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47: Entrega informal (Final)




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Compendio III


47: ENTREGA INFORMAL (Final)

47: Entrega informal (Final)

Sus dedos recorrieron mi mandíbula, tentativos como un minero probando roca inestable.

• ¡No eres... lo que esperaba! - La admisión salió en un susurro, sus ojos avellana alternando entre mi rostro y la tela abultada de mi pantalón.

- Reginald nunca se tomó su tiempo, ¿Verdad?

El destello en sus ojos fue respuesta suficiente: ese rápido movimiento de pupilas hacia abajo, la presión inconsciente de sus muslos juntos. La verdad se sentó entre nosotros como una piedra: su marido trataba el sexo como un informe trimestral: eficiente, impersonal, algo para tachar antes de pasar al siguiente punto de la agenda.

Alcancé la mesilla de noche, buscando a tientas antes de que mis dedos cerraran alrededor de la botella de agua gratuita. El plástico crujió al destornillar la tapa; bebí un trago y se la ofrecí.

infidelidad consentida

Celeste dudó antes de aceptar, su garganta moviéndose al tragar. Una gota escapó de sus labios, deslizándose por su mentón. La atrapé con mi pulgar, limpiándola lentamente. La yema de mi dedo se demoró en la comisura de su boca, presionando lo suficiente para sentir el calor de su exhalo contra mi piel. Su lengua salió instintivamente (un rápido y nervioso movimiento) y cuando rozó mi yema, sus ojos se dilataron como si la hubieran pillado robando.

- ¡Te faltó un lugar! - dije, luego limpié mi pulgar con la lengua.

Celeste me miró, sus pupilas devorando el avellana de sus iris… oscuras e insondables como el pozo de mina más profundo. Su garganta se movió al tragar, el pulso en su cuello palpitando bajo esa peca que ya había memorizado.

Recogí la botella, la aparté con lentitud, luego me giré boca arriba, arrastrándola conmigo. Ella se sentó instintivamente a horcajadas sobre mis caderas, su vestido arrugado alrededor de su cintura, la tela azul marino formando ondas arrugadas. El calor de sus muslos desnudos presionó mis costados, sus rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados.

- ¡Tu turno! - dije, mi voz más áspera de lo planeado.

Celeste parpadeó…

• ¡No... sé cómo!

(I… don’t know how…)

- ¡Claro que sabes! - Llevé sus manos hacia mi hebilla, mis dedos cerrando sobre los suyos: cálidos, temblorosos, revoloteando como pájaros cautivos. - Solo sigue las instrucciones.

Sus dedos fueron torpes al principio, forcejeando con la correa de cuero como si fuera un rompecabezas intrincado. El broche de metal resistió sus tirones titubeantes hasta que, con repentina rendición, el cinturón se deslizó con un suave siseo. Levanté mis caderas para ayudarla a bajar mis pantalones, la tela atascándose brevemente en mis tobillos antes de que los pateara en un movimiento fluido.

El aliento de Celeste se cortó al ver la tela tensa de mis calzoncillos: el algodón gris estirado al límite, la mancha húmeda en la punta delatando cuánto había esperado. Su mano se quedó suspendida en el aire, los dedos palpando como si probaran el calor de una estufa.

Los dedos de Celeste se cernieron a una pulgada de mi erección, temblando como una varilla de zahorí sobre un manantial oculto. La luz de la tarde capturó la punta enrojecida donde el fluido preeyaculatorio perlaba, brillando tenuemente contra el algodón tenso.

• ¡Eres... mucho más grande que Reginald! - logró decir al fin, su acento británico quebrándose deliciosamente en la última palabra.

(You're... you're way bigger than Reginald)

Me reí, moviéndome deliberadamente para tensar más la tela.

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- ¿Un tipo como él siquiera tiene erecciones?

Su garganta se movió al tragar, pero su mirada permaneció fija bajo mi cintura.

• No como esta, me temo. - Un mechón de pelo rubio miel se escapó de su recogido, rozando su mejilla al inclinarse. - Especialmente después de que el médico le advirtiera sobre la diabetes…

Sus dedos se crisparon de nuevo, y finalmente… finalmente… me rodearon a través de la tela.

