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me termine follando ami cuñada borracha

Hola, soy Mario. Tengo 36 años. Soy un hombre bastante gordito, la verdad. Pecho amplio, brazos gruesos peludu y una panza que ya no es de joven… estoy mayor, pero todavía tengo fuerza. Llevo ocho años casado y, de verdad, soy feliz. Tengo una hija pequeñita que adoro, un trabajo que no me va mal y una esposa a la que quiero. Llevo una vida tranquila y divertida. Todo en orden.
Hasta que aparece ella.
Dariana es mi cuñada. Tiene 18 años. Es muy linda. Piel clara y suave, cintura estrecha que se marca cuando camina, tetas firmes y redondas que se empujan contra cualquier blusa, y un culo bastante rico, que se le marca delicioso con leggins. Desde el primer día que la vi en la casa de mi entonces novia me llamó la atención. No lo dije nunca. No lo pensé en voz alta. Solo lo guardé.
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cunada



Cada vez que iba de visita no podía evitar mirarle las nalgas. Siempre me caí bien, nos llevábamos bastante bien… pero nada más. Una tarde fui al baño sin tocar. Abrí la puerta y ahí estaba ella, desnuda, bañándose. Me quedé viéndola un segundo. Se dio cuenta, se espantó, se cubrió y gritó “¡está ocupadooo!”. Cerré la puerta rápido, pero no pude quitarme esa imagen de la cabeza. Mi cuñada desnuda. Esa imagen se me quedó clavada su cuerpo desnudo me hipnotizo pero no como cuando te enamoras deseo.
despues pues Me casé. Tuve a mi hija. Seguí con mi vida normal. Pero nunca dejé de mirar a Dariana.
Hace poco fue la fiesta de la abuela de mi esposa. Nos vestimos mi esposa, mi hija y yo, y nos fuimos a un rancho de su familia. El lugar estaba lleno. Familia completa primos, papás, tíos, amigos… todos. Música alta, comida por todos lados y mucho alcohol.

Llegamos y, como siempre, el saludo de uno por uno, abrazos, sonrisas, “¿cómo estás?”. Y ahí estaba Dariana.

Traía un vestido un poco ancho, suelto, que aun así se le veía hermoso. Se le marcaba la cintura y, cuando se movía, el culo se le notaba. Deliciosa. Me acerqué a saludarla con la misma naturalidad de siempre. Un abrazo corto, un “qué tal, cuñada”, y listo. Nada fuera de lo normal.

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La fiesta siguió. Comimos, bailamos, celebramos. Conforme se hacía más de noche empezamos a beber lo habitual cerveza, tequila, lo que hubiera en la mesa. Yo me mantuve controlado. Dariana, en cambio, no está acostumbrada. Al principio solo tomaba de a poco, riendo con las primas, pero conforme pasó la noche el alcohol se le fue subiendo rápido.

La veía de reojo. Cada vez que se inclinaba a servir o a agarrar algo, el vestido se le pegaba un segundo al cuerpo. Cada vez que reía fuerte, esas tetas firmes se movían bajo la tela. Y yo, con mi panza y mis 36 años, sentía esa culpa vieja revolviéndome en el pecho… pero no apartaba la vista.

Poco a poco empezó a tambalearse. Se agarraba de las sillas, hablaba más fuerte, más arrastrado. Una de las primas le dijo que ya parara, pero ella solo se rio y pidió “una más”.

Mi esposa se acercó a mí cerca de las dos de la mañana, con cara de preocupación.

—Mario… Dariana ya no puede ni pararse derecha. Llévala a casa de nosotros a dormir, está mas cerca que la de mi mama, por favor. Yo me quedo un rato más con mis primas y los demás, estoy bien a gusto. La niña se puede quedar dormida aquí en el cuarto de atrás.

La miré. Dariana estaba sentada en una silla de plástico, el vestido subido más de lo debido, las piernas abiertas sin darse cuenta, la mirada perdida y una sonrisa tonta en la cara.

