Capítulo 09 (Parte 2).
Sutileza Nivel Cero.
—Che… en el momento ese que te quedaste en musculosa pezonera… pasó algo —dije, después de unos minutos de tele sin contenido—. Algo que no te conté.
—¿Qué cosa? —preguntó, intrigada.
—Silvia Daneri me tocó.
Katia giró la cabeza hacia mí con una mezcla de sorpresa y risa contenida.
—¿Cómo que te tocó? ¿La pierna?
—No, no… me agarró la verga. Así sin más.
—Bueno, teniendo en cuenta lo que pasó después… no me sorprende.
—Sí, lo sé. Pero en ese momento… no sabía dónde meterme. Mientras yo hablaba del desglose trimestral, ella me sacudía la pija. Imaginate el nivel de perversión.
—¡¿En serio?! —se incorporó un poco, con los ojos bien abiertos—. No vi nada.
—Claro que no. Fue sutil. Al menos de la cintura para arriba. Ella ni se inmutó. Siguió con ese dejo de profesionalismo inquebrantable. Pero debajo de la mesa era otra historia. Me apretó fuerte. El pulgar hacía círculos. Me costó no atragantarme con el power point.
Katia se tapó la boca, entre divertida y espantada.
—¿Y vos qué hiciste?
—Se me puso dura… y seguí hablando de ratios de inversión. ¿Qué iba a hacer? Me quedé inmóvil. Como si fuera parte del mobiliario.
Ella estalló en una risa breve, pero genuina.
—¿Y te gustó que Doña Profesional te manoseara la nutria?
—Me sentí como un espécimen raro al que le están midiendo la verga para un experimento.
—Pero no respondiste la pregunta…
—No la voy a responder.
—Ajá.
Volvió a apoyar la cabeza en el respaldo, aún sonriendo. En la pantalla, una pastelera nerviosa intentaba sostener una torre de profiteroles. Y como de costumbre, algo se tambaleó.
Yo también. Por dentro.
* * *
Porque el único oxígeno que circulaba en esa sala no tenía nada que ver con el clima.
El ambiente en la sala era denso. No por tensión laboral, no. Era otra cosa. Algo parecido a cuando uno ve que una silla está por caerse y nadie hace nada por evitarlo. Solo miran. Fijamente. A cámara lenta.
Intentaba mantenerme profesional. Voz pareja, tono monocorde, manos quietas sobre la mesa. Pero todo lo demás… era un caos controlado. La concentración se me escurría como agua por los dedos.
Y hablando de dedos: los de Silvia me estaban dando un masaje en la punta del glande, digno de un spá de esos “con final feliz”. No se cómo, pero había conseguido abrirme la bragueta. Lo único que había entre sus dedos y mi verga, era la delgada tela de mi bóxer.
La pantalla mostraba gráficos que había visto mil veces, pero de pronto parecían en otro idioma. Las palabras me salían de memoria, como un encantamiento aprendido, pero mi mente estaba en otra parte. En el peso exacto de un silencio. En el calor que no venía del aire acondicionado.
No podía mirar a Katia. No quería. Había algo peligrosamente vivo en el ambiente. Una electricidad quieta, contenida. Como si todo estuviera por volverse un escándalo, pero sin que nadie hiciera un solo ruido.
Y entonces, Silvia Daneri habló.
—Está bien —dijo, cruzando las piernas con precisión quirúrgica—. Basta de esta farsa.
Stella apretó la mandíbula. Yo me congelé. Katia se estiró el tirante de la musculosa con una sonrisa inocente, como si aún no hubiera notado que su pezón estaba a una decisión de aparecer en escena.
—Mirá, Silvia… —empezó Stella, como si ensayara un intento de control de daños—. Sé que cometí un error con las fechas. Fue una confusión menor, técnica. Estoy segura de que podemos solucionarlo esta semana.
Silvia alzó una ceja.
—No me interesa el error. Ni ese, ni otros más groseros que encontré en tu presentación. Estoy dispuesta a ignorarlo todo. Aunque eso me lleve horas de trabajo extra. Y justamente eso es lo que busco. Una compensación, por todo lo que me va a costar salvarte el culo. Nunca vi un informe tan desprolijo.
Yo pestañeé.
Stella tragó saliva. Katia buscó un clip con la misma fe con la que se busca un trébol de cuatro hojas.
—¿En serio? —dijo Stella, entusiasmada—. ¿Y qué necesitás a cambio?
Silvia, sin dejar de masturbarme por encima del bóxer, dijo:
—Quiero un rato a solas en esta oficina.
Pausa.
Silencio.
Stella miró a Katia. Luego a mí. Luego de nuevo a Katia.
—¿Katia? —preguntó, y giró hacia ella—. ¿Estarías dispuesta a…?
—¿Qué? —interrumpió Silvia, molesta—. ¿Quién habló de Katia?
Stella frunció el ceño. Yo intentaba explicarle con la mirada lo que estaba ocurriendo bajo la mesa. Stella ni se fijó en mí.
—Es que… me diste tu número. En una nota. Con corazones —dijo—. ¿No era para Katia?
Silvia la miró como si acabara de descubrir que su vaso tenía un mosquito adentro.
—¿Acaso tengo pinta de lesbiana? —dijo, con una frialdad de bisturí—. Te di la nota... y creí que era obvio a quién iba dirigida.
Stella no supo qué decir. Literalmente. Su boca se abrió un poco. Ningún sonido salió.
Yo sentí cómo la sangre abandonaba mis piernas… y se me subía hasta la punta de la chota.
—Yo… —empezó Stella, débil—. Supuse que… por cómo la mirabas a Katia…
—La estaba evaluando. Técnicamente. Igual que al informe. Aunque, debo admitir, su intento de seducción fue… peculiar.
Katia sonrió como si hubiera ganado una medalla de plástico que dice “gracias por participar”
Silvia se recostó levemente en la silla.
—Pero a esta edad, ya no tengo tiempo para rodeos. Me gusta el chico. El serio —presionó mi verga, para enfatizarlo—. El que se toma todo esto como si estuviera defendiendo una tesis doctoral sobre fotocopias.
Yo abrí la boca. No salieron palabras. Solo aire.
—Si podemos tener un rato a solas en esta oficina —siguió ella, con absoluta tranquilidad—. Sin que nadie le cuente a mi marido, claro… me voy encantada. Y lo del informe queda como un simple malentendido.
