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Capítulo 3: El Miembro Inesperado
La semana siguiente, el plan estaba en marcha. Jesse, el nadador rubio, era nuestro objetivo. Lo habíamos visto en la piscina, con ese cuerpo atlético, los hombros anchos y una cintura que se hacía más y más estrecha hacia abajo. Era como un dios griego, con el pelo mojado pegado a su cuello y una sonrisa que te derretía.
—Tenemos que atraparlo en los vestidores —dijo Marco, mientras nos acercábamos al edificio de deportes—. Es el único lugar donde podemos estar solos con él.
Canelo asintió, con los ojos brillantes de emoción. —Y si está en la regadera, mejor. Ahí no puede escapar.
Nos colamos en los vestidores masculinos, que olían a cloro y sudor. Estaban vacíos, excepto por un chico que estaba sentado en un banco, con la cabeza entre las manos. Era alto, muy alto para su edad, y robusto, con un cuerpo que tendía más a la obesidad que a los músculos. Lo reconocí: era Andy, un chico de nuestra clase que casi nunca hablaba.
—¿Qué onda, Andy? —pregunté, acercándome con cuidado—. ¿Estás bien?
Él levantó la cabeza, y vi que sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando. —Nada, déjenme.
—No, güey, si algo te pasa, podemos ayudar —dijo Marco, sentándose a su lado—. Somos amigos, ¿no?
Andy nos miró, con desconfianza. —No son mis amigos. Nadie lo es.
—Podemos serlo —dijo Canelo, con su sonrisa inocente—. ¿Qué te pasa? ¿Te molestaron?
Andy negó con la cabeza. —Es peor. Es... yo.
—¿Tú? —pregunté—. ¿Qué pasa contigo?
Él dudó, luego bajó la voz. —Es mi verga. Es muy pequeña.
Nos quedamos callados. Marco y yo intercambiamos una mirada. Esto era inesperado, pero... interesante.
—¿Cómo sabes que es pequeña? —pregunté—. ¿Con qué la comparas?
—Con las de los demás chicos —dijo Andy, con la voz rota—. En los vestidores, en la regadera. Las veo, y la mía... es como un chícharo. Me da vergüenza.
—Pues hay una forma de saberlo con certeza —dijo Marco, con su tono persuasivo—. Podemos compararla. Con las nuestras.
Andy nos miró, asustado. —¿En serio? ¿Ustedes...?
—Claro —dije—. Somos un club. Un club secreto. Exploramos cuerpos, nos ayudamos a sentirnos bien. Y tú, amigo, necesitas nuestra ayuda.
Andy seguía dudoso, pero vi una chispa de curiosidad en sus ojos. —¿Y si... si la mía es la más pequeña de todas?
—Entonces te ayudaremos a aceptarlo —dijo Canelo—. Pero te apuesto que no es tan pequeña como crees.
Con mucha timidez, Andy se desabrochó los pantalones del uniforme de deportes. Sacó su verga, que estaba flácida y escondida entre una montaña de vello púbico. Era pequeña, sí, pero no tanto como él decía.
—Vé —dije—. No es para tanto.
—Pero está flácida —dijo Marco—. Hay que verla erecta. Eso cambia todo.
—¿Cómo... cómo hago para que se ponga dura? —preguntó Andy, con inocencia.
—Nosotros te ayudamos —dije, y me arrodillé frente a él.
Comencé a masajearle las piernas, acercándome cada vez más a su entrepierna. Marco se acercó por detrás y le empezo a masajear los hombros, mientras Canelo le susurraba cosas al oído que no podía escuchar pero que claramente lo estaban excitando.
La verga de Andy comenzó a crecer. Lentamente, al principio, luego más rápido, hasta que estuvo completamente erecta. Y entonces vimos la verdad. No era pequeña. Era bastane decente. Gorda, larga, con una cabeza roja y brillante que parecía una joya.
—Joder, Andy —dije—. Está enorme.
Andy la miró, con los ojos como platos. —¿De verdad? Yo... yo nunca la había visto así.
—Es porque nunca la has visto con los ojos de la confianza —dijo Marco, sonriendo—. Ahora tócala. Siente cómo es.
Andy comenzó a jalársela, con torpeza al principio, luego con más seguridad. Nosotros nos desnudamos también, sacando nuestras vergas, que ya estaban duras solo de verlo.
—Únete a nosotros —dije, extendiendo mi mano—. Sé parte del club.
Andy tomó mi mano, y lo ayudamos a levantarse. Lo acostamos en el banco, y los tres nos arrodillamos a su alrededor.
—Vamos a hacerte sentir como un rey —dijo Canelo, y se inclinó para besarle los pezones, que eran grandes y oscuros.
Marco se arrodilló entre sus piernas y comenzó a chuparle la verga, con esa habilidad que ya conocíamos. Andy gimió, un sonido bajo y gutural que venía de lo más profundo de su ser.
Yo me arrodillé a su lado y comencé a besarle el cuello, sus orejas, su frente. —Eres hermoso, Andy. Tu cuerpo es increíble.
