Toma Sujeto a Lucy por las muñecas sobre la cama ¿Cuánto tiempo llevas deseando esto, Lucy?
¿Todo el puto verano finciendo que eras la noviecita santa de Julián mientras te morías por mi polla?

LUCY
(Arqueando la espalda, con la respiración rota) ¡Todo el tiempo! No podía más, Tomás. Me volvía loca pensar en ti mientras él me tocaba. Por favor, deja de hablar y métemela ya. Quiero que me destruya. Observa cómo Tomás le arranca la ropa interior con un tirón violento. Sus pechos saltan, los pezones erectos y oscuros vibrando con cada jadeo. Siento una oleada de rabia que me quema la garganta, pero al mismo tiempo, mi polla se pone rígida, empujando contra la tela del pantalón con una fuerza dolorosa.

TOMÁS
Mírate, eres una puta total. Solo piensas en cómo te voy a llenar, ¿verdad, perra?
LUCY
(Gimiendo fuerte, frotando su clítoris con los dedos) Sí, soy tu puta. ¡Hazme lo que quieras! ¡Úsame, lléname toda, que no queda un hueco vacío! Tomás la voltea con brusquedad, obligándola a ponerse a cuatro patas. El ángulo de la cámara me permite ver todo. El sonido es húmedo, un lamido constante y visceral mientras él frota su glande empapado de pre-cum contra los labios hinchados y chorreantes de Lucy.
LUCY
(Gritando, con la cara hundida en la almohada) ¡Más fuerte! ¡No pares, métela ya, por Dios! Él empuja con un golpe seco y profundo. Escucho el squelch violento del aire siendo expulsado de la vagina mientras la polla de Tomás se entierra hasta el fondo. Las bolas de Tomás golpean rítmicamente contra el culo de Lucy, un sonido sordo, carnal, que resuena en el silencio de mi salón.

TOMÁS
¡Toma, puta! ¡Siente cómo te abro! ¿Te gusta te use así?
LUCY
(Jadeando, con la voz quebrada) ¡Oh Dios, sí! ¡Me encanta! ¡Sigue, no pares! ¡Soy una puta, soy tu puta! Me masturbo frenéticamente, con los ojos inyectados en sangre. El odio me consume, pero verla así, entregada, pidiendo más con esa vulgaridad que jamás mostró conmigo, me excita como nada en el mundo. Ella no es la mujer que yo creía. Es un animal, una perra hambrienta de sexo.

TOMÁS
¿Quieres que me corra dentro, perra? ¿Quieres llevarte mi leche a casa para que Julián no sepa que estás llena de mí?
LUCY
(Temblando, con los músculos vaginales apretando la polla de Tomás) ¡Sí! ¡Lléname la matriz! ¡Hazme tuya, olvida a Julián, solo existe tú ahora! Tomás acelera el ritmo, sus embestidas se vuelven erráticas y violentas. El roce de la piel sudorosa, el olor a sexo que casi puedo percibir a través de la pantalla. Él gime, un sonido gutural, y se lanza con un último empujón profundo, enterrándose hasta el tope.

LUCY
(En un grito agudo) ¡Siii! ¡Lléname toda! Me vengo en mi mano, jadeando, con los ojos fijos en la imagen de ellos dos colapsando sobre la cama, unidos por el fluido y el sudor. Me siento asqueado, traicionado y terriblemente excitado. Ahora sé quién es Lucy realmente. Y no puedo dejar de mirar.
ya no quedaba nada de la calma que había intentado conservar.
Entonces despues de ver el video me le acerque a Lucy
—¿Por qué? —pregunté.
Ella no pareció sorprendida. Ni siquiera intentó fingir.
Me observó durante unos segundos y luego negó con la cabeza.
LUCY
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Porque tú lo viste y no hiciste nada.
Aquellas palabras me golpearon más fuerte que cualquier confesión.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Durante las vacaciones me viste acercarme a él. Viste cómo actuaba. Viste cómo te miraba cuando estabas distraído. Y no dijiste nada. Ni una sola palabra.