Katia y Stella se giraron hacia mí al mismo tiempo.
Dos miradas. Una pregunta muda. Un destino.
Yo, Abel, el aburrido, el estructurado, el paladín de la contención presupuestaria, iba a tener que entrar al ruedo.
Y lo peor es que no sabía si necesitaba un plan… o una bendición
—¿Y vos qué sentiste cuando dijo que quería estar a solas con vos? —preguntó Katia de repente, sin mirarme.
La tele seguía encendida. Pasteles que colapsaban, gente llorando con batidores en la mano. Yo no respondí al instante. Había aprendido que algunas preguntas no se respondían en caliente, ni en frío. Solo en tibio, como los silencios que arrastramos hasta que no queda otra que abrirlos.
—No sé si “sentí” algo —murmuré al final—. Fue más como si el tiempo se comprimiera. Tipo… cuando estás por chocar con algo y tu cuerpo reacciona antes que vos. Solo que en lugar de esquivar, me quedé ahí. Viendo venir el impacto en cámara lenta.
Katia asintió, sin ironía.
—Stella dijo que alguien tenía que sacrificarse por el bien del equipo —dijo, bajando la voz para imitarla—. Y yo pensé “Obvio que le va a tocar a Abel. Si hay que sufrir, lo eligen a él”.
—Gracias —resoplé, con una mueca.
—No lo dije en chiste. Sos el más... profesional. El que no va a romper nada. Ni llorar. Ni escaparse por la ventana.
—Tampoco me ofrecí.
—No. Pero te quedaste.
Eso último lo dijo sin risa. Como quien reconoce una herida, pero también una lealtad.
No dije nada. No porque no tuviera palabras, sino porque si abría la boca, podían salir las equivocadas. O todas juntas.
Katia suspiró y se estiró en el sillón. Su pie tocó el mío apenas, por error, o no tanto. Pero no lo quitó.
—Igual, fuiste un héroe —dijo, esta vez sí sonriendo.
—Un mártir —corregí.
—Callate, boludo… si Silvia Daneri está re buena. Hasta se podría decir que te hizo un favor.
Sonreí, mirando la tele como si el premio mayor de la competencia se lo hubieran dado al participante que se olvidó de ponerle azúcar al postre.
Una victoria inmerecida. Una medalla sin carrera.
Pero igual brillaba.
* * *
—Muy bien —dijo Silvia Daneri, ajustando el cuello de su camisa como quien se dispone a leer poesía erótica en una biblioteca pública—. Podemos empezar cuando quieran.
Yo la miré. Luego miré a Stella. Y luego a Katia, que parecía no entender si debía retirarse o quedarse a ver el incendio.
—¿Katia? —le dije, en voz baja—. ¿Podés…?
—No —interrumpió Silvia—. Que se quede.
—¿Perdón?
—Quiero ver cómo hubiera seguido ese… jueguito de seducción. Me dio curiosidad. Al principio pensé que era ridículo. Pero ahora quiero ver hasta dónde era capaz de llegar.
Katia me miró, incómoda. Stella ya estaba de pie, con media sonrisa y los brazos cruzados como una manager que observa a sus artistas cumplir un contrato cuestionable.
—¿En serio querés que…? —empezó Katia, señalando su propio escote como quien pregunta si debe actuar en una función sin libreto.
—Lo que te salga —respondió la auditora—. Sorprendeme.
Y ahí quedamos: yo, aún sentado y con la pija dura, sintiendo cómo la realidad se deformaba como una servilleta mojada.
Silvia no perdió el tiempo. Se puso de rodillas ante mí, liberó la verga por el agujero del bóxer y antes de que Stella saliera de la sala de reuniones, ya tenía el glande metido en la boca. Mi jefa me guiñó el ojo y cerró la puerta. Con un gesto me dio a entender: “No se preocupen, yo vigilo”.
Katia, para mi horror, puso música desde su teléfono. Algo suave, con saxofón. Demasiado saxofón.
Se paró frente a la mesa. No sabía qué hacer con las manos. Tampoco con los pies. O con su dignidad.
Acomodó el pelo con torpeza, dio un giro… y se tropezó con su propia cartera.
—Ups.
—Siga, siga —dijo Silvia, la miraba de reojo mientras succionaba mi verga como una sopapa ejecutiva.
Katia se rió nerviosa, se quitó el saco. Sí, se lo puso otra vez, solo para sacárselo… otra vez. La pobrecita andaba falta de ideas. Lo tiró al suelo y empezó a quitarse la musculosa como quien está peleando con la ropa interior en medio de una emergencia médica.
Yo miraba hacia otro lado. Pero el reflejo del vidrio, cruel, traía todo de vuelta. Eso pezones volvieron a la acción. Asombrosos, impactantes. Noté cómo la boca de Silvia intentaba dibujar una sonrisa… pero sin dejar de chuparme la verga.
* * *
—¿Qué tal la chupa? —Preguntó Katia, acariciándose los labios de la concha, sin apartar la mirada de la pantalla.
—Mucho mejor de lo que me hubiera imaginado.
—Por la pinta de frígida que tenía…
—Exacto, parecía que iba a ser de esas que chupan sin ganas —vi como los dedos de mi hermana se hundían un poco en el agujero de su vagina—. Pero nada que ver. Se la tragó con entusiasmo.
—¿Le puso más ganas que Paula y Stella?
—Sí, definitivamente. Mirá que esas dos lo hicieron muy bien, pero si este fuera un concurso de peteras… el primer premio lo tendría Silvia, sin dudas.
—Mirala vos a Doña Profesional Casada. Le gusta lustrar bananas con la boca.
—Y no solo con la boca.
En la tele reprimían a una de las reposteras concursantes por lamer las paletas de la batidora. La única parte de cocinar una torta que a Katia le sale bien.
* * *
Mientras mi hermana seguía con su intento de coreografía, Silvia me masturbó lentamente. Con una calma que me dejó inmóvil.
—Tranquilo, pibe —me susurró—. No voy a morderte… a menos que lo pidas.
Yo asentí, pero la cabeza me iba por dentro como una licuadora sin tapa. Las manos me sudaban. Sentía el impulso de huir… y, al mismo tiempo, algo dentro de mí decía que me quedara. Que ahora venía lo interesante. Lo inevitable. Lo bueno.
Y ahí me quedé. Sin moverme. Como si cada segundo que pasaba me estuviera empujando un paso más adentro de algo que no iba a poder desandar. Con la verga erecta apuntando al techo.
