Mistress Patrizia se dirigió hacia su vehículo con una sonrisa de satisfacción. Todo estaba saliendo tal y como estaba planeado. Abrió la puerta trasera del Mercedes negro y entró en el coche. En el asiento del conductor, su chofer, una joven atractiva de pelo negro esperaba pacientemente.

Ve a esta dirección –dijo alargandole un trozo de papel con unas señas escritas.

Como usted ordene, Mistress –respondió la joven. Y puso en marcha el vehículo.

Mistress Patrizia tomó la cámara digital, la conectó a un ordenador portatil que descansaba sobre una pequeña mesa auxiliar y descargó las fotos que había tomado. Habían quedado estupendas, claras y nítidas. Con ellas la senadora Helen C. Taylor había puesto toda su brillante carrera profesional en sus manos. Patrizia saboreó durante unos segundos la sensación de poder. Desde los catorce años, en que por primera vez había dominado a una compañera de colegio, la joven disfrutaba intensamente del dominio que ejercía sobre otras personas. Después de ocho años, múltiples experiencias y convertida en una dominatrix profesional, Mistress Patrizia seguía gozando como aquella primera vez.

La joven grabó varios CDs con copias de las fotos que había tomado a la senadora y guardó todos, menos uno en un compartimento secreto oculto bajo el asiento. El coche se dirigió hacia el barrio más selecto y elegante de la ciudad y finalmente se detuvo ante una verja tras la cual se veía un impresionante chalet.

Espera aquí hasta que regrese–ordenó Mistress Patrizia a su chofer.

Sí, Mistress.

La joven salió del vehículo llevando con ella el CD con las fotos, y abriendo el maletero cogió una bolsa grande de deporte que se ciñó al hombro. Entonces se dirigió hacia la verja y pulsó el portero automático.

¿Sí? –dijo una voz femenina a través del aparatito.

Deseo ver a la señora Bianca Redgrave. Mi nombre es Patrizia. Me está esperando.

Un momento, por favor –dijo la voz al otro lado.


Pasaron unos segundos.

Pase, por favor –dijo la misma voz.

Se oyó un click sordo y la verja se abrió. La joven pasó al otro lado y la cerró tras de sí. Cuando llegó a la vivienda la puerta estaba abierta y una joven criada la esperaba.

Buenas tardes, señorita. Pase, por favor. La señora Redgrave la espera en su despacho privado. La llevaré hasta allí.

Gracias

La criada vestía una bata azul celeste de una pieza que le llegaba ligeramente por encima de las rodillas y unas sandalias blancas planas con dos tiras transversales. Era una joven rubita, bastante atractiva. Mistress Patrizia la siguió, lamentando que la señora Redgrave no hiciese vestir a su criada con el atuendo reglamentario. Llegaron ante una puerta de madera y la joven sirvienta golpeó con los nudillos.

Adelante –dijó una voz.

La chica abrió la puerta y se apartó a un lado para dejar pasar a la dominatrix. Después volvió a cerrar. La señora Redgrave dejó que los pasos de la criada se alejaran y entonces casi se avalanzó hacia la joven Mistress.

¿Cómo ha ido? Estoy tan nerviosa que habría corrido yo a abrirte, pero tengo que guardar las formas. ¿Ha funcionado?

Mistress Patrizia miró detenidamente a Bianca Redgrave. Era la segunda vez que se veían. A sus 42 años, Bianca era una mujer atractiva y elegante. Derrochaba clase y estilo. Llevaba su cabello rubio recogido en una coleta, que resaltaba sus grandes ojos azules y sus gruesos labios con implantes de silicona. Sus pechos también habían visitado el quirófano para pasar a tallar una 100D. Vestía una camisa blanca, falda corta negra y medias negras que resaltaban su perfecto cuerpo. Unos zapatos de tacón bajo, también negros, completaban su atuendo.




Tu amiga la senadora se ha roto como una niña de colegio –respondió la dominatrix.

¡Bien! –gritó Bianca con júbilo- ¿Tienes fotos?

La joven le alargó el CD. Bianca Redgrave casi corrió hasta su ordenador e insertó el disco. Segundos después las imágenes se plasmaban en la pantalla.

¡Oh, Dios mio! ¿Cómo conseguiste que se dejase escribir "PUTA" en la barriga? Cielos, se le ve todo el ojete... los pies, le hiciste chuparte los pies. Patrizia, eres fantástica –dijo la señora Redgrave. Estaba eufórica.

La joven dominatrix la miraba en silencio. Sabía que con esas fotos Bianca Redgrave podría cumplir su sueño: controlar y humillar a su amiga y rival, la senadora Helen C. Taylor. Ambas eran amigas desde niñas, pero mientras Helen había conseguido llegar a senadora estatal, Bianca había abandonado sus estudios universitarios al casarse con Jack Redgrave. Jack era un acaudalado empresario y la fortuna de los Redgrave era mayor que la de los Taylor, sin embargo Bianca envidiaba el poder y la admiración que despertaba su amiga. Pero aquellas fotos lo cambiarían todo, pensaba Bianca Redgrave mientras abría un cajón del escritorio y sacaba varios fajos de billetes.

Cien mil dólares, tal y como habíamos acordado –dijo extendiendo el dinero hacía Mistress Patrizia

La joven Mistress tomó los fajos, uno a uno y los fue guardando en su bolsa de deporte.

¿Cuándo vais a liberar a las niñas? No me hace demasiada ilusión que mi Rachel haya tenido que pasar por esto. Sé que era necesario para no levantar sospechas y evitar que ella diese la voz de alarma a las autoridades, pero es la parte que menos me ha gustado del plan –apuntó la señora Redgrave.

No tenemos intención de liberarlas de momento –dijo Mistress Patrizia con tranquilidad – No hasta que hayan sido cuidadosamente adiestradas.




Bianca Redgrave se levantó como un resorte.

¿¿Cómo?? Espero que lo que acabas de decir no sea más que una broma–dijo en tono serio.

No, querida Bianca, no lo es. Tu has hecho tus planes y yo los mios. Y ahora es cuando empieza MI juego.

No puedo creer lo que dices. ¿Intentas traicionarme?.

Cómo puedes hablar tu de traición, teniendo en cuenta lo que has planeado hacerle a tu amiga.

Pero...pero...está bien. ¿Cuánto quieres por liberar a mi hija? –preguntó Bianca Redgrave sintiendose arrinconada y sin argumentos.

De momento, puedes empezar por quitarte la ropa.

¡Oh, No! Eso no, por favor, Patrizia. Cualquier cosa menos eso.