Sentí que la rabia me recorría el cuerpo.
—¿Ahora es mi culpa?
—No. La decisión fue mía. Pero llevabas meses sin verme. Sin escucharme. Sin preguntarte qué estaba pasando.
La habitación se volvió silenciosa.
Por primera vez, ya no estaba viendo a la mujer de la que me había enamorado. Había algo extraño en ella. Algo distante. Como si hubiera tomado una decisión mucho antes de aquella noche.
—¿Y Tomás? —pregunté.
Lucy bajó la mirada.
—Tomás también eligió.
Eso fue lo que más me dolió.
Porque ella era mi novia.
Pero él era mi hermano.
O al menos eso había creído.
Salí de la casa sin decir nada más.
Despues de un par de horas Regrese y Terminé pidiéndole perdón.
A veces todavía me pregunto si lo hice porque realmente creía que había sido injusto con ella o porque tenía miedo de perderla.
Lucy aceptó mis disculpas con una dignidad que me hizo sentir aún peor. Durante días mantuvo cierta distancia, como si todavía estuviera herida por la discusión. Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad.
Y después de un tiempo, volvió a ser ella.
La Lucy de siempre.
La que se reía viendo películas malas conmigo en el sofá. La que dejaba notas en la nevera cuando yo tenía un mal día. La que se quedaba dormida apoyada sobre mi hombro mientras leíamos en silencio.
Los meses pasaron.
Nuestro departamento volvió a sentirse como un hogar.
Las heridas parecían cerradas.
Al menos por fuera.
Porque dentro de mí seguía existiendo algo que no lograba entender.
No era solamente resentimiento.
No era únicamente desconfianza.
Era curiosidad.
Una curiosidad oscura que aparecía en los momentos más inesperados.
A veces observaba a Lucy mientras cocinaba o hablaba por teléfono y recordaba aquellas grabaciones.
Intentaba apartar esos pensamientos, pero siempre regresaban.
Como una sombra.
Como una puerta que había sido abierta y que ahora era imposible cerrar.
Y entonces, una tarde cualquiera, sonó mi teléfono.
Era Tomás.
Me quedé mirando la pantalla varios segundos antes de contestar.
—Hola.
Su voz sonaba cansada.
Más vieja.
Más apagada de lo que recordaba.
—Necesito pedirte un favor.
Sentí un nudo en el estómago.
Escuché cómo me explicaba que había perdido el trabajo. Que estaba teniendo problemas para pagar el alquiler. Que necesitaba un lugar donde quedarse mientras encontraba algo nuevo.
—Solo unas semanas —dijo—. Después me voy.
Miré hacia la cocina.
Lucy estaba preparando café sin saber quién estaba al otro lado de la llamada.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Porque una parte de mí quería decir que no.
Quería proteger la tranquilidad que habíamos recuperado.
Quería mantener el pasado enterrado.
Pero otra parte...
Otra parte sintió algo diferente.
Algo incómodo.
Algo que me avergonzaba admitir incluso ante mí mismo.
Curiosidad.
La misma curiosidad que me había acompañado durante meses.
La pregunta que nunca había desaparecido.
¿Qué pasaría si Tomás volvía a entrar en nuestras vidas?
Mientras él esperaba una respuesta al otro lado de la línea, comprendí que no tenía miedo únicamente de perder a Lucy.
También tenía miedo de descubrir que, en el fondo, una parte de mí quería conocer la respuesta.
—Déjame hablarlo con ella —contesté finalmente.
Colgué.
Esa noche apenas hablamos del tema durante la cena.
Lucy parecía concentrada en cualquier cosa menos en la conversación que ambos sabíamos que tarde o temprano tendría que ocurrir.
Yo tampoco tenía prisa.
La sola idea de mencionar a Tomás en voz alta hacía que el ambiente se volviera extraño.
