hola a todos si no han leido los capitulos previos se los dejare aqui mismo
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Capítulo 4: La Medición Privada
Odiaba los sábados como este. En lugar de estar en mi cuarto, explorando cuerpos con mis amigos, estaba vestido con mi mejor camisa, en la fiesta de cumpleaños de Ramón. Ramón era el chico más fanfarrón del curso. Musculoso, siempre presumiendo en los vestidores de lo mucho que levantaba en pesas, y sobre todo, jactándose de que tenía la verga más grande de toda la escuela.
—¿Por qué tuvimos que venir? —susurré a Marco, que estaba a mi lado, con un refresco en la mano.
—Porque mi mamá me obligó. Dijo que sería de mala educación no invitarlo si él nos invitó a todos —dijo Marco, arrugando la nariz.
Canelo y Andy estaban cerca, igual de incómodos que nosotros. El club estaba completo, pero en un lugar donde no podíamos ser nosotros mismos. La música estaba alta, y el aire olía a pizza y a perfume barato.
Fue cuando estaba buscando el baño que me topé con Ramón en el pasillo, solo, ajustándose su camisa justa frente a un espejo.
—Oye, Oscar —me dijo, sin mirarme—. ¿Y tu amigo, el moreno? ¿Sigue creyendo que él es el más dotado?
Me quedé quieto. El rumor había llegado a oídos de Ramón, y claro, no lo iba a dejar pasar.
—No sé de qué hablas —dije, queriendo evitar problemas.
Ramón se rio, un sonido bajo y arrogante. —Claro que sí. El rumor de que entre más oscuro el güey, más grande es el miembro. Yo sé que es mentira, porque yo tengo la prueba de que soy el campeón.
Se dio un golpe en la entrepierna. Estaba solo, era mi oportunidad. O la de Marco.
—¿Tan seguro? —dije, con una confianza que no sentía—. Marco te supera.
Ramón se rio más fuerte. —¿En serio? Pues te reto. Tú, yo y él. Ahora mismo. En el cuarto de al lado. A ver quién dice la verdad.
Mi corazón latió mil por hora. —¿Y qué gana el ganador?
Ramón me miró con una sonrisa pícara. —Si yo gano... tu amigo Marco me da un beso. Justo aquí —dijo, y se golpeó la entrepierna de nuevo—. Un beso de sumisión.
—Y si Marco gana —dije, con la voz firme—. Tú le das un beso a él. En su verga.
El sonrió, seguro de sí mismo. —Trato hecho. Pero para que no haya trampa, traeremos a Canelo. Él será nuestro juez. Con una cinta de medir.
Fui a buscar a Marco y a Canelo. Les expliqué la situación y los ojos de Marco se encendieron con el desafío. Nos dirigimos a la habitación principal de Ramón, un cuarto grande con una cama enorme y pósters de mujeres en bikini en las paredes. Canelo cerró la puerta con llave.
—Bueno, muchachos, es hora de la verdad —dijo Ramón, y se desabrochó los pantalones sin ninguna vergüenza.
Sacó su verga. Y joder, era impresionante. Flácida, ya era gruesa y larga, con un par de huevos colgantes y pesados que parecían dos pelotas de golf. El vello púbico era oscuro y abundante, recortado pero no demasiado. La cabeza, incluso sin estar erecta, era ancha y de un color rosado oscuro.
—¿Qué tal, eh? —dijo, orgulloso—. ¿Alguien puede superar esto?
Marco me miró. Asentí. Era nuestro momento.
Marco se desabrochó los pantalones y sacó su verga. Flácida, era oscura, larga y delgada, con un prepucio que cubría casi toda la cabeza. Era hermosa, elegante, pero al lado del monstruo de Ramón, parecía más pequeña.
Canelo sacó una cinta de costurera de su bolsillo. —Ok, muchachos, a ponerse duros. Quiero medidas exactas.
Ramón no tuvo problemas. Agarró su verga y comenzó a jalársela con movimientos rápidos y seguros. Creció rápidamente. Se puvo tiesa, apuntando hacia arriba, y era aún más imponente. La vena gruesa que la recorría pulsaba con cada latido de su corazón. La cabeza se hinchó y brilló con una gota de líquido transparente.
Marco también comenzó a jalársela. Su verga creció, se puso dura y oscura, pero parecía que no alcanzaría a Ramón.
—Ok, Ramón primero —dijo Canelo, acercándose con la cinta.
La rodeó alrededor de la base. —Veinte centímetros de circunferencia —anunció.
Luego la midió desde la base hasta la punta. —Dieciocho centímetros de largo.