No era difícil imaginarlo: un hombre corpulento de cincuenta años, calvo con la libido de un sacerdote célibe. No era extraño que Celeste vibrara de anticipación: su marido probablemente no la había tocado bien en años…

Sus dedos flotaron sobre el algodón tenso de mis calzoncillos, su respiración entrecortada. La rejilla del aire acondicionado siseó suavemente, enviando un escalofrío sobre sus hombros desnudos que endureció sus pezones contra el encaje delgado del sostén. Tragó fuerte, su garganta palpitando… no nerviosa, sino reverente, como ante un artefacto sagrado del que solo había oído en susurros.

• ¿Puedo...? - Su voz quebró en la segunda sílaba, labios teñidos de frambuesa separándose levemente.

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Arqueé una ceja…

- ¿Estás preguntando? - Mis dedos se tensaron donde descansaban sobre el edredón, resistiendo el impulso de guiarla. Esto debía ser su elección: su primer verdadero acto de rebelión…

Sus mejillas se sonrojaron…

• Reginald prefiere… prefería… que no tocara a menos que lo ordenara. - La confesión salió frágil, como si admitiera un secreto vergonzoso.

Sus dedos se agitaban sobre mi cintura: tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su palma, pero aún suspendidos como si esperara que un rayo la golpeara por invadir.

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El cinturón de cuero crujió al moverme bajo ella.

- Pues yo no soy Reginald. - Atrapé su muñeca (no con fuerza, solo con firmeza suficiente para calmar sus aleteos nerviosos) y llevé su palma contra mi erección.

Su respiración se cortó audiblemente cuando sus dedos se extendieron sobre el calor rígido que tensaba mis calzoncillos.

- Y no necesitas permiso.

Celeste exhaló bruscamente (un sonido entre jadeo y gemido) mientras sus dedos trazaban mi contorno a través del algodón. Tentativa al principio, su tacto liviano como pluma, como probando los límites de esta nueva libertad. Luego, más audaz cuando no la detuve, sus yemas deslizándose por la vena prominente con una curiosidad que hizo tensar mi abdomen. La tela ya estaba húmeda en la punta donde había perdido fluido preeyaculatorio, adhiriéndose de manera obscena. Su pulgar rozó el lugar experimentalmente, esparciendo la humedad en un círculo lento que arrancó un movimiento involuntario de mis caderas.

• ¡Oh!... - Se sobresaltó, luego sonrió… una sonrisa real, sin filtros, que iluminó su rostro como el amanecer sobre el paisaje australiano. - ¡Eso te gustó!

- ¡Observadora! - Alcancé a apartar un rizo rebelde tras su oreja. - ¡Ahora quítamelos!

Sus manos temblaron al enganchar sus pulgares en la cintura de mis calzoncillos. La goma chasqueó suavemente contra mis caderas al bajar la tela. Mi erección quedó al descubierto, la cabeza enrojecida brillando bajo la tenue luz del hotel. El aliento de Celeste se cortó audiblemente.

• ¡Dios! - susurró.

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Sonreí…

- ¡No exactamente!

No se rió. Solo miró, fascinada, mientras otra gota de fluido asomaba en el orificio. Su lengua salió inconscientemente para humedecer sus labios: un reflejo, como atrapar gotas de lluvia repentinas. El momento se alargó, cargado de anticipación, sus ojos avellana oscureciéndose mientras la gota crecía antes de desbordarse…

- ¡Puedes probarlo si quieres! - ofrecí, manteniendo la voz baja… no una orden, solo permiso sin expectativas.

La mirada de Celeste saltó a la mía… buscando burla, encontrando ninguna. Los músculos de su garganta se movieron al tragar. Lenta, vacilante, se inclinó hacia adelante, su pelo rubio miel cayendo alrededor como una cortina de teatro aislando el mundo exterior. Su primera lamida fue tentativa: solo el roce más leve de la punta de su lengua contra la corona enrojecida. Lo salado hizo que sus fosas nasales se dilataran levemente, pero no retrocedió. En cambio, se demoró, sus labios entreabiertos en sorpresa silenciosa.

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- ¿Más? - pregunté, resistiendo el impulso de empujar hacia esa calidez fugaz.