Cuando terminamos de comer, ella recogió los platos y yo me quedé sentado en la mesa observando la lluvia detrás de la ventana.
—Era Tomás, ¿verdad? —preguntó finalmente.
No me sorprendió.
Asentí.
—Perdió el trabajo.
Lucy permaneció en silencio.
—Necesita un lugar donde quedarse unas semanas.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, dejó de moverse.
No dijo nada durante varios segundos.
—¿Y qué le respondiste?
—Que iba a hablarlo contigo.
Ella soltó un suspiro lento.
No parecía enfadada.
Tampoco incómoda.
Solo cansada.
Como si aquel nombre trajera consigo recuerdos que prefería mantener lejos.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó.
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
Porque una parte de mí quería negarse.
Cerrar la puerta.
Evitar cualquier riesgo.
Pero también existía otra parte de mí que llevaba meses haciéndose preguntas.
Preguntas que nunca encontraban respuesta.
Al final me limité a encogerme de hombros.
—Es mi mejor amigo.
O al menos lo había sido.
Lucy bajó la mirada.
—Si quieres ayudarlo, ayúdalo.
—¿No te molesta?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Lo que pasó ya pasó, Julián.
Aquellas palabras quedaron flotando entre nosotros.
No sabía si realmente lo creía o si simplemente quería seguir adelante.
Tal vez ambas cosas.
A la mañana siguiente llamé a Tomás.
—Puedes quedarte aquí.
Del otro lado hubo un silencio de alivio.
—Gracias, hermano.
Aquella palabra me produjo una sensación extraña.
Hermano.
Hacía mucho tiempo que no la escuchaba de su boca.
—Solo unas semanas —dije.
—Lo sé.
Dos días después apareció en nuestro departamento con una maleta gastada y una expresión agotada.
Lucy abrió la puerta.
Por un instante ninguno de los dos dijo nada.
Solo se observaron.
Como dos personas que compartían un recuerdo incómodo que preferían no mencionar.
Después ella sonrió con educación.
—Pasa.
Tomás entró.
Y así, de repente, volvió a formar parte de nuestra rutina.
Los primeros días fueron completamente normales.
Demasiado normales.
Desayunábamos juntos.
Veíamos televisión por las noches.
Hablábamos de trabajo, de dinero, de cualquier tema trivial.
Lucy actuaba igual que siempre.
Tomás mantenía las distancias.
Y, sin embargo, yo no podía dejar de observar.
Cada mirada.
Cada conversación.
Cada momento compartido.
Era como si mi mente estuviera esperando algo.
Una señal.
Una grieta.
Cualquier indicio de que bajo aquella aparente normalidad seguía escondiéndose algo más.
Pero los días seguían pasando.
Y cuanto más normal parecía todo...
Más inquieto me sentía.
Porque empezaba a sospechar que el verdadero problema ya no era Tomás.
Ni siquiera Lucy.
El verdadero problema era que yo había comenzado a mirar mi propia vida como si estuviera observando una historia desde fuera.
Esperando que algo ocurriera.
Las semanas siguientes fueron complicadas.
En el trabajo comenzaron a exigirme más horas de las habituales. Salía temprano y regresaba cuando ya era de noche. Al principio pensé que aquello sería bueno. Menos tiempo en casa significaba menos tiempo pensando en Tomás.
Me equivoqué.
Porque mientras menos estaba allí, más imaginaba cosas.
La duda se convirtió en una costumbre.
Y la costumbre terminó convirtiéndose en obsesión.
Sin decírselo a nadie, empecé a vigilar cada pequeño detalle de la rutina del departamento. No porque hubiera visto algo extraño, sino porque necesitaba convencerme de que no estaba ocurriendo nada.
Pero cuanto más buscaba pruebas de normalidad, más inquieto me sentía.
Lucy parecía feliz.
Tomás parecía agradecido.
Y precisamente eso era lo que me perturbaba.
Todo era demasiado normal.