Silvia volvió a tragarla. Con maestría. Metió todo lo que pudo en su boca y movió la cabeza con un ritmo constante. Yo sentí una descarga eléctrica subir hasta el cuello.
Y al mismo tiempo, Katia —mi hermana— estaba desabrochándose la falda. Se le cayó al suelo. Quedó en ropa interior. Roja. Yo conocía esa tanga. La había lavado en casa. La había visto colgada en el tender. Nunca me imaginé que le quedara tan bien.
Y eso que la vi desnuda. Pero a veces, hay cierto conjuntos que son más favorables que la propia desnudez.
Silvia seguía mamando, ejerciendo una presión suave, firme, como quien afirma dominio sin levantar la voz. No era una caricia, pero tampoco era brusca. Sentía su calor de su boca filtrarse a través de mi piel y, por alguna razón que no me enorgullece, no me moví. Me mantuve firme, en todo sentido.
La habitación tenía una temperatura rara. Ni fría ni cálida. Tensa. Y lo peor era que el silencio no ayudaba: estaba cargado. Saturado de algo que no sabía nombrar.
Frente a mí, Katia seguía bailando. Si es que eso podía llamarse bailar. Se desplazaba con una torpeza tan suya que, en otro momento, me habría hecho reír. Ahora no. Porque cada movimiento la dejaba un poco más expuesta. Cada paso mal dado era una capa menos. La falda ya estaba en el suelo. Las medias desparejas. La camisa tirada sobre la silla. Y la tanga bajando… lentamente.
Silvia me besó.
Lo hizo sin aviso y con precisión. Técnica perfecta. Un beso de manual. Y no fue desagradable. No fue nada malo, de hecho. Pero mis ojos no se cerraron. Miré a Katia, como pidiéndole instrucciones. Solo pude ver cómo se quedaba completamente desnuda.
* * *
—Yo creí que con el bailecito y la chupada de pija se iba a conformar —dijo Katia, que ya metía lentamente un dedo en su concha. Sus ojos, siempre en la pantalla del televisor.
Los concursantes esperaban, tensos, por el desafío final. Miraban al jurado con las manos detrás de su espalda y los gorritos de chef medio ladeados.
—Yo también. Porque dijo “un momento a solas”, nada más. Un momento es un beso. O un pete, en los casos más explícitos. Pero…
—Pero Silvia volvió con la concha caliente. Tenés encanto, hermanito. Eso nadie lo puede negar. Se ve que las veinte horas que pasás al día acomodándote el pelito con gel, sirven para algo.
—¿Pelito? Apenas si me queda pelo, con lo corto que lo tengo.
—Justamente. Lo tenés tan negro, tan corto y tan prolijo que parecés un contador de 45 años. Falta que empieces a decir “estimado” por WhatsApp y ya está, te dan un cargo en el directorio.
—Ah, porque “estimado” no lo digo ya…
—No jodas, Abel. Tenés 23. ¡Viví un poco el desorden!
—Me alcanza con el que generás vos —dije, levantando la ceja.
Katia sonrió, satisfecha. Había logrado pincharme.
* * *
—En una ocasión, escuché un, un rumor —dijo Silvia, su voz resonando como un eco en la habitación—. Me contaron que Cristina, la ex secretaria de Stella, se dedicaba a complacerla en lo más íntimo. ¿A vos también te toca hacer lo mismo?
Katia se quedó inmóvil, como una estatua de mármol, su desnudez resplandeciente bajo la luz tenue.
—No te preocupes —continuó la auditora, su tono cargado de insinuaciones—, no hay ningún problema si lo haces… siempre y cuando lo hagas con discreción. Como Cristina.
—Si Cristina fue tan discreta… ¿usted cómo se enteró? —preguntó Katia, su voz firme a pesar de la tensión.
Debo reconocer que Katia tiene una habilidad innata para captar detalles que incluso a mí se me escapan.
—Muy astuta —respondió Silvia, con una sonrisa enigmática—. Bueno, está bien, no fue un rumor. Un día, Cristina vino a mi casa, suplicándome que no iniciara una auditoría contra Stella por unas irregularidades en los pagos. Lo primero que hizo fue demostrarme que esos eran errores honestos, no un caso de corrupción. Simplemente, Stella es despistada. Y luego… me recompensó por mi silencio.
—¿Te acostaste con ella? —preguntó Katia, sus ojos brillando con curiosidad.
—No exactamente. Solo… abrí las piernas. Ella fue la que hizo todo el trabajo. Y muy bien, por cierto. Hoy creí que me encontraría con Cristina, pero veo que Stella cambió de secretaria —dijo Silvia, tomando a Katia por el mentón—. Y es tan hermosa como la anterior… o más, dependiendo de qué atributos se miren —acarició los pechos desnudos de mi hermana—. Si quieres ayudar a Stella, bueno… ya sabes lo que puedes hacer.
Katia sonrió, su cuerpo relajándose visiblemente.
—¿Cómo quiere que lo hagamos?
—Así, ya les muestro… —dijo Silvia, desnudándose de la cintura para abajo. Su figura voluptuosa me tomó por sorpresa. No me imaginé que tuviera unas curvas tan perfectas. Su vagina tenía un triángulo de vello púbico, prolijamente recortado.
Se puso de pie ante la cabecera de la mesa y apoyó las manos sobre ella. Luego separó las piernas y se inclinó, ofreciendo su cuerpo en una posición provocadora.
—Mientras Abel sigue con lo suyo… vos podés hacer tu magia.
Katia y yo nos miramos, fueron solo unos segundos. Entendimos la cercanía… pero ¿qué más podíamos hacer? Stella, y probablemente toda la empresa, dependían de que hiciéramos bien nuestro “trabajo”.
Katia asintió con la cabeza y se puso de rodillas ante Silvia. Se posicionó entre sus piernas y comenzó a lamerle la concha al instante. Me acerqué cauteloso, posando mi glande entre los labios vaginales de esa mujer. Tenía ganas de hacerlo, de verdad. La doña estaba muy buena. Solo me preocupaba que algunas lamidas de Katia pasaran… demasiado cerca.
Y eso fue inevitable. A medida que iba penetrando a Silvia, la lengua de Katia se movía frenéticamente y pasaba de visita sobre mi pene. Sin querer, pero con la misma intensidad con la que lamía a Silvia. Fui metiéndola más, creyendo que así evitaría la lengua. El movimiento de Silvia, cuando tuvo la verga adentro, provocó que las lamidas pasaran más y más por mi miembro.