Tragué saliva.

—Está bien —contesté.
Mi esposa me ayudó a levantarla. Entre los dos la sacamos de la silla. Dariana apenas se sostenía. Se reía tonta, con la cabeza caída sobre mi hombro. Al acomodarla para llevarla, mi mano grande se resbaló y le agarré una teta por completo, sin querer. La sentí firme, caliente, pesada en la palma. Bajé la mano de inmediato, como si me hubiera quemado, y tragué saliva. Mi esposa no se dio cuenta. Seguimos caminando.

La subimos al carro sin mayor problema. Mi esposa le acomodó el cinturón, me dio un beso rápido y me dijo:

—Maneja despacio. Yo llego en un rato o si llegas rapido te vienes.

Arranqué.

El trayecto fue corto. Dariana iba recostada en el asiento, el vestido revuelto, una pierna abierta, respirando pesado. De vez en cuando soltaba una risa baja o murmuraba algo que no se entendía. Yo no la miraba mucho… pero tampoco podía dejar de sentir el peso de esa teta que había agarrado segundos antes.

Llegamos a casa. La saqué del carro casi cargándola. Entramos. La llevé directo a la sala y la recosté en el sofá. Quedó tirada, borrachísima, el vestido subido hasta la mitad de los muslos, el escote ladeado dejando ver el borde de un brasier claro. La boca entreabierta, los ojos entrecerrados, el pecho subiéndole y bajándole despacio.

Me quedé de pie frente a ella, respirando agitado.

La casa estaba en silencio.

Solo nosotros dos.
Llegamos a casa. La saqué del carro casi cargándola. Entramos. La llevé directo a la sala y la recosté en el sofá. Quedó tirada boca abajo, borrachísima, el vestido subido hasta la mitad de los muslos, el escote ladeado dejando ver el borde de un brasier claro. La boca entreabierta, los ojos entrecerrados, el pecho subiéndole y bajándole despacio.

Me quedé de pie frente a ella, respirando agitado.

La casa estaba en silencio.
Solo nosotros dos.

—Dariana… —la llamé en voz baja.

Nada.

—Dariana —repetí, un poco más fuerte.

No contestó. Estaba dormidísima. Ni se inmutó. Solo seguía respirando pesado, el culo levantado por la posición, el vestido arrugado sobre sus muslos gruesos.

Me quedé mirándola.

La culpa me apretó el pecho con fuerza. Pensé en mi esposa, en mi hija dormida en el rancho, en los ocho años de matrimonio. Pero mis ojos no se movían de ese culo redondo, pesado, apenas cubierto por la tela del vestido. Desde donde estaba se le marcaba perfecto el contorno de las nalgas.


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Tragué saliva.
Mis manos sudaban.
Me acerqué. Le toqué el hombro con fuerza.

—Dariana… despierta.

Nada. Ni un movimiento.

La volví a tocar, más duro, casi sacudiéndola.

—Dariana, ¿me oyes?

Silencio total. Seguía profundamente dormida, respirando pesado, la cara aplastada contra el sofá.

La culpa me estaba comiendo vivo. Pensaba en mi esposa, en mi hija, en todo lo que podía perder… pero el deseo era más fuerte. Me estaba ganando.

Me agaché y le quité los tacones uno por uno. Sus pies quedaron descalzos, suaves, relajados. No pude dejar de mirarla. Ese cuerpo tirado boca abajo, el vestido revuelto, el culo levantado…

Me puse de pie otra vez.

Tragué saliva.

Y le levanté el vestido.

Se lo subí despacio hasta la cintura. Quedó completamente descubierta de la cintura para abajo. Solo llevaba unas bragas blancas, finas, que se le metían un poco entre las nalgas. El culo se le veía enorme, redondo, la piel clara y suave. Los muslos gruesos apretados uno contra el otro.

Me quedé paralizado mirándola era justo como me la imaginaba

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La polla ya se me estaba poniendo dura dentro del pantalón.


