Si vienen siguiendo mis relatos sabrán lo que significa el depósito para mí, aquel “depósito”, ese lugar que representa algo así como un Santuario para mis sentidos. No sé, pero allí encuentro la paz y el placer que en otros lugares se me niega. Cuándo decidí renunciar a mi trabajo y empezar una nueva etapa en mi vida, supe desde el primer momento que el depósito seguiría estando ahí para mí. Es algo que necesito, no puedo prescindir de él, no sé como explicarlo, pero me gusta esa sensación de agobio y excitación que me embriaga cuándo me acerco a sus puertas. También me agrada no saber prácticamente nada de quién cuida ese depósito, solo su nombre y poco más, él tampoco sabe mucho de mí… no nos hace falta más para gozar como locos cada vez que nos vemos.
La última vez fue para este flamante año nuevo, ya había pasado Navidad y sentía que después de todo lo que me había dado le debía una visita para saludarlo. Después de los festejos de la noche anterior, me levanté pasado el mediodía, me di una ducha, me vestí y tras decirle a mi mamá que me iba a saludar a unas amigas, salí a la calle. Compré en el supermercado del barrio un pan dulce, una sidra y me dirigí hacia el depósito. A medida que me iba acercando volvía a sentir una vez más esas mariposas en el estómago, que me daban vueltas y vueltas sumiéndome en un vértigo por demás incitante e irresistible. Al llegar me detuve frente a la puerta. Dudé por un instante. Miré hacia ambos lados de la calle y tras asegurarme que no veía nadie, golpeé suavemente la puerta. Nadie respondió. ¿Me tendría que ir y quedarme con las ganas? Volví a insistir, una y otra vez. Ya estaba por irme cuándo escucho ruidos adentro. De pronto silencio y entonces la puerta se abre. Ahí aparece él, Miguel, el sereno del depósito, todavía soñoliento. Había estado durmiendo y yo lo desperté. Se asomó con cara de pocos amigos, pero al verme cambió por completo la expresión de su rostro.
-¡Hola mamita! ¡Que sorpresa!-
-Venía a saludarte y… a darte esto- le dije levantando la bolsa para mostrársela.
-Que buen gesto el tuyo, veni, pasá-
Entré, y al cerrarse la puerta tras de mí, siempre con ese fuerte estrépito que tanto me excitaba, me sentí morir… morir de calentura.
-Hacia rato que no venías, desde que…-
-… desde que me cogiste con tu compañero- le recordé.
-Jaja… si… la pasamos muy bien con vos- dijo soltando una fuerte carcajada.
-Yo también- asentí.
-Pero hoy mi compañero no está- repuso.
-No vine a verlo a él- le dije –Tomá, te traje esto, feliz año nuevo-
-¡Gracias!- exclamó agarrando la bolsa y viendo lo que había adentro –Sos muy amable-
-Bueno, me voy- le dije, aunque esa no era verdaderamente mi intención.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.
-Esperá mamita, ¿acaso te vas a ir sin un brindis?- me dijo a la vez que me daba alcance y me apoyaba por detrás, haciéndome sentir su prepotente bultazo por entre las nalgas.
Tenía razón, no me podía ir sin brindar.
-Esta bien, brindemos- acepté, aunque sin darme la vuelta todavía, para así seguir disfrutando de tan excitante apoyada.
Fue entonces hacia el interior del depósito volviendo de inmediato con dos vasos de cartón.
-Es lo único que tengo pero va a servir- dijo dándome uno.
A continuación, sacó la botella de sidra de la bolsa y la descorchó. Cuándo el corcho salió volando y la espuma comenzó a brotar, exclamó: ¡Felicidades! Y llenó ambos vasos con la espumante bebida.
-Por habernos conocido- dijo levantando el vaso en señal de brindis.
-Coincido- asentí.
-Y por las cogidas que te di y las que te voy a dar… jaja…- agregó arrancándome una risotada.
Chocamos los vasos y bebimos hasta terminar todo el contenido de cada uno.
-¿Otro brindis?- me preguntó.
-Dale- acepté ofreciéndole el vaso para que lo volviera a llenar.
-Pero esta vez sin vaso- dijo sacándomelo de entre los dedos y tirándolo al suelo.
