¡En qué otro lugar iba a postear esto si no era Poringa! Bueno, espero que alguno se tome el tiempito pa leer. Sabemos que acá todo el mundo viene a hacerse la paja y no a leer, pero me juego de que un par de ustedes (entre los millones que entran) van a llegar hasta el final. Me divirtió muchísimo escribir esto y tuve una respuesta increíble de los lectores.
Acá va, espero lo disfruten.

Pajeros
somos todos


Voy a tirar de la curita sin ninguna intención de hacer el bien. Lo correcto me tiene podrido y es hora de hablar de cosas importantes.
La paja es un tema tabú. Se habla muy poco, y las charlas quedan reservadas para la estricta confidencialidad de las amistades profundas. Y a veces ni siquiera. Cuando los prejuicios se relajan y la charla fluye, se generan unos climas interesantes de descripción sobre el tema, afloran las sonrisas y uno permite que lo público se coja a lo privado. Vivimos atados al no decir. No sólo con la paja sino con otros ámbitos personales como el sexo, el aseo, casi todas las actividades que se realizan en el baño: desde cómo lavarlo hasta el ruido que hacemos cuando cagamos, hasta los miedos, las frustraciones, la relación con el mismo sexo o la violencia familiar. Miles de cosas. No quiero irme más por las ramas, voy directamente al tronco.

El Descubrimiento


Cuando iba a quinto grado (o sexto) (tendría 10 años, quizás 11) escuché hablar por primera vez acerca de la paja. Estábamos en uno de los recreos. Todos los chicos corrían por el patio, vestidos de guardapolvo blanco. En una ronda de varios chicos, Luciano Rivilli alardeaba acerca de la paja. Creo recordarlo diciendo “te tenés que agarrar así y hacer así”. No hace falta explicar la mímica de sus manos. En aquel entonces yo no entendí nada y seguí sin entender durante un largo rato.
Se supone que el hombre empieza a eyacular desde los 11 años, más o menos. No lo investigué en ningún sitio médico ni en Google ni en Wikipedia. Esto es conocimiento aprendido. A una edad en la que todavía somos niños, inmaduros y altamente pelotudos, el cuerpo ya está listo para la acción. Yo a los once años miraba mi pito con desconfianza: para mí eso sólo servía para mear. Ni siquiera me lo limpiaba porque me daba cosa. Pero de a poco vino el interés por saber de qué se trataba todo este asunto de la paja del que todos hablaban.
Teníamos doce años. Se moría el séptimo grado, el guardapolvo, las amistades primarias, la escondida, los Playmobil, y una serie de despreocupaciones de la edad. Empezábamos de a poco (muy de a poco) a dejar de ser niños, sin dejar de serlos todavía. Creo que hacía calor. El Gordo, Chucho y yo estábamos en casa, solos y al pedo. El Gordo alardeaba, nos decía que él volcaba. Nosotros le preguntábamos cómo era. “Te empezás a hacer la paja y en un momento sentís un cosquilleo; después se empieza a hacer más fuerte y después te sale leche”, dijo, probablemente, el Gordo. No le creíamos. El juraba que era verdad, que lo había hecho con sus primos y que si no le creíamos…
Así que nos dispusimos a ver cómo era la cosa. Efectivamente: el gordo se hizo la paja y al poquito tiempo llegó (el “llegar” no es un término que hayamos utilizado en aquella época. Usábamos el “volcar”). Un chorrito de leche le salió del pito lampiño. Chucho y yo asentimos, lo felicitamos, nos confesamos mutuamente que si eso era la paja entonces jamás lo habíamos hecho y que por ende ninguno de los dos había volcado todavía. Desde ese día nos dispusimos a conocer la paja, a hacerla todas las veces que hiciera falta hasta volcar.
“Che, ¿vos volcás?”, me preguntó el Chucho unas semanas (o meses) después. “No, creo que no”. Intercambiamos dudas, consideraciones y formas. Teníamos doce años y no pasaba nada. Me recuerdo sentado en el inodoro, dándole duro y parejo a mi pitito blanquito y sin pelos, de repente sentir un cosquilleo inédito y soltar todo. Era algo único e indescriptible. Me daba miedo. Después supe que luego del cosquilleo venía la leche, pero la leche no llegaba.
