Ahí estoy, tirada en la alfombra con la espalda apoyada contra el borde de la cama, sintiendo cómo el pecho me sube y baja de forma frenética mientras trato de que el aire me llegue a los pulmones.
Tengo la cara empapada, caliente, chorreando ese semen espeso que mi bully me dejó como marca de propiedad después de usarme como un trapo de piso durante una hora.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para no pegarme más", mi vida como hombre se murió y nació esta perra sumisa que solo sabe recibir.
— Mirate qué linda quedaste, me servís mucho más así que cuando eras el viracho que lloraba por un rincón. Me dice él desde arriba, mirándome con un asco que me calienta.
— Gracias... gracias por no pegarme, prefiero ser tu puta que tu bolsa de boxeo. Susurro con la voz quebrada, sintiendo el gusto amargo y salado en mis labios.
— Sos una trola bárbara, Mia. ¿Viste qué fácil era? Solo tenías que abrir la boquita y aceptar tu destino. Se burla, dándome un empujoncito con el pie en el hombro.
— Sí, soy tu trola... hacé lo que quieras conmigo, pero no me lastimes más. Supliqué, mientras una gota de su leche me caía por la mejilla.
— Ya no te voy a golpear, nena, ahora te voy a usar hasta que no te quede ni un gramo de dignidad. Sentenció, dejándome ahí, humillada y satisfecha.

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Estoy boca abajo, con las rodillas clavadas en el colchón y el culo levantado lo más que puedo, sintiendo la presión de mis propios huesos porque mi bully me tiene las dos muñecas atrapadas atrás, en la base de la espalda.
Me aprieta con una fuerza de animal, recordándome que aunque ahora tenga estas curvas suaves y esta piel de seda, él sigue siendo el macho alfa que manda y yo la basura que obedece.
— ¡Huy, cómo tiemblan estas nalguitas! Parece que tenés miedo de lo que te voy a hacer ahora, perra. Me gruñe al oído, hundiendo su peso contra mi espalda.
— ¡Ahhh! Me apretás mucho... por favor, soltame las manos. Balbuceé, aunque en el fondo me encanta sentirme tan indefensa y atrapada.
— ¡Callate! Vos no pedís nada. Sos mi juguete nuevo, ¿entendiste? Te compré la pastilla y ahora sos mi propiedad privada. Me espetó, dándome un tirón en los brazos que me hizo arquear la espalda.
— Sí, soy tuya... haceme lo que quieras, rompeme toda pero no me dejes. Lloriqueé, entregando lo último que me quedaba de orgullo.
— Tomá, puta, para que aprendas quién es el que tiene el mando acá. Gritó, mientras sentía su primer golpe seco entrando en mi cuerpo.

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Estoy de rodillas en el piso, chorreando sudor por el esfuerzo y el calor de la habitación, sintiendo cómo el pelo se me pega a la nuca mientras trato de procesar lo que acaba de pasar.
Agarro mis propias tetas, esas que crecieron por la química de la pastilla, y las muevo con desesperación mientras saco la lengua como una perrita sedienta, mirando cómo mis pezones están cubiertos de su semen blanco y brillante.
— ¡Mirá esa cara de ninfómana que ponés! Sos una perra de nacimiento, Marcos... lástima que tardaste tanto en darte cuenta. Se ríe él, grabándome desde arriba.
— ¡Mirame, mirá cómo me dejaste! ¡Soy una puta completa para vos! Grité, apretándome los pechos para que el semen se escurriera entre mis dedos.
— ¡Eso, sacá más la lengua, que se note que tenés hambre de macho! Me ordena, y yo obedezco cerrando los ojos por la humillación.
— ¡Amo cómo me usás... amo ser tu perra! Gemí, mientras el sudor me corría por el escote mezclándose con su leche.
— Sos la mejor inversión que hice en mi vida, trola. Ahora mové esas tetas para la cámara. Mandó, y yo empecé a sacudirme con un ritmo pecaminoso.

