Tengo la habilidad para simular que soy recatada, sumisa y formal. De otro modo, mi vida sería un infierno

Siempre fui así. Siempre descreí de los límites que impone el comportamiento social, de los tabúes, de la cosa formal. Soy fundamentalmente una transgresora. Eso sí, nadie lo sabe, más allá de aquellos que comparten mi forma de ser. Tengo la habilidad para simular que soy recatada, sumisa y formal. De otro modo, mi vida sería un infierno. Por esta razón pude construir una familia normal, casada con un respetable ejecutivo y con un hijo de 19 años, Andrés. Que, por supuesto, no salió a mí. Es estructurado como su padre, serio, trabajador y excelente estudiante de Ingeniería. Y nos llevamos estupendamente. Claro, que si le contara mis fantasías, mis reales anhelos o mis aventuras, me odiaría. Igual que mi marido, Alberto. Bueno, en realidad creo que si Alberto conociera mi verdadero yo, nunca se hubiera casado conmigo. O nos hubiéramos divorciado muy rápidamente.

Por suerte, hoy tengo dos cómplices con los que compartir mis ansiedades, mis más íntimos secretos. Parece un sueño que a los treinta y ocho años me haya podido relacionar con ellos. Tienen veintiún años los dos. Matías, mi sobrino carnal, hijo de mi hermana Sandra y Nicolás, hijo del hermano de mi esposo. Son dos soles. Todo comenzó hace tiempo, unos seis años. Me dí cuenta de que me miraban de una forma distinta. No como se mira a una tía, o a alguien de la familia. Claro que a los dieciséis años, ellos se devoraban con los ojos a cualquier hembra que les pasara cerca. Y yo no podía ser la excepción. Mido un metro setenta y cinco, tengo buen cuerpo y, modestamente, llamo la atención, aún sin proponérmelo. Más aún cuando me lo propongo.

El caso es que me gustaba esta situación. En las reuniones de la familia, se las ingeniaban para sentarse frente a mí y bastaba un cruce de piernas para que sus ojos me exploraran toda. Brillantes, lujuriosos. Nadie se daba cuenta salvo yo. Y nunca dije nada, para no cohibirlos. Casi como un juego, comencé a buscar su proximidad, procuraba estar aparte con ellos, conversaba de todos los temas. Se aficionaron a venir a casa, a pesar de no ser precisamente amigos de Andrés. Yo sabía que venían por mí. Y eso me encantaba.

Conforme iba pasando el tiempo y la intimidad entre nosotros crecía, usaba ropa más atrevida cuando estábamos los tres solos. Escotes, faldas cortas, algún camisón insinuante en sus visitas mañaneras. Los tenía pendientes de mi cuerpo.

Recuerdo una mañana en que con la excusa de que les explicara francés, aparecieron en casa cuando Alberto estaba en el trabajo y Andrés en el colegio. Ellos habían faltado a clases a escondidas de sus padres, me confesaron después.

Era junio y hacía un frío de mil demonios. Estaba en la cama cuando sonó el timbre y por el portero eléctrico me dijeron :

- Tía Clara, somos nosotros, Nico y Matías.

- Suban – contesté. La calefacción del departamento es fuerte, y yo había hecho el amor con mi marido la noche anterior, por lo que estaba desnuda. Pensé en ponerme una bata, pero me decidí por la chaqueta del pijama de Alberto. Sería más excitante para ellos. Me llegaba a los comienzos de los muslos, descubriendo todas mis piernas. Les iba a fascinar. Y dejé los dos primeros botones desabrochados, para que pudieran ver algo de las tetas. Sé que les llaman mucho la atención. Tengo 105 de busto…

- ¡Hola! – saludó Nico cuando abrí la puerta, dándome un beso en la mejilla. Matías hizo lo mismo, pero me rozó los pechos ligeramente, como al pasar. Es más atrevido que el primo.

- ¡Que sorpresa! – dije.- ¿Qué hacen por aquí? – aunque ya sabía la verdadera razón.

- Necesitamos que nos expliques francés – la carita inocente de Nico ocultaba sus verdaderas intenciones. Sabía disimular muy bien.

- ¿Desayunaron? – pregunté, sin poder evitar una sonrisa.

