You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Hija enyesada, papá cuidador (5): El hermano de Valen.

Hija enyesada, papá cuidador (5): El hermano de Valen.


Martín, el papá de Valentina y Eze, se tiene que ir de viaje un mes, entonces Ezequiel, el hermano mayor, que se fue a Buenos Aires a estudiar a principio de año, vuelve para cuidarla.

Con mucho pudor, y sin revelarle hasta donde han llegado las sesiones, Martín le dice a Ezequiel que si se anima tiene que ayudar a su hermana a “aliviarse”, que es algo natural, y que ella lo necesita y que no hay que avergonzarse de ello. Con mucha vergüenza cuenta como poner la almohada, o como tocarla si hiciera falta. Ezequiel es muy comprensivo, y le dice que se olvide, que él se encarga. Martín queda sorprendido de lo fácil que fue hablar la situación.

Es que Martín no sabe que sus hijos Ezequiel y Valentina tienen un secreto.

Desde siempre fueron hermanos muy unidos y cómplices. Hablaban hasta tarde, trasnochaban en la cama de uno o de otro, compartían juegos, música, y películas, se contaban secretos que no le decían a nadie. En algún punto de esa intimidad, naturalmente, las charlas, los intereses y las preguntas empezaron a cambiar. Y así como descubrieron juntos tantas cosas, también descubrieron juntos el sexo.

Fue Valentina la que dio el primer paso. Una tarde, mientras el papá trabajaba, Valentina se sentó en el borde de la cama de Ezequiel y preguntó algo que no debería haber preguntado a un hermano. Él se quedó mirándola, la garganta seca, y respondió con franqueza. Así empezó todo: con palabras, con curiosidad. Fueron meses de tener charlas picantes y a la vez inocentes. Pero cada vez más explícitas.

Valentina preguntaba cosas que Ezequiel no se animaba a responder de frente, así que hablaban de costado, mirando la pared o la tele, como si el contacto visual los quemara. Ella describía lo que había visto en películas, lo que imaginaba, lo que fantaseaba, lo que le generaba esa presión en el bajo vientre que no sabía nombrar. Él escuchaba con las manos apretadas contra las rodillas, el pene duro dentro del pantalón, sin atreverse a moverse.

Se contaban lo que aprendían sobre sexo, los chistes sexuales que escuchaban por ahí, se confesaban deseos con compañeros y compañeras, incluso se confesaron, con bastante pudor, una noche acostados en la oscuridad, que habían tenido sus primeras masturbaciones.

La primera vez que pasaron de las palabras a los hechos fue idea de Valentina. Estaban solos en la casa, viendo una película erótica en la tele de la habitación matrimonial de papá y mamá. En la pantalla una chica rubia tetona estaba acostada desnuda boca arriba, y un hombre se subía y la cogía en posición de misionero, pero bastante fuerte, y en un momento abriéndole bien las piernas, y flexionandole una. Valentina se giró hacia él con los ojos brillantes.

—Hagamos lo que hacen ellos —dijo—. ¡Pero vestidos!

Ezequiel no respondió con palabras, pero su cara reflejó sus ganas. Se quedó quieto mientras ella se acostaba boca arriba en la cama grande, abriéndose de piernas sin sacarse los pantalones de gimnasia. Él se subió despacio, las rodillas temblando, y se acomodó entre sus muslos. El contacto inmediato, la tela contra la tela, el peso de él sobre ella, los dos respirando con la boca abierta, la sensación fue eléctrica para ambos.

Veinte minutos duró. Veinte minutos de movimientos torpes, de caderas que encontraban un ritmo instintivo, de respiraciones entrecortadas que se mezclaban, él respirando en la boca de ella, con los ojos cerrados, pero cruzándose las miradas cada tanto. Ezequiel empujaba su pelvis contra la de ella, sintiendo la presión de su erección aplastada entre ambos cuerpos, y Valentina respondía levantando las caderas para encontrarse con cada embestida. La fricción de la tela del pantalón contra su conchita le generaba algo nuevo, algo eléctrico que le recorría las piernas.

Sobre el final, Ezequiel aceleró el ritmo. Ella le agarró una mano y la llevó a su teta izquierda, para que se la toque por encima de la remera, como estaba pasando en la película. La respiración de Ezequiel se cortó, los músculos de su mandíbula se tensaron, y entonces algo explotó dentro de él. No pudo detenerse. Su cuerpo se sacudió tres, cuatro veces contra el de ella, y un calor mojado se extendió dentro de su ropa interior. Tragó saliva, intentó disimular, se quedó quieto.

