¿Alguna vez tuviste esa sensación de darte cuenta de que estás a puntode estrellarte contra una pared a toda velocidad, pero en lugar de frenar,acelerás aún más? Eso me pasó hace un tiempo. Llevaba saliendo con Vidiane unoscuatro años y siempre nos habíamos llevado muy bien. Nuestra relación eratranquila, sin grandes peleas ni escándalos. Yo nunca fui un conquistador yella tampoco había tenido muchos romances, así que en ese sentido encajábamosbastante bien. Mucha gente podría decir que era una relación tibia y aburrida,pero siempre fuimos felices así. De verdad. Además, yo estudiaba por la noche ytrabajaba como ayudante en el taller de mi padre, y como ella tambiénestudiaba, nunca me quedaba mucho tiempo libre. Pasaba por su casa dos o tresnoches a la semana para una visita rápida de media hora, siempre vigilado desdela distancia por su madre. Los fines de semana teníamos más tiempo libre, peroincluso entonces, no podíamos hacer gran cosa. Ella ya tenía 19 años, pero suspadres la vigilaban de cerca. Lo máximo que ocurría eran algunos besos fugacescuando su madre necesitaba ir al baño.
Confieso que a veces me enfadaba mucho, pero así es la familia. Sobretodo porque cuando sus padres metían la pata, ella siempre era la que loestropeaba todo. Cuando insistía mucho, lo máximo que conseguía era que medejara tocarla un ratito. En ocasiones especiales, me dejaba meter la manodebajo de su camiseta y me volvía loco, tocando sus tetas grandes y suaves.Luego llegaba a casa y terminaba yo solo. Cuando llevaba un escote pronunciadoo pantalones ajustados, estaba a punto de perder la cabeza. Decía que aún noera el momento, que debía esperar el momento adecuado y todo eso. Había días enque quería rendirme, pero luego lo pensaba mejor y cambiaba de opinión. Y asíseguimos. Decía que cuando dejara de insistir, lo conseguiría. ¡Quién lo diría!

Fue solo después de dos años de noviazgo que tuvimos sexo por primeravez. Era la fiesta de cumpleaños de su abuela en una casa de campo, y logramosescaparnos al invernadero, que estaba un poco más lejos. Era la primera vez queusaba una minifalda, y eso me descolocó por completo. No lo habíamos planeado;simplemente sucedió. Tuvimos una especie de tensión velada entre nosotros en losdías previos. Nuestras caricias se volvían cada vez más intensas. Esa fiestasimplemente nos brindó la oportunidad. Primero, nos quedamos un rato en eljardín, charlando cerca de otras personas, y poco a poco nos alejamos, paseandotranquilamente hacia el invernadero. Con cada paso, mi corazón se acelerabahasta el punto de que me temblaban las piernas. Ella, en cambio, estabacompletamente tranquila, y ese control no inspiraba ninguna confianza. Inclusoanticipé que lo máximo que conseguiría serían unos cuantos besos más, pero aunasí, valió la pena, y en lugar de sentirme derrotado de antemano, decidísimplemente disfrutar del momento y ver hasta dónde podíamos llegar.
El simple hecho de besarla en la oscuridad, lejos de su familia y conesa minifalda puesta, hizo que valiera la pena pasar la noche.

Después de permanecer quietos en la oscuridad un rato, paraasegurarnos de que nadie hubiera notado nuestra escapada, comenzamos aintercambiar caricias. Luego, la apoyé contra un mostrador de madera y me arrodilléfrente a ella. Hasta entonces había permanecido en silencio, tratandovisiblemente de controlarse, pero cuando le levanté la falda y aparté subombacha, dejó escapar un largo y prolongado gemido. Sentí su humedad en milengua por primera vez. Ya estaba completamente mojada incluso antes de quecomenzara a succionar. Su concha olía tan bien y era tan suave que quisemorderla, pero en cambio, la apreté con mis labios. Después de unos minutos, mesujetó la cabeza con ambas manos y me acarició el pelo. No tenía experienciapráctica, pero había visto muchas películas. Había ensayado ese momento cientosde veces y sabía exactamente qué debía hacer para impresionarla. Mi aparenteconfianza la desinhibió y dejó de lado sus habituales negaciones e inhibiciones.Le sujeté la pierna y ella la levantó lentamente para facilitarme la succión.En el fondo esperaba más resistencia, y cuando se abrió tan fácilmente, todocambió. Podía oír la música que sonaba arriba y, de vez en cuando, algunasrisas más fuertes. Después de los momentos iniciales de pasividad, simplementedejándose chupar, no pudo resistirse y comenzó a participar más activamente. Eldiscreto movimiento del principio se convirtió en movimientos traviesos y biencolocados, abriendo su concha justo lo necesario para que mi lengua explorarapor completo esa zona donde rara vez me había permitido un simple roce sobre subombacha. Podía sentir su creciente excitación por el sabor y la cantidad delubricación que llenaba mi boca y goteaba por mi mentón. En momentos así, unopierde la noción del tiempo, pero debí de pasar una buena media hora. Sabía quecuanto más me concentrara en el sexo oral, más fácil y placentero sería lapenetración después, así que no me contuve. La chupé deliciosa y lentamente.

Después de que se rindiera por completo, busqué un lugar dondefinalmente pudiera consumar el acto. Todo el tiempo actué como si tuviera elcontrol total de la situación, pero por dentro estaba a punto de estallar.
Encontré unas lonas viejas y las extendí en el suelo de atrás, dondenadie podía vernos, incluso si entraban de repente. Ella se quedó allí, sinsaber qué hacer, esperando a que yo diera el primer paso. Me tumbé boca arribay saqué mi verga de mis pantalones. Ya habíamos tenido algunas sesiones de besosmás íntimas y habíamos explorado un poco con nuestras manos y dedos, pero erala primera vez que me veía así, con mi verga erecta completamente expuesta.Tomé su mano y la coloqué sobre mí. Ella se sentó lentamente y estaba tanexcitada que casi goteaba. Cuando su vagina hizo contacto por primera vez conla cabeza de mi verga, un escalofrío me paralizó y cerré los ojos, sintiendo laelectricidad recorrer mi ingle. Todos mis sentidos estaban concentrados en esapenetración tan esperada.
Todo mi cuerpo estaba concentrado en la cabeza de mi verga.
Cuando sentí la presión de su piel contra la mía, apreté los dientes ycontuve la respiración. Para mí, nada más en el mundo existía aparte de esecontacto entre nuestras carnes más íntimas.

Tras los primeros minutos de éxtasis, recuperé el control. Abrí losojos y pude apreciar, con un poco más de sobriedad, la imagen de ella subiendoy bajando sobre mi verga, de espaldas a mí. Le levanté la falda y se leenganchó en la cintura. Era una visión del paraíso. Mucho mejor que cualquierpelícula que hubiera visto. No nos dijimos nada, solo dejamos escapar algunosgemidos más intensos e inevitables. En parte por miedo a llamar la atención yen parte porque realmente no había nada que decir. Era su primera vez y, como imaginaba,esa posición le permitía controlar la penetración, además de ser extremadamenteplacentero ver cómo lo manejaba. A veces intentaba la penetración completa,dejando que su peso corporal impulsara el empuje, pero casi inmediatamentevolvía a subir y se quedaba en el territorio seguro de solo la mitad del pene.Para mí, incluso era una ventaja porque cada vez que intentaba la penetracióncompleta, sentía que el orgasmo se acercaba. Me concentré lo más posible pararetrasarlo, pero era cada vez más difícil. Aún más cuando tocaba su suave culo.Fue un tira y afloja, y sabía que no había forma de evitarlo. Lo único quepodía hacer era intentar prolongarlo lo máximo posible. Pero entonces, ellagiró hacia mí, y eso fue mi perdición. Poder penetrarla mientras nos besábamosera más de lo que podía soportar, y sentí un temblor formándose en mi ingle yextendiéndose a mi estómago y muslos. Solo tuve tiempo de sacar mi verga deella, ya que no teníamos preservativo, y chorros de semen caliente salpicaronsus muslos y corrieron hasta los míos. Eyaculé en explosiones incontrolables eintensas mientras ahogaba mis gemidos entre sus tetas. Nuestra primera vez fuememorable, y hoy me doy cuenta de lo mucho que la valoró el hecho de que lahubiera pospuesto tantas veces antes.

