Los meses pasaron. El verano chaqueño se fue apagando, llegaron los primeros frescos de abril, y la rutina se acomodó. Los sábados siguieron. A veces viernes. A veces un martes, si el trabajo lo permitía. Los tres se veían, cogían, hablaban, se reían. Y en el medio, la vida normal: el laburo de Sofía, la facultad de Lucas, el trabajo de Mateo. Las salidas del grupo, los asados, los cumpleaños. Todo igual. Todo distinto.
La Vale, al final, se enteró. Una tarde, en un café, Sofía le contó todo. La Vale la escuchó con los ojos cada vez más abiertos.
—¿Y cómo hacen? —preguntó.
—No hacemos nada. Nos vemos, estamos bien, y listo.
—¿No hay celos?
—No. O no todavía. Por ahora no.
—¿Y si aparecen?
—Ahí veremos.
—La puta madre, Sofi. Estás viviendo una fantasía.
Sofía se rió.
—Y sí. Un poco.
—¿Y qué se siente?
—Se siente bien. Se siente lindo. Se siente como si no tuviera que elegir. Como si pudiera tener las dos cosas. Y los dos me quieren, a su manera. Y yo los quiero a los dos. Distinto, pero a los dos.
La Vale se quedó pensando.
—¿Y se lo vas a contar al Chino?
—Si quiere saber, sí. No es un secreto.
—Bueno, pero avisame antes, así lo preparo.
Y se rieron las dos.
El Chino, al final, también se enteró. No preguntó mucho, se rió, y dijo "mientras no me metan a mí, todo bien". Y quedó ahí.
Una noche, ya entrado el otoño, los tres tirados en la cama después de coger, con la ventana entreabierta y el fresco entrando despacio, Sofía habló:
—¿Se imaginan que esto dure mucho?
—¿Cuánto es mucho? —preguntó Lucas.
—No sé. Años.
—Y, puede ser.
—¿Y si un día alguno quiere otra cosa?
—Ahí vemos —dijo Mateo—. Pero mientras queramos esto, lo tenemos.
—Sí —dijo Lucas—. Mientras queramos.
Sofía, en el medio, los abrazó a los dos.
—Bueno. Entonces, mientras queramos.
Y se durmieron así, los tres, con el fresco del otoño chaqueño entrando por la ventana, con las manos de los dos sobre su cuerpo, con la certeza tranquila de que, por ahora, todo estaba bien. Y que lo que viniera, lo iban a ver juntos. O de a dos. O como fuera. Pero juntos, al fin.
La Vale, al final, se enteró. Una tarde, en un café, Sofía le contó todo. La Vale la escuchó con los ojos cada vez más abiertos.
—¿Y cómo hacen? —preguntó.
—No hacemos nada. Nos vemos, estamos bien, y listo.
—¿No hay celos?
—No. O no todavía. Por ahora no.
—¿Y si aparecen?
—Ahí veremos.
—La puta madre, Sofi. Estás viviendo una fantasía.
Sofía se rió.
—Y sí. Un poco.
—¿Y qué se siente?
—Se siente bien. Se siente lindo. Se siente como si no tuviera que elegir. Como si pudiera tener las dos cosas. Y los dos me quieren, a su manera. Y yo los quiero a los dos. Distinto, pero a los dos.
La Vale se quedó pensando.
—¿Y se lo vas a contar al Chino?
—Si quiere saber, sí. No es un secreto.
—Bueno, pero avisame antes, así lo preparo.
Y se rieron las dos.
El Chino, al final, también se enteró. No preguntó mucho, se rió, y dijo "mientras no me metan a mí, todo bien". Y quedó ahí.
Una noche, ya entrado el otoño, los tres tirados en la cama después de coger, con la ventana entreabierta y el fresco entrando despacio, Sofía habló:
—¿Se imaginan que esto dure mucho?
—¿Cuánto es mucho? —preguntó Lucas.
—No sé. Años.
—Y, puede ser.
—¿Y si un día alguno quiere otra cosa?
—Ahí vemos —dijo Mateo—. Pero mientras queramos esto, lo tenemos.
—Sí —dijo Lucas—. Mientras queramos.
Sofía, en el medio, los abrazó a los dos.
—Bueno. Entonces, mientras queramos.
Y se durmieron así, los tres, con el fresco del otoño chaqueño entrando por la ventana, con las manos de los dos sobre su cuerpo, con la certeza tranquila de que, por ahora, todo estaba bien. Y que lo que viniera, lo iban a ver juntos. O de a dos. O como fuera. Pero juntos, al fin.
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