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Estoy aplastada contra la cama, sintiendo el peso rudo de mi bully sobre mí, pero lo que más me perturba es verlo por el reflejo del espejo con ese pasamontaña negro puesto, ocultando su cara mientras me graba cogiéndome como a una cualquiera.
Él saca la lengua, burlándose de mi vulnerabilidad a través de la máscara, mientras mueve el celular para capturar cada detalle de cómo su cuerpo rudo entra y sale de mi nueva anatomía femenina.
— ¡Gritá para tus fans, Mia! ¡Que todos vean cómo te dejo el ojete después de clases! Me grita, dándome un chirlo que suena como un latigazo en el silencio del cuarto.
— ¡AAHHH! ¡Sí, grabame! ¡Que todos vean que soy la puta del colegio! Gimo con una voz aguda, perdiendo los estribos mientras mi cuerpo se sacude por los espasmos.
— ¡Mirá cómo se te pone la piel de gallina cuando te digo puta! Sos una enferma, nena. Se burla él, ajustando el enfoque de la cámara en mi cara de placer doloroso.
— ¡Por favor... dale más fuerte... haceme sentir que no soy nada! Supliqué, enterrando las uñas en las sábanas mientras él aceleraba el ritmo.
— Sos una basura, y este video lo van a ver todos tus "amiguitos" para que sepan quién es la reina de las perras. Sentenció, mientras terminaba de usarme frente al lente.

●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●
Estoy sola en la cama, con las piernas abiertas de par en par frente a la cámara de mi celular, cumpliendo la orden que mi bully me dejó antes de irse: tengo que grabarme usando este consolador gigante hasta que no pueda más.
El juguete entra y sale de mi vagina nueva, que ya chorrea un jugo espeso y transparente por la excitación y el miedo, mientras trato de mantener el ángulo perfecto para que se vea todo el "trabajo".
— Tengo que hacerlo bien... si no le gusta el video me va a castigar... Susurro para la cámara, imaginando que es él quien me mira del otro lado de la pantalla.
— Mirá cómo entra... mirá cómo me abro para vos, mi macho... Digo con la respiración entrecortada, viendo cómo el plástico desaparece dentro de mí.
— Sos una trola, Mia... mirá cómo chorreás por un pedazo de plástico. Me insulto a mí misma, siguiendo el guion de humillación que él me impuso.
— Tomá el video... hacé lo que quieras... pasáselo a tus amigos, que todos se pajeen viendo a tu perra. Gemí, llegando al clímax mientras la cámara captaba mi rendición absoluta.
— Soy tuya... mandáselo a quien quieras... que todos sepan que soy la puta oficial de la banda. Terminé la grabación, exhausta y vacía, esperando su próxima orden.

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Ahí estoy, aplastada contra el colchón, sintiendo los huesos de sus rodillas clavándose a los costados de mis caderas nuevas mientras él se sienta encima mío como si fuera el dueño de cada gramo de mi carne.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para no pegarme más", mi vida como hombre se murió y nació esta perra sumisa que solo sabe agarrar las sábanas con fuerza cuando él me da embestidas tan potentes que siento que me va a desarmar.
— ¡Mirá cómo se te sacude todo, sos de goma, trola! Me grita Nacho mientras sus golpes secos me hacen saltar sobre la cama.
— ¡Ahhh! ¡Despacio... me duele pero me encanta! Gemí con la cara enterrada en la almohada, sintiendo el calor de su cuerpo rudo marcándome la espalda.
— ¿Te duele? Bancátela, que para esto te compré las pastillas, para tenerte así de domada. Me gruñe, aumentando el ritmo hasta que mis gritos se vuelven musicales.
— Sí... soy tuya... hacé lo que quieras con tu puta. Balbuceo, perdiendo la dignidad en cada sacudida que me deforma el culo.
— Tomá, puta, sentí lo que es un macho de verdad. Sentenció él, hundiéndose en mí mientras yo solo podía jadear y apretar los dientes.

●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●•●
Estoy en el piso, desnuda y expuesta, sintiendo el frío del aire en mi piel de seda mientras Nacho me agarra del pelo para obligarme a tragarme todo su orgullo.
Lo peor no es solo él, sino la fila de negros que están parados al lado suyo, esperando su turno mientras me miran como si fuera un pedazo de carne barata lista para ser usada por todos.
— Dale, abrí bien esa boquita de nena bien que te quedó, quiero que los pibes vean lo buena que sos. Me ordena Nacho, tironeándome la cabeza hacia atrás.
— Gulp... es muy grande... no puedo... Supliqué con los ojos llorosos, pero él no me dio respiro y me hundió la cara contra él.
— ¡Callate y tragá! Mirá a los pibes, están todos calientes viendo cómo te domesticamos. Se burla, mientras los otros se ríen y me tocan los hombros.
— ¡Miren a la trola, parece que nació para estar de rodillas! Gritó uno de los de la fila, y yo sentí el calor de la vergüenza quemándome el pecho.
— Sí... usenme... soy la puta de todos ustedes. Logré decir entre arcadas, aceptando mi destino como el juguete del grupo.