Al día siguiente fui a su casa después del trabajo. No era muy comúnque la visitara un lunes, pero estaba tan contento por el fin de semana queapenas podía contenerme.
Su madre debió notar algo diferente entre nosotras, pero guardósilencio. Estábamos hablando a solas en el porche, ya que aún era de día yhacía tiempo que su madre no nos regañaba tanto. Un taxi se detuvo frente a lapuerta y, mientras esperábamos a su ocupante, oímos a su madre gritar desdedentro de la casa.
“¡Vivián!”
Fue su hermana quien apareció de visita sorpresa. Solo la conocía porfotos, porque como se había casado tiempo antes de que yo empezara a salir conVidiane, nunca había venido a visitar a la familia. Era una mujer curvilínea yhermosa, del tipo que atrae todas las miradas, y tenía un porte imponente, con unaire de mandona acostumbrada a que la obedecieran en todo. Después de abrazar asu hermana y a su madre, se volvió hacia mí y dijo sin dudarlo:
“Traé mis maletas del taxi y te daré una propina”.
Me quedé sin palabras, al igual que Vidiane. Su madre intentó aclararlas cosas, diciendo que yo era el novio de su hermana. En lugar de disculparsepor el malentendido, simplemente dijo:
“¿Tu novio, Vidi? ¡Dios mío! Creía que era el jardinero”. Fue un rechazomutuo a primera vista. Nos miramos fijamente y ella entró en la casa del brazode su hermana y su madre, sin prestarme más atención.
En ese momento me di cuenta de lo mucho que esto podría afectar mirelación con Vidiane. La llegada inesperada de su hermana acabaría porcomplicarlo todo. Era la antítesis de mi novia. Nunca pedía permiso ni sedoblegaba ante nada, y, curiosamente, el trato que recibía de sus padrestambién era diferente.
Mantenían a mi novia bajo estricta vigilancia, y ella se comportaba deforma obediente y recatada, pero su hermana actuaba con total independencia ylibertad, y sus padres no hacían nada. Al parecer, ella se impuso desde muyjoven y no aceptó la misma represión por parte de sus padres.

Con Vivian en casa, las cosas cambiaron. Creo que mi suegra se sentíaincómoda controlando a Vidiane, lo que hacía que la diferencia en el tratofuera aún más evidente. Como resultado, ya no nos vigilaba de la misma manera.Pudimos sentirnos más cómodos, y eso era todo lo que podía desear después denuestra primera vez. Vidiane se mostraba más abierta con mis caricias e inclusoinsinuaba juegos eróticos cuando estábamos a solas. Hablamos de lo que habíasucedido en la granja, y me dijo que en cuanto surgiera la oportunidad,podríamos repetirlo. Empezó a usar ropa escotada con más frecuencia y a vecesse inclinaba hacia mí, solo para ver mi reacción y sonreír. Cuando nosabrazábamos, ella se pegaba a mi cuerpo y yo la apretaba por la cintura. Esarepentina libertad era todo lo que podíamos desear.
Pero entonces me di cuenta de que cada vez que nos poníamos un poco másíntimos, aparecía mi cuñada. En el momento álgido de la fiesta, siempreencontraba la manera de interrumpir, y para irritarme aún más, me decía:"¿Te estás divirtiendo con tu pobre chico, Vidi?".
Estaba furioso con esa costumbre que había adquirido. Me llamaba"pobrecito" con un tono que me daban ganas de estrangularla. Se diocuenta de lo mucho que me molestaba y se aseguraba de repetirlo tantas vecescomo fuera posible. Tragaba saliva con dificultad y decía: "¡Mierda! ¡Tuhermana es una verdadera pesada con esa costumbre de aparecer siempre quesalimos! ¡Parece que lo hace a propósito!". Vidiane intentaba calmar lascosas: "No te preocupes, siempre es así. Le gusta molestar a lagente".

Le encantaba molestarme, pero me di cuenta de que era algo más. Legustaba llamar la atención, y creo que nuestro desagrado le servía de estímulo.Cuanto más intentaba ignorarla, más motivos encontraba para perturbar mi paz.Cada vez que me enfurecía al oír que me llamaba "pobrecito", no podíaevitar esbozar una sonrisa cínica de satisfacción. Hubo momentos en que inclusopensé en vengarme, pero nunca se me dio bien la agresión verbal. Siempreresolvía mis diferencias a golpes, pero nunca le hubiera pegado a una mujer, ymenos a mi cuñada. Así que me mantenía al margen y me alejaba cada vez queempezaba a provocarme.
Pero esa táctica no funcionó por mucho tiempo. Creo que una semanadespués de su llegada, empezó a comportarse de forma diferente. Seguíallamándome pobrecito y mirándome con aire de superioridad y altivez. Tambiéninterrumpía constantemente mis momentos con Vidiane, y pronto me di cuenta deque lo hacía a propósito, pero más allá de eso, empezó a coquetear conmigo. Yasabía que le gustaba llamar la atención, pero no era solo eso. Una tarde fui acasa de Vidiane antes de ir a la universidad, como se estaba volviendo cada vezmás común últimamente, pero ella no estaba. Había salido con su madre a haceralgunas compras, y su padre aún no había vuelto del trabajo. Vivian abrió lapuerta y me dijo que pasara con esa mirada altiva que siempre tenía.
“Vidiane no está acá, pobrecita. Pero si querés, podés quedarte aesperarla; tal vez no se retrase por mucho tiempo”.
Mientras estaba sentado en el sofá de la sala, hojeando un libro detexto, ella se sentó en una silla frente a mí. Me miró sin decir nada, comoesperando alguna reacción de mi parte. La miré un par de veces y hundí la caraen el libro, queriendo evitar cualquier provocación por su parte, pero entoncesno pude evitar notar que se le veía la bombacha. Y ella se dio cuenta de que lohabía notado. Su sonrisa me desconcertó. Nos miramos así un rato, sin decirnada. Se movió de tal manera que el tirante de su blusa se bajó ligeramente,dejando al descubierto aún más su ya considerable escote.

Sin saber qué hacer ni qué decir, me quedé mirándola mientras ella, adiferencia de mí, parecía saber perfectamente lo que hacía. Y para provocarmeaún más, me preguntó: "¿Todo bien, pobrecito? ¿Algún problema?"."No, ningún problema, en absoluto", respondí. Entonces cruzó laspiernas muy despacio, de forma que pude ver claramente su bombacha. Se dirigióa la puerta y me dijo que me fuera. "Creo que mi hermana tardará más de loque pensaba. Será mejor que vuelvas otro día".
Atónito, agarré mis cosas y me marché inmediatamente. Estaba tanacostumbrado a sus insultos que no supe cómo reaccionar ante la situación.
Hasta entonces, creía que me despreciaba. Es más, pensaba que yotambién la odiaba, pero mi erección me confundía.
Desde ese día, las insinuaciones aumentaron, hasta el punto de que undía, mientras esperaba a que Vidiane terminara de arreglarse, me la encontrécaminando por el pasillo, vestida solo con un camisón transparente. No llevabaropa interior, y casi se me sale el corazón del pecho. Ella, como siempre,actuó con la mayor naturalidad, como si estuviera vestida de gala.
“No sabía que estabas ahí, pobrecito. Últimamente estás apareciendo mucho,¿eh? Vidiane debería bajar en un rato”, dijo.
"Lo sé, la estoy esperando", respondí.
Me quedé mirándola fijamente, babeando y apenas pudiendo disimularlo,hasta que oímos la ducha se estaba apagando.
“Que tengan una buena relación, ustedes dos”.
Ella me miró con desdén y subió las escaleras hacia el dormitorio. Enese momento, ni siquiera pensé en lo extraño que era que estuviera vestida asícuando aún no era de noche. Aún más inquietante fue la naturalidad con la quese quedó parada frente a mí, con ese camisón y sin bombacha, mientras suhermana se duchaba arriba.