Ella se movía rítmicamente, yo iba un poco acompasado, me costaba concentrarme con Katia tan cerca. Creo que Katia lo notó, por eso se concentró más en lamer el clítoris, intentando no acercarse demasiado a mi verga.
Estuve dándole a Silvia sin parar durante un buen rato, recibiendo una que otra lamida involuntaria. La mujer gimió, se descontroló un poco, perdiendo ese profesionalismo que la caracteriza. Comenzó a pedir que le diera más duro, y eso mismo hice.
Al final, mi verga explotó dentro de su concha. Solté todo, no me guardé ni una gota. Cuando me aparté, Silvia le ordenó a Katia que siguiera lamiendo. Así fue que ella terminó tragando todo el semen que chorreaba de la concha. Lamió sin recelo, como si no le importara. Se tomó todo… ella tampoco dejó ni una sola gota.
Cuando Silvia se vistió, nos miró con una sonrisa cargada de picardía.
—La pasé muy bien. Nunca había hecho esto con un hermano y una hermana.
—¿Eh? ¿Lo sabía? —Pregunté, confundido.
—Claro, sus nombres están en el informe. Da un poquito de morbo ¿no?
Y con eso se despidió de nosotros.
* * *
—¿Creés que fue más raro esto, o lo que pasó con Paula?
—Ya te respondí. Dije que era un empate.
Ella giró la cabeza, me miró como si acabara de decirle que prefería la pizza sin queso.
—No podés. Te la tenés que jugar. ¿Paula o Silvia?
Me reí por lo bajo.
—¿Cuál me gustó más? —Quería evadir la pregunta a toda costa. Porque sabía hacia dónde se dirigía Katia. Ella quería hablar sobre el episodio con el semen chorreando de la concha de Silvia. Yo prefería hacer de cuenta que eso nunca ocurrió.
—No… con cuál fue más raro. Pero… ya que estamos. Sí. ¿Quién de las dos te gusta más?
Había algo en su voz que no era provocación. Era más blando. Más curioso. Como si quisiera desactivar la pregunta antes de escuchar la respuesta.
—¿Contando solo lo físico o también la personalidad?
—¿Querés una planilla comparativa? —preguntó, sonriendo apenas.
—No estaría mal. Me manejo mejor con cuadros que con emociones.
—Entonces hacelo en porcentajes.
—Ok… —dije, pensando en voz alta—. Paula: 80% magnetismo. 20% imprevisibilidad. Silvia: 70% misterio, 30% escalofrío.
—¿Y yo? —preguntó, sin mirarme, como si lo hubiera dicho sin querer.
Sentí un golpe seco en el estómago. No literal. De esos que uno se da desde adentro.
—¿Vos qué?
—¿Qué porcentaje tengo yo?
No lo dijo en broma.
Tampoco lo dijo en serio.
Lo dijo desde un lugar indefinido, como si necesitara una respuesta sin saber qué haría con ella.
—¿Vos qué?
—¿Qué porcentaje tengo yo?
No lo dijo en broma.
Tampoco lo dijo en serio.
Lo dijo desde ese lugar intermedio, donde uno lanza una pregunta esperando que el otro no la esquive, pero sin saber qué hacer con la respuesta si llega.
Yo respiré hondo, como si tuviera que buscar la cifra exacta en algún archivo interno.
—Diría que sos… 60% caos estructural.
—¿Qué?
—Escuchá —dije, con tono de presentación formal—. Sos torpe, olvidás cosas básicas, tu manejo del espacio es un atentado a la lógica, y tu sentido de la organización es, objetivamente, inexistente.
Ella sonrió, en silencio.
—Pero también sos un 40%… no sé si belleza, porque eso suena superficial. Digamos que tenés una mezcla de simpatía espontánea, calidez… y sí, vamos a decirlo: sos muy linda.
—¿Muy?
—Técnicamente, sí. Aunque vivís disfrazándolo con ropa rota y rodete mal hecho.
Ella se rió por la nariz, bajito.
Ella se rió por la nariz, bajito, con ese sonido que a veces parece un gesto de burla y otras, una confesión de ternura.
—Me estás elogiando como si fueras mi supervisor de Recursos Humanos.
—Y vos lo preguntaste como si fueras a armarte un Excel emocional —respondí, cruzando los brazos sobre el pecho, intentando que la incomodidad se escondiera entre el sarcasmo.
Pero el silencio que vino después no era de esos que dan pie a una risa, ni a un cambio de tema. Era uno de esos silencios que bajan la luz de la habitación sin tocar el interruptor. Me obligó a pensar. A comparar.
Silvia era intensa. Madura. Con ese aire seguro de quien ya vivió todo dos veces.
Paula era eléctrica. Inesperada. La clase de persona que aparece un viernes y te arruina la rutina con una sonrisa.
Pero ninguna de las dos estaba en mi sillón. Ninguna de las dos me preguntaba, entre líneas, si algo había cambiado para siempre.
Y justo cuando creí que me podía esconder detrás de mis pensamientos, Katia habló.
—Yo soy más linda.
—¿Eh? —fue lo único que atiné a decir, como un idiota desarmado.
—Digo que soy más linda que Silvia y Paula —repitió, con esa franqueza despojada de malicia—. Pero no soy más linda que Stella. Esa mujer sí que es hermosa.
La frase flotó unos segundos, hasta que encontré un salvavidas en el mar de sus ojos.
—Stella podría ser la más linda, sí... aunque tengo mis dudas —dije, y me agarré de esa frase como quien se cuelga de una excusa para no pensar.
Katia me miró.
Justo en ese instante, la televisión mostró un pastel en forma de castillo desplomándose en cámara lenta.
La metáfora era tan grosera que me dieron ganas de apagar la tele a patadas.
—¿Querés que prepare algo para comer? —pregunté, poniéndome de pie con una energía falsa, como si el hambre fuera el problema real.
—No. Pero si vas a la cocina, traé más té.
Asentí. Caminé hacia la cocina despacio, como si el pasillo fuera más largo de lo que recordaba.
En el silencio que dejé atrás, escuché un suspiro suave.
Y supe —sin necesidad de darme vuelta— que ella también había entendido lo mismo que yo.
Lo de Paula fue el comienzo.
Lo de hoy… fue el quiebre.