Demasiado tranquilo.
Una noche, mientras revisaba unos archivos del trabajo, me descubrí observando una fotografía antigua de los tres.
Tomada años atrás.
Antes de las discusiones.
Antes de las sospechas.
Antes de que mi mente empezara a construir historias alrededor de cada silencio.
Me pregunté cuándo había comenzado realmente el problema.
Y una respuesta incómoda apareció de inmediato.
Quizá el problema no era lo que ellos hacían.
Quizá era lo que yo esperaba encontrar.
Los días siguieron pasando.
Lucy y Tomás recuperaron cierta naturalidad al hablar entre ellos. Compartían conversaciones casuales, bromas y recuerdos de tiempos mejores. Nada fuera de lugar.
Pero en mi cabeza cada palabra parecía esconder un significado secreto.
Cada mirada parecía durar demasiado.
Cada silencio parecía decir algo.
Comencé a sentir que estaba observando una película cuya trama solo existía para mí.
Y entonces ocurrió algo que me asustó más que cualquier sospecha.
Una noche llegué al departamento después de medianoche.
Lucy dormía.
Tomás también.
Todo estaba en calma.
al suiguiente dia en la oficina El miedo me carcomia las entrañas, pero el morbo es un veneno más dulce. Quiero ver el momento exacto en que me traicionen otra vez. Quiero sentir ese odio y esa excitación desgarrándome el pecho.
En el monitor, Lucy camina hacia la cocina. Lleva una minifalda negra que apenas cubre su pubis y una blusa blanca semi transparente que deja ver la ausencia de sostén.
y asi estuvo por varios dias cada dia usando ropa mas diminuta y provocativa, vaya se veia como una autentica puta y claro Tomas no le quitaba los ojos de encima

una mañana Lucy está de espaldas, sirviendo café. Viste únicamente una tanga roja de hilo dental que desaparece entre sus nalgas firmes. Sus pechos, grandes y turgentes, cuelgan libres; los pezones están erectos, oscuros y sensibles al frío del ambiente.

Tomás entra en la cocina. Se detiene en seco. Sus ojos recorren la curva de la espalda de Lucy hasta llegar a la zona donde el hilo rojo se pierde en su carne.
TOMAS
Dios, Lucy... estás exactamente igual que en aquel viaje.
Lucy gira lentamente, sonriendo con malicia. Sus pechos rebotan levemente con el movimiento.
LUCY
¿Te gusta?
TOMAS
Él me dejo con su novia asolas jaja.
LUCY
Él quería que me usaras, Tomi. Mira cómo estoy. Estoy empapada solo de pensar que me estás mirando.
TOMAS
Estoy tan duro que me duele.
Tomás se acerca y la agarra por la cintura, hundiendo sus dedos en la carne suave de sus caderas. La levanta con brusquedad y la sienta sobre la encimera de granito fría.
LUCY
¡Ah! Está helado...
TOMAS
Tú estás ardiendo.
Tomás desabrocha su bragueta y libera un miembro grueso, palpitante y ya empapado en pre-cum. Lucy abre las piernas, exponiendo su clítoris hinchado y sus labios carnosos, brillantes por el deseo.
LUCY
Mételo, maldita sea. Ahora mismo.
¡Lléname como él quería que lo hicieras!
TOMAS
Eres una perra deliciosa, Lucy.
LUCY
Soy tu perra ...
JULIÁN
Me odio. Me odio por ser un, por sentir este fuego mientras me destruyen. Pero verla así, abierta y entregada a él, es lo único que me hace sentir vivo.
estoy llegando al clímax, eyaculando con fuerza sobre la pantalla, nublando la imagen de Lucy gimiendo mientras Tomás la posee
ANTES QUE NADA UNA DISCULPA A TODOS, PERDI MI CUENTA DE PORINGA POR VARIOS MESES PERO YA ESTOY DE REGRESO Y POR LO MENOS UNA VEZ A LA SEMANA VOY A TRAER RELATOS NUEVOS. GRACIAS POR LEER
¿Todo el puto verano finciendo que eras la noviecita santa de Julián mientras te morías por mi polla?