- No…- mientras contestaba Matías, los dos se sentaron estratégicamente en el sofá frente a la mesa ratona, con lo cual yo me tendría que sentar en el sillón frente a ellos. Parecían haber estudiado la táctica. Me divertía el juego. Me encaminé a la cocina sintiendo sus miradas sobre mí. Procuré mover las ca

deras y que los pechos se balancearan al andar. De reojo, vi brillar dos pares de ojos.

- ¿Trajeron los libros? – me incliné delante de ellos al servirles café. Sus ojos se perdían en mi escote. Me entretuve para que pudieran disfrutar del panorama, y luego me senté. Mantuve las rodillas juntas por algún tiempo mientras sorbían el café. Cuando terminaron y me mostraban el libro con las supuestas dudas, fui separándolas lentamente, mientras les aclaraba las dudas. No les pregunté nada sobre el texto, pues estaba segura de que no prestaban atención a eso. Las miradas fijas entre mis dos piernas. Fingí acomodarme y las abrí más aún. Ya debían poder ver los pelitos de mi conchita. Estaban ruborizados, inquietos. Durante más de dos horas les dí un espectáculo que sería inolvidable. El culo, las tetas, la concha, no se perdieron un detalle. Me causaba gracia ver como trataban de disimular los bultos en sus pantalones al levantarse. Finalmente partieron. Yo estaba realmente divertida. Y algo excitada, debo reconocerlo.

Al crecer, se transformaron sus cuerpos a causa de los deportes; los antes flacos y desgarbados adolescentes se convirtieron en dos hermosos hombres, altos y fibrosos, lindos como pocos. Se parecían entre sí. Ambos de cabello oscuro, Matías los ojos claros y Nico pardos, miradas rectas, francas, penetrantes. Piel morena por el sol de todo el año, inclusive en invierno. Pasé a ser yo la que se babeaba mirándolos .

Nuestra relación se fue haciendo más íntima y desinhibida. Tácitamente parecían entender que la cosa quedaba entre los tres, y evitaban todo comentario o situación que pudiera comprometer nuestro secreto. Eso era evidente. Delante de la familia o en las reuniones sociales, los diálogos eran convencionales, normales. Pero cuando estábamos solos la cosa cambiaba, los temas se fueron haciendo más comprometidos, el juego de miradas era explícitamente erótico y no ocultábamos la atracción que ellos sentían por mí ni la que yo experimentaba por ellos.

- Clarita, cada día estás mejor – me susurraba bajito Nicolás, una tarde en la confitería del Club Náutico. Estábamos en el bar. Para variar, Andrés estaba en casa de la novia y Alberto jugaba al tenis con su hermano y mi otro cuñado. Sandra y la madre de Nico estaban en la pileta. – Si no fueras mi tía…

- Sí, ya sé … – dije riendo, mientras los ojos de mis sobrinos se perdían por la abertura del pareo con que cubría mi bikini – …y si ustedes no fueran mis sobrinos, ni te cuento – me encantaba alentar sus fantasías para conmigo –Pero soy su tía, de modo que basta de mirarme las tetas, se van a atragantar…

- Algún día, te podrías apiadar de tus sobrinos y dejarnos verlas…- la mirada pícara de Matías era toda una invitación. No pude resistir la tentación de jugar con sus sentidos.

- Claro, yo caliento el agua, y después las chicas se toman el té…- procuré ponerle a mi sonrisa toda una carga de insinuación.

- Bueno, si te lo tomás vos, mejor…- no pensé que Nico se insinuara tan abiertamente. Era la primera vez. Ya no se trataba sólo de miradas…

Terminamos los cafés y nos reunimos con las mujeres en la piscina. Traté de conversar con ellas, pero no podía concentrarme. Mis sobrinos, además de mirarme, querían cojerme. Eso me tuvo agitada todo el resto de la tarde. Sentía la conchita húmeda y las mejillas ruborizadas. ¡Qué sensación! Esa noche, en la cama con Alberto, la lujuria me desbordaba. Pero por más que él respondió muy bien a mis impulsos, no podía quitarme de la cabeza a mis sobrinos. Imaginaba que me cojían. Los dos, primero por turnos y luego juntos. ¡Por favor! Tuve como cuatro orgasmos seguidos.

Al día siguiente, domingo, salimos todos a navegar en el velero. Mis sobrinos habían completado el curso de náutica y guiaban la nave por solitarios ríos del Delta. Los miraba ir y venir y mi sangre se revolucionaba.

- ¡Lindos sobrinos tengo! – les espeté cuando volvimos, mientras los demás se cambiaban en los vestuarios del club – ¡Seguro que salen a navegar con las chicas y a la tía no la invitaron nunca! – dije, en tono de fingido reproche.