Ella asintió, sus labios abriéndose más.

Guíe su cabeza suavemente, dejando que tomara solo la primera pulgada en su boca. Su lengua lamió la parte inferior experimentalmente, su nariz arrugándose ante el olor. Cuando me miró entre sus pestañas, limpié una gota de saliva de su barbilla con el pulgar.

47: Entrega informal (Final)

- ¡Lo haces bien! – le animé.

Animada, descendió más… y se atragantó inmediatamente cuando la cabeza golpeó su paladar. Retrocedió tosiendo, sus ojos llorosos.

- ¿Demasiado?

Celeste se limpió la boca con el dorso de la mano, mortificada. El rubor extendiéndose por su pecho chocaba con el encaje blanco de su sostén.

• ¡Lo siento!

- ¡No lo sientas! - Me incorporé, atrapando un rizo rebelde pegado a su labio húmedo con mi pulgar.

Su aliento se cortó cuando lo aparté tras su oreja, mis dedos quedándose en la curva delicada.

- ¡Así! - Guié su mano para que rodeara mi erección, sus dedos fríos comparados con el calor de mi piel. - ¡Empieza con esto!

Su agarre fue torpe al principio (solo yemas tentativas y presión desigual, como si manipulara porcelana frágil). Cubrí su mano con la mía, ajustando sus dedos: pulgar arriba, los demás abajo, lo suficientemente firme para sentir las venas, pero no para lastimar.

- ¡Arriba! - murmuré contra su sien, guiando su muñeca en un movimiento lento. - ¡Abajo! ¡Gira ligeramente al subir!

El ritmo perfecto que logró arrancó un gemido de mi garganta…

- ¡Así es! - dije entre dientes cuando rozó el frenillo, mis caderas arqueándose involuntariamente del colchón.

El movimiento la hizo jadear…no en protesta, sino en deleite sorprendido, sus ojos avellana agrandándose al comprender el poder que ahora tenía…

Celeste mordió su labio, su propia excitación evidente en el rubor extendiéndose por su pecho como vino derramado. El encaje de su sostén se tensaba con cada respiración acelerada, las manchas de humedad bajo sus brazos delatando sus nervios.

• ¿Puedo... intentarlo de nuevo? - Sus dedos temblaban donde se aferraban a mi muslo, uñas frambuesa clavándose en mi piel.

Asentí con la cabeza, recostándome contra las almohadas y cruzando los brazos tras la nuca. La postura tensó mi abdomen, haciendo que las venas a lo largo de mi erección se marcaran más. La mirada de Celeste las siguió con la concentración de una geóloga estudiando una veta mineral.

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Esta vez, me tomó en su boca con más control: solo la cabeza, sus labios mullidos sellándose alrededor del borde mientras su lengua trazaba círculos lentos y experimentales. Su calor era exquisito, un tornillo de terciopelo que hizo que mis dedos de los pies se enroscaran en el edredón. Su mano libre trabajaba la base en contrapunto, su agarre desigual pero sincero, el roce ocasional de su pulgar sobre el orificio enviando sacudidas por mi columna.

- ¡Estás aprendiendo! - dije con voz ronca, disfrutando su atención.

Ella respondió con un murmullo: la vibración yendo directo a mi entrepierna como corriente viva. Afuera, un carrito de limpieza pasó chirriando por el pasillo. Celeste pareció no notarlo, concentrada por completo en cómo los músculos de mi abdomen se tensaban bajo su mano libre mientras me llevaba más adentro, sus labios estirándose obscenamente alrededor de mi grosor. Un mechón rubio miel pegado a su mejilla húmeda se balanceaba con cada movimiento.

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Cuando mis caderas comenzaron a elevarse involuntariamente, la aparté suavemente por los hombros.

- ¡Basta! —Mi voz sonó más áspera de lo planeado, tensa por contenerme...

Ella parpadeó hacia mí, labios hinchados y expresión asustada…

• ¿Hice algo...?

- ¡Estás a punto de recibir un cumplido muy directo! - Alcancé el cajón de la mesita donde había visto los condones gratuitos del hotel antes.

El envoltorio crujió al abrirlo.

Celeste observó cómo desenrollaba el látex con fascinación.

