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Compendio III
45: DESEMPEÑO DE PERSONAL
(Estimado lector: lamento el retraso en escribir, pero mayo se ha mantenido bien movido, así que intentaré mantenerlos al día.)
Para los primeros días de mayo, todos estaban particularmente tensos con las evaluaciones de desempeño, ya que nuestro nuevo CEO interino, Reginald, es mucho más estricto que Edith, nuestra verdadera CEO, que se encuentra de reposo por problemas médicos.
Aun así, yo no estaba muy preocupado. En los últimos años, mi desempeño ha sido excelente (si puedo decirlo yo mismo) manejando sitios mineros en el territorio australiano con una precisión que hace que los informes de inactividad parezcan falsos. Pero los reajustes corporativos tienen una manera de convertir incluso a los hombres más seguros en nerviosos pasantes. La llegada de Reginald había transformado la oficina en algo entre una academia militar y una escuela preparatoria particularmente estricta, completa con inspecciones sorpresa de escritorios y registros de productividad obligatorios.
Sin embargo, debido a los cambios introducidos en la nueva directiva, mis oportunidades de reunirme con mis amigas con derechos se han reducido drásticamente y eso empezaba a notarse. Maddie, en particular, no dejaba de lanzarme miradas durante nuestras reuniones semanales de la junta directiva, miradas que se prolongaban un poco más, acompañadas de una leve curvatura de sus labios brillantes cada vez que Reginald no miraba.

Su pie rozaba el mío bajo la mesa de reuniones, una provocación silenciosa que me secaba la garganta. Era absurdo, la verdad. Ahí estábamos, profesionales maduros en un entorno corporativo de alto riesgo, comportándonos como adolescentes que se tocan a escondidas en la parte de atrás de un aula.
Entonces, durante la primera reunión del mes, Maddie entregó nuestras evaluaciones de desempeño en carpetas, como una maestra repartiendo calificaciones. Sin embargo, en lugar de recibir una sola carpeta manila, a mí me dieron dos. Justo cuando iba a abrir una, Maddie me detuvo.
• ¡Léelo en privado! - susurró Maddie, su aliento cálido rozando mi oído al inclinarse.

Su blusa se abrió lo suficiente para revelar el borde de encaje de su sostén, el contorno de sus pechos presionando la tela como si rogaran por liberarse. Se demoró un poquito más de lo normal, sus dedos rozando los míos al alejarse, dejando el peso de la segunda carpeta en mis manos.
Me puse duro al instante, su sonrisa traviesa confirmando que mis pensamientos más sucios eran correctos. La reunión se arrastró como una marcha de infantería eterna: Reginald monologando sobre proyecciones trimestrales mientras Maddie cruzaba y descruzaba las piernas, el susurro del nailon tentándome bajo la mesa. Cuando la reunión finalmente terminó, ella se quedó el tiempo justo para deslizar un dedo por mi antebrazo, sus labios curvándose en una sonrisa que prometía cosas que ningún manual corporativo aprobaría.
Casi troté hacia mi oficina, el peso de esa segunda carpeta ardiendo en mi agarre como contrabando. El clic de la puerta bloqueándose sonó más fuerte de lo habitual (o quizás, era solo mi pulso martilleando en mis oídos). La primera carpeta era el típico papeleo corporativo: métricas trimestrales, una evaluación brillante de mi gestión de sitios, la firma rígida de Reginald al final. La decepción se enroscó en mi estómago hasta que volteé la última página. Un Post-it con la letra ondulada de Maddie:
¡Paciencia! La evaluación real está en la otra.
Abrí la otra carpeta y mi respiración se cortó. La segunda carpeta contenía una sola hoja: papel grueso y costoso con el logotipo grabado de la empresa. El texto era breve, escrito en Helvetica nítida:
"Adenda de Evaluación de Desempeño: Revisión de Cumplimiento Físico. Sujeto: Marco, Gerente Regional de Operaciones de Equipos Mineros. Evaluadora: Madeleine, Directora de RRHH."
El encabezado era corporativamente limpio (misma fuente, mismos márgenes), excepto por esas dos palabras en negrita: Revisión de Cumplimiento Físico. Debajo, donde debería estar la fecha, alguien (Maddie, obviamente) había garabateado REDACTADO en cursiva, como si estuviera archivando un documento clasificado de la CIA en lugar de papeleo de RRHH. Un Post-it pegado en la esquina, su letra prácticamente guiñándome:
"Para mi conciencia y orgullo profesional."
Resoplé. Conciencia, mis nalgas.
ÍTEM I: ATRACCIÓN FÍSICA (Cinco estrellas)
Presenta un encanto latino natural. Su destreza en la cama está confirmada por el tamaño y grosor de su pene, que ha dejado adolorida a la evaluadora en su vagina, boca, pechos y trasero en múltiples ocasiones. Además, el empleado tiene ojos profundos y oscuros que hacen que la evaluadora moje sus bragas cada vez que está cerca, su vagina temblando por su liberación dentro de ella. Es talentoso, capaz de participar en sexo apasionado, así como en encuentros obscenos y traviesos, lo que generalmente deja a la evaluadora satisfecha.