Su movimiento final tuvo lugar al día siguiente. Poco después de lasonce de la mañana, apareció en el taller conduciendo el coche de su padre,diciendo que tenía problemas con los frenos. Jamás imaginé que pondría un pieen mi lugar de trabajo, y mucho menos vestida así. Los demás empleados sedetuvieron a mirarla de inmediato, aunque nadie dijo nada, porque mi padre eramuy estricto con el servicio al cliente, no permitía ningún tipo de comentario,y quien quisiera conservar su trabajo obedecía. Pero ella era audaz. Mientrasyo revisaba los frenos del coche, ella iba de un lado a otro, pasando entre losmecánicos y otros clientes, en su mayoría hombres. Iba perfumada, como siacabara de ducharse. El vestido no era más que un simple trozo de tela, comosolía decir mi padre.
Tumbado donde estaba, la observé mientras deleitaba a todos con supresencia. Después de burlarse mucho se acercó al coche, abrió la puerta justoal lado de donde yo estaba trabajando y se agachó para recoger algo. Su vestidoapenas la cubría, y con esa inclinación, dejó al descubierto todo lo que todosquerían ver. Oí el ruido de una caja de herramientas cayendo pesadamente alsuelo y algunos improperios más fuertes, pero luego, silencio absoluto.
Desde donde yo estaba, pude ver con detalle la diminuta bombachablanca sobre ese maravilloso culo. Y ella se movía lentamente, como siestuviera en una habitación vacía, aunque era evidente que sabía perfectamenteque todos la observaban.
Se agachó a mi lado y me preguntó si había encontrado el problema. Lerespondí que los frenos estaban bien, pero que podía revisarlos más a fondo siquería bajarse del coche.
“No, no pasa nada. Te creo. Debió de ser solo mi imaginación”.
Tomó una tarjeta de presentación del taller mecánico, diciendo quenunca se sabe cuándo se puede necesitar llamar a un mecánico, luego se subió asu coche y se marchó sin siquiera preguntar cuánto costaría el servicio,aunque, por supuesto, yo no le iba a cobrar nada.

Aproximadamente media hora antes de salir del trabajo, mi padre seacercó a mí con una mirada de desaprobación, trayéndome el teléfono.
"Es la loca de tu cuñada. ¡Tené cuidado en dónde te metés!".Contesté el teléfono intentando parecer indiferente, aunque no tenía nada denatural que me llamara al trabajo, y lo que dijo me enfadó aún más.
«Pasá por mi casa cuando salgas de ese desguace, pobrecito. Y al menossacate la grasa de las uñas». Colgó el teléfono sin decir nada más, comosiempre. ¿Qué más podía hacer? Media hora después, toqué el timbre, sin sabermuy bien qué esperar, pero con recelo. Ni siquiera se molestó en abrir; me dijoque entrara y cerrara la puerta. Estaba recostada en el sofá del salón, con laspiernas abiertas en una postura provocativa, manteniendo su pose altiva.Llevaba solo sandalias abiertas y un vestido oscuro que contrastaba fuertementecon su piel blanca. El vestido estaba subido hasta la cintura. Sin bombacha.Miré entre sus piernas y luego rápidamente levanté la vista hacia lasescaleras. «No hay nadie arriba, pobrecito. Vidiane y mi mamá salieron y novolverán hasta la noche».
Era imposible no excitarse en una situación así, aunque una parte demí se estaba recriminando. Nunca le había sido infiel a mi novia, ¿y tenía quepasar con su hermana? ¿En su casa?

“¿Tengo que ser más directa para que lo entiendas, pobrecito?”, dijocon fingida irritación ante mi vacilación. Respiré hondo y dejé de lado mipudor. Aunque sabía que esta mujer era problemática y que todo esto podíaacabar muy mal, no pude resistirme. Llevaba tiempo rondando mis pensamientos, yeste momento era la culminación de todo. Así que me senté a su lado en el sofáy empecé a acariciarla suavemente. Cuando llegué a la entrada de su vagina yempujé, continué el movimiento, y la besé, sosteniendo su rostro con ambasmanos. Abrió las piernas y llevó mi mano a su vagina, diciendo que no buscabaromance. Y realmente, esa mujer no lo buscaba. Empecé a acariciarla desdearriba, ella tomó mi dedo y lo guió hacia una parte. «Así, así es como lo quiero».Solo tenía que hacer el trabajo de darle penetraciones profundas y firmes conlos dedos. Siempre había querido hacer esto, y ahora lo estaba haciendo con micuñada. La diferencia en su cuerpo era muy notoria. Era más robusta, máspesada, y eso me excitaba. Solo entonces me di cuenta de cuánto me atraía. Enun instante, toda la ira e irritación que me causaba se transformaron en unaexcitación incontrolable. Se entregó por completo, ofreciéndose de una maneraque no podía imaginar que fuera capaz de hacer, y todo mi cuerpo reaccionó alos estímulos. Su lengua en mi boca era incluso más traviesa que mis dedos, ehizo cosas que me hicieron perder el control. Mi impulso era abalanzarme deinmediato. Ni siquiera parecía el mismo tipo preocupado por demostrar experienciade días antes. En ese momento, ella tenía el control. Prácticamente seguí susórdenes.

Para alguien que había pasado tanto tiempo sin sexo, esos días fueronuna sobredosis, aunque de una forma muy inesperada. Vivian era una mujer muchomás experimentada que su hermana y con una personalidad más dominante. Cuandoabrí los ojos, ya estaba arrodillado entre sus piernas, succionando con deleitemientras ella gemía fuerte y prolongadamente, como si no lo hubiera hecho enmucho tiempo. No sé qué había pasado entre ella y su marido en los días previosa esa visita, pero él sin duda estaba en deuda con su esposa. Y tratándose deuna mujer con una personalidad tan dominante, no debió ser tarea fácilprácticamente enterrar mi cara en su concha, untando mi lubricación, mibarbilla deslizándose sobre sus labios. Podía alcanzar cada rincón, embriagadopor su deseo. Incluso recostada en esa posición, aún podía moverme y tragar;casi podía sumergirme dentro de ella, aunque no hubiera espacio, debido a sudeseo. No tardó en apretarme la cabeza con más fuerza, casi dejándome sinaliento por lo profundo que estaba dentro de su concha, y entonces empecé asentir los músculos de su vagina contrayéndose en la punta de mi lengua. Estaballegando en mi boca. Yo casi eyaculo también, incluso sin tocarme la verga.Puedo decir que pocas cosas en la vida son tan intensas y placenteras como unamujer llegando al orgasmo mientras le comer la concha. Me agarró la cabeza yabrió las piernas de par en par, moviendo las caderas de manera endemoniada,como esperando que metiera otra cosa ahí además de mi lengua.

Tras esperar demasiado, me hizo ponerme de pie frente a ella y me bajólos pantalones con total seguridad. «Veamos si mi hermanita sabe elegir bien»,comentó, mirando mi erección que sobresalía como una goma elástica a punto desoltarse de su incómoda posición.
No era de muchas palabras, sino de mucha acción. Me agarró la vergapor la punta y me lamió debajo de los testículos, directo al grano, y casi mecaigo de rodillas. Era una mujer excepcional; se notaba que estaba muymotivada. Cerró la boca alrededor de la cabeza y yo cerré los ojos. El interiorde sus labios masajeó mi verga lenta pero firmemente de una manera que no puedoexplicar del todo. A decir verdad, esa fue la primera vez que recibí una mamada.
Y para ser aún más sincero, jamás recibí una tan deliciosa en mi vida.Es cierto que el momento intensificó enormemente las sensaciones —la picardíasuele tener ese efecto—, pero no fue solo eso. Era una verdadera maestra con laboca. De vez en cuando, bajaba la mirada y veía cómo esos labios que antes meirritaban con insultos me engullían la verga. Pero ahora, simplemente me volvíaloco.
El movimiento ondulante y sinuoso de su largo cabello negro realzó laescena y me hizo imaginar que tal vez no estaba sucediendo de verdad, pero solopor un momento, porque poco después, su lengua me devolvió a la realidad, y enese momento, la realidad fue mejor que cualquier fantasía que hubiera creadoantes, por muy perversa que pudiera haber sido.