Nos quedamos callados. Eran unas medidas impresionantes.
—Ahora tú, Marco —dijo Canelo.
Marco respiró hondo. Canelo midió su verga. —Dieciocho centímetros de circunferencia —dijo—. Y... diecisiete y medio de largo.
Ramón soltó una carcajada de triunfo. —¡Se los dije! Gané por poco, pero gané. Ahora, a pagar la apuesta.
Se acercó a Marco, con su verga enorme y erecta. —Ven aquí, moreno. Dame mi beso.
Marco se arrodilló frente a él. Ramón le pasó la mano por el pelo, de forma dominante. Marco lo miró a los ojos, y luego, lentamente, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la cabeza húmeda y caliente de la verga de Ramón. Fue un beso rápido, casi reverencial.
Pero Marco no se movió. En lugar de levantarse, abrió la boca y se la tragó entera.
Ramón gritó de sorpresa. —¡¿Qué cojones haces, pendejo?! —dijo, tratando de empujarlo—. ¡Solo era un beso!
Marco no soltó. Movía la cabeza, su lengua jugando con la cabeza de Ramón, y el fanfarrón comenzó a gemir, su cuerpo tensándose de una forma nueva.
—¡Sueltenlo! —dije, acercándome y agarrando a Ramón por los brazos—. Relájate, güey. Disfrútalo.
—¿Qué...? —dijo Ramón, confundido, con la verga de Marco todavía en su boca.
—Es que se siente bien, ¿no? —dijo Canelo, acercándose por detrás de Ramón y comenzándole a masajear los hombros—. Déjate llevar. Nadie lo va a saber. Solo nosotros.
Andy se unió, besándole el cuello y el pecho. Ramón estaba atrapado entre nosotros, con su verga en la boca de Marco y nuestros cuerpos rodeándolo. Su resistencia se desvaneció, reemplazada por gemidos de placer.
—Joder... joder... —gemía, mientras Marco lo chupaba con más fuerza.
Lo acostamos en la cama. Marco siguió chupándolo, mientras Canelo y Andy le besaban todo el cuerpo. Yo me arrodillé a su lado y le susurré al oído:
—¿Ves, Ramón? No se trata de quién tiene la más grande. Se trata de compartirla.
Él me miró, con los ojos vidriosos. —Sí... joder, sí.
Marco se detuvo. —Ahora te toca a ti, campeón. Cógelos a todos. Muéstrales de lo que eres capaz.
Ramón sonrió, esa sonrisa arrogante pero ahora mezclada con lujuria. Se levantó, con su verga todavía tiesa y goteando.
—Tú primero, Oscar —dijo, empujándome hacia la cama.
Me acosté de espaldas. Ramón se subió encima de mí, y sin previo aviso, me la metió de un solo golpe. Grité, una mezcla de dolor y placer puro. Era enorme, me llenaba por completo.
—¿Te gusta? —gemía él, moviéndose con fuerza—. ¿Te gusta la verga del campeón?
No podía hablar. Solo gemía, mientras él me cogía con esa energía brutal que lo caracterizaba.
Luego se movió hacia Canelo, luego hacia Andy, cogiéndolos a todos con la misma fuerza. Los gemidos llenaban la habitación, mezclados con el sonido de los cuerpos chocando.
—Mi turno —dijo Marco, y se colocó detrás de Ramón.
Ramón se detuvo, con la verga ...dentro de Andy. Miró hacia atrás, a Marco, con una mezcla de sorpresa y desafío en los ojos.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó Ramón, sin dejar de moverse lentamente dentro de Andy.
Marco sonrió, esa sonrisa pícara que ya conocíamos. —Ganaste el reto, pero yo marqué las reglas del juego. Ahora te toca a ti recibir.
Y con esas palabras, Marco se arrodilló detrás de Ramón, le separó las nalgas y comenzó a lamiérselo. Ramón soltó un gemido ahogado, una mezcla de shock y placer. Nadie le había hecho eso nunca.
—Joder, Marco... ¿qué...?
—Relájate, campeón —dije, acercándome y masajeándole los pechos—. Es parte de la iniciación.
Ramón se quedó quieto, permitiendo que Marco lo preparara. Luego, cuando sintió que estaba listo, Marco se colocó detrás de él y le metió su verga negra y larga de un solo golpe.
Ramón gritó. Esta vez era un grito de puro placer, de sumisión. Nunca había sentido algo así. Era doloroso y increíble a la vez.
—¡Sigue, joder, sigue! —gemía, mientras Marco comenzaba a moverse dentro de él.