Él me miró, con los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez eran de alegría. —¿De verdad?
—Claro que sí —dije, y lo besé en los labios.
Fue un beso torpe al principio, luego más apasionado. Mientras lo besaba, sentí cómo Canelo se unía a nosotros, besando también a Andy, luego a mí, luego a Marco.
Nos convertimos en un mar de cuerpos, un torbellino de manos y bocas y vergas. Andy, que antes se sentía como un monstruo, ahora era el centro de atención, el dios de nuestra pequeña orgia.
—Quiero... quiero hacerles lo mismo a ustedes —dijo él, con la voz rota.
Nos recostamos en el suelo, y Andy se arrodilló frente a nosotros. Tomó nuestras vergas en sus manos, una en cada una, y comenzó a jalárnoslas, mientras Canelo lo chupaba a él.
—Así, güey, así —animé—. Más rápido.
Seguimos así, los cuatro, en una danza de placer puro. Andy, que antes se avergonzaba de su cuerpo, ahora lo usaba para darnos placer, y para recibirlo.
—Casi, casi —gemía él.
—Nosotros también —dijo Marco.
Nos venimos casi al mismo tiempo. La leche caliente de Andy salpicó nuestro pecho y nuestro abdomen. La mía y la de Marco salieron disparadas, cayendo en el suelo y en las piernas de Canelo.
Nos quedamos así un rato, agotados pero satisfechos, en un montón de cuerpos sudados y pegajosos.
—Joder —dijo Andy, por fin rompiendo el silencio—. Eso fue... increíble.
—Te lo dije —dije, sonriendo—. Eres parte del club ahora.
—¿Y qué pasa con Jesse? —preguntó Canelo—. ¿Todavía lo buscamos?
Nos miramos los tres, luego a Andy.
—Claro que sí —dijo Marco—. Pero ahora tenemos un nuevo miembro. Y un nuevo plan.
Andy sonrió, una sonrisa que nunca le había visto. —Yo puedo ayudarlo. Conozco sus horarios. Sé cuándo está solo.
Nos levantamos y nos vestimos, pero el ambiente había cambiado. Ya no éramos tres, éramos cuatro. Y nuestro club era más fuerte que nunca.
—Esto de la pubertad —dijo Andy, mientras nos preparábamos para salir—. No está tan mal.
—Para nada —dije, y nos reímos.
Mientras salíamos de los vestidores, supe que esto era solo el principio. Había más chicos en la escuela, más cuerpos que explorar, más secretos que descubrir. Y nosotros, los miembros del club secreto, estábamos ahí para ayudarlos a todos
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Capítulo 3: El Miembro Inesperado
La semana siguiente, el plan estaba en marcha. Jesse, el nadador rubio, era nuestro objetivo. Lo habíamos visto en la piscina, con ese cuerpo atlético, los hombros anchos y una cintura que se hacía más y más estrecha hacia abajo. Era como un dios griego, con el pelo mojado pegado a su cuello y una sonrisa que te derretía.
—Tenemos que atraparlo en los vestidores —dijo Marco, mientras nos acercábamos al edificio de deportes—. Es el único lugar donde podemos estar solos con él.
Canelo asintió, con los ojos brillantes de emoción. —Y si está en la regadera, mejor. Ahí no puede escapar.
Nos colamos en los vestidores masculinos, que olían a cloro y sudor. Estaban vacíos, excepto por un chico que estaba sentado en un banco, con la cabeza entre las manos. Era alto, muy alto para su edad, y robusto, con un cuerpo que tendía más a la obesidad que a los músculos. Lo reconocí: era Andy, un chico de nuestra clase que casi nunca hablaba.
—¿Qué onda, Andy? —pregunté, acercándome con cuidado—. ¿Estás bien?
Él levantó la cabeza, y vi que sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando. —Nada, déjenme.
—No, güey, si algo te pasa, podemos ayudar —dijo Marco, sentándose a su lado—. Somos amigos, ¿no?
Andy nos miró, con desconfianza. —No son mis amigos. Nadie lo es.
—Podemos serlo —dijo Canelo, con su sonrisa inocente—. ¿Qué te pasa? ¿Te molestaron?
Andy negó con la cabeza. —Es peor. Es... yo.
—¿Tú? —pregunté—. ¿Qué pasa contigo?
Él dudó, luego bajó la voz. —Es mi verga. Es muy pequeña.
Nos quedamos callados. Marco y yo intercambiamos una mirada. Esto era inesperado, pero... interesante.
—¿Cómo sabes que es pequeña? —pregunté—. ¿Con qué la comparas?
—Con las de los demás chicos —dijo Andy, con la voz rota—. En los vestidores, en la regadera. Las veo, y la mía... es como un chícharo. Me da vergüenza.
—Pues hay una forma de saberlo con certeza —dijo Marco, con su tono persuasivo—. Podemos compararla. Con las nuestras.
Andy nos miró, asustado. —¿En serio? ¿Ustedes...?
—Claro —dije—. Somos un club. Un club secreto. Exploramos cuerpos, nos ayudamos a sentirnos bien. Y tú, amigo, necesitas nuestra ayuda.