No dijeron nada. Pero Valentina lo notó: la rigidez de su cuerpo, el temblor final, la forma en que se apartó con cuidado de encima de ella, el olor a leche en el ambiente. Y algo en su pancita se encendió al darse cuenta de que ella había provocado esa explosión maravillosa.

Las siguientes veces fueron más audaces. Valentina empezó a usar faldas, y en la primera de esas sesiones, cuando ella se acostó y abrió las piernas, Ezequiel alcanzó a ver la bombacha rosada asomando bajo el vuelo de la tela. Se quedó mirando un segundo de más, y ella no cerró las piernas, lo dejó mirar. Le gustaba más hacerlo en faldita, porque la liberaba de la barrera de los pantalones, y en un sutil movimiento podía dejar la bombacha al descubierto.

Con la faldita a Ezequiel se le hizo aún más difícil reprimir el orgasmo. Después de cada sesión tenía que ir a bañarse y aprovechaba para lavar en la ducha los boxers que su hermana le había hecho dejar empapados de leche.

Valentina, en cambio, si bien se mojaba mucho, y grandes manchas húmedas aparecían en su bombacha, no alcanzaba a llegar al orgasmo. Hasta que un día dio otro paso, y propuso hacerlo en ropa interior. La primera vez, ella en corpiño blanco y bombachita, él en boxer gris con borde negro, y nada más. Él la miró acostarse en la cama. Su pelo brillaba. La excitación le tensaba su carita femenina. La bombachita le marcaba la forma delicada de la vagina.

Era la primera vez con menos tela de por medio. Ezequiel sintió el calor de ella directo contra su erección, el calor de la conchita en su pene, solo separados ambos genitales por dos capas finas de algodón. Y Valentina empezó a sentirlo también: el roce de la tela de su bombacha presionando contra su clítoris con cada movimiento de él, la fricción que se acumulaba, que crecía.

Ese día fue ella la que quiso ocultar su orgasmo, pero era imposible. Él vio como el estallido le recorría todo el cuerpo y la hacía agarrarse a las sábanas con los nudillos blancos, su pancita ondulaba, su cara se crispaba, su naricita pecosa se arrugaba, con los mechones de pelo húmedo pegándose en la frente. Fue un momento importante para ella, el primer orgasmo de su vida. Él aguantó un poco más porque quería disfrutar el hermoso espectáculo del orgasmo de ella, pero pronto empezó a descargar semen dentro del boxer.

Al principio era tierno ver cómo disimulaban sus orgasmos. Ella mordiéndose el labio, él cerrando los ojos con fuerza, los dos fingiendo que nada había pasado. Pero se levantaban de cada sesión con el pelo traspirado y manchas húmedas en la ropa interior que debían lavar a escondidas.

Asustados de hasta dónde los podía llevar el placer, se sentaron un día en el piso del pasillo y se lo juraron: nunca lo harían sin ropa interior. Ella siempre con bombacha y corpiño, él siempre con boxer. Era su regla, su frontera, la línea que los mantenía del lado seguro de lo prohibido.

Una vez habían hablado de mostrarse uno a otro los genitales, pero ahora acordaron que ni siquiera eso. Ni él sabía como se veía esa conchita que le daba tanto placer, ni ella sabía como se veía esa pija agarrotada que presionaba contra su pelvis arrancándole orgasmos increíbles.

Otras veces cambiaban la posición. Valentina se ponía de cola para arriba en la cama y Ezequiel la montaba desde atrás, su pene duro dentro del boxer presionando contra la bombacha de ella, las nalgas de Valentina apretando su erección a través de la tela.

Una de esas veces, ella se abrió los cachetes de la cola con sus propias manos, separándolos, y el pene de Ezequiel se incrustó entre sus nalgas, solo la fina tela de la bombacha separándolos. Él sintió el calor de ella, la humedad que traspasaba la tela, y no pudo aguantar.

Terminó con todo el boxer manchado de semen, un poco del cual llegó a manchar el hilo que cubría la cola de ella. Valentina, por su parte, tuvo un orgasmo tan intenso que le temblaron las piernas durante varios minutos.

