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Oscura obsesión (parte 1)

El consultorio médico de la calle Balcarce olía siempre a lo mismo: una mezcla exacta de alcohol antiséptico, café recalentado y el perfume sutil, casi imperceptible, de Rosario. Para Martín, ese olor era la antesala de su tortura diaria.

Martín llevaba casi dos años trabajando como administrativo en la recepción, justo al lado del box de enfermería y asistencia donde Rosario pasaba sus jornadas. Ella era el eje sobre el cual giraba todo su mundo, el centro de gravedad de una obsesión silenciosa que crecía con cada tic-tac del reloj de la sala de espera. Martín estaba profundamente, desesperadamente enamorado de ella.
El problema era que Rosario no vivía en el mismo planeta. O, al menos, no en el mismo plano emocional.

Rosario era un misterio envuelto en un ambo azul marino. Reservada hasta la exasperación, no compartía un solo detalle de su vida privada. Nadie sabía si tenía novio, si vivía sola, qué hacía los fines de semana o qué música escuchaba. Su conversación se limitaba estrictamente a lo laboral: «Martín, ¿le diste el turno a la paciente del doctor Rossi?», «Martín, se acabó el papel camilla».

A veces, cuando él juntaba el coraje para hacerle un chiste o un cumplido velado, ella lo miraba y sus labios se curvaban apenas. Martín sentía una descarga eléctrica en la boca del estómago, convenciéndose de que esa sonrisa guardaba una complicidad secreta. Pero no. Tarde o temprano se estrellaba contra la realidad: Rosario simplemente era así. Amable por inercia, educada por profesión, distante por naturaleza. No había atracción, no había tensión de su lado; solo una llanura de absoluta indiferencia. Pero en la cabeza de Martín, la llanura era una selva tropical.

La arquitectura de una obsesión
Como no tenía realidades a las que aferrarse, Martín construía novelas enteras en su mente. Fantaseaba con que el silencio de ella era timidez, que su reserva se debía a un trauma del pasado que solo él podría curar, o que lo miraba de reojo cuando él se concentraba en la computadora.
Sin embargo, el foco más oscuro y recurrente de sus fantasías eran sus pies.

Rosario jamás usaba sandalias, ni siquiera en los días más sofocantes de enero. Siempre llevaba zapatillas de lona cerradas, pulcras, atadas con nudos perfectos. Esa reclusión de su piel encendía la imaginación de Martín a niveles febriles. Al no verlos nunca, sus pies se habían transformado en el objeto prohibido por excelencia.

En su mente, Martín la imaginaba llegando a su departamento después de una guardia extenuante. La veía sentada en el borde de la cama, desatando los cordones con lentitud. Imaginaba la fricción de la tela al deslizarse, revelando unos pies blancos, de venas finas y delicadas, con arcos perfectos y dedos pequeños de uñas pintadas de un rojo intenso que nadie más tenía el derecho de ver. Fantaseaba con estar de rodillas ante ella, tomando esos pies cansados entre sus manos para masajearlos, sintiendo el calor de la piel atrapada durante horas, subiendo los labios por el empeine hasta el tobillo, saboreando la sal de su piel con una devoción casi religiosa.

Una tarde de lluvia y silencios
La oportunidad de estar a solas llegó un martes de tormenta, a última hora. El consultorio se había vaciado temprano debido a las cancelaciones por el temporal. El resto del personal ya se había ido, pero a Martín le quedaba cerrar la caja y Rosario debía reponer el stock de gasas y jeringas.
El silencio del lugar solo se rompía por el golpeteo violento del agua contra los vidrios. Martín caminó hacia el box de enfermería con la excusa de buscar un bibliorato. La luz principal estaba apagada; solo la lámpara de escritorio de Rosario iluminaba la habitación, creando sombras alargadas y densas.

Ella estaba de espaldas, estirándose para alcanzar unas cajas en la estantería más alta. El ambo se tensó contra sus caderas, dibujando la curva firme de sus glúteos. Martín se detuvo en el marco de la puerta, con la respiración contenida. La fijeza de su mirada era casi táctil.
—¿Necesitás ayuda? —preguntó él, con la voz más grave de lo habitual, pastosa por la tensión.
Rosario se giró lentamente. No se asustó. Lo miró con esos ojos calmos que a él lo volvían loco.
—No, gracias, Martín. Ya casi termino —respondió, con su tono plano de siempre.
Martín no se movió. Dio un paso hacia el interior del box, acortando la distancia física, intentando forzar una atmósfera que solo existía en su cabeza. El olor a alcohol y a su piel limpia lo inundó. En su mente, la escena ya había tomado un rumbo explícito: él la acorralaba contra la camilla, sus manos viajaban por debajo de la chaqueta del ambo, encontrando la piel desnuda y cálida de su cintura, mientras ella, rota la coraza, gemía su nombre con una urgencia contenida durante meses.