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Mi buly está otra vez arriba mío, pero ahora la humillación es total porque me agarra de mi cascada de pelo castaño y me levanta la cabeza con un tirón seco mientras me sigue dando por atrás.
Me obliga a mirar el espejo del frente, para que vea cómo mi cara de ángel se deforma por el placer doloroso y cómo mis pechos nuevos rebotan con cada golpe de sus caderas.
— ¡Mirate esa cara de puta! ¿Quién diría que antes eras el pibe que me tenía miedo en el colegio? Me susurra con malicia, tirándome más fuerte del pelo.
— ¡Ahhh! ¡Soltame el pelo... me duele mucho! Grité, arqueando la espalda y ofreciéndole más mi trasero por puro instinto de perra.
— Te duele porque sos una nena ahora, y a las nenas como vos se las trata así de duro. Me espetó, dándome una nalgada que dejó el pasillo en silencio.
— Soy tu nena... haceme lo que quieras... rompeme toda. Supliqué, entregada al dolor que me recorría la columna.
— Así te quiero, bien sumisa y sin decir ni una palabra que no sea para pedir más. Me ordenó, hundiendo sus dedos en mis caderas mientras me terminaba de usar.

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Estamos afuera, a la sombra de un árbol en un rincón oscuro, y yo estoy de rodillas sobre la tierra, ensuciando mi ropa cara mientras Nacho me usa como si fuera un baño público.
Me agarra del pelo con una mano y con la otra me guía la cabeza, forzándome a una garganta profunda que me deja sin aire, mientras los ruidos de la noche tapan mis gemidos ahogados.
— ¡Tragá todo, perra! Que se note que la pastilla te sacó hasta las ganas de quejarte. Me gruñe, apretándome el cuello con fuerza.— Mmgh... ahh... mmm... Son los únicos ruidos que puedo hacer mientras siento su virilidad ruda golpeándome la garganta.
— ¡Mirala qué buena que es! Parece que le gusta el sabor a calle. Se ríe él solo, disfrutando de mi humillación al aire libre.
— Por favor... Nacho... dejame respirar un segundo. Balbuceé cuando me soltó un momento, solo para que me volviera a agarrar con más furia.
— ¡Nada de respirar! Seguí trabajando que todavía falta mucho para que te deje volver a casa. Sentenció, obligándome a seguir bajo el árbol.

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Estoy de rodillas otra vez, pero ahora estoy atrapada en medio del infierno; Nacho está frente a mí, refregándome toda su verga por la cara y los labios, mientras atrás mío hay otro de sus amigos bullies esperando su turno.
Siento la presión por los dos lados, el olor a macho y la superioridad de estos dos que antes me pegaban y ahora me usan para sacarse las ganas.
— Mirá qué linda parejita hacemos, Mia. Yo te doy por la cara y mi amigo te prepara por atrás. Se burla Nacho, dándome golpecitos en la mejilla con su miembro.
— ¡No... dos es mucho... por favor! Supliqué, mirando hacia arriba con los ojos llenos de terror y excitación prohibida.
— ¿Mucho? Recién empezamos, trola. Agarrá la de Nacho mientras yo te acomodo el vestido. Me gritó el de atrás, dándome un chirlo que me hizo saltar.
— ¡Ahhh! Sí... soy su puta... denme los dos al mismo tiempo. Gemí, perdiendo el poco juicio que me quedaba bajo el peso de sus cuerpos dominantes.
— ¡Eso! Así te queremos, bien abierta y lista para recibir de todos lados. Gritaron los dos al unísono mientras empezaban su banquete conmigo.

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Ahí estoy, aplastada contra el colchón, sintiendo el peso muerto de mi bully arrodillado encima mío como si fuera su propiedad privada.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para que no me pegara más", mi cuerpo se volvió esta fábrica de placer sumiso que él usa para descargar toda su furia de macho alfa.
Siento cómo me abre las piernas y se hunde por última vez, descargando chorros de semen caliente que me queman por dentro mientras me da embestidas cortas y brutas para empujar su leche hasta el fondo de mi útero nuevo.
— ¡Tomá todo, pedazo de trola! ¡Mirá cómo te lleno el tanque para que aprendas quién manda! Me grita mientras sus manos se apoyan con fuerza en la cama, atrapándome.
— ¡Ahhh... sí... lléname todo... soy tu perra! Gimo con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo mi feminidad se rinde ante su potencia.
— ¿Viste que era mejor esto que los bifes que te daba en el recreo? Me pregunta con una risa cruel mientras siento su latido dentro mío.
— Sí... gracias por hacerme mujer... gracias por usarme así. Susurro entregada, sintiendo el espasmo de su corrida final.
— Sos mi depósito de leche personal, Mia. No servís para otra cosa. Sentenció, dejándome el vientre pesado y lleno de él.

