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Capítulo Cuatro: El Juego Se Vuelve Confesión

Los días siguientes fueron de calentura contenida. Mateo y Sofía cogían casi todas las noches, y en la cama, sin decirlo del todo, el nombre de Lucas empezó a colarse en los dos. Mateo lo decía primero, medio en broma, medio en serio:
—¿Te gustaría que te vea?
—¿Quién?
—Lucas. Que te vea cogiendo.
—Mmmmm.
—¿Sí o no?
—Sí.
Y se venían. Después, ella también se animaba:
—¿A vos te gustaría que me coja?
—Mucho. Me calienta la idea.
—¿Te calentaría que me vea desnuda?
—Ya te vio medio desnuda con la foto.
—Pero desnuda de verdad.
—Sí.
Así fueron subiendo el tono de a poco. Se contaban lo que fantaseaban sin vergüenza, sabiendo que todo quedaba entre ellos. Y así, un viernes, después de coger, quedaron los dos tirados en la cama, mirando el techo, transpirados, riéndose de lo que acababan de decir.
—Le mostramos algo —dijo Mateo.
—¿El qué?
—Un video.
Sofía se dio vuelta.
—¿Nos grabamos?
—¿Por qué no? Lo grabamos nosotros, lo miramos, y si nos gusta, se lo mandamos a Lucas. Y si no, queda para nosotros.
Ella pensó un segundo.
—Bueno.
Esa noche no lo hicieron. Pero la idea quedó sembrada. Y dos días después, cuando volvieron a estar solos y calientes, Mateo puso el celular en el estante de la biblioteca, apuntando a la cama, y le dio grabar.
—¿Listo?
—Listo —dijo Sofía, y se sacó la remera.
Cogieron distinto, otra vez. Más concientes. Más teatrales. Sofía, sabiendo que la cámara la enfocaba, se movió con más arte, buscó las poses, dejó que se le vieran las tetas, la cola, la espalda arqueada. En un momento, se puso encima de Mateo y le dio la espalda, moviéndose despacio, como una odalisca, mientras Mateo, desde abajo, le agarraba las caderas y la ayudaba a mecerse. Cuando terminaron, Mateo frenó la grabación y los dos miraron el video, desnudos, con el corazón todavía latiendo fuerte.
—Está bueno —dijo Mateo.
—Está bueno —confirmó ella, y se rió—. Se me ve todo.
—Sí.
Se quedaron un rato mirando el video. Sofía lo veía una y otra vez, deteniéndose en los detalles. En cómo se le veía la cola cuando se daba vuelta. En cómo los pechos le rebotaban apenas. En cómo Mateo, desde abajo, le agarraba la cintura y la guiaba. Era ella, sí, pero vista desde afuera, y eso la excitaba de una manera nueva.
—¿Se lo mandamos? —preguntó Mateo.
—Todavía no. Lo dejo reposar.
—¿Reposar?
—Sí. Que no sepa que estamos tan ansiosos.
Mateo se rió. Le gustaba que Sofía, que hasta hacía poco era pura timidez, ahora planificara los tiempos del juego.
—Bueno. Cuando quieras.
Esa semana, sin embargo, se les cruzó otra cosa: el grupo armó una salida al mismo boliche de siempre. Sofía pensó mucho qué ponerse. Terminó eligiendo un top negro de tiras que se le ajustaba al cuerpo y dejaba la espalda descubierta, y una pollera corta que apenas le tapaba la cola. Cuando Mateo la vio, silbó.
—¿Esto es para Lucas?
—Puede ser.
—Vos sos peor que yo.
En el boliche, la cosa fue como las anteriores, pero más intensa. Sofía bailó, tomó, se soltó. En un momento, Mateo se acercó a Lucas y le habló al oído:
—Va a bailar para vos.
Lucas lo miró.
—¿Cómo?
—Que va a bailar para vos. Quedate quieto y mirá.
Sofía, entonces, esperó una canción lenta y sensual, se paró frente a Lucas y empezó a moverse. No era un baile coreografiado, era algo más animal, más instintivo. Movía la cintura, las caderas, se pasaba las manos por el pelo, por el cuello, por la cintura. Se acercaba y se alejaba. Lo miraba a los ojos. Lucas, quieto, con un vaso en la mano, no se perdía un movimiento.
Mateo, al lado, la filmaba con el celular.
—Dale, seguí —le dijo.
Ella siguió. Se levantó apenas el top, mostró el piercing del ombligo, dejó que se le viera la parte baja del abdomen. Se estiró los brazos hacia Lucas, casi rozándole el cuello con las manos. Él tragó saliva.
—¿Te gusta cómo baila mi odalisca? —le preguntó Mateo al oído.
