂłn.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, sin disimular la sonrisa.
—Sà —dijo Camila, cruzando los brazos—. Vine a hablarte de Ricardo.
Min-Ji ladeĂł la cabeza, divertida.
—Ah… ¿El conserje? Yo lo llamo por mantenimiento. Nada más.
—No me vengas con juegos —espetó Camila—. Sabes perfectamente lo que pasa entre ustedes.
—Y tú también lo sabes, si viniste hasta aquà solo por eso. ¿Te molesta que él esté mejor atendido?
Las dos se miraron con fuego en los ojos.
—Ricardo no es un trofeo —gruñó Camila—. Pero si va a elegir, al menos que sepa lo que se pierde.
—¿O quieres que lo elija todo de una vez? —sugiriĂł Min-Ji con picardĂa—. Un solo cuarto, dos mujeres, una noche… y que decida.
Horas después, Ricardo entraba al 804 sin saber que estaba entrando al ojo del huracán.
Ambas lo esperaban en la sala, cada una con un vino distinto, con un estilo distinto.
Una, sensual y salvaje. La otra, elegante y provocadora.
—¿Qué está pasando acá? —preguntó él, confuso y excitado a la vez.
—Te estamos regalando el mejor servicio de mantenimiento... compartido —dijo Camila, acercándose.
—Y después… queremos tu veredicto —agregó Min-Ji, bajándole el cierre de la camisa.
No hubo más palabras. Solo suspiros, piel, caricias cruzadas.
Las dos lo montaban por turnos. Lo besaban en competencia. Lo rendĂan al placer.
Pero tambiĂ©n se lanzaban miradas asesinas entre sĂ.
El clĂmax fue brutal, sudado, profundo.
Y al final, cuando Ricardo se dejaba caer entre ambas, exhausto, cerró los ojos un segundo…
Pero al abrirlos, las dos lo miraban de frente, aĂşn sin aliento.
—Ahora sĂ, conserje… —dijo Camila—. Toca decidir.
—¿Quién se queda con tus servicios exclusivos? —añadió Min-Ji, cruzando las piernas lentamente.
Ricardo las mirĂł.
Las dos eran fuego, pero distinto.
Y si algo habĂa aprendido en ese edificio…
Es que jugar con fuego tiene sus reglas. Y un solo descuido puede quemarlo todo.
El sol del domingo caĂa sobre el edificio como un telĂłn final.
Cristian miraba desde el Ăşltimo piso el lugar que habĂa sido su reino.
Donde cada piso tenĂa una historia. Cada departamento, un gemido.
Cada mujer, una marca que ahora llevaba en el cuerpo y en la memoria.
Pero una llamada lo habĂa cambiado todo.
—“Queremos que te encargues de un edificio nuevo en la zona exclusiva del norte. El doble de salario. Mejores condiciones. Y... muchas más inquilinas.”
Era una oferta imposible de ignorar.
Esa tarde, bajĂł a recepciĂłn, vistiendo por Ăşltima vez su overol de trabajo.
Cada paso era una despedida.
Primero apareciĂł Valeria, con un vestido ajustado y una copa de vino:
—¿Te vas asĂ nada más? ÂżSin un Ăşltimo arreglo de griferĂa?
Después, Camila, más seria, pero con los ojos brillosos:
—No pensé que alguien como tú me iba a marcar tanto.
Más tarde, Min-Ji bajó en bata, sin decir nada. Solo se acercó, le puso una mano en el pecho… y le susurró en coreano algo que él no entendió, pero que lo estremeció.
Una a una fueron llegando, algunas con excusas, otras con nostalgia. Ricardo se despidió con abrazos, besos suaves, promesas de “volver a pasar si hace falta mantenimiento”.
Hasta que apareciĂł la portera nueva, curiosa, joven, preguntando:
—¿Y este es el conserje del que todas hablan?
Valeria soltĂł una carcajada.
—SĂ. Aunque desde mañana tenemos otro. Ojalá rinda la mitad de Ricardo … porque nos dejĂł todas mal acostumbradas.
Rieron. Brindaron. Y mientras Ricardo salĂa por Ăşltima vez por la puerta principal, se girĂł y dijo:
—Gracias a todas. Por el deseo, por el desorden… y por hacerme sentir el hombre más útil del edificio.
Y se fue.
Libre. Sonriente.
Con las herramientas al hombro… y las memorias bien guardadas.

1 comentarios - 69/3đź“‘El Conserje ~ Parte 3
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