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Sutileza Nivel Cero.
—Che… en el momento ese que te quedaste en musculosa pezonera… pasó algo —dije, después de unos minutos de tele sin contenido—. Algo que no te conté.
—¿Qué cosa? —preguntó, intrigada.
—Silvia Daneri me tocó.
Katia giró la cabeza hacia mí con una mezcla de sorpresa y risa contenida.
—¿Cómo que te tocó? ¿La pierna?
—No, no… me agarró la verga. Así sin más.
—Bueno, teniendo en cuenta lo que pasó después… no me sorprende.
—Sí, lo sé. Pero en ese momento… no sabía dónde meterme. Mientras yo hablaba del desglose trimestral, ella me sacudía la pija. Imaginate el nivel de perversión.
—¡¿En serio?! —se incorporó un poco, con los ojos bien abiertos—. No vi nada.
—Claro que no. Fue sutil. Al menos de la cintura para arriba. Ella ni se inmutó. Siguió con ese dejo de profesionalismo inquebrantable. Pero debajo de la mesa era otra historia. Me apretó fuerte. El pulgar hacía círculos. Me costó no atragantarme con el power point.
Katia se tapó la boca, entre divertida y espantada.
—¿Y vos qué hiciste?
—Se me puso dura… y seguí hablando de ratios de inversión. ¿Qué iba a hacer? Me quedé inmóvil. Como si fuera parte del mobiliario.
Ella estalló en una risa breve, pero genuina.
—¿Y te gustó que Doña Profesional te manoseara la nutria?
—Me sentí como un espécimen raro al que le están midiendo la verga para un experimento.
—Pero no respondiste la pregunta…
—No la voy a responder.
—Ajá.
Volvió a apoyar la cabeza en el respaldo, aún sonriendo. En la pantalla, una pastelera nerviosa intentaba sostener una torre de profiteroles. Y como de costumbre, algo se tambaleó.
Yo también. Por dentro.
* * *
Porque el único oxígeno que circulaba en esa sala no tenía nada que ver con el clima.
El ambiente en la sala era denso. No por tensión laboral, no. Era otra cosa. Algo parecido a cuando uno ve que una silla está por caerse y nadie hace nada por evitarlo. Solo miran. Fijamente. A cámara lenta.
Intentaba mantenerme profesional. Voz pareja, tono monocorde, manos quietas sobre la mesa. Pero todo lo demás… era un caos controlado. La concentración se me escurría como agua por los dedos.
Y hablando de dedos: los de Silvia me estaban dando un masaje en la punta del glande, digno de un spá de esos “con final feliz”. No se cómo, pero había conseguido abrirme la bragueta. Lo único que había entre sus dedos y mi verga, era la delgada tela de mi bóxer.
La pantalla mostraba gráficos que había visto mil veces, pero de pronto parecían en otro idioma. Las palabras me salían de memoria, como un encantamiento aprendido, pero mi mente estaba en otra parte. En el peso exacto de un silencio. En el calor que no venía del aire acondicionado.
No podía mirar a Katia. No quería. Había algo peligrosamente vivo en el ambiente. Una electricidad quieta, contenida. Como si todo estuviera por volverse un escándalo, pero sin que nadie hiciera un solo ruido.
Y entonces, Silvia Daneri habló.
—Está bien —dijo, cruzando las piernas con precisión quirúrgica—. Basta de esta farsa.
Stella apretó la mandíbula. Yo me congelé. Katia se estiró el tirante de la musculosa con una sonrisa inocente, como si aún no hubiera notado que su pezón estaba a una decisión de aparecer en escena.
—Mirá, Silvia… —empezó Stella, como si ensayara un intento de control de daños—. Sé que cometí un error con las fechas. Fue una confusión menor, técnica. Estoy segura de que podemos solucionarlo esta semana.
Silvia alzó una ceja.
—No me interesa el error. Ni ese, ni otros más groseros que encontré en tu presentación. Estoy dispuesta a ignorarlo todo. Aunque eso me lleve horas de trabajo extra. Y justamente eso es lo que busco. Una compensación, por todo lo que me va a costar salvarte el culo. Nunca vi un informe tan desprolijo.
Yo pestañeé.
Stella tragó saliva. Katia buscó un clip con la misma fe con la que se busca un trébol de cuatro hojas.
—¿En serio? —dijo Stella, entusiasmada—. ¿Y qué necesitás a cambio?
Silvia, sin dejar de masturbarme por encima del bóxer, dijo:
—Quiero un rato a solas en esta oficina.
Pausa.
Silencio.
Stella miró a Katia. Luego a mí. Luego de nuevo a Katia.
—¿Katia? —preguntó, y giró hacia ella—. ¿Estarías dispuesta a…?
—¿Qué? —interrumpió Silvia, molesta—. ¿Quién habló de Katia?
Stella frunció el ceño. Yo intentaba explicarle con la mirada lo que estaba ocurriendo bajo la mesa. Stella ni se fijó en mí.
—Es que… me diste tu número. En una nota. Con corazones —dijo—. ¿No era para Katia?
Silvia la miró como si acabara de descubrir que su vaso tenía un mosquito adentro.
—¿Acaso tengo pinta de lesbiana? —dijo, con una frialdad de bisturí—. Te di la nota... y creí que era obvio a quién iba dirigida.
Stella no supo qué decir. Literalmente. Su boca se abrió un poco. Ningún sonido salió.
Yo sentí cómo la sangre abandonaba mis piernas… y se me subía hasta la punta de la chota.
—Yo… —empezó Stella, débil—. Supuse que… por cómo la mirabas a Katia…
—La estaba evaluando. Técnicamente. Igual que al informe. Aunque, debo admitir, su intento de seducción fue… peculiar.
Katia sonrió como si hubiera ganado una medalla de plástico que dice “gracias por participar”
Silvia se recostó levemente en la silla.
—Pero a esta edad, ya no tengo tiempo para rodeos. Me gusta el chico. El serio —presionó mi verga, para enfatizarlo—. El que se toma todo esto como si estuviera defendiendo una tesis doctoral sobre fotocopias.
Yo abrí la boca. No salieron palabras. Solo aire.
—Si podemos tener un rato a solas en esta oficina —siguió ella, con absoluta tranquilidad—. Sin que nadie le cuente a mi marido, claro… me voy encantada. Y lo del informe queda como un simple malentendido.
