
La mañana era tranquila, pero dentro de MatĂas hervĂa una tormenta.
Desde que se habĂa quedado en silencio frente a esa puerta entreabierta la noche anterior, no habĂa podido pensar en otra cosa. Las imágenes de Valeria montando a su padre, gimiendo, diciĂ©ndole que lo habĂa extrañado… todo eso le golpeaba la cabeza una y otra vez.
Y ahĂ estaba ahora, en la cocina, viendo cĂłmo ella se despedĂa de Ă©l con naturalidad. Vestida con un short ajustado y una remera suelta que apenas contenĂa sus pechos, Valeria lo abrazĂł con ternura, se estirĂł en puntas de pie y le dio a Ă“scar un beso largo en los labios.
—Nos vemos más tarde, amor —le dijo suave.
—Te llamo en el almuerzo —respondió Óscar, saliendo por la puerta.
Apenas se cerrĂł, MatĂas tragĂł saliva y se levantĂł.
Valeria apenas girĂł a mirarlo. SonreĂa, tranquila, como si nada.
—¿Todo bien? —preguntó, dándose vuelta para servirse café.
Él no respondió con palabras. Se acercó con paso firme, la tomó de la muñeca y la arrastró con suavidad pero sin titubeos hasta el sofá. La sentó, la acomodó boca abajo sobre sus piernas, y le bajó el short con una sola mano.

—¿Estás jugando con los dos? —soltó entre dientes, con la voz tensa.
—¿Celoso? —murmuró ella, justo antes de recibir la primera palmada.
El sonido seco llenĂł la sala. Su piel temblĂł bajo el golpe, y un leve gemido escapĂł de su boca. MatĂas la nalgueĂł con fuerza, alternando cada lado, mientras ella se retorcĂa sobre sus piernas, con las nalgas cada vez más rojas, más calientes.
—¿Asà te gusta, Valeria? —gruñó él.
—SĂ… —jadeĂł ella—. Me encanta cuando te ponĂ©s asĂ bebĂ©.
Sin decir nada más, MatĂas la alzĂł y la llevĂł hasta su cuarto. La tirĂł sobre la cama, la puso en cuatro, y escupiĂł en su mano. Con un solo movimiento, separĂł sus glĂşteos y buscĂł ese culo estrecho, más caliente, más suyo.
—Este agujero me lo debes a mà —murmuró.
—Tomalo… hacelo tuyo bebé… —susurró ella, mordiéndose los labios.

Le metiĂł la pija con fuerza, sin rodeos. Valeria se arqueĂł de placer, jadeando fuerte. Lo sentĂa todo dentro, estirándola, llenándola. MatĂas embestĂa con furia, con celos, con rabia. La sujetaba de las caderas, de las tetas y la cogĂa como si quisiera borrar el recuerdo de la noche anterior.
—¡Eso! ¡SĂ! ¡No pares! —gritaba ella, temblando bajo sus embestidas.
Cuando la sacĂł, la girĂł y ella se subiĂł sobre Ă©l sin esperar. Lo montĂł con la concha, con hambre, con esa fuerza que lo volvĂa loco. Se rebotaba entera, empapada, las tetas vibrando frente a su cara.
—Mirá cómo me tenés… —jadeó, acelerando el ritmo.
MatĂas no aguantĂł más. La sujetĂł por la cintura y se corriĂł fuerte, saliĂ©ndose justo a tiempo. El chorro caliente cubriĂł sus tetas, su abdomen, hasta su cuello. Valeria lo mirĂł con una sonrisa ladina, jadeando.