Nos convertimos en una máquina de placer. Ramón en el centro, cogiendo a Andy mientras Marco lo cogía a él. Canelo y yo nos acercamos, y Ramón, sin soltar a Andy, comenzó a jalárnoslas, una en cada mano.
—Así, campeón, así —animé—. Usa todo tu cuerpo.
La escena era increíble. El chico más fanfarrón de la escuela, ahora en el centro de nuestra orgía, cogiendo y siendo cogido al mismo tiempo, con sus manos llenas de nuestras vergas.
—Casi, casi —gemía Ramón—. Siento que voy a...
—Nosotros también —dijo Marco, acelerando su ritmo.
Nos venimos casi al mismo tiempo. Marco dentro de Ramón, Ramón dentro de Andy, y Canelo y yo en las manos de Ramón. Nuestra leche caliente salpicó su pecho y su abdomen. Nos quedamos así un rato, un montón de cuerpos sudados y agitados en la cama de Ramón.
—Joder —dijo Ramón, por fin rompiendo el silencio—. Eso fue... mucho mejor que ganar.
Nos reímos todos.
—Claro que sí —dije—. Porque ahora no tienes que presumir. Solo tienes que disfrutar.
Ramón se quedó callado un rato, luego sonrió. —¿Ese club del que hablaban... ¿todavía hay cupo?
—Para un miembro como tú, siempre hay cupo —dijo Marco, dándole una palmada en el trasero—. Pero ahora hay nuevas reglas. El que más presume, es el primero en ser cogido.
Ramón rio, una carcajada genuina y libre. —Me parece justo. ¿Cuándo es la próxima reunión?
—Mañana —dije—. En mi cuarto. A las diez. Y esta vez, tú traes la cinta.
Nos levantamos y nos vestimos, pero el ambiente había cambiado. Ya no éramos cuatro amigos explorando. Éramos cinco. Y nuestro club era más fuerte, más grande y mucho más atrevido que nunca.
—Esto de la pubertad —dijo Ramón, mientras nos preparábamos para salir—. No está tan mal.
—Para nada —dije, y nos reímos.
Mientras salíamos de los vestidores, supe que esto era solo el principio. Había más chicos en la escuela, más cuerpos que explorar, más secretos que descubrir. Y nosotros, los miembros del club secreto, estábamos ahí para ayudarlos a todos.
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Capítulo 4: La Medición Privada
Odiaba los sábados como este. En lugar de estar en mi cuarto, explorando cuerpos con mis amigos, estaba vestido con mi mejor camisa, en la fiesta de cumpleaños de Ramón. Ramón era el chico más fanfarrón del curso. Musculoso, siempre presumiendo en los vestidores de lo mucho que levantaba en pesas, y sobre todo, jactándose de que tenía la verga más grande de toda la escuela.
—¿Por qué tuvimos que venir? —susurré a Marco, que estaba a mi lado, con un refresco en la mano.
—Porque mi mamá me obligó. Dijo que sería de mala educación no invitarlo si él nos invitó a todos —dijo Marco, arrugando la nariz.
Canelo y Andy estaban cerca, igual de incómodos que nosotros. El club estaba completo, pero en un lugar donde no podíamos ser nosotros mismos. La música estaba alta, y el aire olía a pizza y a perfume barato.
Fue cuando estaba buscando el baño que me topé con Ramón en el pasillo, solo, ajustándose su camisa justa frente a un espejo.
—Oye, Oscar —me dijo, sin mirarme—. ¿Y tu amigo, el moreno? ¿Sigue creyendo que él es el más dotado?
Me quedé quieto. El rumor había llegado a oídos de Ramón, y claro, no lo iba a dejar pasar.
—No sé de qué hablas —dije, queriendo evitar problemas.
Ramón se rio, un sonido bajo y arrogante. —Claro que sí. El rumor de que entre más oscuro el güey, más grande es el miembro. Yo sé que es mentira, porque yo tengo la prueba de que soy el campeón.
Se dio un golpe en la entrepierna. Estaba solo, era mi oportunidad. O la de Marco.
—¿Tan seguro? —dije, con una confianza que no sentía—. Marco te supera.
Ramón se rio más fuerte. —¿En serio? Pues te reto. Tú, yo y él. Ahora mismo. En el cuarto de al lado. A ver quién dice la verdad.
Mi corazón latió mil por hora. —¿Y qué gana el ganador?
Ramón me miró con una sonrisa pícara. —Si yo gano... tu amigo Marco me da un beso. Justo aquí —dijo, y se golpeó la entrepierna de nuevo—. Un beso de sumisión.