Cuando empecé a retorcerme y gemir sin aliento, ella se subió al sofáy se puso a cuatro patas. Esta posición hizo que su culo pareciera aún másgrande. Yo, que estaba tan acostumbrado a ver la figura más modesta de minovia, me quedé asombrado por tal abundancia. No es que sea un fanático de lasmujeres grandes, pero tiene algo que ver con el instinto, no sé. Es imposibleno quedar asombrado por un culo así. Me acerqué por detrás casi inclinándome,tan asombrado estaba, mi verga palpitando de deseo, como un hombre sedientoante un vaso de agua helada. No un vaso, una jarra. Y una grande. La agarréfirmemente por la cintura con ambas manos y ubiqué la punta de mi verga contraella sin usar las manos.
Le di una embestida firme y la penetré con gusto. Ella dejó escapar ungemido, casi un rugido: “¡Ahhhhhhhh, porfin!”
A pesar de su tamaño, era bastante estrecha por dentro, y podía sentircómo cada centímetro de carne se abría mientras mi verga la invadía sindudarlo.
Me lancé contra ella con deleite y sin ninguna delicadeza.
Después de que nuestros cuerpos se acostumbraron, comencé a embestircon más fuerza y rapidez, mis testículos producían un sonido sordo al golpearsus nalgas. A ella le encantaba gemir y no podía contenerse.

De vez en cuando, la locura de lo que estaba haciendo, el riesgo quecorría, me venía a la mente. Estábamos en el sofá de la sala; si alguienaparecía de repente, no habría tiempo ni para esconderse ni nada. Sería seguro.Pero ni siquiera había tiempo para pensar mucho en eso, porque ella tenía elcontrol de toda la situación y me hacía perder el hilo de mis pensamientos consuma facilidad. Cuando se subió encima de mí y pude tenerla cara a cara con esastetas contra mi rostro, me sentí como en el paraíso. Rodeé su cintura con mismanos y disfruté del momento. Se contoneaba con una destreza que envidiaríacualquier actriz de cine porno, solo que era real y no en una pantalla o en lapágina de una revista. Estaba allí encima de mí, con sus gemidos y contoneosque volverían loco a cualquiera. Y me estaba castigando. Siendo tan estrecha,uno esperaría que fuera más cautelosa, pero al contrario, parecía que legustaba poner a prueba sus propios límites y se obligaba a sí misma a sentir unpoco de dolor. Sentía el sudor en su piel cuando nuestros vientres se rozaban,separándose y uniéndose, separándose a regañadientes, como cinta adhesiva. Todoen ella parecía diseñado para el sexo, aunque esos pensamientos no se me habíanocurrido en ese momento. Solo lo pensé después. En ese instante no estabafilosofando, solo estaba cogiendo. Y cogiendo mucho.

Cuando sonó el teléfono, se me heló la sangre, pero ella ni se inmutó.Estaba en altavoz, y después de unos timbres, el aparato se activó. Era sumadre disculpándose por la demora y diciendo que llegarían a casa en una hora.Fue una sensación muy extraña oír la voz de mi suegra en ese momento, más aúnsabiendo que estaba con mi novia. Y ahí estaba yo, cogiendo con mi cuñada.Ella, a diferencia de mí, ni siquiera pareció oír el mensaje. Se apoyó en mishombros y se tumbó boca arriba, con las piernas abiertas, intimidante,ordenando: “Vamos, cogeme”. Y lo hice. La cogí..
Simplemente incliné la cabeza y empujé. Entró con facilidad. Con cadaembestida, prestaba atención a sus reacciones, pero ella no estaba de humorpara sutilezas. Envolvió mis piernas alrededor de mi cintura y me atrajo haciaella, completamente abierta, sin pudor alguno. Estaba llegando a mi límite y,de vez en cuando, disminuía un poco la velocidad para contener mi orgasmo, y enesos momentos ella hacía pequeñas contracciones. Era un espectáculo ver a esamujer en acción, demostrando toda su experiencia.

Justo cuando estaba a punto de rendirme, ella demostró una vez más quesabía lo que hacía y cambió de posición, colocándose encima de mí."Tranquilo, estás por llegar. Te voy a ayudar". Controló laspenetraciones y alternó aceleraciones con pausas suaves, tiempo suficiente paraque yo retrasara mi orgasmo unos instantes más. A pesar de esto, fue difícilcontenerme, porque cuando abrí los ojos, vi todo eso encima de mí, moviéndose ypresionando justo en los lugares correctos. Mis manos se deslizaron por todo sucuerpo sudoroso y apreté los dedos con más fuerza para sujetarla. Esto laestimuló y me pidió que la agarrara con más fuerza.
Prácticamente le suplicaba que me dejara llegar rápido porque el deseoera más fuerte que yo, pero cuando estaba "a punto ", ella sedetenía, dándome unos instantes más de resistencia en esta tortura invertida.Empezó a llegar al orgasmo por segunda vez sin que me diera cuenta, tanconcentrado estaba yo en contener el mío. Parecía una gatita lamentándose, conun maullido fino y prolongado, mientras intentaba absorber la mayor cantidadposible de mi carne dura dentro de ella. Y se retorcía con una sensualidad quenunca antes había visto. Cuando llegó al orgasmo, actuó como si yo no estuvieraallí, como si no existiera. El orgasmo terminó y sus movimientos se volvieronmás cortos y lentos, como una locomotora llegando a la estación, lista paradescansar.

Se bajó de mí, como dormida, en cámara lenta, con una expresióncansada en el rostro. Se recogió el pelo y se arrodilló frente a mí.
"Es hora de que te desahogues, pobrecito. En mi cara, justo comome gusta." Habló mientras masajeaba mis testículos con sus suaves manos,mirándome fijamente a los ojos. Besando mi ingle y pasando su lengua de un ladoa otro, con lujuria. Mi libido estaba en su punto máximo, tenía tanta prisa poreyacular, que intenté saborear el momento lo máximo posible y comencé unamasturbación lenta, casi sin presión, en un intento de retrasarla. Pero cuandobesó mis testículos, sentí que comenzaba una reacción en cadena y mis musloshormigueaban, el deseo subía por mis muslos y bajaba por mi estómago al mismotiempo, en una carrera que duró solo unos segundos, pero a un ritmo diferente,hasta que las dos partes se encontraron y chocaron en el centro de mi cuerpo,disparando chorros desde mis testículos hasta la cabeza de mi verga y luego,directamente sobre su cara.
Espesas gotas blancas caían sobre su piel sudorosa, deslizándose porsu mentón y su cuello, deteniéndose aquí y allá entre sus tetas y sobre ellas.
Me apretó los testículos como si quisiera sacarme más, pero yo estabacompletamente acabado, derrotado, exhausto, exactamente como quería estar.

