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Contrata una prostituta y llega su madre. Parte #5

Contrata una prostituta y llega su madre. Parte #5
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El mensaje llegó por la tarde:
«Esta vez yo llevo el atuendo. Prepárate.»
Katia sintió un escalofrío. Inmediatamente pensó: Va a ser algo mío. Otra vez.
Cuando llegó al departamento, Fabiano ya la esperaba con una bolsa de tela. La miró con una sonrisa contenida y le entregó el contenido sin explicar nada.
Dentro había una enagua blanca, de esas formales que llegan justo por encima de la rodilla, de tela fina y algo rígida. Una camisa blanca de botones, la misma que ella usaba años atrás cuando trabajaba de secretaria. Y un frasco de perfume. Su perfume. El que guardaba en el tocador de su casa.
—Póntelo todo —dijo él con voz baja—. Y échate el perfume. Todo.
Katia entró al baño con las manos temblando. Se desnudó, se puso la enagua y la camisa. Se abotonó despacio. El olor del perfume, al abrirlo, le golpeó la memoria con una fuerza brutal. Se echó un poco en el cuello y en las muñecas. Cuando se miró al espejo, vio a la mujer que era hace quince años… y a la madre de Fabiano.
Salió del baño.
Fabiano se quedó quieto. La miró de arriba abajo con una intensidad que no había tenido antes. Los ojos se le oscurecieron. Respiró hondo, como un animal que acaba de oler sangre. Dio un paso hacia ella, se acercó hasta casi rozarla y olió su cuello con avidez, los ojos cerrados.
—No sabes cuántas veces me masturbé en mi juventud cuando veía a mi mamá salir a trabajar con este uniforme —susurró contra su oreja, la voz ronca de emoción contenida—. Me excitaba demasiado. Recuerdo que la husmeaba mientras se cambiaba… a la vez que me masturbaba.
Katia sintió un asco profundo, frío, que le subió desde el estómago hasta la garganta. Quiso llorar. Quiso empujarlo. Quiso gritarle que era ella, que era su madre, que lo que él acababa de confesar era monstruoso. Pero no dijo nada. Solo se quedó rígida mientras él seguía oliéndola.
—Ponte de perrito —ordenó de pronto—. Y camina hacia mí. Despacio.
Ella obedeció. Se arrodilló en la alfombra y empezó a avanzar a cuatro patas hacia él. Fabiano la miraba desde la cama, ya sin camisa, la respiración acelerada.
—Dilo —exigió—. Di: “Esto es lo que siempre has querido, hijo… follar a tu madre”.
Katia tragó saliva. La voz le salió casi sin fuerza, apagada:
—Esto es lo que siempre has querido, hijo… follar a tu madre.
Él soltó un gemido gutural y la agarró por las caderas.
La usó como una puta.
La embistió de perrito con fuerza, sin la ternura del encuentro anterior. Le sujetaba la cintura con ambas manos y empujaba hasta el fondo, gruñendo. La volteó, la puso de misionero y le abrió las piernas de par en par, follándola profundo mientras le sujetaba las muñecas sobre la cabeza. La sentó a horcajadas sobre él y la hizo rebotar, sujetándole las tetas a través de la camisa. La puso de lado, le levantó una pierna y la penetró con embestidas rápidas y secas. Cada vez que gemía, le decía cosas:
—Así… así se folla a una madre…
—¿Te gusta que tu hijo te use?
—Eres igual… igual que ella…
Katia cerraba los ojos y solo sentía asco, culpa y una excitación traicionera que odiaba. Cuando él se acercó al orgasmo, la obligó a arrodillarse, le agarró el cabello y se corrió en su boca y en su cara. El semen le cayó caliente sobre los labios, la mejilla y el mentón. Ella lo tragó en silencio, la mirada baja.
—Límpiate —dijo él, todavía jadeando.
Katia se levantó, fue al baño y se lavó la cara con agua fría. Cuando salió, lista para recoger su ropa e irse, Fabiano la tomó del brazo y la empujó de nuevo hacia la cama.
—Todavía no.
Esta vez no la folló como puta. La besó. La besó con una pasión casi desesperada, abriéndole la boca, mordiéndole el labio inferior, bajando a su cuello. Le quitó la camisa despacio y le lamió los pechos a través de la camisa. Entró en ella de misionero otra vez, pero ahora con movimientos largos, profundos, mirándola a los ojos. Le besaba la frente, las mejillas, la boca entre embestida y embestida. Le susurraba cosas suaves mezcladas con obscenidades. Katia intentó apartar la cara un par de veces, pero él la sujetaba con firmeza y seguía besándola.
Cuando se corrió, lo hizo dentro de ella, apretándola contra su pecho, temblando. Se quedó encima un momento y luego se echó a su lado, todavía dentro, y la abrazó por la cintura.
Katia tenía los ojos llenos de lágrimas. Quería llorar. Se aguantó.
Él la apretó más contra su cuerpo y habló contra su cabello, con voz calmada, casi contenta:
—Ya que no puedo follar a mi mamá… te seguiré follando a ti en cada ocasión que pueda.
Las lágrimas se le escaparon entonces. Rodaron por su sien hasta la almohada. Fabiano no se dio cuenta. Seguía abrazándola, acariciándole la espalda.
Al rato ella se levantó. Se vistió en silencio. Él la observaba desde la cama, todavía desnudo.
—No podré verte en unos días —dijo de pronto—. Voy a quedarme en casa de mis padres por el cumpleaños del viejo.
Katia se quedó paralizada. El tiempo se detuvo un segundo. Él iba a dormir bajo el mismo techo que ella. En la habitación de al lado. El hijo que la deseaba, el que la había estado follando sin saberlo, el que se masturbaba oliendo su ropa de secretaria… iba a estar en su casa.
Asintió con la cabeza, sin voz.
En la puerta se detuvo un instante, como siempre.
—Si quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Salió. Cerró la puerta con cuidado.
En el ascensor no hubo lágrimas. Solo un vacío frío. La frase daba vueltas en su cabeza una y otra vez:
Iré a quedarme con mis padres.
Su hijo. El que la quería follar. El que ya la había follado. Dormiría a pocos metros de su cama.

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