- ¡Cuando quieras, salimos! – se defendió Nico.

- ¡Seguro, no te invitamos antes porque pensamos que no te divertirías! – aseguró Matías.

- ¡O piensan que se aburrirían con una vieja! – seguí el lamento – ¡Claro, seguro las chicas están mejor que yo! – procuraba parecer realmente ofendida.

- No te pongas celosa, Clarita – Nico apelaba a toda su dulzura – Sabés que para nosotros no hay otra diosa como vos…

- ¿Te gustaría salir el martes? – propuso Matías. Ya los tenía donde yo quería. El lunes estaba como loca. Me depilé toda. Hacía algún tiempo que había escuchado un comentario entre ellos donde decían que les gustaba ver las fotos de Internet donde las modelos se rasuraban totalmente la conchita. Les daría la sorpresa. Parada frente al espejo, miraba mis tetas. Las aureolas de los pezones, grandes, unos 8 centímetros de diámetro, y oscuras. La conchita y el culo depilados. Definitivamente, se iban a morir…

En algún momento, reparé en que, decididamente, estaba pensando en desnudarme delante de ellos. Esa certeza me excitó totalmente. Separé las piernas y me acaricié el pubis, que estaba empapado. El olor de mi flujo fue el detonante. Me masturbé deliciosamente hasta que sobrevino un orgasmo estremecedor. El martes por la mañana, Alberto se fue a trabajar temprano. Andrés estaba en la quinta de unos amigos de la novia. Tenía que encontrarme con mis sobrinos a las nueve en el club, de modo que me preparé y salí después de desayunar, vistiendo una túnica hindú y unas sandalias. La ropa interior, la puse en el bolso, junto con el bikini, la toalla, crema bronceadora y otras menudencias. Estacioné en un lugar apartado para no llamar la atención de los empleados del club y me dirigí al embarcadero, donde me esperaban ellos.

- Quitate las sandalias – me dijo Matías luego de los saludos – Para no resbalar en el barco…

- ¿Me ayudás? – dije, levantando un pie. La túnica corta desnudaba mis piernas. Al inclinarse para hacerlo, los ojos de mi sobrino se abrieron desmesuradamente, pero no comentó nada.

- ¿Lista para disfrutar? – me preguntaba Nico.

- Totalmente – respondí, mientras al caminar me movía de manera que se balancearan mis pechos libres del sujetador. Ellos debieron notarlo. ¡Como me gustaba sentirme deseada de esa manera! Navegamos por espacio de una hora. En un momento, una cuerda cayó sobre la cubierta de la nave y me pidieron que la levantara. Corrí hasta allí y al juntarla, mi túnica se levantó por la brisa, desnudando completamente mi culo. Debió ser todo un espectáculo para ellos, porque cuando me volví, sus ojos brillaban. Pensé en bajar al camarote a ponerme el bikini, pero deseché la idea. Quería excitarlos un poco más. En cambio, les ofrecí café, que aceptaron. Mientras lo bebíamos, sentados en nuestras sillitas, maniobraron el barco hasta detenerlo en un solitario recodo del río. Era un pequeño paraíso.

- ¿Nos vamos a quedar aquí? – pregunté, asomándome por la barandilla para observar el remanso.

- ¿Te gusta este lugar? – me dijo Matías – Podemos nadar y tomar sol…

- No hay nadie…- comenté, mirando a mis sobrinos, que me habían rodeado con sus brazos, uno a cada lado.

- Ningún mirón…- Nico tenía los ojos encendidos.

- Salvo ustedes… – reí y ellos festejaron la broma.

- Pero con nosotros, ya estás acostumbrada – reía Matías con picardía. Sabía que me gustaba que me miraran. Me volví hacia ellos, sonriendo.

- ¿No estarán pensando que me voy a desnudar? – quería ver sus reacciones.

- Y…- ahora era Nico el que ponía cara traviesa -…ya estás casi desnuda…

- Y no se va a enterar nadie – recalcó Matías – Entre nosotros hay confianza…

- Me parece que ustedes tienen muchas ganas de verme en bolas…- sonreí, levantando los brazos. Sentí la túnica abrirse por delante, mostrando algo de mis pechos. –Pero…¿qué me van a hacer si me desnudo? – me fascinaba exacerbar sus morbos, agitar su imaginación. Mi conchita ya se humedecía. Pensé que realmente soy muy puta.

