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236📑La Pasión de Marta

236📑La Pasión de Marta
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La casa estaba llena de risas y copas vacías. Carlos había organizado una pequeña celebración por su ascenso en el trabajo, acompañado de su inseparable amigo y compañero de tragos: Antonio, un moreno de mirada intensa, piel curtida y un físico que imponía respeto en cualquier lugar.

Marta lo había observado desde siempre. Cada vez que él venía, su presencia la perturbaba. No era solo su porte, sino ese algo salvaje que emanaba de el y que ella intentaba ignorar… hasta esa noche.

Pasada la medianoche, Carlos cayó vencido por el alcohol, tirado en el sofá, con los zapatos a puestos y un ronquido que anunciaba que no despertaría hasta más tarde.

Marta recogía los platos lentamente, con un vestido ajustado que resaltaba su cintura los muslos. Antonio permanecía sentado, con un vaso en la mano, observándola con un descaro que la hacía estremecer.

—Tu marido no aguanta nada —dijo él, en tono bajo, señalando a Carlos.

—Eso parece… —respondió ella con un hilo de voz.

Marta se detuvo frente a él, con el corazón golpeando fuerte. Sintió esa mirada recorrerla de arriba abajo, y la osadía se apoderó de ella.

—¿Y tú? —susurró—. ¿También vas a quedarte dormido… o me vas a dar lo que llevo tiempo imaginando?

El moreno sonrió con malicia y la tomó de la muñeca, acercándola hasta sentarla en sus piernas. Marta tragó saliva al sentir, bajo la tela del pantalón, un bulto enorme que la fascinó y la intimidó al mismo tiempo.

—Sabía que algún día ibas a caer —le murmuró al oído.

Ella lo besó con hambre contenida, mientras sus manos temblorosas exploraban ese miembro que apenas podía abarcar.

—¡Dios…! —jadeó, entre excitada y nerviosa—. Es más grande de lo que imaginaba.

Antonio le levantó el vestido, dejando al descubierto la piel suave de sus muslos. Se inclinó y atrapó un pezón con su boca, haciéndola gemir bajito. Marta se mordía los labios, con miedo de que su esposo se moviera en el sofá.

Pero la tensión de ser descubierta solo la encendía más.

El moreno la alzó en brazos y la apoyó contra la pared. Sin más preámbulos, le penetró la concha con fuerza, arrancándole un grito que tuvo que ahogar mordiéndose el hombro de él.
—¡No pares…! —suplicó con la voz quebrada.

Antonio la embistió sin piedad, sujetándola de las nalgas, haciéndola sentir cada centímetro de su dotación que la volvía loca. Marta lloraba de placer, incapaz de creer lo que su cuerpo experimentaba.

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La llevó hasta la mesa, la inclinó y la cogió por detrás, cada golpe resonando contra su piel húmeda. Marta apretaba los dientes, mirando de reojo a su marido dormido, excitada hasta la locura por el peligro.

Finalmente, Antonio se la saco y terminó sobre su espalda, jadeando, marcándola con su leche.

Marta quedó recostada sobre la mesa, temblando, el vestido hecho un desastre. Se giró con una sonrisa cansada y atrevida, y le susurró:
—Ahora entiendo por qué siempre me mirabas así… y yo fingía no verlo.

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Marta pasó todo el día distraída. Mientras cocinaba, mientras doblaba la ropa, incluso mientras hablaba con Carlos. Su mente no podía escapar de esa imagen: la pija descomunal de Antonio latiendo dentro de ella, haciéndola perder el control como nunca antes lo había sentido.

La oportunidad llegó una tarde cualquiera. Carlos salió a hacer unas compras, y ella, con el corazón acelerado, se acercó al cuarto de invitados donde Antonio solía quedarse cuando se quedaba hasta tarde. Tocó suavemente la puerta, y cuando él apareció, Marta no pudo disimular más.

—No puedo dejar de pensar en lo que me hiciste anoche —le dijo con voz entrecortada, mordiéndose el labio.
Antonio sonrió con esa seguridad que tanto la desarmaba.

—Lo sabía… estabas hecha para esto.

La tomó de la cintura y la arrastró dentro. Apenas cerró la puerta, la desnudó con ansias, dejando caer el vestido al suelo. Sus manos recorrieron esas tetas que tanto deseaba, devorándolas con la boca, lamiendo cada centímetro, chupandole los pezones hasta hacerla gemir.

Marta se retorcía de placer, y cuando él bajó hasta su vagina, sintió cómo su lengua la volvía loca, húmeda y temblorosa. Entre jadeos, él la empujó suavemente hacia la cama.

—Ahora quiero que me la chupes, Marta… —ordenó con voz grave.

Ella no dudó. Se arrodilló frente a él, con las manos temblorosas, y al sentir el grosor de la pija de Antonio en su boca, se estremeció. Lo lamió, lo chupó con hambre, como si quisiera tragarse cada centímetro. Él gruñía, sujetándola del cabello, marcando el ritmo.

—Eso, así… quién diría que la esposa fina de Carlos era tan buena para esto —se burló con morbo.

Marta lo miró desde abajo, con los labios ocupados, los ojos brillando de lujuria.

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De pronto, él la levantó y la montó en la cama, penetrándole la concha con una fuerza que la hizo gritar. Marta se arqueó, abrazándolo, perdida en el placer. Antonio le metía la pija con potencia, sudando, disfrutando de verla temblar .

Después la giró y la dejó encima de él, haciéndola cabalgarlo con violencia. Marta lo montaba como una poseída, con los tetas rebotando, las uñas marcando su torso, llorando de placer.

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El momento final llegó cuando Antonio la tumbó boca arriba, se colocó sobre ella y, tras unas embestidas brutales, salió y terminó en sus tetas, bañándola con su leche caliente.

Jadeando, con la respiración entrecortada, Antonio le acarició la cara con una sonrisa maliciosa y le dijo:

—Nunca imaginé que fueras una puta tan rica… pero me encanta que lo seas para mí.

Marta, cubierta y aún temblando, sonrió con descaro, sabiendo que ya no habría vuelta atrás.

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