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Sigo ahí, boca abajo, con los encajes de mi lencería clavándose en mi piel de seda, pero ahora él me agarra de las tetas con una fuerza que me hace soltar un chillido de dolor y placer.
Me tira el tronco hacia atrás, obligándome a arquear la espalda de una forma inhumana para que mi cara quede a la altura de la suya mientras su semen sigue fluyendo dentro de mi vagina.
Me agarra del mentón y me estampa un beso sucio, con sabor a dominio, mientras siento cómo sus dedos aprietan mis pezones nuevos hasta dejarlos morados.
— ¡Besame como la puta que sos! ¡Sentí cómo te estoy reclamando por todos lados! Me ordena entre dientes, invadiendo mi boca con su lengua ruda.
— Mmmgh... sí... mi macho... me volvés loca. Balbuceo entre el beso, sintiendo el calor de su corrida mezclándose con mi saliva.
— Mirá qué lindas te quedaron las gomas con la pastillita que te pagué. Ahora son mías, ¿entendiste? Me espeta, dándoles un tirón que me hace ver estrellas.
— ¡Ahhh! Sí... hacé lo que quieras... soy tu juguete. Respondo con los ojos en blanco, totalmente domada por su agresividad.
— Sos el mejor reemplazo que pude inventar. Sos mi perra favorita. Me susurra antes de morderme el labio con rabia.

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Él se baja de encima y me ordena ponerme en cuatro, con el culo bien levantado hacia la luz, para disfrutar del desastre que dejó en mi interior.
Me quedo ahí, temblando sobre mis rodillas, sintiendo cómo mi culito se abre y se cierra por puro reflejo, tratando de retener pero terminando por escupir hilos espesos de su semen que chorrean por mis muslos.
— ¡Mirá cómo gotea la nena! ¡Parece que no das abasto con tanta leche! Se burla él, sacándome una foto para tener de recuerdo de mi humillación.
— Es mucha... me llenaste demasiado... soy una sucia. Digo con una vocecita quebrada, viendo cómo el charco blanco crece en las sábanas.
— Sos una sucia pero porque te encanta. Mirá cómo se te estira todo para dejar salir lo que es mío. Me dice, dándome un chirlo sonoro que hace que mis nalgas vibren.
— ¡Ah! Sí... me encanta que me dejes así... marcada y usada. Admito, sintiendo el aire frío en mi intimidad expuesta y empapada.
— Mañana te voy a llenar de nuevo, y pasado también. Sos mi basurero personal, Mia. Me sentencia mientras me mira con un asco lleno de deseo.

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Antes de esto estábamos en la fiesta, y como siempre desde que es soltero, me usa para ganar estatus llevándome a esos concursos de chupadas donde todos los machos me miran con hambre.
Me tiene de rodillas frente a todos, con la cara totalmente bañada en semen ajeno y propio, chorreando por mi mentón y pegoteando mi pelo castaño.
De repente, me agarra del brazo con un tirón seco y me levanta del piso, alzando mi brazo hacia el techo como si fuera una campeona olímpica frente a la horda de pibes que gritan como locos.
— ¡Acá la tienen! ¡La reina de la noche! ¡Nadie la chupa como mi perra! Grita mi bully con un orgullo tóxico, mostrándome como su trofeo de guerra.
— ¡Miren esa carita, está llena de gloria la puta! Grita un desconocido desde el fondo mientras yo trato de limpiar mis ojos empañados por la leche.
— ¡Gané... gané para vos, mi macho! Exclamo con una sonrisa vacía, disfrutando de la humillación pública de ser la mejor petera del boliche.
— ¡Mirá cómo te dejaron, sos un asco de mina y por eso te amo! Me dice él al oído, apretándome el brazo hasta dejarme la marca de sus dedos.
— Hice lo que me pediste... ¿estás contento conmigo? Le pregunto sumisa, mientras los pibes me siguen silbando y yo solo quiero que me lleve a casa para seguir siendo su puta.