Bianca, no es una sugerencia. Es una orden. Y a partir de ahora soy Mistress Patrizia para ti. ¿entendido?.

No, no puedo dejar que me trates como a Helen. No lo permitiré

La joven Mistress sonrió enigmáticamente.

Está bien, me voy –dijo cogiendo su bolsa de deporte y dirigiendose hacia la puerta – no volverás a verme. Ni a tu hija tampoco.

¡No, espera! –exclamó Bianca- tiene que haber otra forma de arreglar todo esto.

Mistress Patrizia puso su mano en el pomo de la puerta y comenzó a abrirla.

Por favor, Patrizia, por favor, no puedo hacer lo que me pides.

La puerta estaba ya abierta y la joven con medio cuerpo fuera de ella.

¡Espera, por favor! Dejame pensarlo un poco.

Patrizia cerró la puerta tras de sí y se dirigió hacia la salida. Cuando estaba ya cerca de la verja, oyó cómo la joven criada le llamaba a gritos y corría hacia ella. La dominatrix se detuvo y dejó que la chica le alcanzara.

Señorita, por favor, espere un minuto. La señora Redgrave me ha pedido que le diga que vuelva, que se ha olvidado de algo.

Mistress Patrizia sonrió. Sabía que Bianca Redgrave acabaría sometiendose. Acompañada por la sirvienta volvió hasta la casa y ya en la puerta del despacho la despidió. Cuando se encontró a solas, abrió la puerta y entró. Bianca Redgrave la esperaba en el centro del despacho, totalmente desnuda y cubriendose los pechos y el pubis con ambas manos. Su ropa descansaba sobre una silla.




Por favor, Patrizia –empezó sin convicción- estoy segura de que podemos arreglar esto de otra forma...

La dominatrix se había acercado hasta colocarse frente a ella.

Regla 1: No hables a menos que seas preguntada. Regla 2: Te dirigirás a mi como Mistress Patrizia. ¿está claro? –dijo ignorando el último intento de Bianca de oponerse a lo que se le venía encima.

Al perder la ropa, la señora Redgrave había perdido buena parte de su coraje. Resignada respondió:

Sí, Mistress.

Patrizia abrió su bolsa de deporte y extrajo una pieza de cuero.

Pon las manos tras la espalda –ordenó.

Bianca Redgrave se mostró reticente a descubrirse. La joven Mistress sonrió.

Vamos, Bianca, no es la primera vez que veo unas tetas y un coño.

Lentamente, mirando al suelo, la señora Redgrave comenzó a mover sus brazos hacia la espalda. Sus blancas tetas, coronadas por dos rosados pezones y su coñito rubio, cuidadosamente arreglado quedarón ante los ojos de la joven. Mistress Patrizia se situó tras la mujer y comenzó a introducir sus brazos en la pieza de cuero que no era más que dos guantes unidos que llegaban hasta los codos y los forzaban hacia atrás dejando sus pechos obscenamente expuestos.

¿Qué...qué me haces? –acertó a decir la señora Redgrave.

Sus palabras fueron seguidas por un fuerte azote en su nalga derecha.

¡Ooooh! –exclamo Bianca pillada por sorpresa.

La próxima vez que hables sin permiso será más que un azote.

La señora Redgrave guardó silencio. Mistress Patrizia terminó de colocarle los guantes y sacó de su bolsa unas esposas de cuero conectadas por una barra extensible que ajustó alrededor de los tobillos de la mujer. La barra estaba recogida, lo que permitía a Bianca seguir manteniendo sus piernas razonablemente juntas. Después, la joven tomó un collar de cuero negro, con argollas y lo ajustó alrededor del cuello de una asustada Bianca Redgrave.

Una vez asegurada su presa, Patrizia comenzó a desnudarse. Bianca observó cómo la bella joven se quitaba las sandalias y deslizaba los pantalones de cuero por sus piernas. Llevaba un diminuto tanga negro del que se deshizo a continuación dejando a la vista un coñito totalmente depilado, abierto y húmedo. Está excitada, pensó Bianca y sin poderlo controlar sintió un hormigueo en su estómago. Mistress Patrizia se quitó el top y sus pechos quedarón al aire. Tallaba sólo una 85C, pero tenía unos pezones obscenamente largos y morenos. La señora Redgrave los mirada embobada mientras la joven removía dentro de su bolsa y extraía un arnés con un gran falo negro. Bianca abrió los ojos como platos al ver la descomunal polla. No pensará meterme ese monstruo, pensó y a pesar de su aprehensión sintió cómo su conejito se humedecía. La verdad era que la señora Redgrave estaba a falta de sexo. Jack y ella lo hacían cada vez menos y era un acto rápido y funcional, claramente insuficiente para Bianca cuyo deseo sexual había ido in crescendo con los años. Mistress Patrizia se colocó cuidadosamente el arnés. Un pequeño apéndice se introducía dentro de su propia vagina, rozándo su clítoris y haciendo que ella también gozase durante la penetración. Finalmente, la joven Mistress se puso un antifaz de cuero negro con prolongaciones laterales que ocultaba sus facciones.

Patrizia se dirigió entonces hacia la señora Redgrave y le colocó otro antifaz, pero éste, a diferencia del suyo no permitía ver absolutamente nada. La joven no quería que aquella mujer viese cómo instalaba dos videocámaras sobre sendos trípodes en ambos extremos de la habitación.

Es hora de empezar -dijo la dominatrix al tiempo que pulsaba el "record" de las cámaras – Dime tu nombre completo.

Bianca Cassandra Redgrave, Mistress

Y tienes 42 años, ¿verdad?

Sí, Mistress.

Tu marido, Jack ¿qué edad tiene?

50 años, Mistress

¿Te trata bien, Bianca? Ya me entiendes. ¿Te trabaja bien tu linda cosita o te tiene descuidada? –preguntó la joven pasando lentamente un dedo entre los labios vaginales de la mujer.



El cuerpo de la señora Redgrave se extremeció.

Me...me trata bien –mintió.

Algo me dice que no debo creerte –aventuró Patrizia- y mentir a tu Mistress no está bien, nada bien.

Mistress Patrizia masajeó entre sus dedos el pezón derecho de la indefensa Bianca hasta que en contra de su voluntad se puso duró como una roca.

Quizá esto te sirva como recordatorio para no volver a hacerlo.

Y tomando una pequeña pinza con dientes de cocodrilo la cerró sobre el hinchado pezón.

