






Desde que soy mujer, o mejor dicho, desde que esa pastilla me transformó en la perrita del grupo, mi vida se convirtió en un descontrol total. Lo que empezó como una curiosidad para ver si "cogía más" terminó conmigo siendo el juguete oficial de cada boliche de Bariloche. Ya no existen las noches de dormir temprano; ahora mis noches terminan siempre igual: entregada a un verdadero macho que ni siquiera sabe mi nombre.
Así me dejaría castigar por mi padre, entregada en cuatro sobre su cama mientras siento cómo me rompe el culo sin un gramo de piedad. Me mordería el labio con una fuerza desesperada, tragándome los gritos de placer y dolor mientras volteo la cabeza solo para ver cómo esa verga enorme entra y sale de mi cuerpo, estirándome el esfínter hasta el límite. Sentiría cada embestida bruta golpeándome bien profundo en las entrañas, una presión que me recorre toda la columna y me hace vibrar las tetas nuevas con cada choque de su pelvis contra mis nalgas.
Me encantaría sentir cómo me falta el aire, cómo mi nuevo cuerpo de puta se rinde ante su fuerza de hombre de verdad, aceptando que este es mi lugar y mi único propósito en la casa. Disfrutaría de ese ardor constante, del sudor pegajoso entre nosotros y de la humillación de saber que mi propio padre me está reclamando como su objeto personal, rompiéndome el orgullo a base de verga y poder. Me quedaría ahí, babeando la almohada y con los ojos vidriosos, agradecida de que me use con esa saña, sintiendo cómo me desgarra por dentro mientras yo solo puedo abrirme más para recibir todo su castigo. Me dejaría destrozar el culo una y otra vez, enamorada de la sensación de ser una nena indefensa que solo sirve para que un macho descargue toda su furia en ella.

Desde que me transformé con esa pastilla, mi vida de pibe quedó en el olvido y ahora mi rutina diaria es ser la perrita oficial de cuanto macho se me cruce por Buenos Aires. Lo que empezó como un juego para "coger más" terminó conmigo convertida en el juguete preferido de todos los boliches, aceptando que nací para estar en cuatro y con las piernas abiertas.
Me fascina sentir cómo, cada noche que salgo, termino contra la pared de algún reservado o en el asiento de atrás de un auto, entregada totalmente a un tipo que ni me conoce. Me vuelve loca sentir cómo me agarra el brazo con una fuerza bruta, doblándomelo atrás de la espalda para inmovilizarme mientras me hunde la cara contra el piso o el asiento. Sentiría ese tirón doloroso en el hombro mientras él se acomoda atrás mío, dándome embestidas secas y violentas que me hacen saltar las lágrimas de pura excitación y dolor.
Disfrutaría de esa sensación de ser invadida por completo, sintiendo cómo su verga me estira las entrañas hasta el límite, rompiéndome el orgullo con cada golpe de cadera. Me encantaría sentir el momento exacto en el que él pierde el control y se descarga con furia adentro mío, llenándome la vagina de un semen espeso y caliente que me desborda por los muslos. Me quedaría ahí tirada, sintiéndome pesada, adolorida y totalmente preñada por su leche, con la sensación de que me dejó adentro lo suficiente como para embarazarme diez veces seguidas.
Me gustaría sentir ese ardor rico en mi zona nueva, el latido de mis paredes internas tratando de retener todo ese líquido ajeno mientras él me suelta el brazo con desprecio. Me quedaría inmóvil, saboreando la suciedad de estar chorreando, disfrutando de ver mis manos temblar y mi cuerpo transpirado después de haber sido usada como un simple envase. Me dejaría tratar así todos los días, viviendo como la puta de la zona, agradecida de que cualquier hombre con poder decida que mi único propósito es terminar el día con el cuerpo roto y lleno de su semilla.