• Nunca... lo había visto hacer antes.

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- ¿Reginald? - El nombre sabía a vinagre barato: áspero y desagradable.

• Tenía una enfermera que le administraba inyecciones para... el desempeño. - Arrugó la nariz. - Olían a alcohol medicinal.

La rara confesión quedó suspendida entre nosotros como gasa quirúrgica: estéril y vagamente inquietante. Me levanté abruptamente, ajustando el condón con un movimiento experto. El rostro de Celeste cayó como si le hubiera arrebatado su juguete favorito a mitad del juego, sus labios formando una muda 'o' de decepción.

- ¿Te unes? -Ofrecí mi mano, palma arriba: una invitación, no una orden.

Intriga brilló en sus ojos avellana cuando sus dedos se entrelazaron con los míos, cálidos y ligeramente pegajosos por sus esfuerzos anteriores.

Los azulejos del baño estaban fríos bajo mis pies descalzos, el contraste agudo contra el calor de mi piel. Celeste siguió detrás de mí, sus pasos inseguros como los de un cervatillo. Los espejos devolvieron nuestros reflejos: su pelo rubio miel revuelto por mis manos, las tiras de su sostén de encaje colgando de un hombro donde las había deshecho antes. Mi propia imagen parecía canalla en comparación, el condón sobresaliendo obscenamente de mis caderas como tubería industrial.

- ¡Siempre me gusta tener sexo en la ducha! - dije, abriendo la puerta de vidrio esmerilado con un floreteo teatral.

• ¿En la ducha? - La voz de Celeste se quebró a mitad de sílaba, sus ojos avellana agrandándose cómicamente.

Aferró el dobladillo arrugado de su vestido como salvavidas, sus nudillos blanqueándose contra la tela azul marino.

No pude contener la risa: el sonido rebotando en los azulejos de mármol mientras entraba bajo el chorro. El agua corrió por mi espalda en cintas calientes, siguiendo las crestas de mi musculatura.

- ¡Dios mío! - resollé, limpiando vapor de mis ojos. - ¡No has tenido mucha experiencia sexual antes! ¿Verdad?

La pregunta cayó entre broma y curiosidad genuina.

Ella bajó la mirada, sus dedos jugueteando con un hilo suelto del dobladillo de su vestido donde se arremolinaba alrededor de su cintura.

• ¡No soy virgen... si debo recordártelo! - Su voz mantenía esa entonación inglesa precisa incluso ruborizada, cada palabra cuidadosamente recortada como dictando actas corporativas. - ¡Es solo que mis amantes anteriores no eran tan audaces... eso es todo!

(It's just that my previous lovers weren't this bold... that's all!)

Solté una risa suave, ajustando el chorro para que se dispersara en lugar de golpear directamente. El vapor se enroscó alrededor de nosotros, suavizando los ángulos tensos de la postura nerviosa de Celeste.

- ¿Así que ahora oficialmente soy tu amante? - bromeé, observando cómo la condensación perlaba sus clavículas.

sexo en la ducha

Su piel se sonrojó bajo el calor, el color profundizándose cuando mis dedos persiguieron las gotas fugaces.

• ¡Por favor, no lo hagas más duro para mí!... - Celeste jadeó, sus labios frambuesa separándose alrededor de las palabras mientras el vapor se enroscaba entre nosotros.

(Please, don't make it harder for me...)

Mala elección de palabras…

Atrapé sus muñecas y las inmovilicé contra los azulejos fríos sobre su cabeza, observando cómo la piel de gallina brotaba en su piel sonrojada. Mi erección presionó contra su entrada (ya resbaladiza por su clímax previo) y la penetré lentamente, centímetro a centímetro, hasta que ambos gemíamos con los dientes apretados. El contraste del agua hirviendo y la cerámica helada la hizo retorcerse, sus muslos temblando donde enmarcaban los míos.

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- ¿Ves? - Mordí su lóbulo de la oreja, sonriendo cuando gimió. - ¡Por esto quiero visitarte todos los miércoles!... (Mis caderas se movieron hacia adelante, alargando la penetración hasta que sus uñas marcaron mis hombros.) Quiero acostumbrarte tanto a mí... (Otro empujón deliberado, más profundo esta vez, sus músculos internos palpitaron alrededor mío como pájaros asustados) ...que resbalará más fácil.