Unos días después, su marido vino a recogerla. Como sospechaba lafamilia, habían discutido, y esa era la única razón por la que ella habíavenido de visita. Aparentemente, él se había rendido y pensó que sería más ventajosoperder los estribos él que su esposa. Nunca le pregunté a Vidiane cuál habíasido el motivo de la discusión, pero independientemente de quién tuviera laculpa, no sé qué habría hecho yo en su lugar. Como dicen, cada quien sabe dóndele aprieta el zapato y cuándo quitárselo. Se despidió de la familia, diciendoque pronto los visitaría más a menudo, y todos se alegraron. Yo estaba en elbalcón con Vidiane, en el mismo lugar donde la vimos cuando llegó y medespreció la primera vez. Cuando pasó junto a nosotros, abrazó a su hermana yme presentó a su marido: “Este es el pobre novio de Vidi”. Pero a diferencia deaquel primer día, esta vez le devolví la sonrisa de alguien que no se inmutó. “Note preocupes, es así, pero en el fondo es buena persona. Le gusta llamar laatención”, dije. “Lo sé, creo que a ella realmente le gusta llamar la atención,pero no es tan aburrida como parece”, respondió Vidiane.
Confieso que a veces me enfadaba mucho, pero así es la familia. Sobretodo porque cuando sus padres metían la pata, ella siempre era la que loestropeaba todo. Cuando insistía mucho, lo máximo que conseguía era que medejara tocarla un ratito. En ocasiones especiales, me dejaba meter la manodebajo de su camiseta y me volvía loco, tocando sus tetas grandes y suaves.Luego llegaba a casa y terminaba yo solo. Cuando llevaba un escote pronunciadoo pantalones ajustados, estaba a punto de perder la cabeza. Decía que aún noera el momento, que debía esperar el momento adecuado y todo eso. Había días enque quería rendirme, pero luego lo pensaba mejor y cambiaba de opinión. Y asíseguimos. Decía que cuando dejara de insistir, lo conseguiría. ¡Quién lo diría!

Fue solo después de dos años de noviazgo que tuvimos sexo por primeravez. Era la fiesta de cumpleaños de su abuela en una casa de campo, y logramosescaparnos al invernadero, que estaba un poco más lejos. Era la primera vez queusaba una minifalda, y eso me descolocó por completo. No lo habíamos planeado;simplemente sucedió. Tuvimos una especie de tensión velada entre nosotros en losdías previos. Nuestras caricias se volvían cada vez más intensas. Esa fiestasimplemente nos brindó la oportunidad. Primero, nos quedamos un rato en eljardín, charlando cerca de otras personas, y poco a poco nos alejamos, paseandotranquilamente hacia el invernadero. Con cada paso, mi corazón se acelerabahasta el punto de que me temblaban las piernas. Ella, en cambio, estabacompletamente tranquila, y ese control no inspiraba ninguna confianza. Inclusoanticipé que lo máximo que conseguiría serían unos cuantos besos más, pero aunasí, valió la pena, y en lugar de sentirme derrotado de antemano, decidísimplemente disfrutar del momento y ver hasta dónde podíamos llegar.
El simple hecho de besarla en la oscuridad, lejos de su familia y conesa minifalda puesta, hizo que valiera la pena pasar la noche.

Después de permanecer quietos en la oscuridad un rato, paraasegurarnos de que nadie hubiera notado nuestra escapada, comenzamos aintercambiar caricias. Luego, la apoyé contra un mostrador de madera y me arrodilléfrente a ella. Hasta entonces había permanecido en silencio, tratandovisiblemente de controlarse, pero cuando le levanté la falda y aparté subombacha, dejó escapar un largo y prolongado gemido. Sentí su humedad en milengua por primera vez. Ya estaba completamente mojada incluso antes de quecomenzara a succionar. Su concha olía tan bien y era tan suave que quisemorderla, pero en cambio, la apreté con mis labios. Después de unos minutos, mesujetó la cabeza con ambas manos y me acarició el pelo. No tenía experienciapráctica, pero había visto muchas películas. Había ensayado ese momento cientosde veces y sabía exactamente qué debía hacer para impresionarla. Mi aparenteconfianza la desinhibió y dejó de lado sus habituales negaciones e inhibiciones.Le sujeté la pierna y ella la levantó lentamente para facilitarme la succión.En el fondo esperaba más resistencia, y cuando se abrió tan fácilmente, todocambió. Podía oír la música que sonaba arriba y, de vez en cuando, algunasrisas más fuertes. Después de los momentos iniciales de pasividad, simplementedejándose chupar, no pudo resistirse y comenzó a participar más activamente. Eldiscreto movimiento del principio se convirtió en movimientos traviesos y biencolocados, abriendo su concha justo lo necesario para que mi lengua explorarapor completo esa zona donde rara vez me había permitido un simple roce sobre subombacha. Podía sentir su creciente excitación por el sabor y la cantidad delubricación que llenaba mi boca y goteaba por mi mentón. En momentos así, unopierde la noción del tiempo, pero debí de pasar una buena media hora. Sabía quecuanto más me concentrara en el sexo oral, más fácil y placentero sería lapenetración después, así que no me contuve. La chupé deliciosa y lentamente.

Después de que se rindiera por completo, busqué un lugar dondefinalmente pudiera consumar el acto. Todo el tiempo actué como si tuviera elcontrol total de la situación, pero por dentro estaba a punto de estallar.
Encontré unas lonas viejas y las extendí en el suelo de atrás, dondenadie podía vernos, incluso si entraban de repente. Ella se quedó allí, sinsaber qué hacer, esperando a que yo diera el primer paso. Me tumbé boca arribay saqué mi verga de mis pantalones. Ya habíamos tenido algunas sesiones de besosmás íntimas y habíamos explorado un poco con nuestras manos y dedos, pero erala primera vez que me veía así, con mi verga erecta completamente expuesta.Tomé su mano y la coloqué sobre mí. Ella se sentó lentamente y estaba tanexcitada que casi goteaba. Cuando su vagina hizo contacto por primera vez conla cabeza de mi verga, un escalofrío me paralizó y cerré los ojos, sintiendo laelectricidad recorrer mi ingle. Todos mis sentidos estaban concentrados en esapenetración tan esperada.
Todo mi cuerpo estaba concentrado en la cabeza de mi verga.
Cuando sentí la presión de su piel contra la mía, apreté los dientes ycontuve la respiración. Para mí, nada más en el mundo existía aparte de esecontacto entre nuestras carnes más íntimas.

Tras los primeros minutos de éxtasis, recuperé el control. Abrí losojos y pude apreciar, con un poco más de sobriedad, la imagen de ella subiendoy bajando sobre mi verga, de espaldas a mí. Le levanté la falda y se leenganchó en la cintura. Era una visión del paraíso. Mucho mejor que cualquierpelícula que hubiera visto. No nos dijimos nada, solo dejamos escapar algunosgemidos más intensos e inevitables. En parte por miedo a llamar la atención yen parte porque realmente no había nada que decir. Era su primera vez y, como imaginaba,esa posición le permitía controlar la penetración, además de ser extremadamenteplacentero ver cómo lo manejaba. A veces intentaba la penetración completa,dejando que su peso corporal impulsara el empuje, pero casi inmediatamentevolvía a subir y se quedaba en el territorio seguro de solo la mitad del pene.Para mí, incluso era una ventaja porque cada vez que intentaba la penetracióncompleta, sentía que el orgasmo se acercaba. Me concentré lo más posible pararetrasarlo, pero era cada vez más difícil. Aún más cuando tocaba su suave culo.Fue un tira y afloja, y sabía que no había forma de evitarlo. Lo único quepodía hacer era intentar prolongarlo lo máximo posible. Pero entonces, ellagiró hacia mí, y eso fue mi perdición. Poder penetrarla mientras nos besábamosera más de lo que podía soportar, y sentí un temblor formándose en mi ingle yextendiéndose a mi estómago y muslos. Solo tuve tiempo de sacar mi verga deella, ya que no teníamos preservativo, y chorros de semen caliente salpicaronsus muslos y corrieron hasta los míos. Eyaculé en explosiones incontrolables eintensas mientras ahogaba mis gemidos entre sus tetas. Nuestra primera vez fuememorable, y hoy me doy cuenta de lo mucho que la valoró el hecho de que lahubiera pospuesto tantas veces antes.