ÍTEM II: RESISTENCIA Y AGUANTE (Cinco estrellas)
Supera expectativas. Puede realizar la tarea una y otra vez durante horas, haciendo que la evaluadora alcance el clímax varias veces. Además, el largo de su enorme pene se acomoda perfectamente en el útero de la evaluadora, permitiéndole acabar repetidamente mientras él sigue empujando profundamente dentro de ella. Mantiene un ritmo constante sin "fatiga operacional". Durante actividades extracurriculares, se recomienda protocolo de hidratación postcoital.

ÍTEM III: PROFICIENCIA TÉCNICA (Cuatro estrellas)
Demuestra manejo avanzado de "equipamiento grande". Abierto al uso de consoladores, vibradores y otros juguetes para maximizar el placer femenino. Deducción menor por ser tímido al tener sexo en espacios abiertos, así como tiempo limitado debido a obligaciones parentales y matrimoniales. Se fomenta innovación.

ÍTEM IV: COMUNICACIÓN Y RETROALIMENTACIÓN (Cinco estrellas)
Escucha excepcional. Ajusta torque/presión según señales verbales/no verbales. Sugerencia de mejora: Menos conversación durante actividad (la evaluadora tiene dificultad para pensar y responder entre gemidos, ya que está siendo penetrada con fuerza).

ÍTEM V: CREATIVIDAD E INICIATIVA (Tres estrellas)
Adecuado pero predecible. Tardó casi ocho meses en solicitar un nuevo sofá y desodorantes para la oficina. La espalda de la evaluadora dolió al tener sexo misionero en su escritorio con él encima, y aunque montarlo en la silla del escritorio es aceptable, se requiere soporte lumbar después. Propuesta: Explorar posible uso de la estantería de la oficina, ya que no se ha probado. Nota: Sexo anal en el sofá aún no se ha testeado.

ÍTEM VI: CUIDADOS POSTERIORES Y PROFESIONALISMO (Cuatro estrellas)
Limpieza rápida, agendamiento discreto. Satisfacción garantizada. Puntos restados por no explorar más opciones de BDSM o tríos en su oficina (aún no lo ha pedido).
RECOMENDACIÓN GENERAL:
Retener para colaboración continua. Programar evaluaciones bisemanales si es posible.

Y como si eso no fuera suficiente, Maddie había añadido un apéndice manuscrito al final de la página, su cursiva ondulante haciendo que mi pulso se acelerara:
"Si hay alguna queja con la evaluadora, puedes contactarla para revisiones adicionales. Estará en tu oficina de inmediato."
No pude soportarlo más.
- ¡Maddie, necesito que estés aquí ahora! - Las palabras escaparon de mí antes de que pudiera detenerlas, mi agarre apretándose alrededor del teléfono.
Un momento de silencio se extendió entre nosotros (suficiente para que el arrepentimiento se filtrara), hasta que su risa crepitó en el auricular, baja y sugestiva.
• ¡Estaba esperando ansiosamente tu llamada! - Su voz se enroscó por el auricular como humo de cigarro: suave, embriagadora, cargada de promesas que hicieron que mi pene se estremeciera contra mi pantalón.

El teléfono se apagó antes de que pudiera responder, dejándome, agarrando aire a bocanadas.
Exhalé bruscamente por la nariz, lo que hizo que mi mandíbula se apretara. Mis dedos repiquetearon contra el escritorio, el ritmo desigual, sincopado como un latido adelantándose a sí mismo. La silla de cuero crujió cuando me moví, la opresión en mis pantalones ahora imposible de ignorar. Ni siquiera me molesté en ajustarme; no tenía sentido. No cuando Maddie ya estaba en camino.
Unos minutos después, un golpe (dos toques rápidos, luego una pausa), su firma. El ritmo era inconfundible, un pequeño compás que envió calor acumulándose bajo mi estómago. Ni siquiera me molesté en ocultar mi sonrisa.
- ¡Entra!
La puerta se abrió con un clic suave. Maddie entró, el taconeo de sus tacones retumbando en el piso de madera. Cerró la puerta tras de sí, el mecanismo trabándose con una finalidad que hizo que mi pulso se acelerara. Su perfume me golpeó primero: algo caro y floral con un aroma subyacente que cortó la neutralidad estéril de la oficina como una espada a través de seda.

