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La hija de papi

Me llamo Carlos, y llevo once meses, tres semanas y cuatro días mirando a Diana desde la tercera fila de la iglesia, siempre en el mismo banco, siempre con la misma corbata azul que ella nunca ha notado.

Diana es la hija del pastor Bernal. Y cuando digo "hija del pastor" no me refiero a una chica rebelde que se escapa por la ventana. Me refiero a la princesa. La intocable. La que llega a las nueve en punto con su vestido hasta la rodilla, la que canta en el coro con una voz que hace que los viejos del culto cierren los ojos, la que nunca ha tenido novio porque papi decide quién se acerca y quién no.

Y papi no me ha dado el visto bueno.

Lo sé porque lo intenté. Hace cuatro meses le llevé un café después del servicio, un café con leche, con el nombre de ella escrito en el vaso con marcador negro, y ella sonrió, dijo "gracias, qué lindo", y siguió caminando hacia el carro de su papá. Ni número, ni chat, ni nada. Un "qué lindo" y adiós.

Pero lo que nadie sabe —ni ella, ni el pastor, ni el coro entero— es que yo la he estudiado. No como un acosador, sino como un científico. Un hombre que ama con método.

La hija de papi


Sé que Diana usa dos tipos de labial: el rosado pálido para el culto de la mañana y el rojo suave para los ensayos del coro los miércoles. Sé que se muerde el labio inferior cuando el sermón pasa de los cuarenta minutos. Sé que en el bolso siempre lleva un libro de poesía que nunca lee en público pero que subraya en secreto, porque una vez se le cayó al suelo y yo lo recogí antes que ella, y alcancé a ver la página 47 marcada con un corazón dibujado a mano.

Ese corazón me dio una idea. Y esa idea se convirtió en un plan.

El primer paso fue dejar de ser invisible. Los hombres invisibles no le gustan a las hijas de pastor, porque su papá ni los registra. Así que me metí al grupo de jóvenes. No al de alabanza —ahí ya había demasiados aspirantes— sino al de logística. El que arma las sillas, el que carga las cajas de biblias, el que se queda hasta la medianoche recogiendo cuando todos ya se fueron.

Y funcionó. El pastor Bernal empezó a verme. "Carlos, qué buen muchacho, siempre tan servicial." Me palmeaba la espalda. Me ofrecía agua. Me pedía favores. En tres semanas pasé de ser un desconocido a ser el joven confiable del hermano Bernal.

Diana también empezó a verme. No con deseo todavía, pero con curiosidad. "¿Tú siempre te quedas hasta tan tarde?", me preguntó una noche, cuando las luces del salón ya estaban casi todas apagadas y yo cargaba la última caja.

—Alguien tiene que hacerlo —le dije, y no agregué nada más. Porque el secreto con las hijas de pastor es que están hartas de hombres que hablan. Su papá habla todo el tiempo. El coro habla. Los pretendientes hablan. Yo iba a ser el silencio.

Ella se quedó un segundo más de lo necesario. Lo noté.

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El segundo paso fue el libro. Compré un ejemplar usado del mismo poemario que ella subrayaba —un poeta colombiano, de esos que escriben sobre cuerpos y ausencias— y esperé. Un miércoles de ensayo, mientras ella cantaba, dejé mi copia olvidada en una silla del pasillo. Con la página 47 doblada. Con un corazón dibujado en tinta azul.

No le dije nada. Ella lo encontró sola.

Esa noche recibí el primer mensaje de Diana en once meses: "¿Es tuyo este libro?"

—Sí —respondí, después de esperar veinte minutos, para que no se me notara el ansia.

"La página 47 es mi favorita."

—Lo sé.

"¿Cómo lo sabes?"

Y ahí solté la primera bomba, la que me había guardado desde el día que le recogí el libro del suelo:

—Porque el 47 es el número que le da la vuelta a todo. Como tú.

Tardó una hora en contestar. Una hora entera en la que me comí las uñas y maldije mi propio atrevimiento. Y luego llegó:

"Nadie me había dicho eso."

Ahí supe que estaba dentro.

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Los siguientes días fueron un juego lento. Diana empezó a quedarse después del coro. Empezó a sentarse cerca de mí cuando el pastor no miraba. Empezó a mandarme versículos que no tenían nada que ver con nada y que en realidad eran excusas para escribirme.

"Salmos 45:11 dice que el rey desea tu hermosura."

—¿Y qué rey te desea a ti? —le pregunté una noche por chat, a la una de la mañana, sabiendo que su papá ya dormía y que ella estaba en la cama con la luz apagada y el teléfono iluminándole la cara.

"No sé. Todavía no aparece."

—Quizás lleva once meses mirándote desde la tercera fila.