Quedaron asĂ unos segundos. MatĂas respiraba agitado, el cuerpo aĂşn temblando. Pero ya más tranquilo.
Entonces Valeria hablĂł.
—Sé que estás celoso —dijo, limpiándose con los dedos y lamiéndolos—. Pero quiero que entiendas algo…
Lo mirĂł con esa intensidad que desarmaba todo.
—Óscar es tu padre, fue quien me trajo a esta casa. Él es mi pareja. El que confiĂł en mĂ. El que me ama. A Ă©l le debo respeto. Y vos… vos sos el secreto más delicioso que tengo. Pero si querĂ©s seguir disfrutando de esto…
Se inclinó sobre él, rozándole los labios con los suyos.
—Vas a tener que seguir las reglas del juego.
—Cuando él esté en casa —siguió Valeria, susurrando ahora—, voy a estar con él. Cogiendo en su cama, con su cuerpo, dándole lo que le pertenece.
Le sostuvo la mirada. Firme. Sin titubear.
—Pero cuando Ă©l no esté… —sonriĂł con malicia—…vos vas a ser mĂo.
MatĂas no respondiĂł enseguida. El corazĂłn le latĂa fuerte. QuerĂa protestar, reclamarla solo para Ă©l, pero… algo en la forma en que lo miraba, en su control absoluto, lo excitaba más de lo que podĂa admitir.
Finalmente asintiĂł, en silencio.
Y entonces, Valeria sonriĂł.
—Buen chico… —susurró.
Se deslizó entre sus piernas sin decir nada más. Su boca encontró su pija , aún sensible, y comenzó a trabajarlo con esa lengua experta, lenta, profunda. Lo tomó entero, con ansias, como si lo quisiera de nuevo solo para ella.
MatĂas jadeĂł. SentĂa cĂłmo volvĂa a endurecerse rápido, a pesar del esfuerzo anterior.
—¿Te gusta as� —murmuró ella, entre lamidas.
—SĂ… sĂ… —jadeĂł Ă©l, arqueando la espalda.
Cuando lo tuvo completamente duro , se subió sobre él con decisión. Lo guió dentro de su vagina en un solo movimiento y se empaló hasta el fondo.
—Ahora sĂ… vas a darme lo que quiero —le susurrĂł al oĂdo.
Valeria comenzó a moverse con ritmo salvaje, profunda, intensa. Lo montaba con furia contenida, con placer acumulado, con dominio absoluto. Sus caderas chocaban contra las suyas, sus uñas se clavaban en su pecho, su cuerpo vibraba sobre el de él.

—¡Dámelo todo, bebĂ©! —gritĂł ella—. Sos mĂo cuando yo quiera… Âżentendido?
—SĂ… sĂ, Valeria… —jadeĂł Ă©l.
—Entonces callate y cogeme como se debe.
Y MatĂas lo hizo. Se aferrĂł a sus caderas y la embistiĂł desde abajo con fuerza, entregándose a sus reglas, a su control, a su juego.
Porque si querĂa seguir con ella… tenĂa que jugar a su manera.

El dĂa habĂa sido raro. Valeria caminaba por la casa con sus shorts diminutos, su mirada cĂłmplice y sus sonrisas cargadas de doble sentido, como si todo lo que pasaba estuviera perfectamente bajo su control.
Y quizás lo estaba.
MatĂas intentĂł evitar a su padre todo el dĂa, pero al atardecer, mientras Ă©l tomaba una cerveza en la galerĂa, su padre lo llamĂł con voz tranquila:
—VenĂ, sentate conmigo un rato.
MatĂas se tensĂł. Se acercĂł con el corazĂłn golpeando fuerte. ÂżSabĂa? ÂżSospechaba? ÂżIba a encarar el asunto?
Se sentĂł a su lado. le ofreciĂł una cerveza, y por unos segundos solo compartieron silencio, viendo cĂłmo caĂa el sol detrás del muro del fondo.
Hasta que Óscar habló.
—Mirá, MatĂas… —dijo sin rodeos—. No voy a hacerme el tonto. SĂ© lo que pasa con Valeria.
MatĂas se quedĂł inmĂłvil. No dijo nada.
—La verdad… no me enojo —continuó—. Me costó digerirlo, claro. Pero lo pensé bien. Valeria es una mujer caliente. Muy caliente. Y también es libre. Está conmigo porque quiere. Y si también está con vos… bueno, es porque algo le das que la prende.
Óscar dio un sorbo largo a la botella.
—No vamos a pelear por una mujer, Âżverdad? Mucho menos por una… —sonrió—… puta asĂ.
MatĂas no sabĂa si reĂrse, enojarse o excitarse más.
—¿Vos estás bien con eso? —preguntó, al fin.
Óscar lo miró de reojo.
—Yo soy más grande. Ya tuve muchas mujeres. Y si esta quiere estar con los dos, mientras sea claro, mientras no nos caguemos… no tengo problema. Pero eso sĂ, aquĂ mandĂł yo. Cuando yo estĂ©, es mĂa. Y cuando no… usala vos. Como sĂ© que hacĂ©s.
MatĂas bajĂł la mirada, en silencio. Su padre no lo decĂa con odio, ni celos, ni ironĂa. Lo decĂa como si se tratara de compartir un auto, o una buena botella de vino.
—No te enamores, eso sà —añadió Óscar, casi como una advertencia—. Porque ella no vino a esta casa buscando amor. Vino a saciar algo que lleva adentro. Y vos sos parte de eso. Igual que yo.
Se hizo un nuevo silencio. El cielo empezaba a oscurecerse.
—Entre nosotros —dijo Ă“scar al final, dándole un leve codazo—, tiene una boca y unas tetas que deberĂa ser patrimonio nacional, Âżno?
MatĂas sonriĂł, a pesar de todo.
—No sabés cuánto…
Se quedaron ahĂ, riendo bajo las luces del atardecer, compartiendo el secreto más sucio que un padre y un hijo podĂan tener.
Pero lo que ninguno de los dos sabĂa… es que Valeria los observaba desde la ventana.
Y sonreĂa.
Porque ahora los tenĂa exactamente donde querĂa.

