
Magda se veía espectacular esa noche. Ese vestido rojo de lentejuelas, escotado hasta casi el ombligo, le marcaba las tetas enormes y apenas le cubría las nalgas. Su marido no estaba nada contento.
—Estás demasiado exuberante, Magda. Todos te van a estar comiendo con los ojos —le reclamó.
—Ay no seas celoso, amor. Es solo una posada de trabajo, no pasa nada —le contestó ella sonriendo.
El marido terminó llevándola. Apenas llegaron, el jefe (un cabrón de unos 55 años) ya le había echado el ojo. Como siempre. No perdía oportunidad de invitarle tragos, bailar pegado con ella, manosearla “sin querer” y comérsele las tetas y el culo con la mirada.
En varios movimientos del baile, el vestido se movía y se le escapaba un pezón duro, que Magda rápidamente acomodaba entre risas y más alcohol. El jefe no disimulaba: se le hacía agua la boca.
Al final de la noche, el jefe se ofreció a llevarla a casa.
—No te preocupes, tu esposo ya está esperando —le dijo con una sonrisa cínica.
Magda dudó, pero terminó aceptando. En el camino el jefe insistió en llevarla a un hotel, pero ella se negó.
—Solo llévame a mi casa, por favor.
Cuando llegaron frente a su casa, el jefe estacionó el carro en un lugar oscuro. Magda sabía lo que venía. Sin decir mucho, se inclinó sobre él, le bajó el cierre y empezó a mamarle la verga gruesa con ganas.
Desde afuera se veía clarísimo: la cabeza de Magda subiendo y bajando rápido, chupando con fuerza mientras el jefe le agarraba el cabello. Se escuchaban los gemidos y el sonido mojado de su boca. El jefe terminó corriéndole toda en la garganta. Magda tragó todo, se limpió los labios y le dijo:
—Esto es todo lo que te puedo dar… nada más.
Bajó del carro, se acomodó el vestido, entró a su casa y saludó a su marido como si nada hubiera pasado. Con el sabor del jefe todavía en la boca.
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