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Tengo la cara empapada, caliente, chorreando ese semen espeso que mi bully me dejó como marca de propiedad después de usarme como un trapo de piso durante una hora.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para no pegarme más", mi vida como hombre se murió y nació esta perra sumisa que solo sabe recibir.
— Mirate qué linda quedaste, me servís mucho más así que cuando eras el viracho que lloraba por un rincón. Me dice él desde arriba, mirándome con un asco que me calienta.
— Gracias... gracias por no pegarme, prefiero ser tu puta que tu bolsa de boxeo. Susurro con la voz quebrada, sintiendo el gusto amargo y salado en mis labios.
— Sos una trola bárbara, Mia. ¿Viste qué fácil era? Solo tenías que abrir la boquita y aceptar tu destino. Se burla, dándome un empujoncito con el pie en el hombro.
— Sí, soy tu trola... hacé lo que quieras conmigo, pero no me lastimes más. Supliqué, mientras una gota de su leche me caía por la mejilla.
— Ya no te voy a golpear, nena, ahora te voy a usar hasta que no te quede ni un gramo de dignidad. Sentenció, dejándome ahí, humillada y satisfecha.

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Estoy boca abajo, con las rodillas clavadas en el colchón y el culo levantado lo más que puedo, sintiendo la presión de mis propios huesos porque mi bully me tiene las dos muñecas atrapadas atrás, en la base de la espalda.
Me aprieta con una fuerza de animal, recordándome que aunque ahora tenga estas curvas suaves y esta piel de seda, él sigue siendo el macho alfa que manda y yo la basura que obedece.
— ¡Huy, cómo tiemblan estas nalguitas! Parece que tenés miedo de lo que te voy a hacer ahora, perra. Me gruñe al oído, hundiendo su peso contra mi espalda.
— ¡Ahhh! Me apretás mucho... por favor, soltame las manos. Balbuceé, aunque en el fondo me encanta sentirme tan indefensa y atrapada.
— ¡Callate! Vos no pedís nada. Sos mi juguete nuevo, ¿entendiste? Te compré la pastilla y ahora sos mi propiedad privada. Me espetó, dándome un tirón en los brazos que me hizo arquear la espalda.
— Sí, soy tuya... haceme lo que quieras, rompeme toda pero no me dejes. Lloriqueé, entregando lo último que me quedaba de orgullo.
— Tomá, puta, para que aprendas quién es el que tiene el mando acá. Gritó, mientras sentía su primer golpe seco entrando en mi cuerpo.

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Estoy de rodillas en el piso, chorreando sudor por el esfuerzo y el calor de la habitación, sintiendo cómo el pelo se me pega a la nuca mientras trato de procesar lo que acaba de pasar.
Agarro mis propias tetas, esas que crecieron por la química de la pastilla, y las muevo con desesperación mientras saco la lengua como una perrita sedienta, mirando cómo mis pezones están cubiertos de su semen blanco y brillante.
— ¡Mirá esa cara de ninfómana que ponés! Sos una perra de nacimiento, Marcos... lástima que tardaste tanto en darte cuenta. Se ríe él, grabándome desde arriba.
— ¡Mirame, mirá cómo me dejaste! ¡Soy una puta completa para vos! Grité, apretándome los pechos para que el semen se escurriera entre mis dedos.
— ¡Eso, sacá más la lengua, que se note que tenés hambre de macho! Me ordena, y yo obedezco cerrando los ojos por la humillación.
— ¡Amo cómo me usás... amo ser tu perra! Gemí, mientras el sudor me corría por el escote mezclándose con su leche.
— Sos la mejor inversión que hice en mi vida, trola. Ahora mové esas tetas para la cámara. Mandó, y yo empecé a sacudirme con un ritmo pecaminoso.