Katia y Stella se giraron hacia mí al mismo tiempo.
Dos miradas. Una pregunta muda. Un destino.
Yo, Abel, el aburrido, el estructurado, el paladín de la contención presupuestaria, iba a tener que entrar al ruedo.
Y lo peor es que no sabía si necesitaba un plan… o una bendición
—¿Y vos qué sentiste cuando dijo que quería estar a solas con vos? —preguntó Katia de repente, sin mirarme.
La tele seguía encendida. Pasteles que colapsaban, gente llorando con batidores en la mano. Yo no respondí al instante. Había aprendido que algunas preguntas no se respondían en caliente, ni en frío. Solo en tibio, como los silencios que arrastramos hasta que no queda otra que abrirlos.
—No sé si “sentí” algo —murmuré al final—. Fue más como si el tiempo se comprimiera. Tipo… cuando estás por chocar con algo y tu cuerpo reacciona antes que vos. Solo que en lugar de esquivar, me quedé ahí. Viendo venir el impacto en cámara lenta.
Katia asintió, sin ironía.
—Stella dijo que alguien tenía que sacrificarse por el bien del equipo —dijo, bajando la voz para imitarla—. Y yo pensé “Obvio que le va a tocar a Abel. Si hay que sufrir, lo eligen a él”.
—Gracias —resoplé, con una mueca.
—No lo dije en chiste. Sos el más... profesional. El que no va a romper nada. Ni llorar. Ni escaparse por la ventana.
—Tampoco me ofrecí.
—No. Pero te quedaste.
Eso último lo dijo sin risa. Como quien reconoce una herida, pero también una lealtad.
No dije nada. No porque no tuviera palabras, sino porque si abría la boca, podían salir las equivocadas. O todas juntas.
Katia suspiró y se estiró en el sillón. Su pie tocó el mío apenas, por error, o no tanto. Pero no lo quitó.
—Igual, fuiste un héroe —dijo, esta vez sí sonriendo.
—Un mártir —corregí.
—Callate, boludo… si Silvia Daneri está re buena. Hasta se podría decir que te hizo un favor.
Sonreí, mirando la tele como si el premio mayor de la competencia se lo hubieran dado al participante que se olvidó de ponerle azúcar al postre.
Una victoria inmerecida. Una medalla sin carrera.
Pero igual brillaba.
* * *
—Muy bien —dijo Silvia Daneri, ajustando el cuello de su camisa como quien se dispone a leer poesía erótica en una biblioteca pública—. Podemos empezar cuando quieran.
Yo la miré. Luego miré a Stella. Y luego a Katia, que parecía no entender si debía retirarse o quedarse a ver el incendio.
—¿Katia? —le dije, en voz baja—. ¿Podés…?
—No —interrumpió Silvia—. Que se quede.
—¿Perdón?
—Quiero ver cómo hubiera seguido ese… jueguito de seducción. Me dio curiosidad. Al principio pensé que era ridículo. Pero ahora quiero ver hasta dónde era capaz de llegar.
Katia me miró, incómoda. Stella ya estaba de pie, con media sonrisa y los brazos cruzados como una manager que observa a sus artistas cumplir un contrato cuestionable.
—¿En serio querés que…? —empezó Katia, señalando su propio escote como quien pregunta si debe actuar en una función sin libreto.
—Lo que te salga —respondió la auditora—. Sorprendeme.
Y ahí quedamos: yo, aún sentado y con la pija dura, sintiendo cómo la realidad se deformaba como una servilleta mojada.
Silvia no perdió el tiempo. Se puso de rodillas ante mí, liberó la verga por el agujero del bóxer y antes de que Stella saliera de la sala de reuniones, ya tenía el glande metido en la boca. Mi jefa me guiñó el ojo y cerró la puerta. Con un gesto me dio a entender: “No se preocupen, yo vigilo”.
Katia, para mi horror, puso música desde su teléfono. Algo suave, con saxofón. Demasiado saxofón.
Se paró frente a la mesa. No sabía qué hacer con las manos. Tampoco con los pies. O con su dignidad.
Acomodó el pelo con torpeza, dio un giro… y se tropezó con su propia cartera.
—Ups.
—Siga, siga —dijo Silvia, la miraba de reojo mientras succionaba mi verga como una sopapa ejecutiva.
Katia se rió nerviosa, se quitó el saco. Sí, se lo puso otra vez, solo para sacárselo… otra vez. La pobrecita andaba falta de ideas. Lo tiró al suelo y empezó a quitarse la musculosa como quien está peleando con la ropa interior en medio de una emergencia médica.
Yo miraba hacia otro lado. Pero el reflejo del vidrio, cruel, traía todo de vuelta. Eso pezones volvieron a la acción. Asombrosos, impactantes. Noté cómo la boca de Silvia intentaba dibujar una sonrisa… pero sin dejar de chuparme la verga.
* * *
—¿Qué tal la chupa? —Preguntó Katia, acariciándose los labios de la concha, sin apartar la mirada de la pantalla.
—Mucho mejor de lo que me hubiera imaginado.
—Por la pinta de frígida que tenía…
—Exacto, parecía que iba a ser de esas que chupan sin ganas —vi como los dedos de mi hermana se hundían un poco en el agujero de su vagina—. Pero nada que ver. Se la tragó con entusiasmo.
—¿Le puso más ganas que Paula y Stella?
—Sí, definitivamente. Mirá que esas dos lo hicieron muy bien, pero si este fuera un concurso de peteras… el primer premio lo tendría Silvia, sin dudas.
—Mirala vos a Doña Profesional Casada. Le gusta lustrar bananas con la boca.
—Y no solo con la boca.
En la tele reprimían a una de las reposteras concursantes por lamer las paletas de la batidora. La única parte de cocinar una torta que a Katia le sale bien.
* * *
Mientras mi hermana seguía con su intento de coreografía, Silvia me masturbó lentamente. Con una calma que me dejó inmóvil.
—Tranquilo, pibe —me susurró—. No voy a morderte… a menos que lo pidas.
Yo asentí, pero la cabeza me iba por dentro como una licuadora sin tapa. Las manos me sudaban. Sentía el impulso de huir… y, al mismo tiempo, algo dentro de mí decía que me quedara. Que ahora venía lo interesante. Lo inevitable. Lo bueno.
Y ahí me quedé. Sin moverme. Como si cada segundo que pasaba me estuviera empujando un paso más adentro de algo que no iba a poder desandar. Con la verga erecta apuntando al techo.