Otra vez Valentina se puso en cuatro. Fue tanto el morbo que le dio a él, que acabó al instante. Valentina se quedó sin acabar, y se hizo una paja en la cama pensando en lo que había pasado, mientras él se bañaba.

Y luego llegó el día de la despedida. Ezequiel se mudaba a Buenos Aires, iba a empezar a estudiar allá, y solamente volvería a casa un par de veces al año. Acordaron además que sería la última sesión, que ya estaban grandes para eso, que debía terminar, si bien les daba mucho placer no les parecía normal, y les daba algo de culpa.

Ese día lo hicieron con un furor distinto, con una urgencia que no habían sentido antes. Los movimientos eran más rápidos, más fuertes, como si él realmente se la quisiera coger, con ropa y todo, y ella estuviera desesperada por que eso sucediera, por tener esa pija adentro suyo de verdad. Valentina se aferraba a los hombros y al culo de Ezequiel mientras él la montaba con embestidas que los empujaban contra el colchón, la fricción entre la bombacha de ella y el boxer de él tan intensa que la tela ya no parecía a punto de prenderse fuego.

En uno de esos movimientos, el pito de Ezequiel se asomó del boxer sin que se dieran cuenta, y la cabeza de su pene rozó la panza desnuda de Valentina. Él sintió la suavidad de su pancita en el glande. Ella sintió el calor del glande en su abdomen. Esa sensación fue definitiva para ambos. Él intentó acomodarse, pero ya era tarde. El orgasmo lo golpeó con una fuerza que no pudo controlar, y eyaculó sobre la panza de Valentina, los chorros calientes cayendo sobre su piel y manchando parte de la bombacha. Ella sintió el líquido caliente sobre su vientre y se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.

Tenía una bombacha azul marino, toda manchada por una cantidad grande de líquido blanco que se esparcía desde el nacimiento de la conchita hasta pasando el ombligo. Unas gotas habían llegado hasta el corpiño. El olor a semen inundaba la habitación.

Se rieron, tiernamente, con nervios. Valentina se miró la panza, las manchas blancas sobre su piel. Pasó un dedo por la leche, lo miró a los ojos y le sonrió con picardía.

—Tengo que lavarme —dijo ella, levantándose—. Papá llega en cualquier momento.

Salió corriendo al baño, y Ezequiel se quedó sentado en la cama matrimonial, mirando la puerta abierta, escuchando el ruido de la ducha, con el corazón aún latiéndole en la garganta. En los meses posteriores Valentina quedó fijada con esa situación, que fue material frecuente para sus pajas. No pasaban tres o cuatro días sin que se acostara en su cama y se tocara pensando en aquella vez que sintió el glande de su hermano en la pancita, y que por primera vez sintió lo que era quedar enlechada por un varón.

Ahora Ezequiel está de vuelta después de varios meses. Abre la puerta de la habitación. Valentina está culito para arriba, con una bombacha azul marino que le queda preciosa sobre su cuerpo transpirado, los dos brazos enyesados a los costados. "Volví, hermana" dice Ezequiel. "¡Eze!" lo saluda efusiva Valentina, que se ruboriza y a la vez se excita de que su hermano la encuentre en esa posición y en bombachita.

Ezequiel apoya el bolso en el suelo, se sienta a su lado en el borde de la cama, y le acomoda el pelo en la frente. Los ojos castaño claro de ella brillan. Su naricita se frunce de alegría.

—Estás más grande —dice ella, en voz baja.

—Vos estás… —Ezequiel no termina la frase. Posa la mano en la espalda de ella, justo donde termina el yeso y empieza la piel desnuda, y Valentina cierra los ojos.

—¿Te acordás de la última vez? —pregunta ella, con la cara hundida en la almohada.

—Me acuerdo de todo.

—Me dejaste la panza… —rie nerviosa—. Me tuve que lavar rápido antes de que papá llegara.

—Si jajaja, perdón hermanita

—No me pidas perdón, es una anécdota divertida, y fue re lindo —dice ella con una risita mezcla de nervios y picardía—

Ambos están felices del reencuentro, que ha removido tantas historias del pasado, y saben que tienen un mes para ellos solos, y permiso para hacer lo que quieran.

0 comentarios - Hija enyesada, papá cuidador (5): El hermano de Valen.