- Nada …- Nico trataba de que no retrocediera

- ¡Ah, entonces no! – reí, viendo las caras de sorpresa de ambos ante mi descaro. Al hacerlo, me apoyé contra ellos, que me abrazaron inmediatamente.

- Bueno, te hacemos lo que vos quieras…- susurró Matías en mi oído. Sentí su aliento tibio sobre mi cuello y su mano acariciar mi espalda. Mis pezones se endurecieron, marcándose sobre la fina tela de la tunica. Separé mis pies, sintiendo la brisa de la mañana acariciar mis partes más íntimas.

- ¿Lo que yo quiera? – pregunté, insinuante, mi boca entreabierta cerca de la de Nico era una tentación que él no pudo resistir. Me besó profundamente, jugando con su lengua mío. Me sentí penetrada y me descontrolé. Basta de juegos. Quería que me cojieran en ese momento. Los dos. La mano de Matías se deslizó por debajo de la túnica y me acariciaba la conchita. Sabiamente. Separaba los labios vaginales y jugaba con el clítoris, provocándome un sin fin de sensaciones, cada cual más placentera. Noté que introducía un dedo y abrí más las piernas para darle lugar, mientras Nico había abandonado mi boca y chupaba mis pezones erectos por encima de la túnica. Ni una palabra. Todo estaba sobreentendido. Desde hacía mucho tiempo, los tres sabíamos que terminarían cojiéndome.

Como pude, me quité la túnica y me recosté sobre la baranda, las piernas abiertas exponiendo la concha rasurada. Me miraron maravillados.

- ¡Clarita, tenés toda la conchita depilada! – La voz de Matías sonaba ronca mientras descendía con su lengua por mi vientre hasta llegar al pubis. Acaricié sus cabellos, guiando su boca hasta donde él y yo queríamos que llegara. Sentí su lengua recorrer todo mi sexo y penetrar en mí, mientras la de Nico hacía estragos con mis pezones. Me llegó el primer orgasmo. Intenso e inesperado. Grité mi placer en la soleada mañana.

- ¡Que puta sos, Clara! – Nico se colocaba detrás de mí, sus manos acariciaban con violencia mis tetas mientras una de las mías buscaba su verga por debajo del pantaloncito. Al llegar, traté de asirla. ¡Era enorme! Mi mano a duras penas abarcaba su contorno.

- Mmmm…nene…- suspiré -¡Qué pija tenés! – al imaginar semejante miembro dentro mío, mi conchita se contrajo en un nuevo orgasmo. Matías levantó su cara, empapada por mis jugos. Irguiéndose, me besó salvajemente en la boca y pude percibir el gusto de mi propio flujo. Agradable.

- Me parece que a vos te gustan mucho las pijas – me susurraba con voz grave, y yo introduje mi otra mano por dentro de su pantaloncito, buscando la de él. También era interesante. Algo más chica que la de Nico, pero mucho mayor que la de Alberto. Sentí que me volvía loca con aquellos trozos en mis manos.

- Me quieren cojer …- murmuré – Quieren cojerse a su tía…

- Y vos te morís de ganas de que te cojamos, putita – Nico adivinaba mis pensamientos y ya no tenía secretos para ellos.

- Siii…- me entregué, tirando de su short hacia abajo, sentí su pija dura entre mis nalgas y sus vellos rozar mi piel -..sii, soy muy puta, quiero que me cojan toda, quiero sentirlos dentro mío…- estaba desbocada, tirando del short de Matías hasta dejarlo desnudo y él comenzó a frotar su verga contra mi conchita, entre mis piernas abiertas, volviéndome loca hasta casi perder el conocimiento.

Nunca me había sentido de esa forma. Tan caliente. Esa es la definición perfecta. La sangre corría desaforadamente por mis venas, mi corazón golpeaba en el pecho, el sudor en mi piel, la saliva de mis sobrinos. Todo era un fuego. Mi espalda contra el pecho de Nico, que apoyado en la baranda del velero, amasaba mis tetas sin piedad, causándome una mezcla morbosa de dolor y placer, y mordía mis hombros y mi cuello. La verga de Matías frotándose contra mi concha hasta quedar totalmente empapada por mi flujo; levantó mis piernas, dejándome suspendida en el aire, sostenida únicamente por los brazos de los dos primos.