Silvia volvió a tragarla. Con maestría. Metió todo lo que pudo en su boca y movió la cabeza con un ritmo constante. Yo sentí una descarga eléctrica subir hasta el cuello.
Y al mismo tiempo, Katia —mi hermana— estaba desabrochándose la falda. Se le cayó al suelo. Quedó en ropa interior. Roja. Yo conocía esa tanga. La había lavado en casa. La había visto colgada en el tender. Nunca me imaginé que le quedara tan bien.
Y eso que la vi desnuda. Pero a veces, hay cierto conjuntos que son más favorables que la propia desnudez.
Silvia seguía mamando, ejerciendo una presión suave, firme, como quien afirma dominio sin levantar la voz. No era una caricia, pero tampoco era brusca. Sentía su calor de su boca filtrarse a través de mi piel y, por alguna razón que no me enorgullece, no me moví. Me mantuve firme, en todo sentido.
La habitación tenía una temperatura rara. Ni fría ni cálida. Tensa. Y lo peor era que el silencio no ayudaba: estaba cargado. Saturado de algo que no sabía nombrar.
Frente a mí, Katia seguía bailando. Si es que eso podía llamarse bailar. Se desplazaba con una torpeza tan suya que, en otro momento, me habría hecho reír. Ahora no. Porque cada movimiento la dejaba un poco más expuesta. Cada paso mal dado era una capa menos. La falda ya estaba en el suelo. Las medias desparejas. La camisa tirada sobre la silla. Y la tanga bajando… lentamente.
Silvia me besó.
Lo hizo sin aviso y con precisión. Técnica perfecta. Un beso de manual. Y no fue desagradable. No fue nada malo, de hecho. Pero mis ojos no se cerraron. Miré a Katia, como pidiéndole instrucciones. Solo pude ver cómo se quedaba completamente desnuda.
* * *
—Yo creí que con el bailecito y la chupada de pija se iba a conformar —dijo Katia, que ya metía lentamente un dedo en su concha. Sus ojos, siempre en la pantalla del televisor.
Los concursantes esperaban, tensos, por el desafío final. Miraban al jurado con las manos detrás de su espalda y los gorritos de chef medio ladeados.
—Yo también. Porque dijo “un momento a solas”, nada más. Un momento es un beso. O un pete, en los casos más explícitos. Pero…
—Pero Silvia volvió con la concha caliente. Tenés encanto, hermanito. Eso nadie lo puede negar. Se ve que las veinte horas que pasás al día acomodándote el pelito con gel, sirven para algo.
—¿Pelito? Apenas si me queda pelo, con lo corto que lo tengo.
—Justamente. Lo tenés tan negro, tan corto y tan prolijo que parecés un contador de 45 años. Falta que empieces a decir “estimado” por WhatsApp y ya está, te dan un cargo en el directorio.
—Ah, porque “estimado” no lo digo ya…
—No jodas, Abel. Tenés 23. ¡Viví un poco el desorden!
—Me alcanza con el que generás vos —dije, levantando la ceja.
Katia sonrió, satisfecha. Había logrado pincharme.
* * *
—En una ocasión, escuché un, un rumor —dijo Silvia, su voz resonando como un eco en la habitación—. Me contaron que Cristina, la ex secretaria de Stella, se dedicaba a complacerla en lo más íntimo. ¿A vos también te toca hacer lo mismo?
Katia se quedó inmóvil, como una estatua de mármol, su desnudez resplandeciente bajo la luz tenue.
—No te preocupes —continuó la auditora, su tono cargado de insinuaciones—, no hay ningún problema si lo haces… siempre y cuando lo hagas con discreción. Como Cristina.
—Si Cristina fue tan discreta… ¿usted cómo se enteró? —preguntó Katia, su voz firme a pesar de la tensión.
Debo reconocer que Katia tiene una habilidad innata para captar detalles que incluso a mí se me escapan.
—Muy astuta —respondió Silvia, con una sonrisa enigmática—. Bueno, está bien, no fue un rumor. Un día, Cristina vino a mi casa, suplicándome que no iniciara una auditoría contra Stella por unas irregularidades en los pagos. Lo primero que hizo fue demostrarme que esos eran errores honestos, no un caso de corrupción. Simplemente, Stella es despistada. Y luego… me recompensó por mi silencio.
—¿Te acostaste con ella? —preguntó Katia, sus ojos brillando con curiosidad.
—No exactamente. Solo… abrí las piernas. Ella fue la que hizo todo el trabajo. Y muy bien, por cierto. Hoy creí que me encontraría con Cristina, pero veo que Stella cambió de secretaria —dijo Silvia, tomando a Katia por el mentón—. Y es tan hermosa como la anterior… o más, dependiendo de qué atributos se miren —acarició los pechos desnudos de mi hermana—. Si quieres ayudar a Stella, bueno… ya sabes lo que puedes hacer.
Katia sonrió, su cuerpo relajándose visiblemente.
—¿Cómo quiere que lo hagamos?
—Así, ya les muestro… —dijo Silvia, desnudándose de la cintura para abajo. Su figura voluptuosa me tomó por sorpresa. No me imaginé que tuviera unas curvas tan perfectas. Su vagina tenía un triángulo de vello púbico, prolijamente recortado.
Se puso de pie ante la cabecera de la mesa y apoyó las manos sobre ella. Luego separó las piernas y se inclinó, ofreciendo su cuerpo en una posición provocadora.
—Mientras Abel sigue con lo suyo… vos podés hacer tu magia.
Katia y yo nos miramos, fueron solo unos segundos. Entendimos la cercanía… pero ¿qué más podíamos hacer? Stella, y probablemente toda la empresa, dependían de que hiciéramos bien nuestro “trabajo”.
Katia asintió con la cabeza y se puso de rodillas ante Silvia. Se posicionó entre sus piernas y comenzó a lamerle la concha al instante. Me acerqué cauteloso, posando mi glande entre los labios vaginales de esa mujer. Tenía ganas de hacerlo, de verdad. La doña estaba muy buena. Solo me preocupaba que algunas lamidas de Katia pasaran… demasiado cerca.
Y eso fue inevitable. A medida que iba penetrando a Silvia, la lengua de Katia se movía frenéticamente y pasaba de visita sobre mi pene. Sin querer, pero con la misma intensidad con la que lamía a Silvia. Fui metiéndola más, creyendo que así evitaría la lengua. El movimiento de Silvia, cuando tuvo la verga adentro, provocó que las lamidas pasaran más y más por mi miembro.