Andy seguía dudoso, pero vi una chispa de curiosidad en sus ojos. —¿Y si... si la mía es la más pequeña de todas?
—Entonces te ayudaremos a aceptarlo —dijo Canelo—. Pero te apuesto que no es tan pequeña como crees.
Con mucha timidez, Andy se desabrochó los pantalones del uniforme de deportes. Sacó su verga, que estaba flácida y escondida entre una montaña de vello púbico. Era pequeña, sí, pero no tanto como él decía.
—Vé —dije—. No es para tanto.
—Pero está flácida —dijo Marco—. Hay que verla erecta. Eso cambia todo.
—¿Cómo... cómo hago para que se ponga dura? —preguntó Andy, con inocencia.
—Nosotros te ayudamos —dije, y me arrodillé frente a él.
Comencé a masajearle las piernas, acercándome cada vez más a su entrepierna. Marco se acercó por detrás y le empezo a masajear los hombros, mientras Canelo le susurraba cosas al oído que no podía escuchar pero que claramente lo estaban excitando.
La verga de Andy comenzó a crecer. Lentamente, al principio, luego más rápido, hasta que estuvo completamente erecta. Y entonces vimos la verdad. No era pequeña. Era bastane decente. Gorda, larga, con una cabeza roja y brillante que parecía una joya.
—Joder, Andy —dije—. Está enorme.
Andy la miró, con los ojos como platos. —¿De verdad? Yo... yo nunca la había visto así.
—Es porque nunca la has visto con los ojos de la confianza —dijo Marco, sonriendo—. Ahora tócala. Siente cómo es.
Andy comenzó a jalársela, con torpeza al principio, luego con más seguridad. Nosotros nos desnudamos también, sacando nuestras vergas, que ya estaban duras solo de verlo.
—Únete a nosotros —dije, extendiendo mi mano—. Sé parte del club.
Andy tomó mi mano, y lo ayudamos a levantarse. Lo acostamos en el banco, y los tres nos arrodillamos a su alrededor.
—Vamos a hacerte sentir como un rey —dijo Canelo, y se inclinó para besarle los pezones, que eran grandes y oscuros.
Marco se arrodilló entre sus piernas y comenzó a chuparle la verga, con esa habilidad que ya conocíamos. Andy gimió, un sonido bajo y gutural que venía de lo más profundo de su ser.
Yo me arrodillé a su lado y comencé a besarle el cuello, sus orejas, su frente. —Eres hermoso, Andy. Tu cuerpo es increíble.
Él me miró, con los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez eran de alegría. —¿De verdad?
—Claro que sí —dije, y lo besé en los labios.
Fue un beso torpe al principio, luego más apasionado. Mientras lo besaba, sentí cómo Canelo se unía a nosotros, besando también a Andy, luego a mí, luego a Marco.
Nos convertimos en un mar de cuerpos, un torbellino de manos y bocas y vergas. Andy, que antes se sentía como un monstruo, ahora era el centro de atención, el dios de nuestra pequeña orgia.
—Quiero... quiero hacerles lo mismo a ustedes —dijo él, con la voz rota.
Nos recostamos en el suelo, y Andy se arrodilló frente a nosotros. Tomó nuestras vergas en sus manos, una en cada una, y comenzó a jalárnoslas, mientras Canelo lo chupaba a él.
—Así, güey, así —animé—. Más rápido.
Seguimos así, los cuatro, en una danza de placer puro. Andy, que antes se avergonzaba de su cuerpo, ahora lo usaba para darnos placer, y para recibirlo.
—Casi, casi —gemía él.
—Nosotros también —dijo Marco.
Nos venimos casi al mismo tiempo. La leche caliente de Andy salpicó nuestro pecho y nuestro abdomen. La mía y la de Marco salieron disparadas, cayendo en el suelo y en las piernas de Canelo.
Nos quedamos así un rato, agotados pero satisfechos, en un montón de cuerpos sudados y pegajosos.
—Joder —dijo Andy, por fin rompiendo el silencio—. Eso fue... increíble.
—Te lo dije —dije, sonriendo—. Eres parte del club ahora.
—¿Y qué pasa con Jesse? —preguntó Canelo—. ¿Todavía lo buscamos?
Nos miramos los tres, luego a Andy.
—Claro que sí —dijo Marco—. Pero ahora tenemos un nuevo miembro. Y un nuevo plan.
Andy sonrió, una sonrisa que nunca le había visto. —Yo puedo ayudarlo. Conozco sus horarios. Sé cuándo está solo.
Nos levantamos y nos vestimos, pero el ambiente había cambiado. Ya no éramos tres, éramos cuatro. Y nuestro club era más fuerte que nunca.
—Esto de la pubertad —dijo Andy, mientras nos preparábamos para salir—. No está tan mal.
—Para nada —dije, y nos reímos.
Mientras salíamos de los vestidores, supe que esto era solo el principio. Había más chicos en la escuela, más cuerpos que explorar, más secretos que descubrir. Y nosotros, los miembros del club secreto, estábamos ahí para ayudarlos a todos
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