—Y si Marco gana —dije, con la voz firme—. Tú le das un beso a él. En su verga.
El sonrió, seguro de sí mismo. —Trato hecho. Pero para que no haya trampa, traeremos a Canelo. Él será nuestro juez. Con una cinta de medir.
Fui a buscar a Marco y a Canelo. Les expliqué la situación y los ojos de Marco se encendieron con el desafío. Nos dirigimos a la habitación principal de Ramón, un cuarto grande con una cama enorme y pósters de mujeres en bikini en las paredes. Canelo cerró la puerta con llave.
—Bueno, muchachos, es hora de la verdad —dijo Ramón, y se desabrochó los pantalones sin ninguna vergüenza.
Sacó su verga. Y joder, era impresionante. Flácida, ya era gruesa y larga, con un par de huevos colgantes y pesados que parecían dos pelotas de golf. El vello púbico era oscuro y abundante, recortado pero no demasiado. La cabeza, incluso sin estar erecta, era ancha y de un color rosado oscuro.
—¿Qué tal, eh? —dijo, orgulloso—. ¿Alguien puede superar esto?
Marco me miró. Asentí. Era nuestro momento.
Marco se desabrochó los pantalones y sacó su verga. Flácida, era oscura, larga y delgada, con un prepucio que cubría casi toda la cabeza. Era hermosa, elegante, pero al lado del monstruo de Ramón, parecía más pequeña.
Canelo sacó una cinta de costurera de su bolsillo. —Ok, muchachos, a ponerse duros. Quiero medidas exactas.
Ramón no tuvo problemas. Agarró su verga y comenzó a jalársela con movimientos rápidos y seguros. Creció rápidamente. Se puvo tiesa, apuntando hacia arriba, y era aún más imponente. La vena gruesa que la recorría pulsaba con cada latido de su corazón. La cabeza se hinchó y brilló con una gota de líquido transparente.
Marco también comenzó a jalársela. Su verga creció, se puso dura y oscura, pero parecía que no alcanzaría a Ramón.
—Ok, Ramón primero —dijo Canelo, acercándose con la cinta.
La rodeó alrededor de la base. —Veinte centímetros de circunferencia —anunció.
Luego la midió desde la base hasta la punta. —Dieciocho centímetros de largo.
Nos quedamos callados. Eran unas medidas impresionantes.
—Ahora tú, Marco —dijo Canelo.
Marco respiró hondo. Canelo midió su verga. —Dieciocho centímetros de circunferencia —dijo—. Y... diecisiete y medio de largo.
Ramón soltó una carcajada de triunfo. —¡Se los dije! Gané por poco, pero gané. Ahora, a pagar la apuesta.
Se acercó a Marco, con su verga enorme y erecta. —Ven aquí, moreno. Dame mi beso.
Marco se arrodilló frente a él. Ramón le pasó la mano por el pelo, de forma dominante. Marco lo miró a los ojos, y luego, lentamente, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la cabeza húmeda y caliente de la verga de Ramón. Fue un beso rápido, casi reverencial.
Pero Marco no se movió. En lugar de levantarse, abrió la boca y se la tragó entera.
Ramón gritó de sorpresa. —¡¿Qué cojones haces, pendejo?! —dijo, tratando de empujarlo—. ¡Solo era un beso!
Marco no soltó. Movía la cabeza, su lengua jugando con la cabeza de Ramón, y el fanfarrón comenzó a gemir, su cuerpo tensándose de una forma nueva.
—¡Sueltenlo! —dije, acercándome y agarrando a Ramón por los brazos—. Relájate, güey. Disfrútalo.
—¿Qué...? —dijo Ramón, confundido, con la verga de Marco todavía en su boca.
—Es que se siente bien, ¿no? —dijo Canelo, acercándose por detrás de Ramón y comenzándole a masajear los hombros—. Déjate llevar. Nadie lo va a saber. Solo nosotros.
Andy se unió, besándole el cuello y el pecho. Ramón estaba atrapado entre nosotros, con su verga en la boca de Marco y nuestros cuerpos rodeándolo. Su resistencia se desvaneció, reemplazada por gemidos de placer.
—Joder... joder... —gemía, mientras Marco lo chupaba con más fuerza.
Lo acostamos en la cama. Marco siguió chupándolo, mientras Canelo y Andy le besaban todo el cuerpo. Yo me arrodillé a su lado y le susurré al oído:
—¿Ves, Ramón? No se trata de quién tiene la más grande. Se trata de compartirla.
Él me miró, con los ojos vidriosos. —Sí... joder, sí.