La casa estaba en silencio.
Ă“scar habĂa salido nuevamente por trabajo, como tantas otras veces. La noche habĂa caĂdo, tibia, serena, pero en el aire flotaba esa tensiĂłn espesa, tan conocida entre ellos dos.
MatĂas estaba en su cuarto, tirado en la cama, cuando escuchĂł los pasos suaves, casi silenciosos, que cruzaban el pasillo.
La puerta se abriĂł sin ser tocada. Valeria entrĂł.
VestĂa una bata corta de satĂ©n rojo, tan delgada que dejaba ver la silueta de su cuerpo al trasluz. Debajo, nada. Solo su sonrisa.
—Hablé con con Tu padre —dijo, sin vueltas.
MatĂas se incorporĂł, mirándola. Ella se acercĂł hasta la cama y se sentĂł en el borde.
—Me alegra que tengan ese… pacto de caballeros —continuĂł, pasándole los dedos por el pecho desnudo—. Él confĂa en vos, ÂżsabĂ©s?
Se inclinĂł, su aliento tibio en su oĂdo.
—Y yo… prometo dar mi mejor esfuerzo para atenderlos a los dos. Como se merecen.
MatĂas tragĂł saliva. El cuerpo ya se le activaba solo con su presencia.
—Podemos coger sin miedo, sin culpa —susurró ella—. Por lo menos hasta que vos encuentres a tu propia mujer.
Se recostĂł sobre Ă©l, apoyando sus pechos contra su torso, y lo mirĂł con esos ojos encendidos que ya conocĂa demasiado bien.
—Mientras tanto… tenés esto. Todo esto —le dijo, guiándole la mano por debajo de su bata, hasta encontrarle la concha húmeda y dispuesta—. ¿Qué querés hacerme esta noche?
MatĂas la sostuvo de la cintura con firmeza y respondiĂł sin titubear:
—Todo. Desde la boca hasta… el culo. Y que me montes como sabés.
Valeria se mordiĂł el labio, excitada.
—Asà me gusta que hables…
Se deslizĂł hacia abajo y tomĂł su pija con la boca, lenta, profunda, sabiendo perfectamente cĂłmo manejar su cuerpo. Lo dejĂł duro, temblando, y luego se lo metiĂł en la concha y montĂł sobre Ă©l con maestrĂa. Lo cabalgĂł de frente, de espaldas, susurrándole obscenidades, gimiendo para Ă©l.

DespuĂ©s se puso en cuatro, y MatĂas la tomĂł por donde habĂa pedido, por el culo, metiĂ©ndole la pija con fuerza, embistiĂ©ndola mientras ella jadeaba, se mordĂa los labios y lo incitaba más y más.
Cuando acabó, él lo hizo sobre sus tetas , cubriéndola con su placer mientras ella lo miraba, orgullosa, satisfecha, completamente suya.
Se dejĂł caer a su lado. Respiraban juntos, desnudos, calientes aĂşn por la intensidad del encuentro.
Valeria le acariciĂł el pecho con calma.
—¿Ves? No es tan complicado.
MatĂas, mirando el techo, sonriĂł de lado.
—No… la verdad que no. Es el mejor trato que podrĂa tener.
Y en ese momento, con ella a su lado, el cuerpo relajado y el deseo satisfecho, entendió que no necesitaba más.
Al menos… no mientras ella siguiera ahĂ.Â

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