LUCY
(Arqueando la espalda, con la respiración rota) ¡Todo el tiempo! No podía más, Tomás. Me volvía loca pensar en ti mientras él me tocaba. Por favor, deja de hablar y métemela ya. Quiero que me destruya. Observa cómo Tomás le arranca la ropa interior con un tirón violento. Sus pechos saltan, los pezones erectos y oscuros vibrando con cada jadeo. Siento una oleada de rabia que me quema la garganta, pero al mismo tiempo, mi polla se pone rígida, empujando contra la tela del pantalón con una fuerza dolorosa.

TOMÁS
Mírate, eres una puta total. Solo piensas en cómo te voy a llenar, ¿verdad, perra?
LUCY
(Gimiendo fuerte, frotando su clítoris con los dedos) Sí, soy tu puta. ¡Hazme lo que quieras! ¡Úsame, lléname toda, que no queda un hueco vacío! Tomás la voltea con brusquedad, obligándola a ponerse a cuatro patas. El ángulo de la cámara me permite ver todo. El sonido es húmedo, un lamido constante y visceral mientras él frota su glande empapado de pre-cum contra los labios hinchados y chorreantes de Lucy.
LUCY
(Gritando, con la cara hundida en la almohada) ¡Más fuerte! ¡No pares, métela ya, por Dios! Él empuja con un golpe seco y profundo. Escucho el squelch violento del aire siendo expulsado de la vagina mientras la polla de Tomás se entierra hasta el fondo. Las bolas de Tomás golpean rítmicamente contra el culo de Lucy, un sonido sordo, carnal, que resuena en el silencio de mi salón.

TOMÁS
¡Toma, puta! ¡Siente cómo te abro! ¿Te gusta te use así?
LUCY
(Jadeando, con la voz quebrada) ¡Oh Dios, sí! ¡Me encanta! ¡Sigue, no pares! ¡Soy una puta, soy tu puta! Me masturbo frenéticamente, con los ojos inyectados en sangre. El odio me consume, pero verla así, entregada, pidiendo más con esa vulgaridad que jamás mostró conmigo, me excita como nada en el mundo. Ella no es la mujer que yo creía. Es un animal, una perra hambrienta de sexo.

TOMÁS
¿Quieres que me corra dentro, perra? ¿Quieres llevarte mi leche a casa para que Julián no sepa que estás llena de mí?
LUCY
(Temblando, con los músculos vaginales apretando la polla de Tomás) ¡Sí! ¡Lléname la matriz! ¡Hazme tuya, olvida a Julián, solo existe tú ahora! Tomás acelera el ritmo, sus embestidas se vuelven erráticas y violentas. El roce de la piel sudorosa, el olor a sexo que casi puedo percibir a través de la pantalla. Él gime, un sonido gutural, y se lanza con un último empujón profundo, enterrándose hasta el tope.

LUCY
(En un grito agudo) ¡Siii! ¡Lléname toda! Me vengo en mi mano, jadeando, con los ojos fijos en la imagen de ellos dos colapsando sobre la cama, unidos por el fluido y el sudor. Me siento asqueado, traicionado y terriblemente excitado. Ahora sé quién es Lucy realmente. Y no puedo dejar de mirar.
ya no quedaba nada de la calma que había intentado conservar.
Entonces despues de ver el video me le acerque a Lucy
—¿Por qué? —pregunté.
Ella no pareció sorprendida. Ni siquiera intentó fingir.
Me observó durante unos segundos y luego negó con la cabeza.
LUCY
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Porque tú lo viste y no hiciste nada.
Aquellas palabras me golpearon más fuerte que cualquier confesión.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Durante las vacaciones me viste acercarme a él. Viste cómo actuaba. Viste cómo te miraba cuando estabas distraído. Y no dijiste nada. Ni una sola palabra.