¡Aaaaaauuuu! –gritó la mujer, el dolor registrandose instantaneamente en su cerebro- por favor, Mistress, quiteme eso, no puedo aguantarlo.

La dominatrix observó con una sonrisa cómo la señora Redgrave bamboleaba sus tetas intentando aliviar el dolor. Se oyeron unos golpes en la puerta. Era la criada.

¿Señora Redgrave? He oido un grito. ¿va todo bien?

Bianca se compuso como pudo, pero su pezón dolía terriblemente.

No pasa nada, Pamela. No te preocupes y vuelve a tus tareas.

Sí, señora Redgrave.

Mistress Patrizia esperó a que los pasos se alejaran.

Sigamos con lo nuestro –dijo- Bien, me decias que tu marido te trataba bien ¿no es cierto?

La joven acarició el pezón izquierdo de Bianca con otra pinza metálica. La mujer no necesitó más estímulo. El dolor en su pezón derecho era ya suficiente.

No, Mistress, no es cierto. Me tiene muy descuidada.

Así que este chochito pasa hambre ¿mucho hambre? –pregunto la joven recorriendo una y otra vez la raja de la señora Redgrave y notando cómo se humedecía

Sí, Mistress –respondió Bianca enrojeciendo intensamente.

Pero estoy segura que una mujer bella como tu tendrá muchos admiradores, ¿amantes quizá?

La mujer no dudó ni un instante.

No, Mistress. Siempre he sido fiel a mi esposo.

Así que eres de las que se masturban para compensar la falta de sexo conyugal.

La señora Redgrave enrojeció.

Sí, Mistress.

Y ahora, tras controlar a la senadora Taylor, quizá pretendías sustituir tus deditos por su lengua...

No, Mistress, no

¿Estas segura?

Sí, Mistress. No me gustan las mujeres.

¿Cómo lo sabes? ¿Has estado con alguna?

No, Mistress. Nunca se me pasaría por la cabeza estar con una mujer.

Pero ahora estás conmigo y tu coño está muy, muy mojadito. ¿Estas excitada?

Un poco, Mistress

¿Un poco? –preguntó la joven rozando el pezón de la mujer con la pinza metálica.

Mucho, Mistress. Estoy muy excitada, muy cachonda.

Quizá sea porque yo soy una mujer especial, Bianca. Tengo una enorme polla negra. ¿Te gustan las pollas, Bianca?

Sí, Mistress.

Arrodillate, Bianca

La señora Redgrave se arrodilló con dificultad, mientras Mistress Patrizia le sujetaba por la coleta equilibrándola. La joven tomó su falo con una mano y lo llevó hacia la boca de la mujer, hasta que tocó sus labios.

Besame la polla, Bianca.



El cuerpo de la señora Redgrave se extremeció presa de la excitación al tiempo que sus labios comenzaban a besar el enorme falo negro. Estaba liso y suave y de forma inconsciente comenzó a pasar la lengua por su superficie. Mistress Patrizia agarraba su coleta y dirigía sus movimientos. Bianca jamás se habría imaginado en esa situación, pero la cruda realidad es que se encontraba tremendamente excitada. Por eso, cuando la dominatrix presionó la punta del falo contra sus labios, la mujer abrió la boca y engulló con ansia el negro pollón.

Eso es nena, demuestrame lo zorra y lo mamona que eres.

Aquel trato excitó más si cabe a una caliente señora Redgrave, que comenzó a mamar la polla de Patrizia, todo lo bien que podía habida cuenta de su posición. La joven contemplaba con deleite cómo Bianca se iba rompiendo ante sus ojos. Veía cómo sus labios se tragaban todo lo que podían de su negro falo y sabía que pronto estaría haciendo cualquier cosa que le ordenase. Tenía grandes planes para las dos amigas, y para sus hijas, y quién sabe, quizá también para sus maridos. Mistress Patrizia agarró con firmeza la coleta de la mujer y poniendo la otra mano tras su nuca comenzó a embestirla con fuerza. Bianca aceptaba como podía aquella polla que se estaba follando su cara y amenazaba con pasar a su garganta. Su boca estaba abierta al límite por el grueso falo y por las comisuras de sus labios se escapaba abundante babilla.

Eso es zorra, tragate mi polla. Quiero ver tu boca de millonaria llena de rabo.

Mmmmmpff, mmmmmpff –es todo lo que salía de la boca de la señora Redgrave.

Las embestidas de Mistress Patrizia eran cada vez más potentes. Bianca Redgrave era una marioneta en sus manos.

Quiero mi polla en tu garganta, perra. ¡Tragala!

NO PODÍA. Bianca jamás había tenido un falo en su garganta. No sabía cómo hacerlo.

Mmmmmmpf, mmmmmmpffff

Mistress Patrizia empujaba, pero una tensa y asustada Bianca no permitía que su garganta se relajase lo suficiente. "Esta zorra es una puta novata", se dijo la joven "va a ser un placer romperla".

Escuchame bien, nena –dijo la dominatrix- o relajas la garganta o te meto los veinticinco centimetros de polla en el culo.

Mmmmmmppfffffff, mmmmmmpfffff

Bianca estaba histérica y asustada. En el culo, NO. Tenía que abrir la garganta, tenía que tragarse aquel falo. La pobre lo intentaba pero no conseguía relajarse. Patrizia luchaba por no reir. Veía cómo la señora Redgrave hacía todo lo posible por tragarse el consolador, sin conseguirlo. Dejó que lo intentara durante varios segundos y entonces extrajo el falo de su boca.

Bueno –dijo- veo que prefieres que te rompa el culo.

No, por favor, Mistress –la pobre Bianca estaba llorando – se lo suplico, se lo suplico. Me va a desgarrar el ano. Nunca lo he hecho por ahí.

¡Estupendo, una virgen! No hay nada que me guste más que romperle el culo a una virgen.

La señora Redgrave lloraba y gimoteaba asustada.

Por favor, Mistress. Se lo suplico. Haré lo que sea pero no me meta ese pollón por el culo.

¿Y qué harás, Bianca?

Lo que quiera, lo que quiera –respondió rauda la mujer, buscando una salida que le permitiese salvar su apretado ojete



Muy bien, preparate para una buena comida de coño.

La idea le produjo una total repulsión. Comerle la raja a otra mujer...no quería, pero sabía que poniendo pegas solo conseguiría que la dominatrix le rompiese el culo

Sí, Mistress.