- ¡Estás sobrevestida! - señalé, mirando su tentador blazer.
Los labios de Maddie se curvaron en esa sonrisa peligrosa… la que normalmente precedía a que mi corbata fuera usada como una restricción improvisada. Sus dedos deslizaron a lo largo de la solapa, lentos y deliberados, antes de desabrochar el primer botón. El segundo. El blazer se deslizó de sus hombros con un susurro, revelando una blusa de seda color crema que se aferraba a ella como oro líquido.
Ella sonrió con suficiencia, deslizándola por un hombro.
• ¡Tú estás mal preparado!
El blazer cayó sobre el sofá como una segunda piel descartada. Debajo, la blusa de seda color crema (la misma que había usado durante esa tortuosa reunión de junta) se pegaba a cada curva, los primeros botones ya rendidos. La luz capturaba el encaje debajo en vislumbres fugaces, los bordes festoneados presionando contra la tela fina con cada respiración que tomaba. Tres pasos hacia adelante y su champú cortó el aire viciado de la oficina, coco mezclado con algo más cálido, algo que hizo que mi lengua presionara el paladar.
Me levanté, mi silla retrocediendo con un chirrido suave. Ella me encontró a mitad de camino, sus dedos enganchándose en los tiradores de mi cinturón, jalándome contra ella. El calor irradiaba a través de su blusa, la seda humedeciéndose donde sus pezones presionaban contra la tela.

• ¡Sigues sosteniendo la carpeta! – exclamó con diligencia, asintiendo hacia mi agarre blanqueado en el papel.
Su respiración se cortó cuando arrugué el lino corporativo contra su espalda baja, el membrete en relieve cavando en la seda mientras la aplastaba contra mí. El documento se rasgó ligeramente (un borde dentado enredándose en su blusa), pero a ninguno de nosotros le importó. Las evaluaciones de desempeño eran desechables. Esto no lo era.
Lo arrojé al escritorio.
- ¡Tu letra es horrible! – mentí. En realidad, es redondeada, elegante y distinguida.
Ella rió, bajo y ronco, su aliento cálido contra mi mandíbula.
• ¡Leíste cada palabra! – jugueteó conmigo, engatusada.
Mis manos encontraron sus caderas, los pulgares presionando el hueco justo encima de su falda. La tela era suave bajo mis dedos, pero el calor debajo era mejor. Ella inclinó la cabeza, sus labios rozando mi oído.
• Dime… - Exhaló contra el pabellón de mi oído, sus dientes mordisqueando el lóbulo lo suficiente para hacer que mi agarre se apretara en sus caderas. - ¿Qué ítem necesita... reevaluación primero?
- ¡No puedo creer que te quejaras por no probar BDSM! - Protesté, desabotonando mi camisa con tirones bruscos, frustrado que mis dedos no fueran más agiles.
El cierre de mi cinturón sonó después, abandonado en algún lugar cerca de la evaluación de desempeño rasgada.
• Bueno... lo hiciste con Cristina frente a mí y nunca pensaste en preguntarme. — Respondió, quitándose la falda con un movimiento experto de sus caderas, dejando que la tela se deslizara por sus muslos como agua.

Mientras deshacía mi corbata, un pensamiento cruzó mi mente: uno de esos impulsos eléctricos repentinos que evitan la racionalidad por completo. La seda se deslizó entre mis dedos, aún cálida de mi piel.
- ¿Y si te amordazo con ella? ¿Te gustaría eso? - Pregunté, observando cómo sus pupilas se dilataban mientras la seda rozaba su labio inferior.
Maddie inhaló bruscamente, sus dedos apretándose en mis hombros: no empujándome, sino afirmándose. El aire entre nosotros se espesó, cargado con algo más pesado que la anticipación. Su lengua se asomó para humedecer sus labios, dejándolos húmedos y entreabiertos.
Ella hizo una expresión adorable, a la vez complacida y sorprendida: labios separándose lo suficiente para revelar el más leve vistazo de sus dientes, ese puchero cautivante perfecto suavizándose en algo mucho más peligroso. Sus dedos se desenrollaron de mis hombros, deslizándose para acunar mi mandíbula, los pulgares trazando la barba incipiente allí.
• Es un comienzo... - Respondió con un tono cantarín, ese timbre bobo colándose en su voz como miel goteando de una cuchara.
Sus dedos recorrieron mi pecho, las uñas arañando ligeramente la tela de mi camisa medio desabotonada. Esa mirada (en algún lugar entre diversión y hambre) hizo que mi estómago se tensara. Maddie siempre había sido buena en este juego, el vaivén entre profesionalismo y necesidad primal, pero hoy estaba jugando con fuego.
- Soy malo con los nudos. - confesé contra su oído mientras presionaba la corbata de seda contra sus labios, ahogando su protesta juguetona.
Ella se arqueó hacia mí, sus caderas levantándose del sofá como para demostrar que no iba a ningún lado… nudos o sin nudos. Todo parecía ridículo, dado que las paredes de mi oficina eran insonorizadas como para ahogar gritos, pero la forma en que su respiración se cortaba cuando tensaba la tela me decía que esto no era sobre práctica. Era sobre sumisión.