A los doce años, sin saberlo, tomé una de las decisiones más desafortunadas de mi vida. Por boludo, por desinteresado, por ignorancia pura decidí ir al mismo colegio secundario que el Gordo. No tenía la más mínima idea de qué se trataba, cómo era el colegio, cuántas horas de escolaridad tenía, nada. Yo fui atrás del Gordo y Chucho atrás mío. Había que rendir un examen para entrar y nos hicimos preparar con una vieja muy hija de puta. Elina se llamaba el dinosaurio canoso, de pelo cortito y dientes grises. Nos hacía llorar si hacíamos mal los ejercicios. Nosotros, en venganza, le meábamos los lápices labiales que tenía en el baño (eso fue idea del gordo).
Llegó el día del examen y milagrosamente entré. Todavía no sabía en qué me estaba metiendo. El primer día de clases supe que el colegio era un técnico, de hombres solos, de curas y con doble escolaridad. No sólo eso: quedaba en la misma loma de la mierda. Te pasaba a buscar un transporte a las siete y algo de la mañana e iba reclutando pendejos para luego depositarlos en Alcatraz, un lugar donde nadie podía escapar. ¿Por qué cuento todo esto? Porque fueron años furiosos y traumáticos, y cargados de pajas.
Ya estaba en primer año. Me iba para la re mierda en todas las materias. Y además seguía sin volcar. Esto no lo podía revelar al resto de los chicos del curso entonces mentía. Cuando llegaba a mi casa me sentaba en el inodoro y le daba matraca. Juraba por todos los dioses que si llegaba a salir aunque fueran tres gotas de leche me iba a dejar de hacer la paja. Estaba preocupado, claro. Esto no era algo que podía charlar con nadie. De a poco se iba metiendo en mi cuerpo la idea de la culpa cristiana. Los curas te hacían sentir culpables de todo. Era obligatorio confesarse, por lo menos, una vez al mes. Entonces íbamos todos los pibes y le contábamos a los viejos con sotanas la cantidad de veces que echábamos moco, que robábamos guita, que puteábamos en voz alta, que le faltábamos el respeto a los padres y, también, la cantidad de veces que nos hacíamos la paja. Obviamente que esto no lo contábamos porque sí. No, era mucho más penoso. Cuando uno terminaba de contar sus “pecados”, los viejos te miraban y preguntaban con voz sutil “¿y con las masturbaciones cómo andamos? Tenés que recordar que masturbarse es pecado”. Y uno: “bueno, sí, la semana pasada lo hice una vez” (mentira, cura choto, me hacía la paja todos los días). Luego te bajaban línea sobre lo mal que estaba darse placer a los ¡doce años! Te mandaban a rezar una docena de padres nuestros y a otra cosa mariposa. El problema es que yo era un niño asustadizo, permeable a todas las cosas que me decían estos viejos pedófilos, entonces me sentía mal, me angustiaba por todo, hasta por la paja.
Claramente, mi promesa de limitar la paja fue incumplida. En algún momento empecé a volcar y me dije que tenía que seguir pajeándome hasta que se consolidara el proceso… para estar bien seguro de que no había nada extraño en mí.
La paja en las edades tempranas es algo maravilloso. Era la perfecta unión entre el niño que aún era, y el hombre que empezaba a asomarse. Era un estallido de imaginación. Te hacías la paja con la fuerza de tus pensamientos, te calentabas con la profe de matemáticas, con las amigas de tu hermana, con la madre de un amigo o con una foto de la revista Gente. Y si eso no alcanzaba, bueno, ya necesitabas ver a una mujer en bolas, de la forma que fuera.
Juanca guardaba unos almanaques de minas en bolas en una bolsa de nylon, con dos banditas elásticas, en el techo, atrás del tanque, tapado con un pedazo de ladrillo. La monada se organizaba para subir a “buscar una pelota que se nos cayó en el techo, ma”, y nos pasábamos los almanaques de, ponele, “Gomería Claudio”, o “Taller Mecánico Sánchez”. En esos cuadraditos de cartón ajado podía ver una teta, algo de pelo y qué día cayó mi cumpleaños en el año 89, o en el 93. Era abuso. Pero una vez que probaste la miel querés más… y fuimos por más.
Con Chucho, Juanca y el Gordo, armamos una colección de revistas importantes. Como todavía éramos pendejos las guardábamos en una choza. Teníamos doce o trece años y lo mandábamos al Juanca a comprar porque era el más alto de los tres (?). Juntábamos la plata, nos sentábamos en la vereda del frente y observábamos la situación. Generalmente había un coeficiente de rebote alto, pero a uno de cada cinco canillitas no le importaba una mierda la legalidad, nos veía la pinta y nos vendía la revista, no sin antes encajarnos algo más: un diario, una revista de automovilismo o una historieta del Pato Donald. La biblioteca se perdió después del incendio. Unos guasos de otro barrio nos quemaron la choza del árbol y cuando vinieron los bomberos se llevaron toda nuestra bibliografía.