En la fantasía de Martín, él la sentaba en la camilla metálica, le quitaba las zapatillas de un tirón y devoraba sus pies, sintiendo la textura de su piel antes de subir por sus piernas, abriéndolas para enterrar su rostro entre sus muslos, húmedos y ansiosos por él. Se imaginaba a sí mismo poseyéndola con una furia contenida, el sonido de los cuerpos chocando contra el cuero de la camilla, el contraste de sus manos grandes apretando la carne firme de las caderas de Rosario mientras ella se aferraba a sus hombros, clavándole las uñas, perdiendo toda la compostura que mostraba ante los médicos.
—¿Te sentís bien? Estás un poco pálido —la voz de Rosario lo trajo de vuelta a la realidad como un balde de agua fría.
Ella lo miraba con una leve curiosidad profesional, nada más. Ni un rastro de coqueteo, ni una pizca de la tensión erótica que a él le estaba haciendo latir la sangre en las sienes con fuerza.
—Sí... sí, solo el cansancio de la tormenta —atinó a decir Martín, tragando saliva, sintiendo el peso de su propia erección oculta tras el pantalón.
—Bueno, yo ya terminé. Me voy yendo antes de que se inunde la avenida —dijo ella, agarrando su cartera y su campera.
Pasó por su lado. El roce de su hombro contra el pecho de Martín fue apenas un roce fortuito para ella, pero para él fue una quemadura.
—Hasta mañana, Martín. Que descanses —dijo desde el pasillo, sin mirar atrás.
—Hasta mañana, Ro —susurró él en la penumbra del box vacío.

Escuchó el eco de sus zapatillas alejándose hacia la salida, el sonido de la puerta principal al cerrarse y, finalmente, el clic de la cerradura.

Martín se quedó solo en el consultorio. Entró al box, se sentó en la silla giratoria donde ella había estado sentada toda la tarde y cerró los ojos. Con el sonido de la lluvia de fondo, se llevó una mano al pantalón, desprendió el botón y se la metió por dentro del calzoncillo. Empezó a masturbarse con movimientos rápidos y desesperados, recreando en su mente la imagen de Rosario sumisa bajo su cuerpo, imaginando el calor de su boca, el olor de su sexo mezclado con el del consultorio, y sobre todo, la sensación ficticia de sus pies desnudos cruzados detrás de su espalda, atrapándolo, mientras él se corría en el vacío de su propio delirio.

El sonido metálico de las llaves girando en la cerradura principal reventó la burbuja de la fantasía como un tiro.

Martín abrió los ojos de golpe, con el corazón pegándole contra las costillas. Todavía estaba con el pantalón a medio bajar, la mano derecha rígida alrededor de su miembro erecto, y la cabeza apoyada en el respaldo de la silla giratoria de Rosario. El pánico lo paralizó durante un segundo que pareció eterno. Escuchó los pasos rápidos, el frotar de la campera impermeable mojada por la lluvia, y la sombra de ella recortándose en el pasillo antes de que pudiera reaccionar.
Rosario entró al box a paso firme. Había olvidado su celular sobre la camilla.
Se detuvo en seco.

La escena en la penumbra del consultorio era grotesca, explícita y demoledora. Martín, con los ojos desorbitados por el terror y la vergüenza, chorreando sudor, con el miembro expuesto y rígido apuntando al aire, atrapado en el acto más íntimo y patético posible. Lo peor, el detalle que terminó de dinamitar la situación, era que la mano izquierda de Martín sostenía una de las zapatillas de lona de repuesto que Rosario dejaba en el estante inferior del mueble; la había estado oliendo.
El silencio que siguió fue más espeso que la tormenta que arreciaba afuera.

Rosario no gritó, ni se tapó la cara, ni salió corriendo. Se quedó estática en el marco de la puerta, con la mirada fija en él. Martín vio, con una claridad lacerante, cómo la expresión de su rostro pasaba de la confusión a una profunda, fría y descarnada repulsión. Sus ojos calmos se transformaron en dos témpanos de hielo.