Patrizia sonrió satisfecha. Sabía que podría haber obligado a las señora Redgrave a comerle el coño, pero con esta estratagema conseguía que lo hiciese voluntariamente y se sintiese más humillada. La joven Mistress se quitó el arnés y movió uno de los sillones hasta que quedó frente a la mujer, que permanecía arrodillada en silencio. Entonces, se sentó en él y colocó sus piernas sobre los brazos de forma que su depilada raja quedaba totalmente expuesta.

Muy bien, Bianca. Hora de comer –dijo la dominatrix, agarrando la coleta de la mujer y dejando su cara a escasos centímetros de su almeja.

La señora Redgrave sacó la lengua de forma tentativa y comenzó a lamer la raja de la joven Mistress.

Eso es, perrita, lamemelo bien. Quiero sentir tu lengua de millonaria lamiendome el coño. ¿Para qué te sirve ahora todo tu dinero, zorra? No eres más que una vulgar comecoños.

Sin saber por qué, Bianca comenzó a lamer con vigor la raja de la joven. Para su sorpresa, el sabor no era desagradable y de alguna forma se sentía excitada con el trato que le daba Patrizia. Tras varios minutos lamiendo la vulva y el clítoris de la joven, la señora Redgrave se dio cuenta de que estaba disfrutando con aquello y poseída por una lujuria que no podía explicar se aventuró a hundir la lengua en la almeja de Patrizia.

Ooooooooh, siiiiiiii. Qué gusto. Ummmm, cómo me gusta tener tu cara enterrada en mi coño. Oooooooh. Creo que voy a ....uuuuuhhhh....usar tu lengua muy a....aaaaaaaaahh menudo.

Bianca movía la lengua dentro del coño de su excitada Mistress, lamiendo el abundante flujo que ésta estaba produciendo. La dominatrix estaba bastante cachonda después de los eventos del día y no tardó en alcanzar un potente orgasmo que baño de jugo toda la cara de la señora Redgrave, incluido el antifaz que cubría sus ojos.

Ooooooohhh, qué rico – exclamó Mistress Patrizia una vez que el intenso orgasmo comenzó a dejarle hablar- lameme perrilla. Dejame limpita con tu lengua.

La joven agarraba la coleta y dirigía la boca de Bianca por toda su raja haciendole lamer y limpiar todo. Con una sonrisa perversa, Patrizia levantó un poco sus caderas y la lengua de la mujer se encontró lamiendo la zona entre la vagina y el ano. La señora Redgrave no protestó, así que Mistress Patrizia arqueó más su espalda ofreciendo a Bianca su joven ano. La mujer se quedó atónita cuando en su siguiente lengüetazo sintió lo que indudablemente era el esfinter de Patrizia. Dios santo, se dijo, acabo de lamer su culo. Su cara ardía de vergüenza.

¿Qué pasa? ¿por qué paras? ¿te he dicho que pares? –preguntó la dominatrix

No, Mistress.

Entonces sigue lamiendome el culo


Sí, Mistress –respondió Bianca sin atreverse a protestar

La mujer se forzó de nuevo a lamer, enslivando y acariciando una y otra vez el ojete de Mistress Patrizia con su lengua. Aquello era tan perverso...una mujer respetable como ella...forzada a lamer el culo a una joven que podría ser su hija. Y lo desconcertante es que su coño estaba chorreando. Tras muchos minutos trabajando el esfínter de Patrizia, Bianca comenzó a sentir calambres en la lengua y deteniendose, se lo comunicó a su Mistress.

Está bien, puedes dejar de lamer mi culo, pero quiero que hagas un poco más de esfuerzo y me lamas el coño hasta que me vuelva a correr en tu boca

Sí, Mistress

En segundos, la señora Redgrave ponía todo su empeño en llevar a la joven a un nuevo orgasmo. Alternaba como podía el trabajo de su cansada lengua con las succiones de sus carnosos labios. Patrizia estaba en el cielo. A pesar de su recelo inicial, Bianca le estaba comiendo el potorro como si del manjar más exquisito se tratase. Succionaba y lamía su clítoris, su hinchada vulva, le penetraba con su lengua..."Joder con la millonaria que nunca ha comido un coño", pensó la dominatrix, al borde del extasis, que no tardó en llegar.

Meee, meee cooooorrooooo –gritó Patrizia cuando sintió que su orgasmo no tenía marcha atrás.

Bianca lamió el clítoris de la joven con todo el vigor que le permitía su dolorida lengua y entonces, sin saber muy bien por qué abrió los labios al máximo y dejó que los flujos que desprendía el coño de su Mistress bañasen su boca.

Ooooh sí, joder qué puta eres –gritó la dominatrix apretando con fuerza la cara de la mujer contra su almeja y dejándola sin respiración –comete todo mi juguito, guarra.

El orgasmo fue húmedo y delicioso y Patrizia tardó varios minutos en recuperarse. La cara de Bianca brillaba con el flujo de la joven. Ésta llevó su pie derecho entre las piernas de la señora Redgrave, que estaban ligeramente abiertas y deslizó los deditos por su raja. La mujer suspiró con pasión.

Saca la lengua –ordenó la joven

Bianca obedeció y Patrizia limpió sus mojados dedos con la lengua de la mujer, sin que ésta protestase. Repitió este proceso otras dos veces más con el mismo resultado. La señora Redgrave estaba sometida. La dominatrix la ayudó a incorporarse y acto seguido le retiró el antifaz. Tras acostumbrarse de nuevo a la claridad, la mujer no tardó en notar las cámaras.

¡Has estado grabando todo! –exclamó alarmada.

Sí –respondió Mistress Patrizia mirandole con fuerza a los ojos- ¿algún problema?

La señora Redgrave hacía bastantes minutos que había capitulado ante la dominante joven.

No, Mistress –dijo humillando la cabeza.

No mires al suelo. Mira a esa cámara y di lo puta que eres y lo que disfrutas siendo mi esclava.

La mujer enrojeció, pero miró a la cámara y dijo:

Soy una puta y disfruto siendo la esclava de Mistress Patrizia.


Esa afirmación era cierta en gran medida. La señora Redgrave estaba sintiendo una serie de sensaciones que no sabía explicar, pero que tenían su cuerpo en un estado de permanente excitación. La dominatrix la condujo hacia el escritorio y tirando todo lo que había encima la forzó a inclinarse sobre él. Sus tetas quedaron aplastadas contra la madera y su culo expuesto. La pinza de su pezón, a la que se había acostumbrado comenzó a doler horrores. Mistress Patrizia abrió la barra extensora y sus pies fueron separándose hasta quedar separados un metro. Su encharcado coñito quedaba totalmente expuesto, al igual que su pequeño y cerrado esfínter. Bianca se sentía expuesta y humillada, pero a la vez excitada sabiendo que aquella joven podía ver sus agujeros más íntimos. Mistress Patrizia se volvió a ajustar el arnés y acercó su polla negra al chocho de la indefensa mujer, dejando que el glande rozase sus hinchados labios.