Consolidación y nuevos horizontes


Hay una edad en la que el sexo opuesto se hace presente. Digamos que desde los 14 en adelante muchos consideran seriamente la posibilidad de besar a una mina, meterle la mano debajo de la ropa e incluso culiar. Pero acá estamos hablando de la paja y no del sexo, y yo a los 14 años estaba (todavía) más cerca de la escondida y los Playmóbil que de tocarle el codo a una chica.
A esta altura de mi vida seguía haciéndome la paja con cierta regularidad: casi todos los días. Seguíamos con las revistas. Cada vez manejábamos más la calidad de las mismas. Sabíamos, ponele, que en la Playboy no aparecía nadie culiando, eran todas producciones de fotos en las que apenas te mostraban unas buenas tetas y unos buenos culos. Mucha nota periodística, muchas letras, pocas minas. A esa altura no teníamos ningún interés en leer una nota sobre nada que no fuera fútbol. Penthouse era más o menos la misma onda. Después había otras que eran más burdas, donde salía todo. ¡Hasta cómics porno había! Entre los pibes no había consenso, a algunos le gustaba más explícito, a otros no tanto.
Ojear las revistas era algo fantástico. Seguías usando tu imaginación. Ahí tenías, al frente tuyo, a una rubia hermosa, con altas gomas, y vos sólo tenías que cerrar los ojos y ubicarte en algún lado de la película. Era alevoso, pero siempre hay nuevos horizontes.
Recuerdo que una vez, ya terminada la Primaria, nos invitó un compañero, Nicolás Farías, a su casa. Nos dijo que su hermano más grande (fuente ilimitada de pornografía histórica) tenía unos videos. Así que nos acomodamos todos, mandamos el VHS y se hizo la luz. Un gordo, con pelos en la espalda se la ponía a una negra tetona. Creo que fue la primera vez que vi un video porno. Nicolás (que ya era ducho en estos temas por eso de tener un hermano mayor) tiró con algo de soberbia adolescente “eso es una francesa”, cuando el guaso metía el pito entre las dos tetotas de la negra. Ah, claro, dijimos. Yo no entendí qué carajo tenía que ver Francia con todo eso.
Aquellos eran años de menemismo, de fuertes cambios en la vida, en la sociedad, en todos lados. Antes nos pasábamos el día entero boludeando en la calle. No había nada en la tele por aire. Los mismos tres canales de siempre y con televisores que andaban mal. Pero, como dije, todo iba cambiando, y un buen día llegó la televisión por cable y otro fantástico día llegó Venus.
Creo que el JVC que había en la cocina fue el mejor televisor que tuve en mi vida. Antes los codificados eran muy truchos. Uno iba al canal 99 y se veían unas ondas moviéndose para todos lados. Unas olas de cualquier color que a veces se acomodaban y uno podía ver el brillo de dos cuerpos teniendo sexo. Los televisores viejos y fieles como el mío tenían un montón de perillas para sintonizar correctamente los canales. Entonces sólo era cuestión de tener paciencia y de aprender los sutiles movimientos para sintonizar el canal. A veces llegabas a ver todo en blanco y negro, o en azul y verde, o con un par de cortes nomás.
El codificado arrancaba a las doce de la noche. Yo esperaba que todos se fueran a dormir y me levantaba. Es increíble recordar el nerviosismo, los movimientos sigilosos. Siempre seguía la misma metodología: me servía un vaso de agua y lo dejaba en la mesa, después sacaba algo, cualquier cosa del mueble que estaba abajo del tele por si alguien aparecía de sorpresa y yo tenía que improvisar algo como “me levanté a buscar… este adaptador”. La paja valía doble por el esfuerzo y por los índices de riesgo.
Era el año 95. River salía campeón de todo, al Diego le habían cortado las piernas unos meses antes, un peso era un dólar, había conocido Brasil, por primera vez en mi vida tuve más de un par de zapatillas y “Amigovios” era la serie para niños/adolescentes del momento. En el colegio, por obra y gracia de un Ministro de Educación, pasé de primero a tercer año. Y me iba realmente muy mal. Me llevaba todas las materias. Mi vieja lloraba cuando traía la libreta, no entendía cómo “un chico tan inteligente puede tener tan malas notas”. Yo sí entendía: no tenía ni un solo gramo de voluntad para nada. Sólo me interesaba el fútbol. Y el fútbol desembarcó en casa con todas sus alegrías.