Al día siguiente fui a su casa después del trabajo. No era muy comúnque la visitara un lunes, pero estaba tan contento por el fin de semana queapenas podía contenerme.
Su madre debió notar algo diferente entre nosotras, pero guardósilencio. Estábamos hablando a solas en el porche, ya que aún era de día yhacía tiempo que su madre no nos regañaba tanto. Un taxi se detuvo frente a lapuerta y, mientras esperábamos a su ocupante, oímos a su madre gritar desdedentro de la casa.
“¡Vivián!”
Fue su hermana quien apareció de visita sorpresa. Solo la conocía porfotos, porque como se había casado tiempo antes de que yo empezara a salir conVidiane, nunca había venido a visitar a la familia. Era una mujer curvilínea yhermosa, del tipo que atrae todas las miradas, y tenía un porte imponente, con unaire de mandona acostumbrada a que la obedecieran en todo. Después de abrazar asu hermana y a su madre, se volvió hacia mí y dijo sin dudarlo:
“Traé mis maletas del taxi y te daré una propina”.
Me quedé sin palabras, al igual que Vidiane. Su madre intentó aclararlas cosas, diciendo que yo era el novio de su hermana. En lugar de disculparsepor el malentendido, simplemente dijo:
“¿Tu novio, Vidi? ¡Dios mío! Creía que era el jardinero”. Fue un rechazomutuo a primera vista. Nos miramos fijamente y ella entró en la casa del brazode su hermana y su madre, sin prestarme más atención.
En ese momento me di cuenta de lo mucho que esto podría afectar mirelación con Vidiane. La llegada inesperada de su hermana acabaría porcomplicarlo todo. Era la antítesis de mi novia. Nunca pedía permiso ni sedoblegaba ante nada, y, curiosamente, el trato que recibía de sus padrestambién era diferente.
Mantenían a mi novia bajo estricta vigilancia, y ella se comportaba deforma obediente y recatada, pero su hermana actuaba con total independencia ylibertad, y sus padres no hacían nada. Al parecer, ella se impuso desde muyjoven y no aceptó la misma represión por parte de sus padres.

Con Vivian en casa, las cosas cambiaron. Creo que mi suegra se sentíaincómoda controlando a Vidiane, lo que hacía que la diferencia en el tratofuera aún más evidente. Como resultado, ya no nos vigilaba de la misma manera.Pudimos sentirnos más cómodos, y eso era todo lo que podía desear después denuestra primera vez. Vidiane se mostraba más abierta con mis caricias e inclusoinsinuaba juegos eróticos cuando estábamos a solas. Hablamos de lo que habíasucedido en la granja, y me dijo que en cuanto surgiera la oportunidad,podríamos repetirlo. Empezó a usar ropa escotada con más frecuencia y a vecesse inclinaba hacia mí, solo para ver mi reacción y sonreír. Cuando nosabrazábamos, ella se pegaba a mi cuerpo y yo la apretaba por la cintura. Esarepentina libertad era todo lo que podíamos desear.
Pero entonces me di cuenta de que cada vez que nos poníamos un poco másíntimos, aparecía mi cuñada. En el momento álgido de la fiesta, siempreencontraba la manera de interrumpir, y para irritarme aún más, me decía:"¿Te estás divirtiendo con tu pobre chico, Vidi?".
Estaba furioso con esa costumbre que había adquirido. Me llamaba"pobrecito" con un tono que me daban ganas de estrangularla. Se diocuenta de lo mucho que me molestaba y se aseguraba de repetirlo tantas vecescomo fuera posible. Tragaba saliva con dificultad y decía: "¡Mierda! ¡Tuhermana es una verdadera pesada con esa costumbre de aparecer siempre quesalimos! ¡Parece que lo hace a propósito!". Vidiane intentaba calmar lascosas: "No te preocupes, siempre es así. Le gusta molestar a lagente".

Le encantaba molestarme, pero me di cuenta de que era algo más. Legustaba llamar la atención, y creo que nuestro desagrado le servía de estímulo.Cuanto más intentaba ignorarla, más motivos encontraba para perturbar mi paz.Cada vez que me enfurecía al oír que me llamaba "pobrecito", no podíaevitar esbozar una sonrisa cínica de satisfacción. Hubo momentos en que inclusopensé en vengarme, pero nunca se me dio bien la agresión verbal. Siempreresolvía mis diferencias a golpes, pero nunca le hubiera pegado a una mujer, ymenos a mi cuñada. Así que me mantenía al margen y me alejaba cada vez queempezaba a provocarme.
Pero esa táctica no funcionó por mucho tiempo. Creo que una semanadespués de su llegada, empezó a comportarse de forma diferente. Seguíallamándome pobrecito y mirándome con aire de superioridad y altivez. Tambiéninterrumpía constantemente mis momentos con Vidiane, y pronto me di cuenta deque lo hacía a propósito, pero más allá de eso, empezó a coquetear conmigo. Yasabía que le gustaba llamar la atención, pero no era solo eso. Una tarde fui acasa de Vidiane antes de ir a la universidad, como se estaba volviendo cada vezmás común últimamente, pero ella no estaba. Había salido con su madre a haceralgunas compras, y su padre aún no había vuelto del trabajo. Vivian abrió lapuerta y me dijo que pasara con esa mirada altiva que siempre tenía.
“Vidiane no está acá, pobrecita. Pero si querés, podés quedarte aesperarla; tal vez no se retrase por mucho tiempo”.
Mientras estaba sentado en el sofá de la sala, hojeando un libro detexto, ella se sentó en una silla frente a mí. Me miró sin decir nada, comoesperando alguna reacción de mi parte. La miré un par de veces y hundí la caraen el libro, queriendo evitar cualquier provocación por su parte, pero entoncesno pude evitar notar que se le veía la bombacha. Y ella se dio cuenta de que lohabía notado. Su sonrisa me desconcertó. Nos miramos así un rato, sin decirnada. Se movió de tal manera que el tirante de su blusa se bajó ligeramente,dejando al descubierto aún más su ya considerable escote.

Sin saber qué hacer ni qué decir, me quedé mirándola mientras ella, adiferencia de mí, parecía saber perfectamente lo que hacía. Y para provocarmeaún más, me preguntó: "¿Todo bien, pobrecito? ¿Algún problema?"."No, ningún problema, en absoluto", respondí. Entonces cruzó laspiernas muy despacio, de forma que pude ver claramente su bombacha. Se dirigióa la puerta y me dijo que me fuera. "Creo que mi hermana tardará más de loque pensaba. Será mejor que vuelvas otro día".
Atónito, agarré mis cosas y me marché inmediatamente. Estaba tanacostumbrado a sus insultos que no supe cómo reaccionar ante la situación.
Hasta entonces, creía que me despreciaba. Es más, pensaba que yotambién la odiaba, pero mi erección me confundía.
Desde ese día, las insinuaciones aumentaron, hasta el punto de que undía, mientras esperaba a que Vidiane terminara de arreglarse, me la encontrécaminando por el pasillo, vestida solo con un camisón transparente. No llevabaropa interior, y casi se me sale el corazón del pecho. Ella, como siempre,actuó con la mayor naturalidad, como si estuviera vestida de gala.
“No sabía que estabas ahí, pobrecito. Últimamente estás apareciendo mucho,¿eh? Vidiane debería bajar en un rato”, dijo.
"Lo sé, la estoy esperando", respondí.
Me quedé mirándola fijamente, babeando y apenas pudiendo disimularlo,hasta que oímos la ducha se estaba apagando.
“Que tengan una buena relación, ustedes dos”.
Ella me miró con desdén y subió las escaleras hacia el dormitorio. Enese momento, ni siquiera pensé en lo extraño que era que estuviera vestida asícuando aún no era de noche. Aún más inquietante fue la naturalidad con la quese quedó parada frente a mí, con ese camisón y sin bombacha, mientras suhermana se duchaba arriba.