- Sentíla entrar – me dijo y me preparé para que me penetrara. En cambio, me empujaba hacia su primo y fue la pija de Nico, tremenda vergota, la que se abrió camino entre mis piernas totalmente abiertas hasta la entrada de mi vagina. Noté la presión y aquel falo enorme adueñarse de mis sentidos. Centímetro a centímetro me la fue metiendo entre mis gritos de placer y mares de flujo que salían de mi vagina.

- ¡Ay Nico, qué tremenda poronga! – me escuché a mi misma bramar de lujuria – ¡Me vuelve loca, me vas a destrozar la conchita!

- ¡Ya la tenés toda adentro! – me susurraba bajito, dulcemente – ¡Gózala, que te gusta! – apenas un movimiento de vaiven y sentía todo su miembro dentro mío, hasta el estómago. Se retiró dejandome con ganas de más, al tiempo que Matías se recostaba sobre una toalla y me invitaba a cabalgar sobre él. Sin dudarlo, abrí las piernas y descendí sobre su pija, que entró en mí con una increíble facilidad. El miembro descomunal de Nico quedó a la altura de mi cara, y alargué una mano con la intención de llevármelo a la boca. Quería chuparlo todo. Estaba resbaloso, totalmente lubricado.

- No seas golosa…- la sonrisa de Matías era totalmente zafada, mientras su primo se colocaba detrás de mí, empujándome sobre su pecho. Los dedos de Nico acariciaban mi ano depilado, humedeciéndolo y entrando y saliendo. Adiviné sus intenciones.

- ¡Noo! – me espanté – ¡Nico, me vas a romper todo el culo!

- Tranquila….- Matías, adivinando mi temor, comenzó a dar más ritmo a su bombeo dentro mío, sobándome y chupándome las tetas, de modo que mi atención volvió a concentrarse en él y disfrutar de las caricias de su primo en mi culo. Otro orgasmo me hizo olvidar totalmente mis temores.

- ¿Querés sentirla en el culito? – Me susurró Nico meloso, advirtiendo que por el placer que sentía aceptaría cualquier cosa que me propusiera.

- Sí…-accedí – …despacito, hacéme gozar…

Sabiamente, como un experto, apoyó la cabeza de su enorme verga en mi ano, que se comenzó a dilatar. Sentí un calor que me invadía, clavé mis uñas en los brazos de Matías que no paraba de chupar mis tetas. Sentí aquel monstruo penetrar dentro mío lentamente. Me vi penetrada doblemente por mis dos sobrinos y aquella imagen me puso de tal manera que estallé una vez más.

- ¡Clara, acabaste como cuatro veces ya! – Matías estaba maravillado de cómo gozaba yo con ellos dos. – ¡Sos una máquina!

- ¡Ponémela toda! – grité, totalmente zafada – ¡Rómpeme bien el culo, la quiero toda!

- Despacio, disfrútala – la voz calma de Nico me hizo enervar aún más, ya sentía mis intestinos invadidos – Falta la mitad…

Me desaté totalmente. Si con media pija dentro sentía todo aquello, cuando entrara toda, sería la gloria. Comencé a agitar mis caderas, sintiendo el roce de los testículos de Matías hasta que los vellos de Nico se apoyaron en mis nalgas. Sus dos vergas se encontraron dentro mío.

-¡Ya está! – Nico inició un movimiento de entrar y salir de mi cuerpo al igual que su primo. Los sentía vibrar dentro de mis orificios, experimentando múltiples orgasmos. Quería que acabaran dentro mío.

- Quiero que me llenen toda – murmuraba – quiero la lechita de los bebés….

- ¡Voy a acabar! – avisó Matías y un segundo más tarde las contracciones de su verga derramaban chorros de semen tibio en mi vientre. Eso pareció acelerar a Nico que también estalló en mi intestino con gruñidos de placer. Por suerte, yo había acabado tantas veces que pude estar despabilada para sentir sus eyaculaciones y gozarlas plenamente.

Durante un tiempo más me abrazaban y besaban tiernamente, mientras sus pijas iban perdiendo volumen dentro de mi cuerpo. Me sentía maravillosamente mimada y suspiraba enternecida por las atenciones de mis sobrinos. Se retiraron de mí y me desparramé sobre la cubierta del velero, saciada y feliz. Mmmm… – susurré, cerrando los ojos, sintiendo el sol que acariciaba mi cuerpo desnudo – ¡Qué bien me cojieron, bebés! – haciendo caso omiso el dolorcillo que experimentaba en el culo, los miré.