Ella se movía rítmicamente, yo iba un poco acompasado, me costaba concentrarme con Katia tan cerca. Creo que Katia lo notó, por eso se concentró más en lamer el clítoris, intentando no acercarse demasiado a mi verga.
Estuve dándole a Silvia sin parar durante un buen rato, recibiendo una que otra lamida involuntaria. La mujer gimió, se descontroló un poco, perdiendo ese profesionalismo que la caracteriza. Comenzó a pedir que le diera más duro, y eso mismo hice.
Al final, mi verga explotó dentro de su concha. Solté todo, no me guardé ni una gota. Cuando me aparté, Silvia le ordenó a Katia que siguiera lamiendo. Así fue que ella terminó tragando todo el semen que chorreaba de la concha. Lamió sin recelo, como si no le importara. Se tomó todo… ella tampoco dejó ni una sola gota.
Cuando Silvia se vistió, nos miró con una sonrisa cargada de picardía.
—La pasé muy bien. Nunca había hecho esto con un hermano y una hermana.
—¿Eh? ¿Lo sabía? —Pregunté, confundido.
—Claro, sus nombres están en el informe. Da un poquito de morbo ¿no?
Y con eso se despidió de nosotros.
* * *
—¿Creés que fue más raro esto, o lo que pasó con Paula?
—Ya te respondí. Dije que era un empate.
Ella giró la cabeza, me miró como si acabara de decirle que prefería la pizza sin queso.
—No podés. Te la tenés que jugar. ¿Paula o Silvia?
Me reí por lo bajo.
—¿Cuál me gustó más? —Quería evadir la pregunta a toda costa. Porque sabía hacia dónde se dirigía Katia. Ella quería hablar sobre el episodio con el semen chorreando de la concha de Silvia. Yo prefería hacer de cuenta que eso nunca ocurrió.
—No… con cuál fue más raro. Pero… ya que estamos. Sí. ¿Quién de las dos te gusta más?
Había algo en su voz que no era provocación. Era más blando. Más curioso. Como si quisiera desactivar la pregunta antes de escuchar la respuesta.
—¿Contando solo lo físico o también la personalidad?
—¿Querés una planilla comparativa? —preguntó, sonriendo apenas.
—No estaría mal. Me manejo mejor con cuadros que con emociones.
—Entonces hacelo en porcentajes.
—Ok… —dije, pensando en voz alta—. Paula: 80% magnetismo. 20% imprevisibilidad. Silvia: 70% misterio, 30% escalofrío.
—¿Y yo? —preguntó, sin mirarme, como si lo hubiera dicho sin querer.
Sentí un golpe seco en el estómago. No literal. De esos que uno se da desde adentro.
—¿Vos qué?
—¿Qué porcentaje tengo yo?
No lo dijo en broma.
Tampoco lo dijo en serio.
Lo dijo desde un lugar indefinido, como si necesitara una respuesta sin saber qué haría con ella.
—¿Vos qué?
—¿Qué porcentaje tengo yo?
No lo dijo en broma.
Tampoco lo dijo en serio.
Lo dijo desde ese lugar intermedio, donde uno lanza una pregunta esperando que el otro no la esquive, pero sin saber qué hacer con la respuesta si llega.
Yo respiré hondo, como si tuviera que buscar la cifra exacta en algún archivo interno.
—Diría que sos… 60% caos estructural.
—¿Qué?
—Escuchá —dije, con tono de presentación formal—. Sos torpe, olvidás cosas básicas, tu manejo del espacio es un atentado a la lógica, y tu sentido de la organización es, objetivamente, inexistente.
Ella sonrió, en silencio.
—Pero también sos un 40%… no sé si belleza, porque eso suena superficial. Digamos que tenés una mezcla de simpatía espontánea, calidez… y sí, vamos a decirlo: sos muy linda.
—¿Muy?
—Técnicamente, sí. Aunque vivís disfrazándolo con ropa rota y rodete mal hecho.
Ella se rió por la nariz, bajito.
Ella se rió por la nariz, bajito, con ese sonido que a veces parece un gesto de burla y otras, una confesión de ternura.
—Me estás elogiando como si fueras mi supervisor de Recursos Humanos.
—Y vos lo preguntaste como si fueras a armarte un Excel emocional —respondí, cruzando los brazos sobre el pecho, intentando que la incomodidad se escondiera entre el sarcasmo.
Pero el silencio que vino después no era de esos que dan pie a una risa, ni a un cambio de tema. Era uno de esos silencios que bajan la luz de la habitación sin tocar el interruptor. Me obligó a pensar. A comparar.
Silvia era intensa. Madura. Con ese aire seguro de quien ya vivió todo dos veces.
Paula era eléctrica. Inesperada. La clase de persona que aparece un viernes y te arruina la rutina con una sonrisa.
Pero ninguna de las dos estaba en mi sillón. Ninguna de las dos me preguntaba, entre líneas, si algo había cambiado para siempre.
Y justo cuando creí que me podía esconder detrás de mis pensamientos, Katia habló.
—Yo soy más linda.
—¿Eh? —fue lo único que atiné a decir, como un idiota desarmado.
—Digo que soy más linda que Silvia y Paula —repitió, con esa franqueza despojada de malicia—. Pero no soy más linda que Stella. Esa mujer sí que es hermosa.
La frase flotó unos segundos, hasta que encontré un salvavidas en el mar de sus ojos.
—Stella podría ser la más linda, sí... aunque tengo mis dudas —dije, y me agarré de esa frase como quien se cuelga de una excusa para no pensar.
Katia me miró.
Justo en ese instante, la televisión mostró un pastel en forma de castillo desplomándose en cámara lenta.
La metáfora era tan grosera que me dieron ganas de apagar la tele a patadas.
—¿Querés que prepare algo para comer? —pregunté, poniéndome de pie con una energía falsa, como si el hambre fuera el problema real.
—No. Pero si vas a la cocina, traé más té.
Asentí. Caminé hacia la cocina despacio, como si el pasillo fuera más largo de lo que recordaba.
En el silencio que dejé atrás, escuché un suspiro suave.
Y supe —sin necesidad de darme vuelta— que ella también había entendido lo mismo que yo.
Lo de Paula fue el comienzo.
Lo de hoy… fue el quiebre.
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