Me quedé parado frente a ella varios segundos, solo mirando. El vestido estaba subido hasta la cintura, las bragas blancas apenas cubrían ese culo enorme. Se le veía el hueco entre las nalgas, la tela un poco hundida. La piel se veía suave, clara, casi brillando con la poca luz de la sala.

La culpa me apretaba la garganta.
“Esto está mal… es tu cuñada… tienes esposa… tienes hija…”

Pero la polla ya me dolía de lo dura que estaba.

Alargué la mano temblando. Primero solo rocé con la yema de los dedos atrás de su muslo. Estaba caliente. Suave. No se movió. Entonces subí la mano despacio y le agarré una nalga completa. La carne se me hundió entre los dedos. Era pesada, firme y suave al mismo tiempo. La apreté otra vez, más duro, y la moví un poco de un lado a otro. El culo le tembló.

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—Joder… —susurré.

Seguí manoseándola. Le abrí un poco las nalgas con ambas manos, mirando cómo la tela de las bragas se le metía más entre el culo. El calor que salía de ahí me subió directo a la cabeza. Ya no pensaba con claridad.

Me puse detrás de ella en el sofá. empecé a bajarle las bragas. Las bajé despacio, centímetro a centímetro, hasta dejarlas a mitad de los muslos. El culo quedó completamente expuesto. Redondo, abierto, la vagina apenas visible entre las nalgas. Se le veía todo.
Olor a mujer, a alcohol y a algo dulce.

La culpa seguía ahí… pero ya no era suficiente para detenerme.
Le abrí las nalgas con las dos manos. Las separé bien para verla mejor.
Tenía la vagina rica un poco peluda. , hinchadita, un poco brillante por la humedad. Se le veía el agujero del culo también, apretado y oscuro.

No pude evitarlo.
Bajé una mano y le toqué la vagina con dos dedos. Estaba caliente y suave. La froté despacio de arriba abajo, sintiendo cómo se le abría un poco entre los labios. Metí la yema del dedo medio y noté que ya estaba empezando a mojarse, aunque estuviera dormida.

—Putamadre… —murmuré.

Le abrí más las nalgas y le hundí el dedo un poco más adentro de la vagina. Estaba apretada, caliente, y hacía un ruidito húmedo cuando lo movía. Con la otra mano le seguía apretando el culo, separándolo, mirando todo.

La culpa me quemaba el pecho. Sabía que estaba tocando a mi cuñada borracha y dormida. Pero no podía parar. La vagina se le sentía demasiado rica, demasiado caliente.

Saqué el dedo, me lo llevé a la boca y lo chupé. Sabía a ella.

Después se lo volví a meter, esta vez más profundo, y empecé a moverlo adentro, lento, escuchando el sonido mojado que hacía.

Dariana solo soltó un gemido bajo, casi un ronquido, pero no despertó.
No aguanté más le baje las bragas por completo.

Me acerqué del todo, le abrí las nalgas con las dos manos y le pegué la cara al culo. Primero olí fuerte. Después saqué la lengua y le di una lamida larga, de abajo hacia arriba, pasando por toda la vagina. Estaba caliente y sabía rico. Volví a lamer, más despacio, abriéndole los labios con la lengua, metiéndola entre ellos.

Chupé.
Le chupé la vagina con ganas, haciendo ruido, metiendo la lengua lo más adentro que pude. Sentía el sabor de ella, el calor, cómo se le mojaba más mientras la chupaba. Con las manos le seguía abriendo el culo para poder enterrar mejor la cara.

estaba tan borracha no despertó.

Seguí. Le chupé los labios, le di lengüetazos rápidos en el clítoris, le metí la lengua adentro otra vez. El sonido era obsceno: húmedo, sucio. La saliva se me mezclaba con sus flujos y se me escurría por la barbilla. No me importó. Seguí comiéndole la vagina como un animal, respirando por la nariz, apretándole las nalgas con fuerza.