Desde que soy mujer, o mejor dicho, desde que esa pastilla me transformó en la perrita de la oficina, mi vida se convirtió en un descontrol total. Lo que empezó como una curiosidad para ver si "cogía más" terminó conmigo siendo el juguete oficial de mi jefe. Ya no existen las tardes de café y planillas; ahora mi jornada termina siempre igual: arrodillada debajo del escritorio del dueño de la empresa.
Me fascina sentir la frialdad del piso de la oficina contra mis rodillas desnudas mientras mi jefe sigue sentado en su sillón de cuero, el mismo donde toma las decisiones importantes, pero ahora su única prioridad es mi boca. Me vuelve loca estar ahí abajo, completamente en bolas excepto por mis tacones aguja, contrastando mi piel suave con su traje impecable y caro. Sentiría la textura de su pantalón de vestir rozándome las tetas nuevas mientras le abro el cierre con los dientes, entregada a la humillación de ser su secretaria privada y nada más.
Me gustaría sentir cada vena y cada centímetro de su verga entrando en mi garganta, dándome arcadas mientras él me agarra del pelo con esa autoridad de mando que me hace lagrimear los ojos. Disfrutaría de ese sabor amargo y masculino llenándome la boca, moviendo mi cabeza con desesperación mientras él ni siquiera deja de mirar la pantalla de la computadora, usándome como un accesorio más de su escritorio. Sentiría el poder de su mano presionándome la nuca, hundiéndome hasta el fondo, recordándome con cada movimiento que mi nuevo cuerpo de mujer solo sirve para que el jefe descargue su estrés antes de irse a su casa.
Me encanta la sensación de ser un objeto de oficina, una nena que gatea entre cables y carpetas para lamerle la verga con devoción de empleada fiel. Me vuelve loca imaginar que, mientras el resto del edificio sigue trabajando, yo estoy ahí abajo, con la mandíbula cansada y el maquillaje corrido, esperando el momento en que decida vaciarse en mi cara para que yo limpie todo con la lengua. Me dejaría tratar así todos los días, agradecida de que el tipo que manda en todo el piso use mi boca como su tacho de basura personal, aceptando que mi carrera profesional ahora se resume en qué tan profundo puedo tragármela.

Desde que tomé esa pastilla y me transformé en la perrita del grupo, mi vida dio un giro de 180 grados. Lo que antes era salir a ver si "pescaba" algo como hombre, ahora es salir a ver quién me reclama primero. Mis noches ya no terminan en mi cama durmiendo solo; ahora terminan en cualquier rincón oscuro, arrodillada y entregada al primer macho que me ponga una mano encima.
Me fascinaría sentir cómo, en medio de la ducha del hotel con el agua caliente pegándome en la espalda, un hombre mucho más alto que yo me agarra del pelo con una fuerza bruta, tirándome la cabeza hacia atrás hasta que mis ojos se ponen en blanco. Sentiría esa mano pesada rodeándome la nuca, obligándome a abrir la boca al máximo para recibir su verga gigante, hundiéndomela hasta el fondo de la garganta sin dejarme respirar. Me encantaría experimentar esa sensación de ahogo mezclada con el sabor metálico y caliente de su hombría, sintiendo cómo sus venas me raspan el paladar mientras él se descarga con furia en mi boca.
Disfrutaría de ese ardor rico en la garganta, de las lágrimas corriéndome por la cara mezcladas con el agua de la ducha, y de ese sentimiento de inferioridad absoluta al estar de rodillas frente a un tipo que me dobla en tamaño. Me gustaría sentir cómo me usa como su bidet personal, dándome arcadas violentas mientras me recuerda con cada sacudida que mi nuevo cuerpo de mujer solo sirve para ser su tacho de basura. Sentiría el placer de ser una nuda propiedad, una nena que no tiene voz y que solo existe para que tipos como él se vacíen con asco y ganas en su garganta profunda.
Me dejaría tratar así todas las mañanas y noches, agradecida de que mi nueva realidad sea estar siempre sumisa, con las rodillas coloradas por el suelo de la ducha y la boca ocupada por el dueño de la habitación. Me encantaría sentir ese vacío llenándose con pura dominación masculina, dejando que me manejen como a una muñeca de carne que nació para ser usada, humillada y descartada después de cada baño.