La hice recostarse sobre el sofá, sus manos sobre su cabeza. Maddie parecía tan vulnerable, esos pechos enormes tensando el encaje de su sostén, los pezones visiblemente duros incluso a través de la tela. Mi boca se llenó de saliva como la de un lobo al ver no solo sus tetas, sino la forma en que su garganta trabajaba contra la corbata, el tenue brillo de sudor ya reluciendo en el hueco entre sus clavículas.
Me quité los pantalones, dejándolos caer a mis tobillos. El jadeo ahogado de Maddie vibró contra la seda mientras sus ojos se fijaban en mi erección, ya gruesa y brillante en la punta. Sus muslos se apretaron instintivamente, el nailon de sus medias susurrando contra sí mismas.
- ¡Qué bueno que no te quejaste de que nunca uso protección! - Bromeé mientras provocaba su sexo rosado, mi pulgar dibujando círculos justo antes de llegar donde más lo deseaba.
Ella tembló y sonrió con los ojos… ese brillo particular que significaba que pagaría por esto después de la mejor manera posible. El aire entre nosotros chispeaba con anticipación, denso con los aromas mezclados de su perfume, mi colonia, y el tenue rastro de sudor brillando en el hueco de su clavícula. El gemido ahogado de Maddie vibró contra la seda de mi corbata mientras trazaba un lento círculo alrededor de su clítoris, sus caderas sacudiéndose hacia arriba en respuesta desesperada. Sus piernas temblaban, los músculos de sus muslos tensos mientras luchaba contra el instinto de cerrarlas: un esfuerzo inútil, dado lo completamente que la tenía inmovilizada contra el brazo del sofá.
- ¡Eres impaciente! - Murmuré, deslizando mi mano libre por su torso, las yemas de mis dedos rozando el encaje de su sostén antes de rodear un pezón ya duro bajo la tela.
Ella se arqueó ante mi toque, un gemido escapándose alrededor de la mordaza. El sonido era ahogado pero inequívoco: medio frustración, mitad súplica. Sonreí, aplicando la justa presión para hacerla retorcerse, observando cómo su respiración se cortaba cuando mi pulgar pellizcaba la punta de su pezón.
Me incliné, mi aliento cálido contra su oído.
- Pero esperarás. Hasta que yo lo diga.
Sus ojos se oscurecieron (entornados, pupilas dilatadas), pero asintió, un pequeño y obediente movimiento de su barbilla. La imagen de su sumisión envió un calambre directo a mi pene, palpitando contra la tela tensa de mis calzoncillos. Maddie siempre ha sido una paradoja: un tiburón corporativo en la sala de juntas, un charco de necesidad en mis brazos. Ahora mismo, su pecho subía y bajaba en respiración superficial, el encaje de su sostén tensándose con cada inhalación. Tracé el borde festoneado con mi pulgar, evitando deliberadamente el pezón duro debajo, saboreando la forma en que su respiración tartamudeaba cuando me demoraba justo antes del contacto.
Me enderecé, admirando la escena: Maddie desplegada sobre el sofá, muñecas atadas ligeramente con mi cinturón (improvisado, pero efectivo), su pecho subiendo y bajando rápidamente. El rubor esparciéndose por su cuello coincidía con el rosa de sus bragas, ahora húmedas y empujadas a un lado. Sus muslos temblaban contra mis caderas, el nailon de sus medias raspando levemente mientras intentaba (y fracasaba) en cerrar sus piernas alrededor de mi muñeca. La restricción solo acentuaba su desesperación, y ese era el punto: verla desmoronarse completamente a mi merced.
Lentamente, deslicé mis dedos a través de su humedad, recogiéndola, luego introduje dos sin previo aviso. Su espalda se arqueó lejos de los cojines, un grito silencioso torciendo su rostro mientras doblaba mis dedos, encontrando ese punto… el que hacía que sus dedos de los pies se clavaran en el tapizado del sofá, sus muslos temblando como un diapasón golpeado demasiado fuerte. La corbata ahogó su gemido, pero la forma en que sus caderas se sacudieron me dijo todo. Calor húmedo se cerró alrededor de mis dedos, palpitando al ritmo de su corazón acelerado. Los doblé de nuevo, deliberadamente, saboreando la forma en que sus ojos se volvían hacia atrás, pestañas agitándose contra mejillas enrojecidas.
• ¡Mmh…!
Sus muslos se cerraron alrededor de mi muñeca, pero no me detuve. Solo añadí un tercer dedo, estirándola, saboreando la forma en que sus músculos internos se agitaban en protesta antes de apretarse ávidamente alrededor de mí.
- ¿Ves? - Doblé mis dedos de nuevo, más lento esta vez. - ¡Te gusta estar llena!