- ¡Hace tiempo que te teníamos ganas! – sonreía Matías relajado a mi lado – Pero no sabíamos como empezar…

- Yo también los quería tener adentro – bromeé – Pero tenía miedo de que se asustaran…

- Y….esas tetas meten miedo – la broma de Nico provocó nuestras carcajadas. Descendimos la escalerilla del barco y nos zambullimos en el río. Durante un rato retozamos en el agua, disfrutando nuestra desnudez. Cuando volvimos a cubierta, Matías se colocó detrás de mí y levantó mis pechos con sus manos. Sentí su pelvis pegada a mis nalgas y me agité.

- ¡Qué tetas, Clarita! – me susurraba – ¡Me tienen fascinado!

- Ya sé que te fascinan, goloso…- con mi mano acariciaba su verga que comenzaba a pararse nuevamente. Frente a mí, Nico se acariciaba y pude ver como aquel juguete que tenía entre las piernas volvía a adquirir ese

tamaño descomunal. Sin poder resistir la tentación, me acuclillé entre ellos y abrí la boca. Primero la pija de Matías. Le di un par de repasadas con la lengua y me dediqué al monstruo de Nico. Tuve que abrir al máximo la boca y a duras penas logré que entrara la cabezota. Estuve jugando con aquellas maravillas un tiempo hasta que estallaron bañándome prácticamente en semen. Cuando levanté la vista, ellos me miraban sonriendo.

- Te diste un bañito de leche…- Nico esparcía el tibio fluido por mis tetas y mi vientre. Mis pezones me dolían de tan erectos que estaban. Se los ofrecí y no dudaron ni un segundo.

Me chupaban las tetas mojadas con la leche de ellos y mis entrañas volvieron a pedir acción. Mi conchita estaba nuevamente empapada y mi ano se dilató espontáneamente cuando Matías apoyó la cabeza de su verga a medio pararse sobre él. Estuvo jugando con mi culito por un rato hasta que separó mis nalgas y empujó hasta enterrarme todo su miembro. Abrí la boca al gemir y Nico me levantó del piso. Separé las piernas y al colocarlas alrededor de su cintura, me enterró la pija violentamente, salvajemente. Mordí su hombro gritando de dolor.

- ¡Bestia, me vas a destrozar! – mi cuerpo subía y bajaba al ritmo de los empujones de ellos, mis tetas bailaban al sol y el dolor dio paso a una sensación de placer indescriptible. – ¡Hijos de puta, me tienen toda clavada! – gritaba, arañándolos mientras Matías apretaba mis tetas sin compasión. Las manos de Nico me sostenían en el aire, separando mis nalgas y los testículos de los dos rozaban mi piel. Los tenía totalmente dentro de mi vientre, que parecía a punto de reventar.

- ¡No te quejes que te gusta, viciosa! – la sonrisa burlona de Nico me terminó de desquiciar. Lo mordí con todas mis fuerzas hasta sangrarlo y apreté mis piernas alrededor de su cintura mientras experimentaba el orgasmo más profundo que recuerdo. Como si fuera un detonador, ellos estallaron dentro mío inundando nuevamente mi vientre de semen.

- ¡Me mató! – reía Nico mientras recuperaba el aliento, los tres desnudos tirados sobre la cubierta – ¡Es más peligroso cojerte a vos que ir a la guerra! – me miraba con picardía.

- ¡Sos peor que una gata! – me decía Matías. Habían despertado en mí una fiera. Nunca me había sucedido. Y nunca me había sentido tan bien cojida. – ¡Nos vas a mandar al hospital!

- Ah…- me reí -…si me quieren cojer, tienen que ser muy machitos… Esto marcó el estilo de nuestra relación, hace ya más de un año. Cada vez que me cojen parece una batalla. Es una cariñosa violencia que me tiene atrapada. Nos mordemos, nos pateamos, jalamos nuestros cabellos, en fin, parece que quisiéramos destrozarnos, para finalizar con una maravillosa ternura que no tiene igual. Vuelvo a casa molida pero feliz, dolorida pero satisfecha. Curiosamente, frente a los demás, me cuidan muchísimo. Una vez, hace como dos meses, trajeron a dos amigos y me cojieron entre los cuatro. Pura suavidad. Nada de violencia. Como si la reservaran para nosotros solos. Otro día les cuento.