Celeste jadeó cuando el chorro cálido golpeó su espalda, sus dedos arañando los azulejos resbaladizos en busca de agarre. El agua corrió entre nuestros cuerpos, volviendo su piel resbaladiza bajo mis palmas. Me hundí más en ella, sintiendo cómo sus paredes se estremecían: tensas, vacilantes, luego entregadas.

- ¡Ya estás tan mojada! - murmuré contra su sien.

Ella gimió, sus uñas clavándose en mis hombros...

• ¡Tú… ah… te aseguraste de eso!

Me reí, el sonido vibrando contra su pecho donde estábamos unidos. Mis caderas trazaron movimientos lentos y deliberados, permitiéndole adaptarse al estiramiento. El vapor se enroscó alrededor de nosotros, arrastrando el aroma del champú del hotel y la excitación de Celeste: almizclada y dulce bajo la lavanda artificial.

primera paja

Su respiración se cortó cuando levanté una de sus piernas para engancharla sobre mi codo, penetrando más profundo. La nueva posición arrancó un gemido ahogado de sus labios, su cabeza inclinándose contra los azulejos. El agua caía en cascada por su garganta, acumulándose en el hueco entre sus clavículas antes de derramarse por su pecho.

- ¡Mírate! - dije, atrapando una gota con mi lengua mientras resbalaba hacia su pezón. - ¡Lo aguantas bastante bien!

Las caderas de Celeste se estremecieron involuntariamente, su cuerpo buscando fricción.

• ¡No…no digas cosas así!

- ¿Por qué no? - Mordisqué su lóbulo. - ¡Es cierto!

47: Entrega informal (Final)

Sus muslos temblaron cuando aceleré el ritmo, cada empuje marcado por el chapoteo de piel húmeda: un compás tan fuerte que ahogó el chorro de la ducha. La cabina amplificaba todo: el crujido de la barra cuando Celeste se aferraba para mantener el equilibrio, los gemidos que mordía contra mi hombro, el sonido obsceno de nuestros cuerpos moviéndose en perfecta sincronía. El agua corría por nuestros torsos en regueros calientes, acumulándose donde nuestros vientres se presionaban antes de derramarse en pequeñas cascadas.

• ¡Marco…! - Su voz se quebró contra mi clavícula, las sílabas desmoronándose como esquisto débil. - ¡No puedo…!

- ¡Sí Puedes!

Abrí espacio entre nosotros con la mano libre, mi pulgar encontrando su clítoris hinchado con precisión implacable. Las caricias que tracé fueron lentas al principio (deliberadamente exasperantes), luego más firmes cuando sus caderas empezaron a estremecerse.

- ¡Vuelve a venirte por mí!

infidelidad consentida

Su orgasmo llegó como un derrumbe: repentino, violento, catastrófico. Su columna se arqueó alejándose de los azulejos, su grito rebotando en la porcelana mientras sus músculos internos palpitaron alrededor mío en pulsos erráticos. La barra de la ducha crujió cuando su agarre se espasmódico, sus nudillos blanqueándose contra el cromo. La seguí hasta el precipicio, mi liberación atravesándome con un gruñido gutural, mi frente apoyada en el hueco húmedo de su garganta mientras cabalgaba las últimas réplicas.

Por un momento, el único sonido fue nuestra respiración agitada y el tamborileo implacable del agua. Los dedos de Celeste se abrieron de la barra uno a uno, sus extremidades flácidas.

• ¡Creo… (jadeó)… que podrías haber arruinado las duchas para mí!

(I think… you might've ruined showers for me!)

Besé su sien, sonriendo.

- ¡Bien!

El espejo del baño estaba empañado cuando salimos, toallas atadas a nuestras cinturas. El pelo de Celeste se pegaba a sus hombros en mechones oscuros y goteantes mientras hurgaba en su neceser. El chirrido de la cremallera resonó en el silencio húmedo.

• ¡Nunca respondiste! - dijo abruptamente, extendiendo un frasco de loción de viaje.

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Arqueé una ceja…

- ¿Qué pregunta?