La historia oficial cuenta que, cuando ofrecieron el fútbol codificado, en el mismo paquete venían, el CNN en inglés y Venus, y que incluso era más barato aceptar todos los canales y no el fútbol codificado solo. Años después me di cuenta: puro chamuyo. Mi viejo es hombre y como hombre se debe hacer la paja. Entonces llegó el paquete con moño a casa.
La cosa es que el Venus tenía una clave. El vendedor de Multicanal pasó por casa, conectó el decodificador y les explicó a mis viejos cómo poner la clave. No me llevó mucho tiempo descubrir la clave y acceder a la pornografía ilimitada de Venus. Yo crecí viendo pornografía. Y fue fabuloso.
El procedimiento era el mismo: levantarse después de doce y ponerse a ver. Sólo que ahora no hacía falta sintonizar nada. Era adictivo. Un chico de catorce, quince años, con la llave de la felicidad al alcance de su mano y de su pito. Lo mejor que me podía pasar era que mis viejos se fueran a algún lado, que mi hermana desapareciera y que yo tuviera toda la casa para ir un pasito más allá: subir el volumen y escuchar. Porque esa era la otra variable que no podía concretar casi nunca, la del sonido. Siempre tenía que ser todo en el más estricto silencio.
De los catorce a los veinte años aproximadamente, tuve las mejores tardes de domingo con fútbol codificado y las mejores noches de cualquier día de la semana con el Venus. Salvo los martes, cuando detecté con estupor que la primera película, la que iba de 12 a 2 de la mañana era de cine gay. No, dos guasos culiando, no.

Un nuevo brillo en las pantallas

Parecía que después de Venus no había nada más, que ese era el techo, pero no. Los noventas se morían y un día cualquiera miré para arriba y vi el cielo. Había algo más y se llamaba internet.
Los comienzos fueron tímidos e inseguros como con todas las tecnologías nuevas. Internet era algo distinto que escapaba al razonamiento estructurado. ¿Cómo era eso de “navegar”? ¿O sea que si hago click acá y espero 60 segundos se abre una página? Todo eso y más. La primera internet era una batata, conectada al teléfono y carísima. Uno le daba el doble click a “conectar”, empezaban los ruidos extraños y, si tenías suerte, se conectaba. Palabras nuevas como “mail”, “proxy”, “servidor”, se incorporaban al vocabulario habitual.
Si los orígenes de internet tenían un espíritu educativo, bueno, los genios de la pornografía iban a dar una vueltita de tuerca y convertirían la red en el negocio más impresionante de las últimas décadas. Con el correr de los años el porno se convirtió en capo de internet y hoy por hoy no hay página a la que entres en la que tarde o temprano te aparezca una teta tentadora.
Pero mejor volvamos a los comienzos. Con internet a mi alcance empecé a realizar mis primeras investigaciones. Como era (y soy) un queso en informática y todo era muy nuevo y potencialmente peligroso, no me animaba a ir muy lejos. Tenía miedo de romper la máquina, que tuviera que venir el técnico, que el guaso dijera “sí, acá está el problema, alguien bajó contenido de esta página (chicasenbolas.com … ponele) y eso generó un problema en la placa bla bla, y es un virus típico de bla bla”, y yo tuviera que pasar por la humillación de romper una computadora por ir en busca de una teta en una pantalla en vez de ir por una teta real. Pero, como dije anteriormente, acá no estamos hablando de sexo, acá hablamos de la paja.
En los inicios había que pagar para ver casi cualquier cosa. Nadie sabía nada de internet, faltaba mucho para democratizar el espacio, entonces uno no podía llegar demasiado lejos sin que te frenara un cartel ofreciéndote por tan sólo U$$9.99 el último video de una rubia que ni en mis sueños me iba a culiar. Te pedía los números de la tarjeta de crédito y prometían discreción. Una vez, tan sólo una vez, me encontré mirando los números de la tarjeta de mi viejo. Levanté la cabeza y miré la pantalla (la rubia o la morocha, era lo mismo), bajé la cabeza y miré la tarjeta, pantalla, tarjeta, pantalla, tarjeta, teta, tarjeta, culo, tarjeta, rubia y morocha juntas, tarjeta. Era demasiado riesgoso. Igual, calculo que se me paró y me terminé haciendo una paja.