Su movimiento final tuvo lugar al día siguiente. Poco después de lasonce de la mañana, apareció en el taller conduciendo el coche de su padre,diciendo que tenía problemas con los frenos. Jamás imaginé que pondría un pieen mi lugar de trabajo, y mucho menos vestida así. Los demás empleados sedetuvieron a mirarla de inmediato, aunque nadie dijo nada, porque mi padre eramuy estricto con el servicio al cliente, no permitía ningún tipo de comentario,y quien quisiera conservar su trabajo obedecía. Pero ella era audaz. Mientrasyo revisaba los frenos del coche, ella iba de un lado a otro, pasando entre losmecánicos y otros clientes, en su mayoría hombres. Iba perfumada, como siacabara de ducharse. El vestido no era más que un simple trozo de tela, comosolía decir mi padre.
Tumbado donde estaba, la observé mientras deleitaba a todos con supresencia. Después de burlarse mucho se acercó al coche, abrió la puerta justoal lado de donde yo estaba trabajando y se agachó para recoger algo. Su vestidoapenas la cubría, y con esa inclinación, dejó al descubierto todo lo que todosquerían ver. Oí el ruido de una caja de herramientas cayendo pesadamente alsuelo y algunos improperios más fuertes, pero luego, silencio absoluto.
Desde donde yo estaba, pude ver con detalle la diminuta bombachablanca sobre ese maravilloso culo. Y ella se movía lentamente, como siestuviera en una habitación vacía, aunque era evidente que sabía perfectamenteque todos la observaban.
Se agachó a mi lado y me preguntó si había encontrado el problema. Lerespondí que los frenos estaban bien, pero que podía revisarlos más a fondo siquería bajarse del coche.
“No, no pasa nada. Te creo. Debió de ser solo mi imaginación”.
Tomó una tarjeta de presentación del taller mecánico, diciendo quenunca se sabe cuándo se puede necesitar llamar a un mecánico, luego se subió asu coche y se marchó sin siquiera preguntar cuánto costaría el servicio,aunque, por supuesto, yo no le iba a cobrar nada.

Aproximadamente media hora antes de salir del trabajo, mi padre seacercó a mí con una mirada de desaprobación, trayéndome el teléfono.
"Es la loca de tu cuñada. ¡Tené cuidado en dónde te metés!".Contesté el teléfono intentando parecer indiferente, aunque no tenía nada denatural que me llamara al trabajo, y lo que dijo me enfadó aún más.
«Pasá por mi casa cuando salgas de ese desguace, pobrecito. Y al menossacate la grasa de las uñas». Colgó el teléfono sin decir nada más, comosiempre. ¿Qué más podía hacer? Media hora después, toqué el timbre, sin sabermuy bien qué esperar, pero con recelo. Ni siquiera se molestó en abrir; me dijoque entrara y cerrara la puerta. Estaba recostada en el sofá del salón, con laspiernas abiertas en una postura provocativa, manteniendo su pose altiva.Llevaba solo sandalias abiertas y un vestido oscuro que contrastaba fuertementecon su piel blanca. El vestido estaba subido hasta la cintura. Sin bombacha.Miré entre sus piernas y luego rápidamente levanté la vista hacia lasescaleras. «No hay nadie arriba, pobrecito. Vidiane y mi mamá salieron y novolverán hasta la noche».
Era imposible no excitarse en una situación así, aunque una parte demí se estaba recriminando. Nunca le había sido infiel a mi novia, ¿y tenía quepasar con su hermana? ¿En su casa?

“¿Tengo que ser más directa para que lo entiendas, pobrecito?”, dijocon fingida irritación ante mi vacilación. Respiré hondo y dejé de lado mipudor. Aunque sabía que esta mujer era problemática y que todo esto podíaacabar muy mal, no pude resistirme. Llevaba tiempo rondando mis pensamientos, yeste momento era la culminación de todo. Así que me senté a su lado en el sofáy empecé a acariciarla suavemente. Cuando llegué a la entrada de su vagina yempujé, continué el movimiento, y la besé, sosteniendo su rostro con ambasmanos. Abrió las piernas y llevó mi mano a su vagina, diciendo que no buscabaromance. Y realmente, esa mujer no lo buscaba. Empecé a acariciarla desdearriba, ella tomó mi dedo y lo guió hacia una parte. «Así, así es como lo quiero».Solo tenía que hacer el trabajo de darle penetraciones profundas y firmes conlos dedos. Siempre había querido hacer esto, y ahora lo estaba haciendo con micuñada. La diferencia en su cuerpo era muy notoria. Era más robusta, máspesada, y eso me excitaba. Solo entonces me di cuenta de cuánto me atraía. Enun instante, toda la ira e irritación que me causaba se transformaron en unaexcitación incontrolable. Se entregó por completo, ofreciéndose de una maneraque no podía imaginar que fuera capaz de hacer, y todo mi cuerpo reaccionó alos estímulos. Su lengua en mi boca era incluso más traviesa que mis dedos, ehizo cosas que me hicieron perder el control. Mi impulso era abalanzarme deinmediato. Ni siquiera parecía el mismo tipo preocupado por demostrar experienciade días antes. En ese momento, ella tenía el control. Prácticamente seguí susórdenes.

Para alguien que había pasado tanto tiempo sin sexo, esos días fueronuna sobredosis, aunque de una forma muy inesperada. Vivian era una mujer muchomás experimentada que su hermana y con una personalidad más dominante. Cuandoabrí los ojos, ya estaba arrodillado entre sus piernas, succionando con deleitemientras ella gemía fuerte y prolongadamente, como si no lo hubiera hecho enmucho tiempo. No sé qué había pasado entre ella y su marido en los días previosa esa visita, pero él sin duda estaba en deuda con su esposa. Y tratándose deuna mujer con una personalidad tan dominante, no debió ser tarea fácilprácticamente enterrar mi cara en su concha, untando mi lubricación, mibarbilla deslizándose sobre sus labios. Podía alcanzar cada rincón, embriagadopor su deseo. Incluso recostada en esa posición, aún podía moverme y tragar;casi podía sumergirme dentro de ella, aunque no hubiera espacio, debido a sudeseo. No tardó en apretarme la cabeza con más fuerza, casi dejándome sinaliento por lo profundo que estaba dentro de su concha, y entonces empecé asentir los músculos de su vagina contrayéndose en la punta de mi lengua. Estaballegando en mi boca. Yo casi eyaculo también, incluso sin tocarme la verga.Puedo decir que pocas cosas en la vida son tan intensas y placenteras como unamujer llegando al orgasmo mientras le comer la concha. Me agarró la cabeza yabrió las piernas de par en par, moviendo las caderas de manera endemoniada,como esperando que metiera otra cosa ahí además de mi lengua.

Tras esperar demasiado, me hizo ponerme de pie frente a ella y me bajólos pantalones con total seguridad. «Veamos si mi hermanita sabe elegir bien»,comentó, mirando mi erección que sobresalía como una goma elástica a punto desoltarse de su incómoda posición.
No era de muchas palabras, sino de mucha acción. Me agarró la vergapor la punta y me lamió debajo de los testículos, directo al grano, y casi mecaigo de rodillas. Era una mujer excepcional; se notaba que estaba muymotivada. Cerró la boca alrededor de la cabeza y yo cerré los ojos. El interiorde sus labios masajeó mi verga lenta pero firmemente de una manera que no puedoexplicar del todo. A decir verdad, esa fue la primera vez que recibí una mamada.
Y para ser aún más sincero, jamás recibí una tan deliciosa en mi vida.Es cierto que el momento intensificó enormemente las sensaciones —la picardíasuele tener ese efecto—, pero no fue solo eso. Era una verdadera maestra con laboca. De vez en cuando, bajaba la mirada y veía cómo esos labios que antes meirritaban con insultos me engullían la verga. Pero ahora, simplemente me volvíaloco.
El movimiento ondulante y sinuoso de su largo cabello negro realzó laescena y me hizo imaginar que tal vez no estaba sucediendo de verdad, pero solopor un momento, porque poco después, su lengua me devolvió a la realidad, y enese momento, la realidad fue mejor que cualquier fantasía que hubiera creadoantes, por muy perversa que pudiera haber sido.