Oh, sí, follame Mistress

La señora Redgrave estaba tan caliente y con tantos deseos de correrse, que al sentir la suave verga rozando su sexo, no pudo aguantar más.

¡PLAFFF! Un sonoro cachetazo se estrelló en sus nalgas.

¡Ayyyyyy! –gimió

No vuelvas a hablar sin permiso.

Perdón, Mistress

Si quieres que te folle tendrás que suplicarlo.

Era humillante. No debía hacerlo. Pero estaba tan cachonda. Necesitaba correrse. Quería sentir aquel pollón taladrándole el coño.

Por favor, Mistress. Le suplico que me folle con su gran polla negra –pidió comiendose su orgullo

¿Vas a ser mi putita, Bianca?

Sí, Mistress

Te voy a adiestrar para ser una buena esclava, ¿es eso lo que quieres?

Sí, Mistress

Patrizia empujó y hundió lentamente el enorme falo en el coño de la señora Redgrave. A pesar de que era mucho más largo y grueso que el de su marido, la mujer estaba tan mojada que entró con facilidad distendiendo las paredes de su vagina.


Oooooooh, siiiiiiii. Qué bueno – gimió Bianca, extasiada.

Mistress Patrizia sacó la polla lentamente y volvió a meterla esta vez con más fuerza.

Oooooooooooh –volvió a gemir la mujer.

La dominatrix volvió a repetir este procesó penetrándola cada vez con más vigor. La señora Redgrave se estaba derritiendo de placer ante sus ojos. Chofff, chofff Las violentas embestidas de aquel falo, chapoteaban en el encharcado coño de Bianca, que estaba en el paraíso.

Oooh, Siii, siiii, Mistress. No pare. Folleme. Folleme. Ooooh, Dios Santo. Qué gustooooo. Folle a su esclava. Folle a la puta. Grrrrrrrrmmmm, oooohhhh. – la señora Redgrave corría desbocada hacía su orgasmo.

El intenso placer que estaba sintiendo le hacía olvidarse de cualquier otra cosa que no fuese conseguir el clímax, incluido el tono de sus gemidos, gritos y gruñidos que cada vez eran más audibles, entrecortados por jadeos y suspiros. La propia Patrizia estaba bastante cachonda, el consolador también estimulaba su clítoris y psicológicamente le estaba poniendo a cien el ver a la madura señora Redgrave sometida a su dominio y gozando como una perra. A pesar de eso pudo oir cómo la puerta del despacho se abría con un suave "click". Estaba de espaldas a ella así que no podía ver quién la había abierto, pero tenía pocas dudas; sólo podía ser Pamela, la criada. Los gritos de placer de la señora Redgrave eran claramente audibles desde el pasillo y la joven empleada doméstica no había podido resistir la curiosidad de entornar la puerta y cotillear. Al instante sus ojos se abrieron como platos sin poderse creer la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Aquella joven esbelta y atractiva parecía estarse follando a su señora. No pudo evitar que un grito ahogado de sorpresa escapara su garganta, marcando casualmente el inició del orgasmo más intenso de la vida de la señora Redgrave.

¡Aaaaaaaaarrrrrggggggg! ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh! ¡Meeeeecoooooooooorrrrrrooo! ¡Meeeeee cooooooooorrrrrroooooo!¡Puuuutaaaaaaaa, puuuuuuutttttttaaaaaaaaaaa! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaa!

Mistress Patrizia se follaba con tremenda violencia el jugoso coño de Bianca que se estaba derritiendo de placer, ajena a la mirada atónita de su criada que miraba todo aquello como si de un sueño se tratase. El cuerpo de la señora Redgrave estaba temblando y parecía extremecerse en oleadas, como si estuviese recibiendo corrientes eléctricas.

Oooooooooooh, Ooooooooooh –volvió a gemir Bianca Redgrave, encadenando otro clímax

Eso es zorra, correte y goza como jamas lo has hecho con tu marido.

Aaaaaaaahhh, aaaaaaah, siiiiiiiiiii Miiistresssss, graaaaaaa...cias Mistresssssss, oooooooh, ooooooohh.

Y tu, ven aquí –ordenó la dominatrix dirigiendose a Pamela sin girar la cabeza.

La joven criada estaba paralizada viendo la escena de sexo que se desarrollaba entre las dos mujeres y no se dio cuenta de que Mistress Patrizia se dirigía a ella hasta que ésta giró su cuello y sus ojos se clavaron en los de la sirvienta.

¡No me has oido! He dicho que te acerques aquí.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de la criada al saberse descubierta, pero acostumbrada a obedecer órdenes se dirigió hacia donde estaba la dominatrix, que en ese momento extraía el falo negro del satisfecho coño de Bianca. La señora Redgrave, aún gozando de los remanentes de su potente orgasmo, giró la cabeza y sus ojos registraron la figura de su joven sirvienta dirigiendose hacia ellas.

¡Pamela! –exclamó, sintiendose totalmente humillada y avergonzada de que su criada la viese en aquella situación tan impúdica.

Yo...lo siento, señora...oí los....gritos desde el pasillo y.....

A callar las dos. Aquí la única que habla soy yo –ordenó Patrizia

Sí, Mistress. Perdón, Mistress –dijo rauda Bianca Redgrave.

Sí, señora –respondió Pamela fascinada por la sumisión de su señora ante aquella joven que no tendría muchos más años que ella.

La criada no podía quitarle ojo al tremendo falo negro, cubierto de flujos que colgaba entre las piernas de Mistress Patrizia.

Muy bien, Pamela. ¿Ese es tu nombre, verdad? Pamela ¿qué?

Connors, señora. Pamela Connors.

Muy bien, señorita Connors. Dejeme hacerle una pregunta. Una buena sirvienta no escucha tras las puertas, ni las abre sin permiso para ver lo que ocurre dentro ¿verdad?

Señora, yo no...los gritos...

¡Conteste a mi pregunta! –ordenó Mistress Patrizia enérgicamente.

No, señora. Una buena sirvienta no escucha tras las puertas, ni las abre sin permiso –respondió la joven un poco asustada y de forma balbuceante.

Por lo cual, deduzco que un castigo es pertinente para ayudarle a enderezar esa conducta. Recibirá diez golpes de fusta en las nalgas.