Sentí que la rabia me recorría el cuerpo.
—¿Ahora es mi culpa?
—No. La decisión fue mía. Pero llevabas meses sin verme. Sin escucharme. Sin preguntarte qué estaba pasando.
La habitación se volvió silenciosa.
Por primera vez, ya no estaba viendo a la mujer de la que me había enamorado. Había algo extraño en ella. Algo distante. Como si hubiera tomado una decisión mucho antes de aquella noche.
—¿Y Tomás? —pregunté.
Lucy bajó la mirada.
—Tomás también eligió.
Eso fue lo que más me dolió.
Porque ella era mi novia.
Pero él era mi hermano.
O al menos eso había creído.
Salí de la casa sin decir nada más.
Despues de un par de horas Regrese y Terminé pidiéndole perdón.
A veces todavía me pregunto si lo hice porque realmente creía que había sido injusto con ella o porque tenía miedo de perderla.
Lucy aceptó mis disculpas con una dignidad que me hizo sentir aún peor. Durante días mantuvo cierta distancia, como si todavía estuviera herida por la discusión. Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad.
Y después de un tiempo, volvió a ser ella.
La Lucy de siempre.
La que se reía viendo películas malas conmigo en el sofá. La que dejaba notas en la nevera cuando yo tenía un mal día. La que se quedaba dormida apoyada sobre mi hombro mientras leíamos en silencio.
Los meses pasaron.
Nuestro departamento volvió a sentirse como un hogar.
Las heridas parecían cerradas.
Al menos por fuera.
Porque dentro de mí seguía existiendo algo que no lograba entender.
No era solamente resentimiento.
No era únicamente desconfianza.
Era curiosidad.
Una curiosidad oscura que aparecía en los momentos más inesperados.
A veces observaba a Lucy mientras cocinaba o hablaba por teléfono y recordaba aquellas grabaciones.
Intentaba apartar esos pensamientos, pero siempre regresaban.
Como una sombra.
Como una puerta que había sido abierta y que ahora era imposible cerrar.
Y entonces, una tarde cualquiera, sonó mi teléfono.
Era Tomás.
Me quedé mirando la pantalla varios segundos antes de contestar.
—Hola.
Su voz sonaba cansada.
Más vieja.
Más apagada de lo que recordaba.
—Necesito pedirte un favor.
Sentí un nudo en el estómago.
Escuché cómo me explicaba que había perdido el trabajo. Que estaba teniendo problemas para pagar el alquiler. Que necesitaba un lugar donde quedarse mientras encontraba algo nuevo.
—Solo unas semanas —dijo—. Después me voy.
Miré hacia la cocina.
Lucy estaba preparando café sin saber quién estaba al otro lado de la llamada.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Porque una parte de mí quería decir que no.
Quería proteger la tranquilidad que habíamos recuperado.
Quería mantener el pasado enterrado.
Pero otra parte...
Otra parte sintió algo diferente.
Algo incómodo.
Algo que me avergonzaba admitir incluso ante mí mismo.
Curiosidad.
La misma curiosidad que me había acompañado durante meses.
La pregunta que nunca había desaparecido.
¿Qué pasaría si Tomás volvía a entrar en nuestras vidas?
Mientras él esperaba una respuesta al otro lado de la línea, comprendí que no tenía miedo únicamente de perder a Lucy.
También tenía miedo de descubrir que, en el fondo, una parte de mí quería conocer la respuesta.
—Déjame hablarlo con ella —contesté finalmente.
Colgué.
Esa noche apenas hablamos del tema durante la cena.
Lucy parecía concentrada en cualquier cosa menos en la conversación que ambos sabíamos que tarde o temprano tendría que ocurrir.
Yo tampoco tenía prisa.
La sola idea de mencionar a Tomás en voz alta hacía que el ambiente se volviera extraño.
Cuando terminamos de comer, ella recogió los platos y yo me quedé sentado en la mesa observando la lluvia detrás de la ventana.