—Ro... Rosario, yo... perdoname, te juro que... —la voz de Martín salió como un quejido agudo, quebrado, mientras intentaba torpemente subirse el calzoncillo y el pantalón, soltando la zapatilla como si quemara. Sus manos temblaban tanto que no lograba subir el cierre.

Ella no emitió un solo sonido. Dio dos pasos largos hacia la camilla, estiró el brazo y agarró su celular. Evitó mirarlo a la cara, como si el solo hecho de registrar su existencia la contaminara.

Martín sintió que el aire del consultorio se volvía irrespirable. La humillación era física, un dolor punzante en el pecho. Esperaba un insulto, una amenaza de denunciarlo con los médicos, un desprecio gritado a los cuatro vientos. Pero la indiferencia habitual de Rosario se convirtió en algo mucho más cruel: un vacío absoluto.

Con el teléfono en la mano, Rosario se giró hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se detuvo un instante, de espaldas a él.
—Mañana mismo hablo con el doctor Rossi —dijo. Su voz no temblaba; era una línea recta de desprecio—. No quiero volver a ver tu cara en este lugar, Martín. Das asco.
Se dio la vuelta y caminó por el pasillo. El eco de sus zapatillas reales —no las de la fantasía— se alejó con un ritmo firme y gélido. La puerta principal se cerró con un golpe seco que retumbó en las paredes médicas.

Martín se desplomó en la silla, con el pantalón mal abrochado y las lágrimas de la pura vergüenza empezando a nublarle la vista. El olor a antiséptico seguía ahí, pero el perfume sutil de Rosario se había evaporado para siempre, dejando solo el rastro amargo de una obsesión que lo había destruido por completo.

El trayecto en colectivo hasta su departamento fue un limbo de agua contra las ventanillas y el zumbido sordo del motor. Rosario no se tocó la cara, no miró el celular, ni se movió un milímetro. La repulsión seguía ahí, fría y sólida en la boca del estómago, como si hubiera tragado un pedazo de mármol.

Al llegar, se desvistió de manera mecánica. Tiró el ambo azul en el canasto de la ropa sucia, se duchó con el agua lo más caliente que pudo soportar, borrando cualquier rastro del olor a encierro del consultorio, y se puso una remera vieja y holgada. Se metió en la cama. El silencio de su habitación, roto solo por el goteo constante de la canaleta del edificio, tardó en apaciguar sus pulsaciones. Finalmente, el cansancio de la guardia y la tensión del asco la vencieron.

Y entonces, apareció el sueño.

No empezó en el consultorio, sino en un espacio difuso, donde las paredes tenían el color de la piel y el aire era denso, pesado, casi líquido. En el sueño, Rosario caminaba descalza. Sentía la superficie fría y lisa bajo la planta de sus pies, una sensación que en su vida diaria jamás permitía que ocurriera fuera de su baño.

De la penumbra, surgía la figura de Martín. Pero no era el Martín patético, sudoroso y tembloroso que había dejado llorando en la silla giratoria. Era una sombra masiva, una presencia cargada de una necesidad tan violenta y primitiva que cortaba el aire. En el sueño, Martín no pedía perdón; la miraba con una fijeza que la desnudaba por completo, una mirada que ella, en la realidad, se había esmerado en ignorar durante dos años.

Rosario intentaba dar un paso atrás, pero sus pies estaban atrapados, pesados. Martín se arrodillaba ante ella. Sus manos, grandes y cálidas, le tomaban los tobillos con una firmeza que no admitía réplica. Un escalofrío violento, que empezó en la planta de sus pies y subió como una descarga eléctrica por toda su espina dorsal, la sacudió en mitad de la noche.

En el delirio del sueño, la boca de Martín presionaba el empeine de su pie. La sensación de su lengua, húmeda, recorriendo la piel sensible entre sus dedos, subiendo por el arco con una devoción salvaje, le provocaba un espasmo de placer tan agudo que la hacía jadear en la realidad. La repulsión que había sentido unas horas antes se retorcía en su mente, transmutando en algo oscuro, prohibido y abrumador. Era la conciencia absoluta de ser el objeto de una obsesión total, el centro de un deseo tan oscuro que, en la distorsión del sueño, empezaba a alimentarla.