Entonces mientras con una mano sostenía la botella, con la otra se desabrochó el pantalón y dejándolo caer al suelo, peló en un santiamén esa verga que ya tantas satisfacciones me había dado… y que me seguiría dando de aquí en más. Se la frotó un poquito hasta ponérsela bien dura y entonces derramó abundante sidra a lo largo y a lo ancho, empapándosela toda.
-¿Brindás?- me ofreció entonces, sacudiéndola tentadora frente a mí.
¿Acaso podía negarme? Sin dudar ni por un instante, me hinqué de rodillas ante él, se la agarré envolviéndole los huevos con una mano, y comencé a sorber el líquido que se derramaba por toda esa prodigiosa superficie. De solo sentir el contacto de mi lengua se le endureció mucho más todavía. No me hice de rogar, (no sirvo para eso) y se la chupé con todas mis ganas, metiéndomela bien adentro de la boca, hasta más allá de la garganta, lamiendo, chupando, sorbiendo y hasta mordiendo todo lo que podía. De a ratos me la sacaba y se la volvía a bañar en sidra, dándomela a chupar de nuevo, incitándome con las burbujas de la bebida, permitiéndome disfrutar de ese glorioso pedazo sin concesión alguna.
Luego me ayudó a levantarme, él mismo me levantó la remera y tirando del corpiño hacia abajo desnudó violentamente mis tetas. Me humedeció los pezones con más sidra e inclinándose un poco me los chupó con arrebatado frenesí. Ya había conseguido sacarlo de quicio. Tiró la botella al suelo, me metió tremenda mano entre las piernas y tras besarme con furor, me dijo:
-Te voy a recontra coger, pendeja… me viniste al pelo, no sabés, tengo leche acumulada de hace una semana…-
Me agarró de la mano y me llevó al interior del depósito, a ese lugar en donde habíamos pasado tan buenos momentos. Se puso en bolas mientras yo hacía lo mismo, sin dejar de mirarle esa robusta poronga que se balanceaba de un lado a otro mientras él se movía. Ya desnudos los dos vino hacia mí, volvió a besarme con violencia, mordiéndome prácticamente los labios y hasta la lengua, me tumbó culo arriba en la colchoneta, y tras chuparme bien el ojete y la concha, se puso de rodillas tras de mí y me la mandó a guardar de un solo empujón. No se en que momento se puso el forro, pero podía sentir el finísimo látex envolviendo su herramienta. Me agarró bien fuerte de la cintura y comenzó a bombearme con fuerza, una y otra vez, metiéndomela bien adentro, golpeando sus huevos en mis nalgas cuándo me la metía toda. De pronto, sin soltarme la cintura, se levantó, ya no estaba de rodillas, sino con as piernas flexionadas, aumentando todavía más la consistencia y el ímpetu de sus arremetidas.
-¡Si pendeja… que conchita más rica… como te la comés toda…!- gritaba entre metida y sacada, haciéndome delirar con cada bombeada, pegándome un chirlo de cada lado de la cola.
Me daba, daba y daba… no paraba, y eso era justamente lo que quería, lo que estaba buscando, que me descosiera a pijazos.
-¿Esto querías pendeja…? Dale, decime que esto es lo que querías- me decía tirándome del pelo para obligarme a responderle.
Pese a los gemidos y jadeos que se agolpaban en mi garganta, pude contestarle:
-¡Siiiiiiii… siiiiiiii… eso quiero… cogeme… rompeme toda…!- se me caía la baba al hablar, estaba tan caliente, tan alzada, que mi cuerpo todo parecía estar a punto de entrar en combustión espontánea.