Las palabras salieron ásperas, mi voz gruesa con el esfuerzo de contenerme. Debajo de mí, Maddie se estremeció, sus caderas sacudiéndose en pequeños movimientos truncados: deseando más, deseando fricción, pero retenida en su lugar por las restricciones improvisadas y mi mano libre apoyada firmemente en su estómago. Su respiración venía en pequeños jadeos agudos por su nariz, su pecho subiendo y bajando contra el encaje de su sostén. La corbata de seda ahogó sus gemidos, pero la forma en que su garganta trabajaba alrededor de ella me decía todo… estaba cerca, balanceándose al borde, su cuerpo tenso como un resorte.
Ella asintió frenéticamente, sus caderas balanceándose al ritmo de mis empujes. Un mechón de cabello rubio se pegó a su frente húmeda, el resto de sus rizos desparramados contra el sofá como un halo desordenado. Su pecho subía y bajaba bajo el encaje del sostén, la tela oscureciéndose con el sudor entre sus pechos. Me retiré abruptamente, ignorando su gemido frustrado (el sonido vibrando contra la corbata de seda aún anudada entre sus dientes) y llevé mis dedos brillantes a sus labios.
- ¡Prueba!
Su lengua se lanzó, lamiendo el dulce y salado desastre, su mirada fija en la mía… desafiándome a romperme primero.
Yo lo hice.
Con un gruñido, rasgué su sostén, los botones rebotando contra el escritorio en un ritmo disperso. Sus pechos se derramaron libres…pesados, perfectos melones que se agitaban con la fuerza de mi impaciencia, pezones ya endurecidos y oscuros contra su piel pálida. Mi boca se cerró sobre uno sin preámbulos, chupando con suficiente fuerza para hacer que su espalda se arqueara del sofá, un grito silencioso atrapado tras la seda. El dulce y salado sabor de su piel inundó mi lengua mientras mi mano libre agarraba su hueso de la cadera, dedos clavándose en suave carne con suficiente fuerza para dejar marcas.

El primer empuje fue superficial (solo la cabeza, provocando) pero el segundo me enterró hasta el fondo. El grito de Maddie fue ahogado, su cuerpo agarrándose a mí como un vórtice ardiente de placer. La sensación fue eléctrica, su calor húmedo apretándose alrededor de mí con un latido que viajó directamente por mi espina dorsal. Sus muslos temblaron contra mis caderas, el nailon de sus medias frotándose contra mis pantalones mientras intentaba instintivamente cerrar las piernas—solo para ser frustrada por mi peso fijándola al sofá. Sus caderas se sacudieron hacia arriba, buscando más fricción, más profundidad, pero la sujeté con un firme agarre en su cintura, negándole el ritmo que anhelaba.
- ¡Carajos!... ¡Sí! - bufé, apoyando mi frente en la suya. - ¡Siempre tan apretada!
Sus caderas se balancearon, urgiéndome más profundamente, y obedecí, estableciendo un ritmo brutal. El sofá gimió debajo de nosotros, el golpeteo rítmico de piel contra piel puntuado por sus gemidos ahogados. La corbata de seda amortiguó sus gritos en algo primal y gutural (medio sollozo, medio súplica) mientras me empujaba en ella con una fuerza que remecía el sofá una pulgada hacia atrás con cada embestida. Sus piernas se engancharon alrededor de mi cintura, talones clavándose en la parte baja de mi espalda, las medias de nailon rasgándose ligeramente bajo la tensión.
En algún lugar del caos, el cinturón alrededor de sus muñecas se aflojó. Sus manos volaron a mis hombros, uñas clavándose en mi piel mientras se aferraba… no empujándome, sino tirando de mí más cerca, sus piernas cerrándose alrededor de mi cintura como si intentara fusionarnos.
• ¡Mordaza!... ¡Quita! - jadeó entre embestidas, las palabras distorsionadas contra la seda aún apretada entre sus dientes.
Sus dedos arañaron el nudo tras su cabeza, sus movimientos espasmódicos por la desesperación. Alcé la mano, mis dedos rozando los suyos (no ayudando, solo provocando) y ella gimió, sus caderas arqueándose en protesta. La corbata cedió un poco, húmeda por su saliva, y ella jadeó al aflojarse lo suficiente para hablar.
• ¡Marco… por favor!
Arranqué la corbata justo a tiempo para que gritara:
• ¡Marco, voy a…!
Su primer orgasmo golpeó como un temblor, su cuerpo entero tensándose antes de desmoronarse… un cambio sísmico que onduló desde donde estábamos unidos, sus muslos apretándose alrededor de mis caderas como un tornillo de banco. La espalda de Maddie se arqueó del sofá, su grito fracturándose en jadeos ásperos mientras sus uñas grababan medias lunas en mis hombros. La sensación de sus palpitaciones alrededor de mí fue eléctrica, sus músculos internos agitándose en olas erráticas que arrancaron un gruñido ronco de mi garganta. Caí momentos después, mis caderas tartamudeando mientras me vaciaba en ella con un maldición, mi nombre un canto roto en sus labios.
Durante un largo minuto, los únicos sonidos fueron nuestros jadeos ásperos y el zumbido distante del aire acondicionado de la oficina. Luego…
- ¿Todavía un cuatro por creatividad?
Maddie suspiró, su sonrisa satisfecha mientras trazaba un círculo cariñoso en mi pecho. Su dedo dejó un rastro húmedo entre el sudor que brillaba en mis pectorales, el movimiento lento y posesivo… como si estuviera firmando su nombre en propiedad robada. El sofá gimió debajo de nosotros mientras se movía, su muslo desnudo deslizándose contra el mío con un susurro de nailon. Una media se había rasgado a la altura de la rodilla, la carrera serpenteando por su pierna como una grieta en porcelana.
Mordisqueé su lóbulo de la oreja.
- La próxima vez, usaremos el librero.