Me levanté un poco, me desabroché el pantalón y me saqué la verga. Ya estaba completamente dura, gruesa, venosa, con la cabeza goteando. Me la agarré y se la restriegué por la cara: por la mejilla, por los labios, por la nariz. Le dejé un rastro brillante de precum.

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Le abrí un poco la boca con los dedos y se la metí solo un poco. Sentí el calor y la saliva. La moví despacio adentro de su boca floja, sin forzarla del todo. La saqué babosa.

Después me puse detrás de ella. Le abrí las nalgas, le puse la verga encima de la vagina y se la restriegué arriba y abajo, mojándome con sus flujos. Estaba bien resbalosa y caliente.

Acomodé la punta en su entrada y empujé lento, poquito a poco. Estaba apretada, se abría con dificultad alrededor de mi verga, pero como estaba bien mojada se me fue metiendo centímetro a centímetro sin tanto problema. Seguí empujando despacio hasta que se me hundió completa, hasta las bolas.

Me quedé quieto un segundo, bien adentro, respirando agitado.
La culpa me golpeó otra vez… pero mi verga estaba enterrada hasta el fondo en la vagina de mi cuñada.

Empecé a moverme lento


Empecé a cogerla despacio, poco a poco mas hondo. Cada embestida hacía que su culo rebotara contra mi panza. El sonido era húmedo y sucio: mi verga entrando y saliendo de su vagina, chapoteando. Le apretaba las nalgas con las dos manos y las separaba para ver cómo me la tragaba completa.

De repente Dariana se tensó.

—¿…Mario? —su voz salió pastosa, confusa.

Se despertó.

Intentó moverse, pero yo estaba encima, bien metido.

—¡¿Qué… qué estás haciendo?! —dijo, todavía medio borracha, intentando apartarme con las manos flojas—. ¡No… sácamela! ¡Mario, no!

Seguí metiéndosela. Más fuerte. Más hondo.

—Cállate… —le dije entre dientes, agarrándola de la cintura—. Ya estoy adentro.

—¡No! ¡Suéltame! ¡Eres el esposo de mi hermana! —forcejeó un poco, pero el alcohol y el sueño la tenían débil. Su vagina, sin embargo, seguía apretándome, mojada, succionándome la verga cada vez que salía.

La culpa me quemaba, pero ya no iba a parar. La sujeté más fuerte, le levanté un poco las caderas y empecé a dársela más bruto. El golpe de mis caderas contra su culo resonaba en la sala.

—¡Mario… para…! —su voz ya no sonaba tan segura. Se le escapó un gemido cuando le di especialmente hondo.

—La tienes demasiado rica —le gruñí al oído, sin dejar de cogerla—. Ya déjate.

Ella seguía negando con la cabeza, pero sus empujones eran cada vez más débiles. Su vagina se contraía sola alrededor de mi verga. De pronto dejó de forcejear del todo. Solo jadeaba, con la cara aplastada contra el sofá, agarrando el cojín con una mano.

—Joder… —susurró, casi sin voz.

Y entonces cedió.

Abrió un poco más las piernas. Empujó el culo hacia atrás, buscándome. Ya no decía que parara. Solo gemía bajito cada vez que se la enterraba hasta el fondo.

La cogí más fuerte, más sucio, sin piedad, escuchando cómo mi cuñada de 18 años, borracha y recién despertada, terminaba entregándome la vagina por completo.
Seguí cogiendo a Dariana con fuerza, bien hondo, escuchando el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su vagina. Ella ya no forcejeaba. Solo gemía contra el sofá, el culo empujando hacia atrás cada vez que yo embestía.

De pronto levantó un poco el torso. Con las manos temblorosas se agarró el vestido y se lo empezó a subir ella misma. Se lo quitó por completo, tirándolo al piso. Después se desabrochó el brasier y se lo sacó también. Quedó completamente desnuda.