Vaciló, luego exprimió una porción en su palma.

• ¿Por qué los miércoles?

Atrapé su muñeca antes de que pudiera frotarse la loción, guiando su mano para esparcirla sobre mi pecho en su lugar. Su respiración se cortó mientras deslizaba sus dedos por mis pectorales, bajando hacia mis abdominales. La loción dejaba estelas frescas: un contraste brusco con el calor residual que aún emanaba de nuestra ducha. Las yemas de Celeste se demoraron en el hueco de mi ombligo, trazando círculos lentos que hicieron temblar mis músculos abdominales.

- ¡Te lo dije en el lobby de la oficina! - respondí, mi voz baja por la risa mientras el agua de mi cabello goteaba sobre su hombro desnudo. - ¡Reginald estará fuera todo el día en reuniones!

Celeste exhaló bruscamente por la nariz (medio intrigada, medio exasperada) mientras ajustaba la toalla alrededor de su torso. La felpa se tensó contra sus pechos, la tela húmeda pegada a puntas que no se habían suavizado desde su tercer orgasmo. Mi erección palpitó en respuesta, aún enrojecida y pesada entre mis muslos.

Los azulejos del baño estaban resbaladizos bajo los pies cuando Celeste salió primero, sus dedos húmedos encogiéndose contra la alfombrilla mullida. Apretó la toalla contra su pecho con una mano mientras escurría el agua de su cabello con la otra: un movimiento hábil que hizo caer gotas sobre el mármol del lavabo.

• ¡Vuelves a mirarme! - murmuró, atrapando mi reflejo en el espejo empañado.

Me apoyé en el marco de la puerta, sin pudor.

- ¡Difícil no hacerlo! ¡Más vale que te acostumbres!

mamada

Sonrió, pero se quedó inmóvil cuando la toalla alrededor de mis caderas resbaló más abajo. Su mirada siguió el movimiento como una brújula encontrando el norte.

• ¿Todavía? – susurró sorprendida, su aliento cálido contra mi piel.

Ajusté la toalla con lentitud deliberada…

- ¡Te dije que eras atractiva!

La sostuve por la cintura, atrayéndola hacia mí mientras nuestros labios se encontraban. La intimidad persistía: mi erección aún presionaba contra ella, aunque las toallas guardaban nuestra frágil privacidad. El aroma a champú del hotel se aferraba a su piel, mezclado con el almizcle del sexo y el vapor… algo que ahora era exclusivamente Celeste. Sus labios cedieron fácilmente bajo los míos, entregados pero hambrientos, como si intentara memorizar la forma de mi boca antes de que me fuera.

sexo en la ducha

- ¡Lamentablemente, se acabó el tiempo! —Miré mi reloj: 4:29 p.m. - ¡Debo volver a la oficina y marcar salida!

Mi pulgar rozó la hendidura de su columna donde la toalla se abría, sintiendo el temblor que recorría su espalda.

La expresión de Celeste se empañó, sus dedos apretando la tela de mi toalla. La luz vespertina a través de la ventana iluminó los destellos dorados en sus ojos avellana, haciéndolos brillar como ascuas.

• ¿Nos veremos otra vez? - preguntó, su voz bordando la súplica.

La esperanza cruda en sus palabras apretó mi pecho: una sensación extraña después de años de reprimir emociones.

Besé sus dedos… no el roce cortés que se daría a una dama, sino prolongadamente, dejando que mi lengua rozara la membrana entre su índice y medio, donde aún sabía a sal y a mí. Celeste estremeció, su pulso visible bajo esa peca de su muñeca que ya había memorizado.

- ¡Te veré el próximo miércoles en el lobby de la oficina! - Mis dientes rozaron su nudillo…lo suficiente para cortarle el aliento, pero sin dejar marca.

La alianza de oro en su mano izquierda chasqueó suavemente contra mi incisivo.

- Trae cualquier otro bocadillo que a Reginald le disguste.

Su risa fue sin aliento, el sonido enroscándose en el vapor del baño como humo.

• ¡Eres terrible!

primera mamada

Y así comenzó oficialmente mi aventura con Celeste: por un sándwich que Reginald nunca llegó a comer.


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