Ella rió, el sonido cálido y saciado… y el reloj en la pared marcó silenciosamente el décimo minuto después de las once de la mañana. Afuera, el latido corporativo de Melbourne continuaba imperturbable: teclados triturando, tacones cliqueando, el ascenso y caída amortiguados de conversaciones telefónicas a través de paredes insonorizadas. Nada de eso importaba. Ahí, en ese rincón perfumado a cuero de quietud, el tiempo se había plegado alrededor de nosotros como la hoja de evaluación arrugada que aún se aferraba al borde de mi escritorio. El dedo de Maddie trazó caricias con el sudor que se enfriaba en mi pecho, su toque más ligero que las medias enredadas aún alrededor de sus muslos.
La giré, mis manos agarrando la curva de sus caderas mientras ella se arqueaba en posición con facilidad practicada. La media rota se enganchó contra el cuero del sofá, una protesta susurrada perdida bajo la risa entrecortada de Maddie. Echó un vistazo por encima del hombro, rizos rubios pegados a su sien húmeda, labios aún hinchados por la corbata de seda.
- ¿Así que... querías sexo anal en mi sofá? - me burlé mientras la hacía ponerse a cuatro patas.
La risa de Maddie fue ronca, sus codos hundiéndose en los cojines de cuero mientras arqueaba ese trasero perfecto más alto: una invitación y desafío en uno. El nailon roto de sus medias capturó la luz superior, los hilos escalonados brillando como telarañas contra su piel dorada.
• ¡Sí! - respondió, su voz cargada de emoción (medio risa, mitad jadeo) como si la palabra le hubiera sido arrancada.
Las rodillas de Maddie se hundieron en los cojines del sofá, sus dedos agarrándose al tapizado de cuero con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon. Pasé una mano por su espalda, sintiendo el leve temblor bajo su piel, la forma en que sus músculos se tensaban y liberaban en olas erráticas. Su aliento se cortó cuando mi pulgar rozó los hoyuelos en la base de su espalda, un punto que sabía la hacía estremecer. La media rota crujió contra el sofá mientras ajustaba su postura, sus muslos abriéndose justo lo suficiente para ser obsceno.
El aliento de Maddie se cortó cuando mis yemas trazaron los delicados bultos de su columna, descendiendo lentamente hacia la curva de su trasero. El aire de la oficina olía a cuero y sexo ahora, el sofá crujiendo bajo su peso cambiante mientras se presionaba contra mi palma en súplica silenciosa. Su piel estaba cálida bajo mi toque, ligeramente húmeda donde la blusa se había subido: un contraste marcado con el nailon fresco que aún se aferraba a un muslo, el otro desnudo donde la media se había rasgado.
- ¡Estás temblando! - observé, presionando un beso en la hondonada sobre su cóccix.
La piel allí sabía levemente a sal y su perfume caro, cálido por haber estado presionado contra el cuero tanto tiempo. Mis labios permanecieron, sintiendo los leves temblores que la recorrían. No de miedo, sino de esa tensión enroscada de esperar demasiado por algo que anhelas.
• ¡Ansiedad! ¡No me has follado el culo en siglos! - suspiró, empujando sus caderas hacia atrás. El movimiento envió un escalofrío por su piel desnuda, los hoyuelos sobre su trasero flexionándose con el gesto. - ¡No me hagas esperar!
Provocativamente, deslicé mi pene pegajoso sobre su hendidura, guiando la cabeza hinchada a través del calor húmedo entre sus muslos antes de arrastrarlo hacia arriba en un lento, tortuoso movimiento. Maddie se estremeció debajo de mí, sus hombros tensándose cuando la punta roma topó contra su pequeño y apretado ano. La resistencia fue deliciosa: ese pequeño pliegue apretándose instintivamente mientras mi fluido preseminal se esparcía sobre él. Ella inspiró bruscamente por la nariz, sus dedos clavándose en los cojines del sofá con tanta fuerza que dejaron marcas de uñas en el cuero.
- ¿Segura? - tracé su entrada con mi pulgar, húmedo por su excitación.
La yema de mi dedo rodeó ese pequeño y apretado pliegue, aplicando justo suficiente presión para hacer que el aliento de Maddie se cortara… no empujando dentro, aún no, solo provocando el borde sensible hasta que sus muslos temblaran. Una gota de sudor rodó por la curva de su espalda, desapareciendo bajo la seda arrugada de su blusa aún enredada alrededor de su cintura.

Ella respondió balanceándose contra mi mano, una exigencia silenciosa. Exhalé bruscamente, alineándome, y empujé lentamente… tan lento…su cuerpo resistió al principio, luego cedió con un jadeo.
• ¡Dios!... ¡Marco!...