Fueron épocas de transición, con la paja, con la tecnología, con el país, con mi vida. Empezaba el 2000 y algunos vaticinaban que el mundo iba a colapsar. Bueno, no fue tan así, pero en el 2001 Racing salió campeón y muchos dicen que esa fue la razón por la cual Argentina estalló, pasaron los cinco presidentes, los saqueos, la muerte, la pobreza y tantas otras cosas dolorosas. En ese contexto logré, por primera vez en mi vida, ver un video porno alevoso y gratis. Accedí al famoso video de Pamela Anderson y Tomy Lee. Lo debo haber visto quinientas veces. La Anderson estaba buenísima, el otro hijo de puta tenía una poronga gigante, y entre los dos hicieron una obra maestra de treinta minutos (editado) aproximadamente donde se la pasaban culiando de todas las formas. Cuando salió se generó un escándalo mediático. No pasó mucho tiempo hasta que la rubia salvavidas y el baterista de Mötley Crüe, decidieran comercializar el video y llenarse de guita con el mismo. La cinta completa dura una hora aproximadamente y se encuentra en varias páginas, para los curiosos. Pamela Anderson corría todo el tiempo para salvar a alguien en Baywatch y uno veía esas dos tetotas de plástico moverse para todos lados; el video suprimió la imaginación y mostró todo tal cual era, o sea, impresionante. Luego todo pareció una joda porque unos años después salió otro video en el que la rubia se garchaba a otro rockero, Bret Michaels, vocalista de la ochentosa banda Poison. Pero no tuvo tanta trascendencia como el primero (algunos dicen que fue porque Michaels no la tenía tan grande).
Palabras más, palabras menos (Los Rodríguez), internet abrió un campo ilimitado para la pornografía, que es lo mismo que decir, que abrió un horizonte interminable para la paja. Luego vendrían tiempos mejores porque los usuarios se dieron cuenta de cómo funcionaba la cosa, entonces se arremangaron y se pusieron manos a la obra. No sólo las empresas podían tener páginas, ahora cualquiera podía generar un espacio. Así como nació Hotmail como opción de correo electrónico (recordemos que en las primeras épocas había que pagar el servicio de mail), luego vendría Youtube, los primeros portales de chat, los buscadores como el Google, los blogs, los fotolog, el Messenger, Taringa, Facebook, twiter y mil giladas más que todavía no entiendo bien en qué carajo consisten; y en medio de toda esa revolución nacieron infinitas páginas pornos, hechas por guasitos comunes, corrientes y pajeros, como vos, como yo y como casi todos.
Poringa es un sitio, un foro, un portal, una página derivada de Taringa. Así como You Tube tuvo que desviar los videos “no aptos” hacia su página paralela (You Porn), en T! sucedió lo mismo. Al no poder controlar el afluente de videos “no aptos”, los guasos decidieron crear Poringa, un espacio donde todos los días millones de guasos y minas (sí, también hay minas) intercambian videos, fotos, links, textos (sí, también hay textos), conocimiento (sí, también hay conocimiento), experiencias y opiniones acerca del sexo.
La paja ya no es la misma. Desde aquellos remotos tiempos, sentado en un inodoro, explotando al máximo la imaginación para poder ver, cerrando los ojos, una teta, un papo, hasta el día de hoy, que con un click y diez minutos al pedo y en soledad, tenés todo, todo. La cara mala de la moneda es lo ya descripto: la anulación de la imaginación. Ya no hace falta ubicar en tu cabeza una imagen, ahora la imagen lo hace por vos, y eso, creo, no está tan bueno. Este mundo avanza, las tecnologías también y la paja se adapta a los nuevos desafíos.
Y vuelvo a donde empecé: la paja es un tema tabú. Por cagones o come hostias o reprimidos nos cuesta hablar de ello, y sólo estoy abarcando a la mitad de la cuestión, porque la paja femenina sigue siendo un tema imposible de hablar. Tratando de seguir un razonamiento lógico, se le dice “pajero” a alguien con ánimo de insulto, o de humillación. Pajero como contrario al que coge, al que la pone. Ahí mismo está el error, ahí mismo actúan los mecanismos censuradores, prejuiciosos y cagones: el que la pone, el que culea, no deja de ser pajero. Todo hombre se hace la paja, por ende todo hombre es pajero. Tiempo al pedo es directamente proporcional a la paja. Tan sólo consiste en darse un poco de placer en un mundo que nos acostumbra a cobrarnos todas. La paja es gratis y deberíamos celebrarla de todas las maneras posibles.
Amén.