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El día que elegí la verga para mí culo

Recientemente, reviví una historia con un ex amante, y desde entonces no puedo dejar de escribir. Supongo que es mi forma de ordenar lo que llevo dentro: mientras mi marido pasa los días hablando de política y haciendo planes con otros, yo llevo la vida calentándome sola.

Una vez, fui a la oficina del director de mi trabajo. Él dijo que tenía que irse porque debía llevar a su hijo al médico—si era verdad o una excusa, nunca lo supe. Lo cierto es que quedé aburrida, caliente… y sin tener con quién desahogarme. Entonces, apareció él: el mucamo pepe.

Me saludó con esa timidez de quien quiere limpiar. Lo noté enseguida, y recordé que siempre me había lanzado piropos. Era más joven que yo, y ese día, lo que más deseaba era coger.

“Pepe, ¿qué haces?”
“Hola, Rocío… ¿hoy te dejaron sola?”
Sin pensarlo demasiado, respondí con una sonrisa que no era inocente. Él me miró como si hubiera entendido la invitación antes de que la dijera en voz alta.

Sentí una mezcla de curiosidad y venganza. No era solo deseo. Era ganas de recuperar lo que acababa de perder, y que podía hacerlo sin acudir al director o a mi marido, que desde siempre poco me cogía.

Empezamos despacio. Palabras bajas, miradas hasta que se animó a besarme. era hermoso. Luego, casi sin darnos cuenta, empezamos a tocarnos hasta que tomó mi cabeza sentado en el sillón del director y hizo que le practique lo que mejor sabía hacer. chuparle su hermoso paquete. 

La escena la recuerdo que rica verga—se volvió una costumbre por un largo tiempo. 
Según él le encantaba mi culo y lo complací, desde el primer día me rompió el culo como nadie. Me ponía en cuatro y lo primero que hacía era meterme la pija en el culo. Me perforaba en todas las posiciones, siempre por el culo. Y lo que más me exitaba era su cabeza porque su leche salía con mucha presión y salpicaba para todos lados. 

Ese día cogimos y no paro nunca de darme por atrás hasta que empezó ah ah ah y salpicaba su leche por mi culo y todo el escritorio. 

Nunca olvido esas reuniones, cenas, actos... Yo lo buscaba como una perra en celos y me perdía unos minutos con el, y me rompía el culo como nadie.

Con el tiempo, nos jubilamos y lo reencontré en: actos, eventos, descuidos que siempre tren esas miradas que hablan sin pedir permiso.

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