No respondió. Pero al día siguiente, en el culto, en vez de sentarse en su sitio de siempre con las hermanas del coro, se sentó en la segunda fila. Justo delante de mí. Y cuando el pastor Bernal miró hacia atrás, hacia su hija, la vio a ella... y me vio a mí. Detrás. Cerca. Con la corbata azul que ella ya había empezado a notar.

Ese domingo, el hermano Bernal me invitó a comer a su casa. "Para que conozcas a la familia, muchacho." Diana abrió la puerta con un vestido de flores y el labial rosado pálido y las manos un poco temblorosas, y cuando me pasó el plato de arroz en la mesa, sus dedos rozaron los míos y los dos nos quedamos quietos un segundo de más, con el papá hablando de la reconstrucción del templo y la mamá sirviendo jugo de maracuyá, y ninguno de los dos adultos notando lo que estaba pasando entre las servilletas.

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La cosa se volvió peligrosa. Buena.

Empecé a escribirle cosas que no se dicen antes del matrimonio, pero con cuidado, sin asustarla. Le dije que pensaba en ella cuando me duchaba, y que era un pecado menor, pero pecado al fin. Le dije que su cuello me distraía en los sermones. Le dije que cuando cantaba el solo del coro, yo cerraba los ojos no por Dios, sino por ella.

"Carlos, ¿y si mi papá se da cuenta?"

—Que se dé cuenta —le respondí—. Que se dé cuenta de todo menos de lo último.

"¿Y qué es lo último?"

Y ahí la dejé colgada. Tres días. Sin responder. Viéndola en la iglesia, saludándola con la cabeza, sirviéndole el agua en la cena de jóvenes, y ella mirándome con una mezcla de rabia y hambre que me tenía el corazón en la garganta.

El cuarto día me escribió ella primero: "Contéstame."

—Lo último es lo que quiero hacerte cuando nadie nos vea —le dije.

Y por primera vez en once meses, Diana la hija del pastor, la princesa intocable, la que nunca contesta mensajes después de las diez, me escribió a las dos y media de la mañana un solo mensaje que me dejó sin dormir:

"Ven."

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El plan del "ven" tuvo que esperar dos semanas, porque el pastor no deja que su hija salga sola, y menos de noche, y menos con un muchacho, y menos con un muchacho que no es oficialmente nada. Así que armé la operación con la precisión de un general.

Primero, un pretexto perfecto: la campaña de recolección para los niños de la calle. "Hermano Bernal, necesitamos armar cajas un viernes en la noche, en el salón de atrás, y quizás nos tome hasta tarde." El pastor, encantado. "Diana puede ayudar, muchacho, ella es muy organizada." Diana, al oírlo, casi se le cae el plato.

Segundo, la logística: cajas de verdad. Biblias de verdad. Trabajo real que hacer. Nada de "se quedaron solos por casualidad". Todo planeado, todo limpio, todo con testigos que se van a dormir.

Porque el viernes, a las nueve y media de la noche, cuando las últimas hermanas se despidieron con sus bolsos y sus rezos, el salón de atrás quedó solo con dos personas, doce cajas de cartón, una mesa plegable y una lámpara de esas que dan una luz amarilla, tibia, de iglesia vieja.

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Diana cerró la puerta. No la dejó entreabierta, como siempre. La cerró.

—¿Y ahora? —preguntó, con los brazos cruzados, con el labial ya un poco gastado de tanto morderse el labio inferior.

—Ahora trabajamos —le dije, y ella soltó una risa corta.

—Carlos, llevas dos semanas diciéndome que quieres hacerme cosas y ahora quieres trabajar.

Ahí supe que había ganado. Porque una mujer que reclama no está esperando, está exigiendo.

Me acerqué despacio. No la besé todavía. Le quité el marcador de la mano —el marcador negro con el que escribíamos "BIBLIA" en cada caja— y se lo dejé a un lado. Le tomé la muñeca. Se la sostuve un segundo, sintiéndole el pulso, que iba rapidísimo, delatándola.

—Tienes el pulso de alguien que va a pecar —le dije.

—Y tú el de alguien que lo va a provocar.

La besé. Y no fue un beso de iglesia, de esos cortos, castos, con los labios cerrados y los ojos abiertos. Fue un beso de hambre acumulada. Once meses en un solo movimiento. Le pasé la mano por la nuca, le enredé los dedos en el cabello, tiré un poco, y ella abrió la boca y me dejó entrar y me agarró de la camisa con las dos manos como si se estuviera ahogando y yo fuera el aire.

Se nos olvidó respirar. Se nos olvidó el pastor. Se nos olvidó que estábamos a veinte metros de la calle, con las luces encendidas, en un salón con ventanas.

La separé. Necesitaba verla. Tenía las mejillas rojas, el cuello encendido, la respiración descompuesta.