Su voz se quebró cuando llegué al fondo, sus músculos internos revoloteando alrededor de mí en pequeños pulsos desesperados. El sofá gimió bajo nosotros, el cuero protestando mientras las rodillas de Maddie se hundían más en los cojines.
Me mantuve quieto, dejándola adaptarse, mis manos enmarcando sus caderas. La silla de la oficina chirrió cuando cambié mi peso, el olor a sexo y su champú de coco espeso en el aire. Afuera, una impresora zumbó en algún lugar del pasillo, un contrapunto mundano a la forma en que las uñas de Maddie se clavaban en el sofá.
• ¡Muévete! - suplicó, y obedecí…

Lento al principio, un balanceo superficial de mis caderas que arrancó un jadeo áspero de sus labios. El sonido era crudo, sin filtro, su usual compostura pulida despojada por el lento arrastre de mi pene dentro de ella. Sus dedos arañaron el cuero del sofá, dejando marcas de medias lunas a su paso mientras se empujaba contra mí, exigiendo más. La resistencia era exquisita… su cuerpo aferrándose a mí como una segunda piel, apretado y palpitando con cada centímetro que le daba.
El primer empuje arrancó un gemido de ambos: el suyo, agudo y sin aliento; el mío, un gruñido gutural cuando su cuerpo se cerró alrededor de mí. Apreté sus caderas con más fuerza, el cuero del sofá crujiendo bajo sus rodillas mientras me retiraba casi completamente antes de hundirme de nuevo.
• ¡Mierda!... ¡Mierda!

Maddie jadeó, su frente presionando contra el cojín. Una gota de sudor rodó por su espalda, desapareciendo en la cintura de su falda, aún enredada alrededor de sus muslos. Su voz se quebró en la segunda sílaba, el sonido ahogado por el cuero del sofá mientras mordía para sofocar otro gemido. El olor a sexo y champú de coco espesó el aire entre nosotros, mezclándose con el aroma acre del sudor que perlaba la curva de su espalda. Mis dedos se clavaron en la piel suave de sus caderas, anclándola mientras me retiraba hasta la punta (lento, deliberado) antes de hundirme de nuevo con tanta fuerza que la hizo jadear.
Establecí un ritmo implacable, cada empuje de mis caderas puntuado por el sonido húmedo de piel y el golpe amortiguado del sofá contra la pared. El aire olía a sexo y su perfume, superpuesto con el leve rastro de mi loción para afeitar mezclándose incómodamente con el ambientador esterilizado de la oficina.
Los gemidos de Maddie aumentaron hasta convertirse en algo crudo, placentero y descontrolado… el tipo de sonidos que habrían hecho llamar a seguridad si las paredes de mi oficina no estuvieran forradas con paneles acústicos diseñados para amortiguar quejas sobre equipos mineros. Sus dedos se clavaron en mi muslo con tanta fuerza que dejaron marcas de medias lunas, sus caderas empujando hacia atrás para encontrar cada embestida con una desesperación que hizo que mi visión se nublara. El cuero del sofá chirrió bajo nuestro peso combinado, sus patas de madera arañando leves hendiduras en la alfombra industrial con cada movimiento de mis caderas.
• ¡Más fuerte!... ¡Por favor!...

La súplica de Maddie se quebró en media sílaba cuando mi siguiente embestida empujó el sofá otro centímetro sobre el suelo. Las patas chillaron contra el laminado, dejando huellas fantasmales en las fibras de la alfombra industrial. Sus dedos se aferraron a mi muslo, las uñas clavando medias lunas en la piel aún húmeda de sudor.
Obedecí, empujándome dentro de ella con tanta fuerza que la hizo gritar, su cuerpo sacudiéndose hacia adelante. Las patas del sofá chillaron contra el suelo como un animal moribundo. En algún lugar, un bolígrafo rodó del escritorio y cayó al suelo… probablemente el mismo bolígrafo que Maddie había usado para escribir esa maldita evaluación de desempeño. La ironía no pasó desapercibida para mí.
Las tiras de su sujetador habían resbalado por sus brazos, el encaje apenas aferrándose a su pecho palpitante. Agarré una tira entre mis dientes y tiré, ganándome un jadeo agudo.
• ¡Si me muerdes otra vez, te quitaré puntos! - advirtió, aunque la forma en que se arqueó contra mí la delató.
La tira golpeó su piel húmeda con un sonido como un látigo amortiguado, dejando una marca roja tenue que desaparecería en una hora… a diferencia de las medias lunas que sus uñas tallaban en mis muslos.
Me reí, sin aliento, y mordisqueé su hombro de todos modos… solo un rápido roce de dientes contra la piel húmeda de sudor. La represalia fue inmediata: Maddie se apretó alrededor de mí como un puño de terciopelo, sus músculos internos palpitando en contracciones deliberadas y rítmicas que arrancaron un gruñido áspero de mi garganta. Mis caderas se sacudieron hacia adelante involuntariamente, perdiendo el ritmo constante que había mantenido, y por un latido, estuve seguro de que me avergonzaría justo allí.
Ella contraatacó apretándose alrededor de mí… fuerte… y casi perdí el control, mi ritmo tambaleándose.
- ¡Tramposa! - logré decir, arrastrando mis dedos por sus costados.
Ella sonrió por encima de su hombro, el lápiz labial manchado, las pestañas agitándose.
• ¡Te encanta!
No lo negué. Solo enlacé un brazo alrededor de su cintura, levantándola contra mi pecho. El nuevo ángulo arrancó un gemido quebrado de su garganta, su cabeza colgando hacia atrás sobre mi hombro. Su piel húmeda de sudor se pegó a la mía donde nuestros torsos se encontraron, el calor húmedo entre nosotros haciendo que cada movimiento fuera más resbaladizo, más pesado. Los dedos de Maddie arañaron mi antebrazo, las uñas clavando medias lunas en la piel ya marcada de antes… no intentando alejarse, solo anclándose mientras me empujaba dentro de ella con embestidas profundas y medidas que sacaban el aire de sus pulmones.
- ¿Mejor? - Susurré en su oído, mi aliento caliente contra los mechones húmedos de pelo que se aferraban a su sien.
Ella asintió frenéticamente, los dedos clavándose en mi antebrazo.
• ¡No pares!... ¡No pares!