Pero, señora, no creo...

Quince

Por favor, señora Redgrave –la joven criada intentó que su señora intercediese por ella, pero Bianca permaneció en silencio.

Veinte

No voy a dejar que me azote. Eso no es legal –respondió la chica con poca convicción en la voz.

Con la rapidez de un rayo, la dominatrix soltó un temible bofetón a la cara de la criada, que la dejó tambaleandose. Sin tiempo a reponerse le dio otro en la mejilla opuesta y agarrando su pelo con fuerza, puso su cara a excasos centímetros de la de Pamela. La joven lloraba desconsoladamente, la cara le ardía y su cuerpo temblaba de miedo.

Cincuenta azotes, los cuentas y me das las gracias por cada uno de ellos. ¿Esta claro?


Sí, señora – respondió Pamela atemorizada.

Agarrate los tobillos con las manos –ordenó Mistress Patrizia soltando el pelo de la joven.

La criada separó ligeramente las piernas para ganar estabilidad y dobló su cintura hasta sujetar los tobillos. Seguía llorando. En esa posición, la bata azul subía lo suficiente para dejar al descubierto la mitad de sus nalgas y el trozo de braga que cubría su entrepierna. Llevaba unas braguitas de algodón rosa, un tanto infantiles. Mistress Patrizia se acercó a su bolsa de deporte y tomó una fusta negra, que acababa en una pieza plana rectangular. Después volvió hasta la joven y levantó su bata por encima de la cintura, dejando a la vista todo su trasero. Era un culo carnoso, proporcionado, con dos nalgas mullidas, cubiertas aún por las braguitas rosas. La dominatrix introdujo sus pulgares en el elástico y las bajó lentamente, hasta que quedaron retenidas a la altura de las rodillas de Pamela. El coñito de la criada, poblado por abundante pelo castaño y rizado se hizo visible entre sus muslos. Los gimoteos de la joven se hicieron más acusados. La señora Redgrave seguía con el torso apoyado sobre el escritorió, pero se había ladeado un poquito y podía ver a la pobre sirvienta preparada para el castigo. Se sentía mal por ella, pero no se atrevía a decir algo que pudiese enojar a Mistress Patrizia. Pamela no debería haber abierto la puerta, se dijo, ha sido una estúpida irresponsable y quizá se merezca los azotes.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

Aaaayyyyyy

Mistress Patrizia no había puesto mucha fuerza, pero la pobre criada no pudo evitar un grito de dolor cuando la fusta se estrelló contra sus nalgas. Y se olvidó de contar y de agradecerlo.

Este no cuenta –afirmó la dominatrix- y no lo hará ninguno hasta que obedezcas.

La joven no entendía y no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que otros dos latigazos la habían hecho extremecer de dolor. Entonces recordó lo que debía hacer.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Auuuuu! Uno, gracias Mistress Patrizia

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Ayyyyyy! Dos, gracias Mistress Patrizia.

La intensidad de los latigazos iba in crescendo y para el décimo la pobre Pamela era un manojo de lágrimas. Sus nalgas ardían y sus gritos de dolor inundaban la habitación.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Aaayyyyyyyyy! Once, gracias Mistress Patrizia.

La dominatrix sabía que la joven no aguantaría los cincuenta golpes y en ningún momento había planeado darselos, sólo quería que ella pensase que sí iba a hacerlo para así obligarla a negociar otros actos de sumisión. Así, en el decimoquinto latigazo, cuando vio que las piernas de la criada empezaban a flaquear, Patrizia movió la fusta con habilidad y estrelló con fuerza el rectángulo plano contra los labios vaginales de la joven.

¡Aaaaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaaaaah!

Pamela se retorcía de dolor y sin poder evitarlo se incorporó y comenzó a restregarse el coño para aplacar la quemazón al tiempo que no paraba de moverse por la habitación. Sus bragas rosas se deslizaron hasta el suelo y la bata sobre su culo, pero el roce era tan molesto que al poco la joven sólo usaba una mano en su raja y la otra sujetaba la bata para dejar el rojo trasero al aire. Cuando el dolor de la joven se aplacó un poco, Mistress Patrizia dijo:

Señorita Connors, vuelva a asumir la posición.

La joven criada estaba deshecha.

Por favor, Mistress Patrizia. No creo que pueda aguantar el resto del castigo.

¿el resto? No, querida. Olvidaste contar. Empezamos de nuevo desde el principio.

Nooooo – Pamela lloraba desconsoladamente. Cayó de rodillas a los pies de la dominatrix – por favor, Mistress. Por favor, haré lo que quiera, pero no me azote más, por favor.

Está bien –respondió Patrizia- voy a darte una oportunidad, pero sólo una. En cuanto vea una desobediencia o una duda en hacer lo que te ordene, recibirás los cincuenta golpes de fusta.

Gracias, señora, gracias – dijo la joven agradecida de verse liberada del doloroso castigo. Su ojos brillaban de alegría – haré todo lo que me diga.

Empieza por desnudarte por completo

Sí, Mistress.

Pamela se desabrochó los botones de la bata azul y sacándola por sus brazos la tiró al suelo. Después se deshizo del anodino sostén blanco, que acompañó a la bata. Estaba totalmente en cueros, a excepción de las sandalias blancas de tiras. Sus tetas eran pequeñas, una 80B, pero se curbaban eróticamente hacia arriba y acababan en unos largos pezones rosados, rodeados por una pequeña areola del mismo color. El cuerpo de la joven era blanco como la nieve, a excepción por supuesto de su castigado culo que mostraba tiras de color rojo intenso.

Tienes un bonito cuerpo, Pamela –dijo la dominatrix.

Gracias, Mistress –respondió la joven, enrojeciendo. Nunca le había piropeado otra mujer.

¿Cuántos años tienes?

Diecinueve, Mistress

¿novio?

Sí, Mistress. Se llama Frank, trabaja para el señor Redgrave.

¿Te folla?

La joven enrojeció, pero no osó eludir la respuesta

Sí, Mistress

¿Con qué frecuencia?

Cuando podemos. En mis días libres. Yo vivo aquí, en la habítación del servicio y aquí no estaría bien.

¿Te masturbas?

Pamela dudó unos segundos, barajando una mentira pero finalmente se decidió por la verdad.

A veces, Mistress

Bien, muestrame cómo lo haces.

¿Aquí? –preguntó sorprendida

Sí, aquí y ahora.

Sí, Mistress –aceptó la joven sabiendo que no tenía otra opción.

Avergonzada, llevó las manos a sus tetas y comenzó a acariciar tímidamente sus pezones.