—Era Tomás, ¿verdad? —preguntó finalmente.
No me sorprendió.
Asentí.
—Perdió el trabajo.
Lucy permaneció en silencio.
—Necesita un lugar donde quedarse unas semanas.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, dejó de moverse.
No dijo nada durante varios segundos.
—¿Y qué le respondiste?
—Que iba a hablarlo contigo.
Ella soltó un suspiro lento.
No parecía enfadada.
Tampoco incómoda.
Solo cansada.
Como si aquel nombre trajera consigo recuerdos que prefería mantener lejos.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó.
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
Porque una parte de mí quería negarse.
Cerrar la puerta.
Evitar cualquier riesgo.
Pero también existía otra parte de mí que llevaba meses haciéndose preguntas.
Preguntas que nunca encontraban respuesta.
Al final me limité a encogerme de hombros.
—Es mi mejor amigo.
O al menos lo había sido.
Lucy bajó la mirada.
—Si quieres ayudarlo, ayúdalo.
—¿No te molesta?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Lo que pasó ya pasó, Julián.
Aquellas palabras quedaron flotando entre nosotros.
No sabía si realmente lo creía o si simplemente quería seguir adelante.
Tal vez ambas cosas.
A la mañana siguiente llamé a Tomás.
—Puedes quedarte aquí.
Del otro lado hubo un silencio de alivio.
—Gracias, hermano.
Aquella palabra me produjo una sensación extraña.
Hermano.
Hacía mucho tiempo que no la escuchaba de su boca.
—Solo unas semanas —dije.
—Lo sé.
Dos días después apareció en nuestro departamento con una maleta gastada y una expresión agotada.
Lucy abrió la puerta.
Por un instante ninguno de los dos dijo nada.
Solo se observaron.
Como dos personas que compartían un recuerdo incómodo que preferían no mencionar.
Después ella sonrió con educación.
—Pasa.
Tomás entró.
Y así, de repente, volvió a formar parte de nuestra rutina.
Los primeros días fueron completamente normales.
Demasiado normales.
Desayunábamos juntos.
Veíamos televisión por las noches.
Hablábamos de trabajo, de dinero, de cualquier tema trivial.
Lucy actuaba igual que siempre.
Tomás mantenía las distancias.
Y, sin embargo, yo no podía dejar de observar.
Cada mirada.
Cada conversación.
Cada momento compartido.
Era como si mi mente estuviera esperando algo.
Una señal.
Una grieta.
Cualquier indicio de que bajo aquella aparente normalidad seguía escondiéndose algo más.
Pero los días seguían pasando.
Y cuanto más normal parecía todo...
Más inquieto me sentía.
Porque empezaba a sospechar que el verdadero problema ya no era Tomás.
Ni siquiera Lucy.
El verdadero problema era que yo había comenzado a mirar mi propia vida como si estuviera observando una historia desde fuera.
Esperando que algo ocurriera.
Las semanas siguientes fueron complicadas.
En el trabajo comenzaron a exigirme más horas de las habituales. Salía temprano y regresaba cuando ya era de noche. Al principio pensé que aquello sería bueno. Menos tiempo en casa significaba menos tiempo pensando en Tomás.
Me equivoqué.
Porque mientras menos estaba allí, más imaginaba cosas.
La duda se convirtió en una costumbre.
Y la costumbre terminó convirtiéndose en obsesión.
Sin decírselo a nadie, empecé a vigilar cada pequeño detalle de la rutina del departamento. No porque hubiera visto algo extraño, sino porque necesitaba convencerme de que no estaba ocurriendo nada.
Pero cuanto más buscaba pruebas de normalidad, más inquieto me sentía.
Lucy parecía feliz.
Tomás parecía agradecido.
Y precisamente eso era lo que me perturbaba.
Todo era demasiado normal.
Demasiado tranquilo.