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Estoy aplastada contra la cama, sintiendo el peso rudo de mi bully sobre mí, pero lo que más me perturba es verlo por el reflejo del espejo con ese pasamontaña negro puesto, ocultando su cara mientras me graba cogiéndome como a una cualquiera.
Él saca la lengua, burlándose de mi vulnerabilidad a través de la máscara, mientras mueve el celular para capturar cada detalle de cómo su cuerpo rudo entra y sale de mi nueva anatomía femenina.
— ¡Gritá para tus fans, Mia! ¡Que todos vean cómo te dejo el ojete después de clases! Me grita, dándome un chirlo que suena como un latigazo en el silencio del cuarto.
— ¡AAHHH! ¡Sí, grabame! ¡Que todos vean que soy la puta del colegio! Gimo con una voz aguda, perdiendo los estribos mientras mi cuerpo se sacude por los espasmos.
— ¡Mirá cómo se te pone la piel de gallina cuando te digo puta! Sos una enferma, nena. Se burla él, ajustando el enfoque de la cámara en mi cara de placer doloroso.
— ¡Por favor... dale más fuerte... haceme sentir que no soy nada! Supliqué, enterrando las uñas en las sábanas mientras él aceleraba el ritmo.
— Sos una basura, y este video lo van a ver todos tus "amiguitos" para que sepan quién es la reina de las perras. Sentenció, mientras terminaba de usarme frente al lente.

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Estoy sola en la cama, con las piernas abiertas de par en par frente a la cámara de mi celular, cumpliendo la orden que mi bully me dejó antes de irse: tengo que grabarme usando este consolador gigante hasta que no pueda más.
El juguete entra y sale de mi vagina nueva, que ya chorrea un jugo espeso y transparente por la excitación y el miedo, mientras trato de mantener el ángulo perfecto para que se vea todo el "trabajo".
— Tengo que hacerlo bien... si no le gusta el video me va a castigar... Susurro para la cámara, imaginando que es él quien me mira del otro lado de la pantalla.
— Mirá cómo entra... mirá cómo me abro para vos, mi macho... Digo con la respiración entrecortada, viendo cómo el plástico desaparece dentro de mí.
— Sos una trola, Mia... mirá cómo chorreás por un pedazo de plástico. Me insulto a mí misma, siguiendo el guion de humillación que él me impuso.
— Tomá el video... hacé lo que quieras... pasáselo a tus amigos, que todos se pajeen viendo a tu perra. Gemí, llegando al clímax mientras la cámara captaba mi rendición absoluta.
— Soy tuya... mandáselo a quien quieras... que todos sepan que soy la puta oficial de la banda. Terminé la grabación, exhausta y vacía, esperando su próxima orden.

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Ahí estoy, aplastada contra el colchón, sintiendo los huesos de sus rodillas clavándose a los costados de mis caderas nuevas mientras él se sienta encima mío como si fuera el dueño de cada gramo de mi carne.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para no pegarme más", mi vida como hombre se murió y nació esta perra sumisa que solo sabe agarrar las sábanas con fuerza cuando él me da embestidas tan potentes que siento que me va a desarmar.
— ¡Mirá cómo se te sacude todo, sos de goma, trola! Me grita Nacho mientras sus golpes secos me hacen saltar sobre la cama.
— ¡Ahhh! ¡Despacio... me duele pero me encanta! Gemí con la cara enterrada en la almohada, sintiendo el calor de su cuerpo rudo marcándome la espalda.
— ¿Te duele? Bancátela, que para esto te compré las pastillas, para tenerte así de domada. Me gruñe, aumentando el ritmo hasta que mis gritos se vuelven musicales.
— Sí... soy tuya... hacé lo que quieras con tu puta. Balbuceo, perdiendo la dignidad en cada sacudida que me deforma el culo.
— Tomá, puta, sentí lo que es un macho de verdad. Sentenció él, hundiéndose en mí mientras yo solo podía jadear y apretar los dientes.

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Estoy en el piso, desnuda y expuesta, sintiendo el frío del aire en mi piel de seda mientras Nacho me agarra del pelo para obligarme a tragarme todo su orgullo.
Lo peor no es solo él, sino la fila de negros que están parados al lado suyo, esperando su turno mientras me miran como si fuera un pedazo de carne barata lista para ser usada por todos.
— Dale, abrí bien esa boquita de nena bien que te quedó, quiero que los pibes vean lo buena que sos. Me ordena Nacho, tironeándome la cabeza hacia atrás.
— Gulp... es muy grande... no puedo... Supliqué con los ojos llorosos, pero él no me dio respiro y me hundió la cara contra él.
— ¡Callate y tragá! Mirá a los pibes, están todos calientes viendo cómo te domesticamos. Se burla, mientras los otros se ríen y me tocan los hombros.
— ¡Miren a la trola, parece que nació para estar de rodillas! Gritó uno de los de la fila, y yo sentí el calor de la vergüenza quemándome el pecho.
— Sí... usenme... soy la puta de todos ustedes. Logré decir entre arcadas, aceptando mi destino como el juguete del grupo.