Marco se detuvo. —Ahora te toca a ti, campeón. Cógelos a todos. Muéstrales de lo que eres capaz.
Ramón sonrió, esa sonrisa arrogante pero ahora mezclada con lujuria. Se levantó, con su verga todavía tiesa y goteando.
—Tú primero, Oscar —dijo, empujándome hacia la cama.
Me acosté de espaldas. Ramón se subió encima de mí, y sin previo aviso, me la metió de un solo golpe. Grité, una mezcla de dolor y placer puro. Era enorme, me llenaba por completo.
—¿Te gusta? —gemía él, moviéndose con fuerza—. ¿Te gusta la verga del campeón?
No podía hablar. Solo gemía, mientras él me cogía con esa energía brutal que lo caracterizaba.
Luego se movió hacia Canelo, luego hacia Andy, cogiéndolos a todos con la misma fuerza. Los gemidos llenaban la habitación, mezclados con el sonido de los cuerpos chocando.
—Mi turno —dijo Marco, y se colocó detrás de Ramón.
Ramón se detuvo, con la verga ...dentro de Andy. Miró hacia atrás, a Marco, con una mezcla de sorpresa y desafío en los ojos.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó Ramón, sin dejar de moverse lentamente dentro de Andy.
Marco sonrió, esa sonrisa pícara que ya conocíamos. —Ganaste el reto, pero yo marqué las reglas del juego. Ahora te toca a ti recibir.
Y con esas palabras, Marco se arrodilló detrás de Ramón, le separó las nalgas y comenzó a lamiérselo. Ramón soltó un gemido ahogado, una mezcla de shock y placer. Nadie le había hecho eso nunca.
—Joder, Marco... ¿qué...?
—Relájate, campeón —dije, acercándome y masajeándole los pechos—. Es parte de la iniciación.
Ramón se quedó quieto, permitiendo que Marco lo preparara. Luego, cuando sintió que estaba listo, Marco se colocó detrás de él y le metió su verga negra y larga de un solo golpe.
Ramón gritó. Esta vez era un grito de puro placer, de sumisión. Nunca había sentido algo así. Era doloroso y increíble a la vez.
—¡Sigue, joder, sigue! —gemía, mientras Marco comenzaba a moverse dentro de él.
Nos convertimos en una máquina de placer. Ramón en el centro, cogiendo a Andy mientras Marco lo cogía a él. Canelo y yo nos acercamos, y Ramón, sin soltar a Andy, comenzó a jalárnoslas, una en cada mano.
—Así, campeón, así —animé—. Usa todo tu cuerpo.
La escena era increíble. El chico más fanfarrón de la escuela, ahora en el centro de nuestra orgía, cogiendo y siendo cogido al mismo tiempo, con sus manos llenas de nuestras vergas.
—Casi, casi —gemía Ramón—. Siento que voy a...
—Nosotros también —dijo Marco, acelerando su ritmo.
Nos venimos casi al mismo tiempo. Marco dentro de Ramón, Ramón dentro de Andy, y Canelo y yo en las manos de Ramón. Nuestra leche caliente salpicó su pecho y su abdomen. Nos quedamos así un rato, un montón de cuerpos sudados y agitados en la cama de Ramón.
—Joder —dijo Ramón, por fin rompiendo el silencio—. Eso fue... mucho mejor que ganar.
Nos reímos todos.
—Claro que sí —dije—. Porque ahora no tienes que presumir. Solo tienes que disfrutar.
Ramón se quedó callado un rato, luego sonrió. —¿Ese club del que hablaban... ¿todavía hay cupo?
—Para un miembro como tú, siempre hay cupo —dijo Marco, dándole una palmada en el trasero—. Pero ahora hay nuevas reglas. El que más presume, es el primero en ser cogido.
Ramón rio, una carcajada genuina y libre. —Me parece justo. ¿Cuándo es la próxima reunión?
—Mañana —dije—. En mi cuarto. A las diez. Y esta vez, tú traes la cinta.
Nos levantamos y nos vestimos, pero el ambiente había cambiado. Ya no éramos cuatro amigos explorando. Éramos cinco. Y nuestro club era más fuerte, más grande y mucho más atrevido que nunca.
—Esto de la pubertad —dijo Ramón, mientras nos preparábamos para salir—. No está tan mal.
—Para nada —dije, y nos reímos.
Mientras salíamos de los vestidores, supe que esto era solo el principio. Había más chicos en la escuela, más cuerpos que explorar, más secretos que descubrir. Y nosotros, los miembros del club secreto, estábamos ahí para ayudarlos a todos.
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