Martín subía por sus piernas, desgarrando la tela de la remera con una urgencia animal. Sus manos le apretaban los muslos, abriéndolos a la fuerza sobre una superficie que ahora se sentía como el cuero frío de la camilla médica. El contraste de la piel caliente de él contra su cuerpo la hacía arquear la espalda. En el clímax del sueño, él se enterraba en ella sin preámbulos, con una furia contenida que la hacía gemir en la almohada, mientras sus pies desnudos —esos que él tanto había ansiado— se cruzaban con fuerza detrás de su espalda, atrapándolo, hundiéndose en su carne, arrastrándolo hacia adentro en un ritmo frenético y asfixiante.

Rosario se despertó de golpe, con el corazón en la garganta y la respiración entrecortada.
Se quedó inmóvil en la oscuridad de su cama, escuchando el final de la tormenta afuera. Tenía la piel de gallina y la frente perlada de sudor. Pero lo que la dejó verdaderamente helada fue la corriente de calor, líquida y punzante, que sentía entre sus piernas. Estaba completamente mojada.
Se llevó una mano a la cara, frotándose los ojos con desesperación, horrorizada de su propio cuerpo, de los rincones inexplicables de su mente. El asco hacia Martín seguía intacto, la decisión de echarlo al día siguiente no había cambiado en absoluto. Pero ahora, en el silencio de la madrugada, un secreto terrible la acompañaba: la obsesión de ese hombre infame había encendido un fuego que ella misma no sabía cómo apagar.

Al día siguiente, el sol de la mañana parecía limpiar los restos de la tormenta, pero el aire dentro del consultorio de la calle Balcarce seguía sintiéndose denso para Rosario. Caminó por el pasillo con el paso firme, la mandíbula apretada y una furia fría quemándole el pecho. Iba decidida a terminar lo que había empezado la noche anterior: hablar con el doctor Rossi y exigir el despido inmediato de Martín.

Cuando entró al despacho principal y planteó la urgencia de la reunión, la respuesta del médico la descolocó por completo.
—Rosario, justamente te iba a llamar por eso —dijo Rossi, acomodándose los anteojos con gesto de desconcierto—. Martín envió un correo electrónico a última hora de la noche presentando su renuncia indeclinable. No dio motivos, solo dijo que surgieron problemas personales imprevistos y que no se iba a presentar hoy.

Rosario se tragó la saliva, sintiendo el sabor amargo de la bronca acumulada. Una punzada de frustración le recorrió el cuerpo; se había quedado con las ganas de verle la cara, de saborear la humillación pública de echarlo ella misma, de romper en mil pedazos la última pizca de dignidad que le quedara a ese infeliz.

Sin embargo, no se iba a quedar callada. Con voz gélida y precisa, le relató a Rossi lo que había presenciado en el box de enfermería. El médico quedó estupefacto, pálido, balanceando la cabeza entre la indignación y el espanto. Tras unos segundos de silencio pesado, Rossi se frotó las sienes y miró a Rosario con súplica.

—Es una monstruosidad, Rosario, y te pido disculpas en nombre del consultorio... pero te ruego, por favor, que dejes esto acá. Él ya no está, ya renunció. Un escándalo de esta magnitud, una denuncia pública o penal que involucre las instalaciones, destruiría la reputación médica que nos costó años construir. Dejalo ir. Ya desapareció.

El fuego en la penumbra
De regreso en su oficina, la negativa de Rossi a armar un escándalo solo sirvió para alimentar el hervidero que Rosario tenía en la cabeza. Intentó concentrarse en las planillas de turnos, en el stock de insumos, en cualquier tarea mecánica, pero fue inútil. Cada vez que se quedaba un segundo en silencio, los flashes de su propio sueño de la madrugada la asaltaban con una violencia salvaje.

Se acordaba de la humedad de la lengua de Martín en su empeine, de la presión de sus manos en sus muslos, del gemido que se le había escapado contra la almohada. Sentía asco de sí misma, una repulsión moral que la hacía estremecer, pero al mismo tiempo, el calor líquido entre sus piernas volvía a pulsar con fuerza. El fuego que se había encendido en la oscuridad de su cama no se apagaba; al contrario, la frustración de no haberlo confrontado cara a cara parecía echarle más nafta al asunto.

Dio mil vueltas en la silla. Caminó por el box. Se odió por lo que estaba pensando, pero la curiosidad oscura y el deseo insatisfecho de control pudieron más. Buscó en el fichero del personal el legajo de Martín. Copió la dirección de su casa en un papel. A la salida del trabajo, en lugar de tomar el colectivo hacia su departamento, se tomó un taxi directo hacia la dirección anotada. Necesitaba terminar esto en sus propios términos.

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