Sus tetas firmes y redondas quedaron libres, colgando un poco por la posición, los pezones duros. La espalda desnuda, la cintura estrecha, el culo enorme y ahora sin nada que lo cubriera. Todo su cuerpo a mi disposición.

—Así… —susurró ella, casi sin voz, y abrió más las piernas.

La agarré de las caderas y se la metí hasta el fondo de un solo golpe. Ahora podía verla toda: las tetas rebotando cada vez que la cogía, la piel clara brillando de sudor, el culo temblando con cada embestida. Le di una nalgada fuerte y la carne le ondeó.

—Qué puta te ves así —le dije, sin dejar de meterle la verga—. Toda desnuda

Dariana solo gimió más alto y empujó el culo hacia mí, buscándome todavía más profundo.
Le saqué la verga de golpe. Salió brillante, gruesa, cubierta de sus flujos. Un hilo grueso de líquido se estiró desde la cabeza hasta su vagina abierta.

La voltié de un jalón. La puse boca arriba en el sofá.

Su cara se veía todavía medio dormida, los ojos entrecerrados, los labios hinchados, el cabello negro pegado a la frente por el sudor. Tenía esa expresión de borrachera y placer mezclados. Abajo, entre las piernas abiertas, se le veía la vagina completamente abierta y mojada peludita: los labios hinchados, rosados, brillando, el agujero dilatadito y goteando sobre el sofá.

Me monté encima de ella. Le abrí más las piernas, acomodé la verga en su entrada y se la enterré de un solo empujón hasta el fondo. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

Empecé a cogerla fuerte, de frente. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran. Le agarré la cara con una mano y la obligué a mirarme. Después me incliné y la besé. Le metí la lengua en la boca mientras le daba duro, folándola sin piedad. Ella me correspondió el beso, torpe, sucia, chupándome la lengua mientras su vagina me apretaba.

El sonido era obsceno: mi verga chapoteando dentro de ella, el golpe de mis caderas contra su culo, los gemidos ahogados entre el beso. Le mordí el labio inferior y seguí metiéndosela hasta el fondo, mirándola a los ojos mientras la usaba.

—Así te quería… —le gruñí contra la boca—. Toda abierta, dejándote coger.

Dariana solo abrió más las piernas y me agarró de la espalda, clavándome las uñas, pidiendo más.
Le seguí dando sin parar. Más fuerte, más hondo, sin piedad. El sofá crujía. Sus tetas rebotaban con cada embestida. La vagina le hacía un sonido húmedo y sucio cada vez que mi verga entraba y salía. Dariana ya no se contenía: gemía alto, con la boca abierta, los ojos entrecerrados, agarrándome de los hombros y empujando las caderas hacia mí.

—Me… me voy a correr… —dijo ella.

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La sentí apretarme de repente. Su vagina se contrajo fuerte alrededor de mi verga, una y otra vez, en oleadas. Se corrió temblando, mojándome todavía más, Gritó mi nombre entre dientes mientras se venía.

Eso me empujó a mí también.

Le di las últimas embestidas brutales, bien hondo, y me corrí adentro. Le llené la vagina de leche. Sentí cómo me salía a chorros, caliente, espesa, disparándose dentro de ella. Me quedé clavado hasta el fondo mientras le seguía echando todo.

Cuando por fin saqué la verga, salió gruesa, brillante, y detrás de ella empezó a salir la leche. Un chorro blanco y espeso se le derramó de la vagina abierta, escurriéndose entre los labios hinchados, bajándole por el culo y formando un charco en el sofá. Seguía saliendo a poco, cremosa, mezclada con sus propios flujos. La entrada se le veía roja, dilatada, goteando.

Dariana respiraba agitada, todavía con las piernas abiertas, mirando cómo le salía toda mi leche de la vagina.
Me recosté a su lado en el sofá, todavía con la verga húmeda y el pecho agitado. Los dos respirábamos pesado. El silencio de la casa se sentía más fuerte ahora.

Dariana se quedó callada un rato, mirando al techo. De pronto habló, con la voz ronca y baja:

—Fue… fue mi primera vez.