Su voz se quebró desesperada en un jadeo cuando me incliné más profundo, la nueva posición golpeando algo que hizo que sus muslos se apretaran alrededor de los míos como un torno. El sofá gimió bajo nosotros, una pata finalmente cediendo en su lucha contra la alfombra con un chirrido amortiguado. El aliento de Maddie llegaba en ráfagas ásperas contra mi cuello, sus dientes rozando mi clavícula mientras ahogaba otro gemido.
No lo hice. Mi mano libre se deslizó por su estómago, los dedos encontrando su clítoris en círculos estrechos y urgentes. Su cuerpo se apretó alrededor de mí como un torno, su aliento convirtiéndose en jadeos ásperos mientras mi pulgar trabajaba su carne hinchada con precisión practicada. El ángulo era incómodo (su espalda arqueada contra mi pecho, mi brazo enlazado alrededor de su cintura), pero la forma en que se estremeció me dijo que no importaba. La cabeza de Maddie cayó hacia atrás sobre mi hombro, sus labios abriéndose alrededor de un grito silencioso mientras mis dedos igualaban el ritmo de mis embestidas, rodeando ese haz sensible de nervios con justa presión para hacer que sus dedos de los pies se enroscaran contra los cojines del sofá.
- ¡Vente para mí! - Ordené, la voz ronca.

Ella lo hizo… con un grito quebrado, todo su cuerpo convulsionando, su espalda arqueándose contra mí como un cable electrificado. La sensación me arrastró al límite momentos después, mis caderas tambaleándose mientras me derramaba dentro de ella con un gruñido, su nombre una maldición en mis labios. Los muslos de Maddie se apretaron alrededor de los míos, sus músculos internos palpitando en réplicas erráticas que extraían hasta la última gota de mí hasta que ambos jadeábamos contra el cuero arruinado del sofá, pegajosos y agotados.
Durante un largo momento, permanecimos así: ella, temblando en mis brazos; mi frente presionada entre sus omóplatos… hasta que el sonido de un teléfono vibrando en el escritorio rompió el hechizo. El aliento de Maddie se cortó primero, sus dedos agitándose contra mi antebrazo donde habían estado arañando momentos antes. El teléfono vibró de nuevo, deslizándose medio centímetro sobre la superficie pulida, la pantalla iluminándose con una notificación que no podía leer desde este ángulo. Maddie exhaló lentamente, sus hombros cayendo mientras la tensión se escurría de ella, reemplazada por la pesadez lánguida de la satisfacción.
Maddie se desplomó hacia adelante con una risa sofocada, su pelo pegado a su cuello húmedo.
• Si ese es Reginald...
Me reí, saliendo cuidadosamente. El sofá era un desastre: cuero arrugado, cojines desordenados, su blusa enredada en el descansabrazos.
- ¡Valió la pena!
Ella giró, haciendo una mueca leve al sentarse, y miró el desorden.
• ¡Me vas a invitar a almorzar! – demandó con una sonrisa coqueta.
- ¡Te voy a pagar la limpieza en seco! - corregí, agarrando mi corbata descartada del suelo.

La seda estaba arrugada más allá de toda salvación, la tela alguna vez impecable ahora húmeda de sudor y enredada de maneras que harían llorar a mi sastre. Maddie sonrió con suficiencia, estirando los brazos sobre su cabeza con una gracia felina que hizo que la blusa arruinada se abriera aún más… no que quedara mucho por revelar después de nuestro improvisado encuentro de oficina.
Maddie se estiró, rotando los hombros con un suspiro satisfecho. El reloj en la pared marcaba las 11:47 AM.
• Próxima evaluación… - recordó, sonriendo al levantarse. - usaremos el librero.
Le arrojé la chaqueta.
- ¡Trato hecho!
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