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Mi buly está otra vez arriba mío, pero ahora la humillación es total porque me agarra de mi cascada de pelo castaño y me levanta la cabeza con un tirón seco mientras me sigue dando por atrás.
Me obliga a mirar el espejo del frente, para que vea cómo mi cara de ángel se deforma por el placer doloroso y cómo mis pechos nuevos rebotan con cada golpe de sus caderas.
— ¡Mirate esa cara de puta! ¿Quién diría que antes eras el pibe que me tenía miedo en el colegio? Me susurra con malicia, tirándome más fuerte del pelo.
— ¡Ahhh! ¡Soltame el pelo... me duele mucho! Grité, arqueando la espalda y ofreciéndole más mi trasero por puro instinto de perra.
— Te duele porque sos una nena ahora, y a las nenas como vos se las trata así de duro. Me espetó, dándome una nalgada que dejó el pasillo en silencio.
— Soy tu nena... haceme lo que quieras... rompeme toda. Supliqué, entregada al dolor que me recorría la columna.
— Así te quiero, bien sumisa y sin decir ni una palabra que no sea para pedir más. Me ordenó, hundiendo sus dedos en mis caderas mientras me terminaba de usar.

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Estamos afuera, a la sombra de un árbol en un rincón oscuro, y yo estoy de rodillas sobre la tierra, ensuciando mi ropa cara mientras Nacho me usa como si fuera un baño público.
Me agarra del pelo con una mano y con la otra me guía la cabeza, forzándome a una garganta profunda que me deja sin aire, mientras los ruidos de la noche tapan mis gemidos ahogados.
— ¡Tragá todo, perra! Que se note que la pastilla te sacó hasta las ganas de quejarte. Me gruñe, apretándome el cuello con fuerza.— Mmgh... ahh... mmm... Son los únicos ruidos que puedo hacer mientras siento su virilidad ruda golpeándome la garganta.
— ¡Mirala qué buena que es! Parece que le gusta el sabor a calle. Se ríe él solo, disfrutando de mi humillación al aire libre.
— Por favor... Nacho... dejame respirar un segundo. Balbuceé cuando me soltó un momento, solo para que me volviera a agarrar con más furia.
— ¡Nada de respirar! Seguí trabajando que todavía falta mucho para que te deje volver a casa. Sentenció, obligándome a seguir bajo el árbol.

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Estoy de rodillas otra vez, pero ahora estoy atrapada en medio del infierno; Nacho está frente a mí, refregándome toda su verga por la cara y los labios, mientras atrás mío hay otro de sus amigos bullies esperando su turno.
Siento la presión por los dos lados, el olor a macho y la superioridad de estos dos que antes me pegaban y ahora me usan para sacarse las ganas.
— Mirá qué linda parejita hacemos, Mia. Yo te doy por la cara y mi amigo te prepara por atrás. Se burla Nacho, dándome golpecitos en la mejilla con su miembro.
— ¡No... dos es mucho... por favor! Supliqué, mirando hacia arriba con los ojos llenos de terror y excitación prohibida.
— ¿Mucho? Recién empezamos, trola. Agarrá la de Nacho mientras yo te acomodo el vestido. Me gritó el de atrás, dándome un chirlo que me hizo saltar.
— ¡Ahhh! Sí... soy su puta... denme los dos al mismo tiempo. Gemí, perdiendo el poco juicio que me quedaba bajo el peso de sus cuerpos dominantes.
— ¡Eso! Así te queremos, bien abierta y lista para recibir de todos lados. Gritaron los dos al unísono mientras empezaban su banquete conmigo.

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Ahí estoy, aplastada contra el colchón, sintiendo el peso muerto de mi bully arrodillado encima mío como si fuera su propiedad privada.
Desde que cortó con la novia y me obligó a tomar esa pastilla "para que no me pegara más", mi cuerpo se volvió esta fábrica de placer sumiso que él usa para descargar toda su furia de macho alfa.
Siento cómo me abre las piernas y se hunde por última vez, descargando chorros de semen caliente que me queman por dentro mientras me da embestidas cortas y brutas para empujar su leche hasta el fondo de mi útero nuevo.
— ¡Tomá todo, pedazo de trola! ¡Mirá cómo te lleno el tanque para que aprendas quién manda! Me grita mientras sus manos se apoyan con fuerza en la cama, atrapándome.
— ¡Ahhh... sí... lléname todo... soy tu perra! Gimo con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo mi feminidad se rinde ante su potencia.
— ¿Viste que era mejor esto que los bifes que te daba en el recreo? Me pregunta con una risa cruel mientras siento su latido dentro mío.
— Sí... gracias por hacerme mujer... gracias por usarme así. Susurro entregada, sintiendo el espasmo de su corrida final.
— Sos mi depósito de leche personal, Mia. No servís para otra cosa. Sentenció, dejándome el vientre pesado y lleno de él.