Me giré a verla. Tenía la cara todavía enrojecida, los labios hinchados, el cabello revuelto. Entre las piernas se le seguía escapando un hilo de leche blanca que le bajaba por el muslo.

—¿Qué? —pregunté, aunque la había escuchado perfectamente.

—Nunca había… nunca había estado con nadie —repitió. Se quedó callada unos segundos y después me miró, confundida—. Mario… ¿cómo llegué aquí? ¿Qué me pasó? No recuerdo casi nada después de la fiesta…

Tragué saliva. La culpa me golpeó otra vez, pero ya era tarde para arrepentirme.

Le mentí.

—Tú te me insinuaste —le dije con calma, mirándola a los ojos—. En el carro empezaste a tocarme, me besaste… me dijiste que me querías. Cuando llegamos a casa te tiraste en el sofá y me pediste que te cogiera. Estabas bien borracha, pero eras tú la que me buscaba.

Dariana me miró en silencio. Parpadeó lento, como si tratara de encajar mis palabras con los pocos recuerdos que tenía. No dijo nada al principio. Solo bajó la vista hacia su propio cuerpo desnudo, hacia la leche que todavía se le escapaba de la vagina.

—¿Yo… te lo pedí? —susurró.

—Sí —mentí otra vez—. Fuiste tú.

Se quedó callada. No sé si me creyó del todo… pero tampoco me contradijo.


Después de un rato ella habló otra vez, casi en un susurro:

—Me… me gustó.

Me quedé callado unos segundos. La miré de lado. Seguía desnuda, con mi leche escurriéndole todavía por el muslo.

—Tengo que irme —le dije—. Si no, van a sospechar. Mi esposa está en el rancho. Si tardo mucho van a preguntar.

Dariana asintió despacio, todavía medio aturdida.

Antes de levantarme le dije:

—Mañana te compro la pastilla del día siguiente. No te preocupes por eso.

Ella no respondió de inmediato. Solo me miró.

—Espero que se vuelva a repetir —añadí, bajito.

Dariana bajó la vista. Se quedó callada un momento y después contestó, casi sin fuerza:

—No lo sé…

Se levantó del sofá, recogió su ropa del piso y se metió al baño sin decir nada más se miraba hermosa. Escuché cómo abría la regadera.

Yo me acomodé el pantalón, me limpié lo mejor que pude y salí de la casa. Todo había pasado en unos cuarenta minutos.

Cuando regresé al rancho mi esposa todavía estaba con las primas, riendo. La niña seguía dormida en el cuarto de atrás. Nadie sospechó nada.

Me senté a su lado, sonreí como si nada hubiera pasado… y la culpa me siguió acompañando el resto de la noche.


Nos fuimos del rancho una hora después. Cuando llegamos a casa, Dariana ya estaba dormida en el sofá, hecha un ovillo, cubierta con una manta. Parecía que no había pasado nada.

Mi esposa y yo nos metimos a dormir. Ella se quedó profundamente dormida a los pocos minutos. Yo me quedé mirando el techo, con la culpa y el recuerdo todavía calientes en la cabeza.

Nadie sospechó nada.

Solo ella y yo sabíamos lo que había pasado esa noche.


al dia siguiente nos levantanos todos a desayunar sali y ahi estaba solo me lanzo una sonrisa timida con complicidad avia una tension grandisima en el aire entre yo y ella noy mi esposa me manda a comprar un suero para la cruda de dariana y de ella por que tambien tomo yo acepto y mi esposa me dijo que fuera dariana conmigo y fuimos en camina platicamos aproveche y le compre la pastilla del dia siguiente antes de que se la tomara volvimos a cojer en el carro fue delicioso me volvi a correr dentro de ella y cuando acabamos le lamio la verga despues de este dia era mi amante ella viene de visita aveces y aprovechamos cualquier momento para cojer a escondidas

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les dejo unas que le tome hace poco

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