Me sentía afiebrada, pero no era fiebre, era calentura, ganas de coger, de que me la pongan, y el vigilante de aquel depósito estaba haciendo un trabajo supremo, me la ponía como los Dioses, y no escatimaba esfuerzos ni posiciones para hacérmela sentir. Así que de un momento a otro, me la sacó y se echó de espalda, indicándome mediante un gesto que ahora era mi turno de estar arriba. Casi a la rastra, sintiendo toda mi parte de atrás dolorida, levanté una pierna por sobre su cuerpo, me acomodé de forma tal que su pija quedara en la entrada de mi aún hambrienta conchita y sin hacer más, me deje caer, yo misma me fui deslizando en torno a ese tronco nervudo y caliente, lo deje avanzar hasta que sentí sus huevos llenos golpeando mis gajos, ahí me detuve, solté un plácido suspiro y comencé a moverme, despacio primero, dejando que las sensaciones de la cogida repercutieran hasta en el último rincón de mi organismo. Mientras yo me dedicaba a subir y bajar, él se entretenía mordiéndome y chupándome las tetas, me las agarraba con sus manos y las mantenía bien apretadas por un buen rato engolosinándose con ellas.
-¡Ahhhhh… ahhhhh… ahhhhhh… ahhhhhhh…!- el ritmo de mi cabalgata ya se había acelerado, ahora era yo quién tenía la iniciativa y el mando de la acción.
-¡Si, así pendeja, movete, si, que rico!- me decía mientras yo me movía sobre él, subiendo y bajando, sin parar siquiera, disfrutando de esa hermosa verga en toda su extensión.
Los polvos que me eche en esa posición fueron incontables, como será que sus muslos estaban empapados con mi flujo y cada vez que subía y bajaba se podía escuchar el sonido acuoso de la penetración. En un momento se detuvo, pensé que había llegado y yo también me deje ir, volviendo a disfrutar de esas sensaciones que ya son un vicio para mí, así que arqueando la espalda, cerré los ojos y me entregué al placer por completo. Él quedo como en trance, por lo que despacio me levanté y fui por mi ropa, pero entonces siento que me agarra por detrás y me arrincona contra una pared.
-¿Ya te ibas pendeja? ¿No te olvidás de algo?- me susurró al oído mientras me hacia sentir su cálida dureza por entre las piernas.
Manteniéndome en todo momento contra la pared, comenzó a tantearme el culito con la aguda punta de su verga, no iba a resistirme, así que me abrí sin demasiada oposición. Apoyé la cara contra la pared, cerré los ojos y sentí la cabeza de la pija empujando hacia adentro, abriéndose paso a fuerza de empujes y más empujes. Me dolía, pero claro, ese dolor precisamente es el que conduce al placer más intenso y anhelado. Sin dolor no hay placer y como pasa siempre, después de esa incomodidad y aspereza inicial, viene el goce que una tanto desea. Bien plantado tras de mí, Miguel me clavó la pija en el orto y comenzó a culearme en una forma que parecía querer desfondarme. Igual no me importaba, yo me entregaba totalmente, dejándome aniquilar por esas metidas y sacadas que me arrancaban vísceras y gritos por igual. Entre gemidos comencé a moverme con él, moviendo todo mi cuerpo en sincronía con su pelvis. Con una de sus manos me tenía bien sujeta por las tetas, mientras que la otra la tenía enterrada en mi entrepierna, deslizando un par de sus dedos dentro de mi concha. Ya sentía que un nuevo estallido nos alcanzaba, entonces los dos aceleramos, nos dimos con todo, hasta que acabe echando la cabeza hacia atrás, buscando fundir su lengua con la mía.
-Escupime… escupime en la boca…- le pedí en medio del polvo, entre gozosos jadeos.
Dispuesto a complacerme, juntó saliva y me escupió dentro de la boca, no una, sino varias veces. Me tragué con gusto su saliva, sin darme cuenta que esa era una de las formas preferidas de Pablo para humillarme… y yo misma le había pedido que lo hiciera.
Luego lo de siempre, lavarme en el bañito del fondo, vestirme en silencio y tras algunos besos y apretones, despedirme hasta quién sabe cuándo.
-¡Feliz año nena!- me deseo al despedirme en la puerta.
-¡Feliz año!- le correspondí alejándome de prisa.
No sé que es lo que me atrae tanto de ese lugar, o si es el lugar o ese hombre, sinceramente no lo sé, pero de lo que si estoy segura es que van a pasar los años, voy a estar gorda, casada y con hijos, pero así y todo seguiré yendo a ese oscuro y húmedo depósito. El Santuario de mi vida.





















Feliz año nuevo...[/align]