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Mate, bizcochitos y semen...

¡Cómo vuelven todos de las vacaciones...! Parece que nadie tuvo sexo durante esos días. La primera semana que estoy en casa, recibo mensajes de infinidad de amantes, los habituales, los esporádicos. Todos con ganas de ponérmela. 
Por supuesto saben que ya estoy de regreso por mis fotos en Instagram o mis estados de WhatsApp, ya que durante mi viaje, mientras todo eran fotos con mi marido y mis hijos, supieron respetar la tregua que imponía la distancia, y se llamaron a silencio. Pero cuando ya estuve de vuelta, todos me querían echar un polvo.
¿Qué podía hacer? ¿Juntarlos a todos y armar un gangbang? No me parecía. 
La gracia de un Gangbang es que sea con tipos a los que no viste antes ni volverás a ver. Puede haber un conocido, quizás dos, pero no todos.
El tema era que, al igual que ellos, yo también estaba con ganas. Todavía me quedaba una semana más antes de regresar al trabajo, así que estaba en casa, tranqui, relajada. No tenía ganas de arreglarme y salir, aunque sabía que la solución a mi calentura podría estar en mi mismo edificio.
Fabián no estaba, así que la opción lógica era Armando. Aprovecho que mi suegra se había llevado a los chicos de paseo, y subo a su departamento, con el termo y el mate.
Vestida con un shortcito de jean y remera musculosa, le toco el timbre.
-¿Está para unos matecitos, vecino?- le pregunto cuando abre la puerta.
Obvio que sí. 
Para sus 75, casi 76 años, Armando se conserva muy bien. Después de su operación de rodilla le quedó una leve renguera, en ocasiones hasta tiene que usar bastón, pero por lo demás es el mismo de siempre. Incluso sigue posando en mí esa mirada de viejo verde que tanto me excita.
Me hace pasar, recorriéndome de arriba abajo, extasiándose con el panorama que le ofrece mi cola cuando le doy la espalda.
Soy una mujer moderna, empoderada, feminista, (no feminazi), pero cuando los bajos instintos afloran, me gusta ser una una mujer objeto.
-Tengo unos bizcochitos para acompañar- ofrece, yendo a la cocina para traerlos.
Sentados en el sofá, mateamos y comemos mientras nos ponemos al día. Hace rato que no nos vemos, por lo que hay mucho para contar. Es cierto que lo tuve medio abandonado, pero para mí Armando es como un abuelito tierno al que siempre estaré volviendo.
-¿Y cómo está tu rodilla?- le pregunto, apoyando una mano en ella y acariciándosela.
-Quedó bien, solo me duele un poco cuando hay humedad- repone.
-¿Y lo demás?- insisto, subiendo con la mano hasta llegar a su entrepierna.
-¡Mejor que nunca!- exclama.
-Me doy cuenta- le digo, apretándole el paquete.
Obviamente que ya nos olvidamos del mate y los bizcochitos.
Me echo de rodillas en el suelo, delante suyo, y acomodándome entre sus piernas, le desabrocho el pantalón. Le acaricio los genitales por encima del slip, haciéndole notar las ganas que tengo de comerle la pija.
Cuando se la saco, todavía la tiene medio blandita, así que se la pajeo mientras le chupo los huevos.
Cuando se le va endureciendo, subo con la lengua a todo lo largo, para llegar a la punta y comerme un buen trozo, chupándosela golosa, ávida, poniéndosela, a pura mamada, en un estado que confirma que, pese a su edad, a Armando le queda, todavía, mucho sexo por delante.
Me levanto, y ahí mismo, parada delante suyo, me saco la remera y el short, quedando completamente desnuda. Sabiendo a lo que iba, no me había puesto ropa interior.
Mirándome siempre de ese modo tan pervertido, tan baboso, saca la lengua y la mueve como viboreando. Es obvio lo que quiere, así que me subo al sofá, y manteniendo el equilibrio encima suyo, le pongo la concha justo al alcance de su boca.
Me chupa y lengüetea por dentro, sorbiendo el juguito que ya desde hace rato me humedece toda esa zona.
¡Que calentura tengo, por favor...!
Me acomodo entonces sobre sus piernas, me pongo el trozo entre los gajos, mojándolo con mi caldito ya en su punto de hervor, y con una, dos, tres meneaditas, dejo que se hunda todo en mí... Bien hasta los huevos...
-¡Ufffffffffff...! ¡Siiiiiiiiiiiiii...! ¡Que ricoooooo...!- exclamo gustosa al tenerlo todo adentro.
Me empiezo a mover despacio, enhebrando en mi concha ese ariete que es puro fuego. 
Mientras me deslizo arriba y abajo, nos besamos, jugando con las lenguas, chupándonos, lamiéndonos, mordiéndonos suavecito, desfogando de todas las formas posibles esa calentura que hace nuestros cuerpos arder.
Me muevo sin control, tratando de sentirlo lo más profundo posible, llenándome con esa carne jugosa y caliente que no cede ni un ápice su dureza.
Me levanto, me meto los dedos en la concha, para sentir el fuego que me quema por dentro, y echándome en cuatro en el suelo, me ofrezco toda abierta y mojada.
Armando se levanta, con la pija sacudiéndose en vaivén, y poniéndose tras de mí, me la pone toda entera, de una. 
Vuelvo a gritar en esa forma que sé que le gusta, entregándome a una cogida que me deja la concha hecha una sopa.
Me coge con tanto ahínco, con tanta enjundia, que caemos de costado, abrochados, con él todavía moviéndose dentro mío, garchándome, dándome aquello por lo cuál había subido a su departamento.
Seguimos un rato así, bombeándonos, hasta que me le subo encima, y lo empiezo a cabalgar a toda marcha.
Tengo un orgasmo, pero sigo, ya que él está a punto de tener el suyo también.
Cuando siento que ya está próximo al derrame, me bajo, le agarro la pija, se la pajeo, y antes de la eyaculación, me la meto en la boca, recibiendo una cuantiosa descarga en el paladar y la garganta. Me lo trago todo. Es mucho, pero me encanta saborearlo. 
De chica creía que cuánto más viejos los hombres, más rancio sería el semen, pero nada que ver, ya no es tan espeso quizás, pero el de Armando me resulta igual de exquisito.
Pese a que aún tengo resabios de su acabada en los labios, me atrae hacía él y me besa, profunda, ávidamente.
Luego del polvo seguimos mateando, como los muy buenos vecinos que somos...




Mate, bizcochitos y semen...

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