Cuando empecé a retorcerme y gemir sin aliento, ella se subió al sofáy se puso a cuatro patas. Esta posición hizo que su culo pareciera aún másgrande. Yo, que estaba tan acostumbrado a ver la figura más modesta de minovia, me quedé asombrado por tal abundancia. No es que sea un fanático de lasmujeres grandes, pero tiene algo que ver con el instinto, no sé. Es imposibleno quedar asombrado por un culo así. Me acerqué por detrás casi inclinándome,tan asombrado estaba, mi verga palpitando de deseo, como un hombre sedientoante un vaso de agua helada. No un vaso, una jarra. Y una grande. La agarréfirmemente por la cintura con ambas manos y ubiqué la punta de mi verga contraella sin usar las manos.
Le di una embestida firme y la penetré con gusto. Ella dejó escapar ungemido, casi un rugido: “¡Ahhhhhhhh, porfin!”
A pesar de su tamaño, era bastante estrecha por dentro, y podía sentircómo cada centímetro de carne se abría mientras mi verga la invadía sindudarlo.
Me lancé contra ella con deleite y sin ninguna delicadeza.
Después de que nuestros cuerpos se acostumbraron, comencé a embestircon más fuerza y rapidez, mis testículos producían un sonido sordo al golpearsus nalgas. A ella le encantaba gemir y no podía contenerse.

De vez en cuando, la locura de lo que estaba haciendo, el riesgo quecorría, me venía a la mente. Estábamos en el sofá de la sala; si alguienaparecía de repente, no habría tiempo ni para esconderse ni nada. Sería seguro.Pero ni siquiera había tiempo para pensar mucho en eso, porque ella tenía elcontrol de toda la situación y me hacía perder el hilo de mis pensamientos consuma facilidad. Cuando se subió encima de mí y pude tenerla cara a cara con esastetas contra mi rostro, me sentí como en el paraíso. Rodeé su cintura con mismanos y disfruté del momento. Se contoneaba con una destreza que envidiaríacualquier actriz de cine porno, solo que era real y no en una pantalla o en lapágina de una revista. Estaba allí encima de mí, con sus gemidos y contoneosque volverían loco a cualquiera. Y me estaba castigando. Siendo tan estrecha,uno esperaría que fuera más cautelosa, pero al contrario, parecía que legustaba poner a prueba sus propios límites y se obligaba a sí misma a sentir unpoco de dolor. Sentía el sudor en su piel cuando nuestros vientres se rozaban,separándose y uniéndose, separándose a regañadientes, como cinta adhesiva. Todoen ella parecía diseñado para el sexo, aunque esos pensamientos no se me habíanocurrido en ese momento. Solo lo pensé después. En ese instante no estabafilosofando, solo estaba cogiendo. Y cogiendo mucho.

Cuando sonó el teléfono, se me heló la sangre, pero ella ni se inmutó.Estaba en altavoz, y después de unos timbres, el aparato se activó. Era sumadre disculpándose por la demora y diciendo que llegarían a casa en una hora.Fue una sensación muy extraña oír la voz de mi suegra en ese momento, más aúnsabiendo que estaba con mi novia. Y ahí estaba yo, cogiendo con mi cuñada.Ella, a diferencia de mí, ni siquiera pareció oír el mensaje. Se apoyó en mishombros y se tumbó boca arriba, con las piernas abiertas, intimidante,ordenando: “Vamos, cogeme”. Y lo hice. La cogí..
Simplemente incliné la cabeza y empujé. Entró con facilidad. Con cadaembestida, prestaba atención a sus reacciones, pero ella no estaba de humorpara sutilezas. Envolvió mis piernas alrededor de mi cintura y me atrajo haciaella, completamente abierta, sin pudor alguno. Estaba llegando a mi límite y,de vez en cuando, disminuía un poco la velocidad para contener mi orgasmo, y enesos momentos ella hacía pequeñas contracciones. Era un espectáculo ver a esamujer en acción, demostrando toda su experiencia.

Justo cuando estaba a punto de rendirme, ella demostró una vez más quesabía lo que hacía y cambió de posición, colocándose encima de mí."Tranquilo, estás por llegar. Te voy a ayudar". Controló laspenetraciones y alternó aceleraciones con pausas suaves, tiempo suficiente paraque yo retrasara mi orgasmo unos instantes más. A pesar de esto, fue difícilcontenerme, porque cuando abrí los ojos, vi todo eso encima de mí, moviéndose ypresionando justo en los lugares correctos. Mis manos se deslizaron por todo sucuerpo sudoroso y apreté los dedos con más fuerza para sujetarla. Esto laestimuló y me pidió que la agarrara con más fuerza.
Prácticamente le suplicaba que me dejara llegar rápido porque el deseoera más fuerte que yo, pero cuando estaba "a punto ", ella sedetenía, dándome unos instantes más de resistencia en esta tortura invertida.Empezó a llegar al orgasmo por segunda vez sin que me diera cuenta, tanconcentrado estaba yo en contener el mío. Parecía una gatita lamentándose, conun maullido fino y prolongado, mientras intentaba absorber la mayor cantidadposible de mi carne dura dentro de ella. Y se retorcía con una sensualidad quenunca antes había visto. Cuando llegó al orgasmo, actuó como si yo no estuvieraallí, como si no existiera. El orgasmo terminó y sus movimientos se volvieronmás cortos y lentos, como una locomotora llegando a la estación, lista paradescansar.

Se bajó de mí, como dormida, en cámara lenta, con una expresióncansada en el rostro. Se recogió el pelo y se arrodilló frente a mí.
"Es hora de que te desahogues, pobrecito. En mi cara, justo comome gusta." Habló mientras masajeaba mis testículos con sus suaves manos,mirándome fijamente a los ojos. Besando mi ingle y pasando su lengua de un ladoa otro, con lujuria. Mi libido estaba en su punto máximo, tenía tanta prisa poreyacular, que intenté saborear el momento lo máximo posible y comencé unamasturbación lenta, casi sin presión, en un intento de retrasarla. Pero cuandobesó mis testículos, sentí que comenzaba una reacción en cadena y mis musloshormigueaban, el deseo subía por mis muslos y bajaba por mi estómago al mismotiempo, en una carrera que duró solo unos segundos, pero a un ritmo diferente,hasta que las dos partes se encontraron y chocaron en el centro de mi cuerpo,disparando chorros desde mis testículos hasta la cabeza de mi verga y luego,directamente sobre su cara.
Espesas gotas blancas caían sobre su piel sudorosa, deslizándose porsu mentón y su cuello, deteniéndose aquí y allá entre sus tetas y sobre ellas.
Me apretó los testículos como si quisiera sacarme más, pero yo estabacompletamente acabado, derrotado, exhausto, exactamente como quería estar.

Unos días después, su marido vino a recogerla. Como sospechaba lafamilia, habían discutido, y esa era la única razón por la que ella habíavenido de visita. Aparentemente, él se había rendido y pensó que sería más ventajosoperder los estribos él que su esposa. Nunca le pregunté a Vidiane cuál habíasido el motivo de la discusión, pero independientemente de quién tuviera laculpa, no sé qué habría hecho yo en su lugar. Como dicen, cada quien sabe dóndele aprieta el zapato y cuándo quitárselo. Se despidió de la familia, diciendoque pronto los visitaría más a menudo, y todos se alegraron. Yo estaba en elbalcón con Vidiane, en el mismo lugar donde la vimos cuando llegó y medespreció la primera vez. Cuando pasó junto a nosotros, abrazó a su hermana yme presentó a su marido: “Este es el pobre novio de Vidi”. Pero a diferencia deaquel primer día, esta vez le devolví la sonrisa de alguien que no se inmutó. “Note preocupes, es así, pero en el fondo es buena persona. Le gusta llamar laatención”, dije. “Lo sé, creo que a ella realmente le gusta llamar la atención,pero no es tan aburrida como parece”, respondió Vidiane.
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