Una noche, mientras revisaba unos archivos del trabajo, me descubrí observando una fotografía antigua de los tres.
Tomada años atrás.
Antes de las discusiones.
Antes de las sospechas.
Antes de que mi mente empezara a construir historias alrededor de cada silencio.
Me pregunté cuándo había comenzado realmente el problema.
Y una respuesta incómoda apareció de inmediato.
Quizá el problema no era lo que ellos hacían.
Quizá era lo que yo esperaba encontrar.
Los días siguieron pasando.
Lucy y Tomás recuperaron cierta naturalidad al hablar entre ellos. Compartían conversaciones casuales, bromas y recuerdos de tiempos mejores. Nada fuera de lugar.
Pero en mi cabeza cada palabra parecía esconder un significado secreto.
Cada mirada parecía durar demasiado.
Cada silencio parecía decir algo.
Comencé a sentir que estaba observando una película cuya trama solo existía para mí.
Y entonces ocurrió algo que me asustó más que cualquier sospecha.
Una noche llegué al departamento después de medianoche.
Lucy dormía.
Tomás también.
Todo estaba en calma.
al suiguiente dia en la oficina El miedo me carcomia las entrañas, pero el morbo es un veneno más dulce. Quiero ver el momento exacto en que me traicionen otra vez. Quiero sentir ese odio y esa excitación desgarrándome el pecho.
En el monitor, Lucy camina hacia la cocina. Lleva una minifalda negra que apenas cubre su pubis y una blusa blanca semi transparente que deja ver la ausencia de sostén.
y asi estuvo por varios dias cada dia usando ropa mas diminuta y provocativa, vaya se veia como una autentica puta y claro Tomas no le quitaba los ojos de encima

una mañana Lucy está de espaldas, sirviendo café. Viste únicamente una tanga roja de hilo dental que desaparece entre sus nalgas firmes. Sus pechos, grandes y turgentes, cuelgan libres; los pezones están erectos, oscuros y sensibles al frío del ambiente.

Tomás entra en la cocina. Se detiene en seco. Sus ojos recorren la curva de la espalda de Lucy hasta llegar a la zona donde el hilo rojo se pierde en su carne.
TOMAS
Dios, Lucy... estás exactamente igual que en aquel viaje.
Lucy gira lentamente, sonriendo con malicia. Sus pechos rebotan levemente con el movimiento.
LUCY
¿Te gusta?
TOMAS
Él me dejo con su novia asolas jaja.
LUCY
Él quería que me usaras, Tomi. Mira cómo estoy. Estoy empapada solo de pensar que me estás mirando.
TOMAS
Estoy tan duro que me duele.
Tomás se acerca y la agarra por la cintura, hundiendo sus dedos en la carne suave de sus caderas. La levanta con brusquedad y la sienta sobre la encimera de granito fría.
LUCY
¡Ah! Está helado...
TOMAS
Tú estás ardiendo.
Tomás desabrocha su bragueta y libera un miembro grueso, palpitante y ya empapado en pre-cum. Lucy abre las piernas, exponiendo su clítoris hinchado y sus labios carnosos, brillantes por el deseo.
LUCY
Mételo, maldita sea. Ahora mismo.
¡Lléname como él quería que lo hicieras!
TOMAS
Eres una perra deliciosa, Lucy.
LUCY
Soy tu perra ...
JULIÁN
Me odio. Me odio por ser un, por sentir este fuego mientras me destruyen. Pero verla así, abierta y entregada a él, es lo único que me hace sentir vivo.
estoy llegando al clímax, eyaculando con fuerza sobre la pantalla, nublando la imagen de Lucy gimiendo mientras Tomás la posee
ANTES QUE NADA UNA DISCULPA A TODOS, PERDI MI CUENTA DE PORINGA POR VARIOS MESES PERO YA ESTOY DE REGRESO Y POR LO MENOS UNA VEZ A LA SEMANA VOY A TRAER RELATOS NUEVOS. GRACIAS POR LEER
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