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Capítulo Ocho: Un Sábado Distinto

El sábado siguiente, en la casa, hubo algo nuevo. Sofía había comprado un juguete, un vibrador chico, rosado, de esos que se manejan con control remoto. Lo había visto en una vidriera y lo había comprado sin pensarlo. Se lo mostró a Mateo en la cocina, antes de que llegara Lucas.
—¿Y esto?
—Para probar.
—¿Con él?
—Con él y con vos.
Mateo la miró y se rió.
—Sos peor que yo.
—Aprendí.
Cuando Lucas llegó, no le dijeron nada. Cenaron, tomaron, se sentaron en el sillón. Sofía estaba en el medio, otra vez. Pero esta vez, en un momento, Mateo le puso el vibrador en la mano y se lo pasó a Lucas por debajo de la manta.
—Un regalito —dijo Mateo.
Lucas miró el aparatito, después a Sofía, después a Mateo. Se rió.
—¿En serio?
—En serio.
Sofía se puso colorada, pero se dejó. Lucas le levantó el vestido, le bajó la bombacha, y le puso el vibrador. Lo encendió despacio, en la primera velocidad. Sofía se arqueó.
—Uff —dijo.
—¿Está bien?
—Sí.
Lucas empezó a moverlo, despacio, sobre el clítoris. Mateo, del otro lado, le besaba el cuello. Sofía cerró los ojos y se dejó llevar. Los dos la tocaban, uno con el vibrador, el otro con la boca. Y ella, en el medio, con las manos apoyadas en las piernas de los dos, se vino en un par de minutos, con un gemido agudo que hizo reír a los dos.
—¿Ya? —preguntó Lucas.
—Ya. Estaba caliente de antes.
—Ah, mirá.
—Desde que entraste.
Lucas se rió y apagó el vibrador. Sofía quedó tirada, sin aire. Pero la noche no terminó ahí. De a poco, los tres se fueron sacando la ropa, y terminaron en la cama, enredados. Esta vez, Sofía estuvo con los dos, alternándose, primero uno, después el otro. Y después, cuando ya no daba más, los dos la cogieron a la vez. Lucas en la concha, Mateo en la boca. Sofía, entre los dos, se sentía completa, llena, rodeada. Se vino por tercera vez, con los dos todavía adentro, y después se dejó caer, agotada, entre los dos.
—No puedo más —dijo.
—Descansá —dijo Mateo.
—Ya está —dijo Lucas.
Se quedaron los tres en la cama, con Sofía en el medio, respirando fuerte. Y en el silencio, ella habló:
—¿Saben qué?
—¿Qué? —preguntaron los dos.
—Que los quiero a los dos.
Mateo se rió.
—Y sí.
Lucas también.
—Y sí.
—No es lo mismo —dijo Sofía—. Los quiero distinto. Pero a los dos.
—A los dos —dijo Mateo.
—A los dos —dijo Lucas.
Y se quedaron así, abrazados, sin decir nada más. Porque no hacía falta.

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