Sin moverse, el torso apoyado sobre el escritorio y la pinza de dientes de cocodrilo torturando su pezón, la señora Redgrave no perdía detalle de lo que su criada estaba haciendo. Había observado atentamente cómo Mistress Patrizia la sometía, al igual que poco antes lo había hecho con ella. La dominatrix le había engañado, se había quedado con su dinero y ahora la tenía en sus manos. No se atrevía a pensar qué estaría ocurriendo con su hija, su pobre Rachel. Pero no había nada que ella pudiera hacer, Mistress Patrizia tenía todos los triunfos. Bianca Redgrave siempre se había creído una mujer lista, calculadora y con experiencia, pero en ese preciso momento se sentía como una niña de colegio subyugada y rendida a la tremenda superioridad y dominio de Mistress Patrizia. Ella sí que era una mujer inteligente y poderosa. Con qué facilidad había conseguido someter a la pobre Pamela y obligarla a masturbarse ante ellas. Podía adivinar la humillación que aquello representaba para la criada, pero para ella la escena era asombrosamente erótica y sintió cómo su coñito rebosaba de excitación.

Pamela, mientras tanto había deslizado una mano hasta su rajita y se acariciaba el clítoris delicadamente mientras su otra mano seguía pellizcando y magreando sus pezones, que estaban ya tiesos y supersensibles. Poco a poco el placer fue dejando a un lado sus inhibiciones y comenzó a gemir, al tiempo que sus caderas comenzaban a seguir el ritmo de los dedos que frotaban su chochito. Se estaba masturbando de pie, delante de su señora y de una completa desconocida que le había azotado el culo hasta dejarselo al rojo vivo. Pamela era consciente de ello, se sentía un animal en exhibición, pero aquello curiosamente le estaba excitando. Con los suyos cerrados imaginaba los ojos de las dos mujeres sobre su cuerpo, mirando cómo pellizcaba sus pezones, cómo se hundía los dedos en el coño. Se imaginaba los ojos de Bianca Redgrave fijos en ella, pensando lo guarra y lo puta que era su sirvienta y esos pensamientos hacían que su chochito chorrease de excitación. Jamás se había sentido tan caliente y tan mojada como en ese momento. Se iba a correr sin remedio y aquellas dos mujeres lo iban a presenciar, iban a ver cómo orgasmaba como una perra en celo. Sí, sí, iba a mostrarles lo puta que era, iba a mostrar a su señora la zorrita que tenía en casa. Sus dedos se movían vigorosamente sobre su clítoris...sí, sí, sí.

Entonces la mano de Mistress Patrizia le agarró el antebrazo y retiró su mano de la entrepierna, deteniendo el inminente orgasmo.

¡Noooooooo! –exclamó frustrada la joven.

No, qué –interpeló la dominatrix

Yo...estaba a punto de correrme, Mistress.

Lo sé, y por eso te he hecho parar. No es el momento aún. Ven conmigo.

La sirvienta siguió a Mistress Patrizia hasta situarse detrás de la señora Redgrave. Sin nungún preámbulo la dominatrix ordenó:

Comele el coño a tu señora.

Un escalofrío de excitación recorrió el cuerpo de Pamela. En ocasiones, mientras se masturbaba, había fantaseado con otras mujeres, pero nunca había pensado que esas fantasías pudiesen hacerse realidad o si le gustaría que se hiciesen. Ahora veía ante ella el coño abierto y humedo de su señora y se moría de ganas por saborearlo. Todo su ser vibraba de deseo.

Sí, Mistress –dijo con premura.

A la joven criada no le pasó desapercibido cómo Bianca Redgrave acentuaba la elevación de su trasero para darle mayor acceso. Dios Santo, me lo está facilitando, quiere que me lo coma, pensó. Era cierto, la señora Redgrave estaba muy caliente y aunque inconsciente, aquel gesto le delataba. Pamela no se lo pensó dos veces, apoyó las manos en las nalgas de su señora y arqueandose, lamió lentamente toda la longitud de su raja.

Ooooooooooh –suspiró Bianca.

Delicioso, pensó Pamela, el néctar de su señora era delicioso. Mucho más rico que el semen de su novio, que había probado una vez y se había negado a probar más. Como una loba hambrienta, la joven criada se lanzó a devorar el delicioso conejito de Bianca.

Mistress Patrizia contemplaba divertida y excitada el ansia de coño de la sirvienta y cómo ésta estaba haciendo retorcer de placer a la señora Redgrave.

Oooooh, Dios Santo, Pamela, Pamela, qué me haces. Me estás volviendo loca. Sigue así, así, ooooooh, uuuuuuh

La joven se había arrodillado y apoyada sobre las palmas de sus manos, succionaba con vigor la almeja de su señora, lamía sus flujos, su vulva, su clítoris, penetraba su agujero, hundía la cara en aquel chorreante chocho,...estaba gozando de aquel acto tanto o más que la cachonda Bianca, que no daba crédito a la maravillosa comida con que le estaba obsequiando su joven sirvienta.

De pronto, Pamela sintió cómo algo se apoyaba a la entrada de su vagina y en seguida supo que Mistress Patrizia se la iba a follar en ese mismo instante. No podía desearlo más. Separó las piernas todo lo que pudo y notó cómo el falo comenzaba a entrar lentamente. Aquella polla de silicona era con diferencia más larga y gruesa que la de su novio Frank, y la criada podía sentir cómo distendía las paredes de su vagina llenándola por completo y llegando a lugares donde nadie había llegado antes. Mistress Patrizia se movía lentamente, dejando que el rabo se lubricase con el abundante flujo de la joven. Sus movimientos eran largos, dejando que el falo saliese casi por completo para volver de nuevo a introducirlo despacio, abriendo y cerrando el coño de la joven a la que este juego estaba derritiendo de gusto. Poco a poco, la dominatrix fue incrementando el ritmo de penetración, hasta que el grueso cipote de silicona entraba y salía como un pistón del lubricado coño de la criada.

Ooooooh, siiiiiiiiii. Cielo Santo, que bien te mueves. No pares, no pares. ¡Oooooooohh! ¡Aaaaaaaaaaahhhh! ¡Oooooooooh! –la joven gemía de placer.

Pamela, Pamela, no pares, no pares, por favor –pedía también la señora Redgrave.

