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Masajes prohibidos

Sofía había abierto su propio spa boutique en Palermo Soho hacía pocos meses. Un lugar íntimo, con luces cálidas, madera clara, plantas tropicales y un aroma a vainilla y canela que recordaba las noches calurosas de verano en Buenos Aires. A sus 22 años, con su piel morena clara suave como seda, cabello negro ondulado que le caía sobre los hombros y un cuerpo de curvas latinas explosivas —pechos grandes y firmes, cintura estrecha y caderas anchas—, se había convertido en la masajista más solicitada del barrio.Ese viernes por la tarde, la agenda estaba vacía. Mi mujer estaba de viaje y yo le había escrito a Sofía por el dolor de espalda. “Vení igual, cuñado. Te hago un tratamiento especial”, me contestó con un emoji pícaro.Llegué al spa. Ella me recibió en la puerta de la sala privada, descalza, con un top blanco corto y muy ajustado que se pegaba a su piel aceitada, marcando perfectamente la forma redonda de sus tetas grandes y los pezones oscuros. Abajo, una mini falda blanca apenas cubría la mitad de sus muslos tonificados. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, como si ya estuviera preparada para algo más que un masaje.—Sacate todo y acostate boca abajo —dijo con esa voz suave pero cargada de picardía latina, mientras cerraba la puerta con llave.El aceite tibio cayó sobre mi espalda. Sus manos expertas empezaron a trabajar: fuertes, lentas, bajando por la columna hasta llegar al borde de mis glúteos. El ritmo suave de un tango instrumental sonaba de fondo, marcando el compás de sus movimientos. Sentí cómo mi verga se endurecía contra la camilla.Sofía soltó una risita baja y sensual.—Estás muy tenso acá… —susurró, y sin pedir permiso deslizó el bóxer hacia abajo, dejándome completamente desnudo.Se arrodilló al lado de la camilla. Sus labios carnosos rozaron primero la base de mi pene, luego su lengua caliente y húmeda empezó a lamer lentamente hacia arriba. Cuando llegó a la cabeza, la metió entera en su boca caliente, chupando con esa pasión desinhibida tan latina. Subía y bajaba la cabeza con ganas, haciendo ruidos húmedos, saliva corriendo por mi verga mientras sus tetas grandes se balanceaban pesadamente dentro del top blanco.—Sofía… sos la hermana de mi mujer… —gemí, pero mi mano ya estaba en su cabello negro, guiándola más profundo.Ella sacó mi polla de su boca solo un segundo, con los labios hinchados y brillantes.—Justamente por eso está más rico, cuñado… —y volvió a tragársela entera, chupando con hambre.No aguanté mucho más. La levanté, la senté sobre la camilla y le quité el top de un tirón. Sus pechos enormes saltaron libres: morenos, pesados, con pezones oscuros y duros. Se subió encima mío a horcajadas, se corrió la mini falda y, sin preámbulos, bajó lentamente. Mi verga gruesa entró despacio en su concha caliente, apretada y empapada.—Ay, Dios… qué gruesa la tenés… —gimió con acento porteño, empezando a moverse.Sus caderas anchas subían y bajaban con ritmo sensual, como si estuviera bailando un tango bien pegado. Sus tetas grandes rebotaban con fuerza frente a mi cara. Las agarré con las dos manos, apretándolas, chupando sus pezones mientras ella cabalgaba cada vez más rápido. El sonido de su piel morena chocando contra la mía llenaba la sala junto con sus gemidos agudos.De repente se tensó, apretó mi verga con su interior y se corrió temblando, mordiéndose el labio para no gritar demasiado fuerte.Me saqué de adentro y me puse de pie. Sofía se arrodilló inmediatamente frente a mí, abrió la boca, sacó la lengua y me miró con esos ojos grandes y traviesos.—Dámelo todo en la boca, cuñado…Le metí la verga hasta el fondo y exploté. Chorros espesos y calientes le llenaron la boca. Ella tragó con ganas, pero parte se le escapó por la comisura de los labios y cayó sobre sus pechos morenos y brillantes.Sin dejarla recuperar el aliento, la tiré sobre la camilla boca arriba, le abrí las piernas y hundí mi cara entre sus muslos. Su concha estaba hinchada, rosada y chorreando. Empecé a chuparle el clítoris con lengua rápida y dos dedos adentro, curvados, buscando ese punto que la volvía loca.Sofía se retorcía, agarrándome del pelo, gimiendo en español entrecortado:—Ahí… no pares… comémela así… ¡mierda!Su cuerpo moreno se arqueó violentamente. Empezó a temblar y, de golpe, un chorro caliente y transparente salió disparado de su concha, mojándome toda la cara y el pecho. Squirt tras squirt mientras yo seguía chupando sin piedad, hasta que quedó exhausta, temblando y respirando agitada.Nos miramos en silencio. Ella, con los labios aún manchados de mi semen y la piel morena brillante de sudor y aceite, sonrió con esa picardía latina tan peligrosa.—Esto queda entre nosotros… pero si querés otro “tratamiento especial”, sabés dónde encontrarme.Me limpió una gota de semen de su barbilla con el dedo y se lo llevó a la boca.—Cuando quieras, cuñada.

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