—Sí. Me encanta.
Mateo, entonces, se acercó a Sofía y le habló al oído:
—Dice que le encanta cómo bailás.
Sofía no paró de moverse. Pero miró a Lucas, directo, y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa, ya sin disimulo.
Cuando terminó la canción, Sofía se sentó, transpirada, y Mateo le pasó una cerveza. Los tres quedaron en la mesa, mirándose, sin decir demasiado. El aire estaba espeso. Lucas, después de un rato, se levantó a buscar más trago, y Mateo aprovechó para hablar con Sofía.
—¿Viste cómo te miraba?
—Sí.
—¿Te gustó?
—Sí.
—Entonces ya está. Se lo mostramos.
Esa noche, cuando llegaron a la casa, Mateo abrió el WhatsApp y le mandó a Lucas un mensaje directo:
"Che. ¿Estás despierto?"
Lucas: "Sí, boludo. ¿Qué pasa? Todavía estoy en el boliche con los chicos."
Mateo: "Cuando llegues a tu casa, avisame."
Lucas: "Uh. ¿Plan?"
Mateo: "Puede ser."
Lucas: "Listo. Ya estoy llegando."
Pasaron veinte minutos. Sofía se había puesto una remera de Mateo, sin bombacha, y estaba tirada en la cama. Mateo, en calzoncillos, con el celular en la mano, esperaba. Cuando llegó el mensaje de Lucas, "Ya llegué", Mateo abrió la galería, buscó el video, y lo mandó.
"Mirá esto. Después me contás."
El video duraba casi siete minutos. Pusieron el cronómetro mentalmente. A los dos minutos, Lucas escribió:
"No puedo. No puedo más."
A los cuatro minutos:
"Mateo la puta madre."
A los seis minutos:
"¿Cómo haces para estar con ella y no morirte?"
Cuando terminó el video, Mateo le mostró la pantalla a Sofía. Ella lo leyó, se rió, se mordió el labio.
—Contestale algo —dijo.
Mateo escribió:
"¿Y? ¿Te gustó?"
Lucas: "Me encantó. Es un infierno tu novia. Te lo digo en serio."
Mateo: "¿Te calentó?"
Lucas: "¿Qué te parece? Estoy como loco."
Mateo: "¿Y ahora qué vas a hacer?"
Lucas: "Pajearme, obvio. ¿Vos qué crees?"
Mateo le mostró a Sofía. Ella se rió, y después, en un impulso, le sacó el celular de la mano y escribió ella misma:
"Hola Lucas. Soy Sofía. Disfrutá el video."
Del otro lado, Lucas tardó unos segundos. Después:
"Hola Sofía. Gracias por dejarme ver. Estás hermosa."
"Gracias."
"¿Vos también me escribís o me está usando Mateo?"
Sofía se rió a carcajadas.
"Soy yo, boludo. Escribo con los dedos."
"Uy, perdón."
"No pasa nada."
"Entonces, che, en serio, estás hermosa. Mateo es un tipo con suerte."
"Gracias, Lucas. Vos también me caés bien."
Mateo, al lado, miraba la conversación entre su novia y su amigo, y se le paraba de nuevo. Sofía, tirada a su lado, escribía y se mordía el labio. En un momento, Lucas escribió:
"Che, Sofía, ¿te molesta si te digo algo?"
"No, decime."
"En el video hay un momento en que te das vuelta y se te ve la cola entera. Está buenísima. Perdón que te lo diga."
Sofía se rió y le pasó el celular a Mateo.
—¿Qué le contesto? —preguntó.
—Lo que sientas.
Ella escribió:
"Gracias, Lucas. Me gusta que te guste."
Y después, sin pensarlo demasiado:
"Si querés, después te mandamos otro."
"¿En serio?"
"Sí."
"No me jodas."
"Te lo prometo."
Y así, sin darse cuenta, Sofía acababa de abrir una puerta que ya no iba a cerrarse.
Esa noche, después de cortar la charla con Lucas, Sofía y Mateo cogieron otra vez. Pero esta vez fue distinto. Ella, montada encima, con la espalda arqueada y las manos apoyadas en el pecho de Mateo, se movía mirando el techo. En un momento, le dijo al oído:
—Me calentó que él me viera.
—Ya sé.
—Me calentó que te diga que me gusta que le guste.
—Mmmmm.
—¿Vos querés que él me vea de nuevo?
—Sí. Mucho.
—¿Y si algún día me quiere tocar?
Mateo la agarró de la cintura y la apretó contra él.
—Ahí vemos. Pero primero, que mire. Despacito.
—Despacito —repitió ella, y se vino con un gemido largo que Mateo no le había escuchado nunca.

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