En su éxtasis, la sirvienta estaba gimiendo y retorciendose como una loca y había dejado de lado el cunnilingus que le estaba haciendo a su señora. La imagen de Bianca Redgrave suplicando que le siguiera comiendo el coño valía su peso en oro. Nadie que la conociese lo habría creído. Pero Pamela Connors estaba a lo suyo. Al diablo con todo. Aquella joven se la estaba jodiendo como los ángeles. La criada jamás había sentido nada igual, ni remotamente parecido. Parecía como si todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo estuviesen sobre-excitadas. Mistress Patrizia le tenía agarrada por la cintura y le clavaba la polla con vigor, mientras le gritaba:


Venga, pequeña perra. Correte para tu Mistress.

Ooooooooh, síiiiiiii, siiiiiiiii.

Vas a ser mi exclava, como tu señora. Voy a hacer contigo lo que quiera.

Oooooooh, aaaaaaaaah, ssiiiiiiii, siiiiiiiiii, siiiiiiii, SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.

Un intenso orgasmo sacudió el cuerpo de Pamela, que gritaba y gemia mientras la dominatrix follaba su coño como una posesa, acercandose también a su propio clímax.

¡Voy a correrme, zorra, menea esas nalgas! –gritó con fuerza Mistress Patrizia azotando con fuerza el culo de la criada.

La joven sirvienta era incapaz de hablar, sólo gritos y gemidos guturales eran capaz de salir de su boca, pero a la orden de la dominatrix comenzó a mover su trasero con vigor, empalandose hasta el gollete. Mistress Patrizia no tardó en gritar su orgasmo.

Oooooooh, Oooooooooh, Me cooooorrrrrro, siiiiiiiiiiiiiii.

En su frustración, Bianca Redgrave era testigo de los gritos de placer de las dos jóvenes, lo que acrecentaba dolorosamente su calentura. La dominatrix siguió penetrando a la joven Pamela mientras ésta encadenaba, por primera vez en su vida, varios orgasmos que se prolongaron durante varios minutos. Después extrajo el falo de su vagina y se incorporó. La criada se derrumbó sobre el suelo exhausta. Patrizia dejo que se recuperase mientras comenzaba a recogerlo todo. Primero detuvo la grabación y guardó las cámaras. Entonces, se dirigió al ordenador y extrajo el CD con las fotos de la senadora Taylor. No tenía intención de dejarle una copia a la señora Redgrave, aunque ésta se la había pagado con creces. A continuación liberó a Bianca de las esposas, los guantes, el collar y la pinza del pezón. La mujer dio un grito de dolor cuando la sangre volvió a entrar en el entumecido apéndice. Finalmente se quitó el arnes y se vistió.

Muy bien, poneos en pie, mirando al frente y las manos en los costados.

La señora Redgrave obedeció al instante, su criada se levantó lentamente y asumió la posición. Mistress Patrizia contempló con deleite los cuerpos desnudos de ambas hembras, uno junto al otro, ambos bellos aunque distintos.

Bianca –preguntó la dominatrix- ¿Hay mas personal que trabaje en la casa?

Sí, Mistress. La señora Higgins y su hija Linda. Mary Jane se encarga de la cocina y la chica ayuda a Pamela con el resto de las tareas. Hoy les he dado el día libre.

Bien, escuchame atentamente. A partir de mañana Pamela y las otras dos deberán vestir con traje de criada francesa, con falda a medio muslo, medias negras, delantal y cofia blancos y zapatos negros de medio tacon. ¿Entendido?

Sí, Mistress.

Consiguete otro para ti. Pronto tendrás que ponertelo también.

Sí, Mistress.

Ah, y vuestros coñitos los quiero totalmente depilados la próxima vez que venga. También la raja del culo y el ojete. ¿está claro?

Sí, Mistress –respondieron las dos sumisas al unísono.

A continuación la dominatrix midió el perímetro de sus cinturas y otras distancias en su zona púbica, al igual que había hecho anteriormente con la senadora Taylor.

Bianca, para mi próxima visita quiero llaves de todos los accesos y los códigos de seguridad de la alarma antirrobo. Respecto a tu hija, volverá dentro de una semana, el mismo día que estaba previsto que concluyeran sus vacaciones así que no hay necesidad de que digas nada a tu marido, ni a nadie, ¿de acuerdo?

Sí, Mistress.

Con estas palabras, Patrizia se colgó la bolsa de deporte al hombro y abandonó la habitación. Señora y sirvienta, se quedaron más de un minuto quietas, desnudas, en silencio, sin saber que hacer e intentando asimilar lo que acababa de ocurrir. Fue Pamela Connors quien habló en primer lugar:

Señora, creo que deberíamos vestirnos

Sí, si, tienes razón –empezó Bianca Redgrave- Oye, Pamela, no sé cómo decirte esto, quiero decir...me gustó mucho como...antes....bueno, ya sabes...

A mi también me gusto mucho. Nunca lo había hecho antes.

Yo tampoco y nunca imaginé que pudiese disfrutar con otra mujer, pero lo que me hiciste fue muy erótico y excitante...aunque no lleguase al final.

Lo siento mucho, es que Mistress Patrizia comenzó a... bueno, ya sabes a penetrarme con su pene...

No, no, no sigas. No hace falta que te disculpes. A fin de cuentas tampoco lo hacías por propia voluntad...

No, claro que no.

Pamela, quizá no me creas pero es la primera vez que me hacen algo así.

La criada se quedó desconcertada.

¿Quiere decir que nunca le han hecho un cunnilingus?

No, nunca. Jack es muy escrupuloso y bueno, yo también creí que lo era. Pero lo que me has hecho antes... lo que he sentido...bueno, no sé... quizá....si a ti también te ha gustado....podríamos....alguna vez...

Señora Redgrave, ¿Le gustaría que acabara lo que dejé antes a medias?

¿Lo dices en serio? ¿No te importa?

Tumbese sobre el escritorio y separe las piernas. Le voy a hacer la mejor comida de coño de su vida.

Chorreando de deseo, la señora Redgrave hizo lo que le indicaba su sirvienta y en breves instantes gemía y se retorcía de placer, mientras Pamela lamia y succionaba todos los jugos de su almejita. Esta vez nada detuvo su orgasmo que fue una explosión de éxtasis y de líquidos que dejaron la cara de la señorita Connors totalmente empapada. Agotada, Bianca Redgrave quedó tendida sobre la mesa, mientras la criada se incorporaba y se vestía. Después abandonó la habitación en silencio. La señora Redgrave, con los ojos cerrados intentaba asimilar lo acontecido en la última hora y media y más aún lo que podría pasar en los próximos días. Empezaba a ser consciente de que su vida, tal y como la había vivido durante sus 42 años iba a cambiar drasticamente.