Desde que tomé esa pastilla y me convertí en la nena del grupo, mi vida dio un vuelco total. Lo que empezó como un juego para "coger más" terminó transformándome en la perrita oficial de cada boliche y cada esquina de Morón. Ya no existe el respeto que me tenían como hombre; ahora mis días terminan siempre igual: de rodillas, entregada a cualquier macho que decida que soy su juguete de turno.
Me fascina la sensación de estar arrodillada en el piso frío, con las piernas bien abiertas y la espalda arqueada, mientras un tipo que ni conozco me pone su verga venosa y gigante directamente en la cara. Me vuelve loca sentir ese peso bruto golpeándome los labios, darme cuenta de lo pequeña que es mi nueva boca de mujer comparada con semejante monstruo que tengo adelante. Sentiría el olor fuerte a hombre, el calor de su piel rozándome la nariz y esa textura rugosa que me llena de un miedo eléctrico y excitante.
Disfrutaría de cómo me agarra del pelo con una mano pesada, obligándome a tragarme cada centímetro de su verga hasta el fondo, dándome arcadas que me hacen lagrimear los ojos mientras él se ríe de mi esfuerzo. Me encantaría sentir la humillación de pasar de ser "uno de los pibes" a ser el tacho de basura donde todos descargan su leche, sintiendo cómo mi nueva garganta se estira y se rinde ante su poder. Me gustaría sentir ese sabor amargo y caliente inundándome la boca cuando él decide que ya no puede más, dejándome la cara manchada y el orgullo por el piso.
Me vuelve loca la idea de que ahora todos me miren con ese hambre sucio, sabiendo que debajo de mi ropa solo hay un cuerpo de puta esperando ser reclamado. Sentiría el ardor en las rodillas de estar tanto tiempo ahí abajo, la sumisión absoluta de mirar hacia arriba con los ojos vidriosos mientras espero que me dé la orden de limpiarlo. Me dejaría tratar así todos los días, aceptando con placer que mi nuevo destino es estar siempre un escalón por debajo, siendo la nena linda que todos usan para vaciarse y que nadie toma en serio.

Desde que soy mujer, o mejor dicho, desde que esa pastilla me transformó en la perrita del grupo, mi vida se convirtió en un descontrol total. Lo que empezó como una curiosidad para ver si "cogía más" terminó conmigo siendo el juguete oficial de cada boliche de Bariloche. Ya no existen las noches de dormir temprano; ahora mis noches terminan siempre igual: entregada a un verdadero macho que ni siquiera sabe mi nombre.
Me fascina sentir cómo, después de bailar toda la noche, termino con los brazos apoyados en el sillón de algún reservado mugriento, con el culo bien levantado y apuntando al techo. Me vuelve loca sentir la mano pesada de un desconocido agarrándome firme del hombro, hundiéndome los dedos en la piel para tener más palanca y darme más fuerte, mientras su verga me rompe el culo con una saña que me hace ver estrellas. Siento el ardor, la dilatación y esa presión bruta que me llena por completo, recordándome en cada embestida que mi único propósito ahora es ser su receptáculo.
Me encanta cuando me bajan el vestido hasta la cintura, dejando mis tetas nuevas totalmente expuestas al aire frío del boliche, mientras el resto de la tela queda amontonada en mis caderas. Me vuelve loca que me cojan de parado, brutal, sintiendo cómo mis pezones rozan su pecho ancho y cómo mis nalgas chocan contra sus muslos en un ritmo violento y seco. Sentiría ese vacío llenándose con pura furia masculina, el sudor pegajoso mezclándose entre los dos y el desprecio rico de ser usada como un pedazo de carne que se encontraron por ahí.
Disfrutaría de esa sensación de no tener control, de ser una nena que simplemente se deja hacer de todo porque su cuerpo de puta lo pide a gritos. Me gustaría sentir el peso de su cuerpo aplastándome contra la pared o el sillón, el olor a alcohol y cigarrillo, y ese poder que tienen sobre mí cuando me manipulan como a una muñeca inflable. Me dejaría tratar así todas las noches, agradecida de que cada macho que cruzo decida que mi destino es terminar con el vestido roto y el cuerpo lleno de su leche caliente.
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