—Carlos —dijo, y solo dijo eso, pero en ese "Carlos" había una pregunta entera.

—No vamos a parar —le contesté.

La llevé contra la mesa plegable. La senté encima. Le abrí las piernas con las rodillas y me metí entre ellas, y ella me rodeó la cintura con los muslos y me atrajo, y por primera vez sentí el calor de su cuerpo contra el mío, ese calor que llevaba once meses imaginando y que resultó ser muchísimo mejor que cualquier imaginación.

Le besé el cuello. Ese cuello que me distraía en los sermones. Lo besé lento, subiendo, y cuando llegué detrás de la oreja ella se estremeció y me clavó las uñas en los hombros.

—Ahí —susurró—. Ahí sí.

Le bajé el cierre del vestido. El vestido de flores, el mismo que llevaba el domingo de la comida, el que ahora se deslizaba por sus hombros y caía y la dejaba con un sostén sencillo, blanco, de esos que las hijas de pastor usan y que no tienen nada de sensual... hasta que están en la piel de alguien que las desea.

Le besé el hombro. Le besé el pecho por encima de la tela. Le pasé la lengua por donde terminaba el sostén y ella echó la cabeza atrás y gimió bajito, un gemido que se quedó en el aire del salón como si el salón entero fuera nuestro.

—Si alguien entra... —empezó.

—Que entre —le dije, y le desabroché el sostén con una mano, y se lo quité, y la miré.

Diana desnuda de la cintura para arriba, sentada en una mesa de iglesia, con la luz amarilla dándole en la piel, era la cosa más hermosa que había visto en mi vida. Y se lo dije.

—Eres la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

—Ya me lo dijiste por chat —dijo, sonriendo, con los pezones duros y la voz temblorosa.

—Por chat no cuenta. Por chat no te veía así.

Me llevé un pecho a la boca. Le chupé despacio, con la lengua plana primero, luego con los labios, y ella me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra sí y movió las caderas hacia adelante, buscándome, frotándose contra el bulto de mis pantalones que ya llevaba rato delatándome.

—Carlos —repitió, pero esta vez distinto, esta vez con la voz rota.

Le subí la falda. Le bajé el calzón por las piernas, despacio, hasta los tobillos, y ella levantó los pies uno por uno para que se lo quitara, y se lo dejé colgando de la punta de su zapato como una bandera de rendición. La miré ahí, abierta, húmeda, temblando, sobre esa mesa.

—Ya no somos castos —dijo ella.

—Ya no.

Me arrodillé delante de ella. Le besé el interior del muslo, primero uno, después el otro, subiendo, y ella se agarró al borde de la mesa y esperó. Y cuando por fin le pasé la lengua por donde más la necesitaba, Diana la hija del pastor, la intocable, la que nunca había tenido novio, soltó un gemido que retumbó en todo el salón vacío.

La lamí despacio. Sin prisa. Con método, como hago todo. Le encontré el ritmo, le encontré el punto, y cuando ella empezó a mover las caderas contra mi boca supe exactamente lo que tenía que hacer. Metí un dedo. Luego dos. La lengua arriba, los dedos adentro, y ella me tiró del pelo y dijo mi nombre tres veces seguidas, cada vez más alto, hasta que se acordó del pastor y se tapó la boca con la mano para no gritar.

—No te tapes —le dije, sin dejar de lamerla—. Aquí no hay papá.

Y ella quitó la mano y gritó.

Se vino en mi boca con las piernas temblando, con los dedos apretándome el cráneo, con un gemido largo que se le rompió al final en un suspiro. Se quedó quieta unos segundos, recuperándose, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando. Y cuando los abrió, me miró como se mira a alguien que acaba de cambiar tu vida.

—Levántate —me dijo.

Me levanté. Me desabrochó el cinturón con dedos torpes, apurados, y me bajó el cierre. Me sacó el miembro y lo miró, y sonrió, y esa sonrisa suya, la de la niña buena, se volvió una sonrisa distinta.

—Y esto llevaba once meses esperándome —dijo.

—Y once meses aguantando sermones.

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La hija de papi


Ella se rió. Y luego me jaló de la camisa y me besó mientras me acariciaba, y yo pensé que iba a volverme loco ahí mismo, de pie, en el salón, con la mano de Diana Bernal alrededor de mi pene. Pero me aguanté.

—¿Tienes condón? —preguntó, y yo saqué uno de la billetera como un boy scout preparado.

—Siempre.

—Carlos, tú planeaste esto.

—Todo.

Lo puse. Y la volví a sentar en la mesa, la abrí de nuevo, me puse en la entrada, y la miré a los ojos.

—Diana —le dije—, esto ya no se deshace.