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Sigo ahí, boca abajo, con los encajes de mi lencería clavándose en mi piel de seda, pero ahora él me agarra de las tetas con una fuerza que me hace soltar un chillido de dolor y placer.
Me tira el tronco hacia atrás, obligándome a arquear la espalda de una forma inhumana para que mi cara quede a la altura de la suya mientras su semen sigue fluyendo dentro de mi vagina.
Me agarra del mentón y me estampa un beso sucio, con sabor a dominio, mientras siento cómo sus dedos aprietan mis pezones nuevos hasta dejarlos morados.
— ¡Besame como la puta que sos! ¡Sentí cómo te estoy reclamando por todos lados! Me ordena entre dientes, invadiendo mi boca con su lengua ruda.
— Mmmgh... sí... mi macho... me volvés loca. Balbuceo entre el beso, sintiendo el calor de su corrida mezclándose con mi saliva.
— Mirá qué lindas te quedaron las gomas con la pastillita que te pagué. Ahora son mías, ¿entendiste? Me espeta, dándoles un tirón que me hace ver estrellas.
— ¡Ahhh! Sí... hacé lo que quieras... soy tu juguete. Respondo con los ojos en blanco, totalmente domada por su agresividad.
— Sos el mejor reemplazo que pude inventar. Sos mi perra favorita. Me susurra antes de morderme el labio con rabia.

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Él se baja de encima y me ordena ponerme en cuatro, con el culo bien levantado hacia la luz, para disfrutar del desastre que dejó en mi interior.
Me quedo ahí, temblando sobre mis rodillas, sintiendo cómo mi culito se abre y se cierra por puro reflejo, tratando de retener pero terminando por escupir hilos espesos de su semen que chorrean por mis muslos.
— ¡Mirá cómo gotea la nena! ¡Parece que no das abasto con tanta leche! Se burla él, sacándome una foto para tener de recuerdo de mi humillación.
— Es mucha... me llenaste demasiado... soy una sucia. Digo con una vocecita quebrada, viendo cómo el charco blanco crece en las sábanas.
— Sos una sucia pero porque te encanta. Mirá cómo se te estira todo para dejar salir lo que es mío. Me dice, dándome un chirlo sonoro que hace que mis nalgas vibren.
— ¡Ah! Sí... me encanta que me dejes así... marcada y usada. Admito, sintiendo el aire frío en mi intimidad expuesta y empapada.
— Mañana te voy a llenar de nuevo, y pasado también. Sos mi basurero personal, Mia. Me sentencia mientras me mira con un asco lleno de deseo.

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Antes de esto estábamos en la fiesta, y como siempre desde que es soltero, me usa para ganar estatus llevándome a esos concursos de chupadas donde todos los machos me miran con hambre.
Me tiene de rodillas frente a todos, con la cara totalmente bañada en semen ajeno y propio, chorreando por mi mentón y pegoteando mi pelo castaño.
De repente, me agarra del brazo con un tirón seco y me levanta del piso, alzando mi brazo hacia el techo como si fuera una campeona olímpica frente a la horda de pibes que gritan como locos.
— ¡Acá la tienen! ¡La reina de la noche! ¡Nadie la chupa como mi perra! Grita mi bully con un orgullo tóxico, mostrándome como su trofeo de guerra.
— ¡Miren esa carita, está llena de gloria la puta! Grita un desconocido desde el fondo mientras yo trato de limpiar mis ojos empañados por la leche.
— ¡Gané... gané para vos, mi macho! Exclamo con una sonrisa vacía, disfrutando de la humillación pública de ser la mejor petera del boliche.
— ¡Mirá cómo te dejaron, sos un asco de mina y por eso te amo! Me dice él al oído, apretándome el brazo hasta dejarme la marca de sus dedos.
— Hice lo que me pediste... ¿estás contento conmigo? Le pregunto sumisa, mientras los pibes me siguen silbando y yo solo quiero que me lleve a casa para seguir siendo su puta.

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