—No quiero que se deshaga.

Y entré.

Despacio. Centímetro a centímetro, mirándola, viendo cómo se le abría la boca y cómo se le arqueba la espalda y cómo me recibía apretándome con las piernas. Hasta el fondo. Y ahí me quedé quieto, sintiéndola entera, sintiendo once meses de tercera fila, de café con leche, de página 47, de corazones dibujados en tinta azul, de todo, condensados en un solo cuerpo apretándome, caliente, húmedo, suyo.

—Muévete —me pidió, con la voz apenas un hilo.

Y me moví.

Primero despacio, saboreándola. Sintiéndola abrirse y cerrarse con cada embestida, agarrándose a mis brazos, a mi cuello, al aire. La mesa plegable crujía debajo de nosotros, un chirrido rítmico que se mezclaba con los gemidos que ella ya no intentaba esconder. La lámpara amarilla nos alumbraba como a dos culpables descubiertos, y lo éramos, y no nos importaba.

—Más —dijo, y yo le di más.

La tomé de las caderas y le imprimí un ritmo más hondo, más firme, y ella echó la cabeza atrás y se le escapó un gemido largo que rebotó en las paredes del salón. Le besé la garganta, el pecho, la boca. La besé mientras la embestía, y ella me mordió el labio y me susurró cosas que las hijas de pastor no dicen en voz alta.

—Carlos, no pares, no pares, no pares.

No paré.

La sentí apretarse, sentí ese temblor que ya le conocía de antes, y supe que estaba cerca. Le metí la mano entre los cuerpos, le encontré el punto con el pulgar, y ella se quebró. Se vino otra vez, esta vez más fuerte, clavándome las uñas, mordiéndome el hombro a través de la camisa para no gritar, y yo la sostuve mientras se deshacía, mientras se estremecía encima de mí como una hoja.

Y cuando empezó a bajar, cuando creí que ya había terminado, ella me miró y me dijo:

—Ahora tú.

Y me apretó con las piernas y me jaló hacia adentro y yo ya no tuve nada que aguantar. Me dejé ir dentro de ella, con la frente pegada a su frente, con las manos en su cintura, con un gemido ronco que salió de muy adentro y que fue la única vez en once meses que dije su nombre sin miedo.

—Diana.

Nos quedamos así. Quietos. Pegados. Respirando el mismo aire viciado del salón, con las cajas de biblias a un lado, olvidadas, con las luces encendidas y la puerta cerrada y la ciudad afuera siguiendo su vida sin saber que adentro, en una iglesia, dos personas acababan de dejar de ser dos.

Ella me acarició la nuca. Me apartó el pelo de la frente.

—Se me va a notar —dijo, riéndose bajito—. Cuando salga, se me va a notar en la cara.

—Se te va a notar todo —le contesté—. Y vas a tener que mentirle a tu papá.

—No —dijo ella, y me miró con una seriedad que no le conocía—. Voy a decirle la verdad.

—¿Cuál verdad?

—Que el muchacho de la tercera fila ya no está en la tercera fila.

Se vistió despacio, sin apuro, y yo la miraba vestirse y pensaba que era mejor verla vestirse que verla desnuda, porque vestirse era verla volver a ser Diana, la del vestido de flores y el labial rosado, la hija del pastor, la princesa... pero con una diferencia que solo yo iba a saber.

Recogimos las cajas. Acomodamos las sillas. Borramos todo rastro. Apagué la lámpara amarilla. Y cuando abrí la puerta para que saliéramos, ella me tomó la mano un segundo antes de que la calle nos viera.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora el domingo —le dije—. Te vas a sentar en tu fila. Y yo me voy a sentar en la mía. Y tu papá va a predicar. Y cuando termine, vas a venir a saludarme delante de todos, como si nada.

—¿Como si nada?

—Como si nada. Hasta que otra vez la puerta se cierre.

Ella sonrió. Esa sonrisa suya. Y me soltó la mano justo antes de que la luz de la calle nos alcanzara, y caminamos los dos hacia el carro del pastor que ya la esperaba, uno al lado del otro, a un metro de distancia, como dos desconocidos.

Como dos que ya no eran nada de desconocidos.

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El domingo siguiente el pastor Bernal predicó sobre la pureza. Habló de esperar, de guardarse, de no apresurarse. Diana y yo nos miramos desde nuestras filas, ella adelante, yo atrás, y los dos nos mordimos una sonrisa.

El hermano Bernal no sabía nada.

Diana sí lo sabía todo.

Y yo, Carlos, el muchacho de la tercera fila, ya no estaba en la tercera fila. Estaba en la vida de Diana, y en su cama iba a estar todas las veces que la puerta se cerrara. Lastima para ella que tenga una hermana tan bonita.

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