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Capítulo 09 (Parte 1).
Sutileza Nivel Cero.
La tele estaba encendida, pero no sabría decir qué daban. Algo de competencia de pastelería o de tatuajes. O de pastelería en tatuajes. No sé. Nadie miraba.
El volumen estaba bajo, lo justo para que hubiera un murmullo constante, como si las voces de fondo pudieran absorber el peso de lo que no nos animábamos a decir.
Mi hermana, que a eso de vestirse ya lo considera opcional, estaba con una remera corta, ajustada, que le resaltaba los pezones. Y abajo: la nada misma. Su concha, recientemente depilada, brillaba ante la tenue luz de la pantalla.
—Che —dijo Katia, después de un rato—. ¿Lo de hoy fue raro, no?
Asentí, sin mirarla. Los colores del televisor seguían moviéndose frente a nosotros, sin registro en la retina.
—Lo bueno es que nos tenemos confianza —siguió ella—. Sino, hubiera sido rarísimo...
Hizo una pausa.
—¿Creés que fue más raro esto, o lo que pasó con Paula?
Me tomé unos segundos. No porque dudara de la respuesta. Sino porque cualquier respuesta era un campo minado.
—Lo dejamos en empate —dije.
* * *
No sé bien en qué momento de la mañana empecé a sospechar que todo iba a salir mal. Tal vez fue cuando Stella me guiñó un ojo mientras me pedía que la ayudara con los documentos de la reunión. O cuando vi que Katia entraba a la oficina con su camisa blanca de siempre —esa que se ajusta demasiado a su cuerpo como para pasar desapercibida, aunque ella jura que es cómoda.
Lo cierto es que ahí estábamos: en la sala de reuniones, todos sentados, esperando a la auditora de la sucursal centro.
Cuando Silvia Daneri entró en la sala, todo fue silencio. Una mujer seria, de esas que tienen el cabello tan perfectamente planchado que parece un comunicado oficial. Llevaba un rodete bajo sin un solo pelo fuera de lugar, un traje azul marino que no admitía arrugas y unos anteojos de marco dorado tan finitos que no sabía si eran para leer o para juzgar. Tenía la expresión de alguien que nació en una hoja de cálculo y fue criada por dos columnas de Excel. Su saludo fue breve, su apretón de manos firme y sus ojos... clínicos. Ni bien se sentó, supe que no iba a perdonar una sola coma fuera de lugar.
Stella, por supuesto, se sentó a la cabecera como si estuviera por conducir un programa de cocina en vivo. Sonreía con más dientes que de costumbre y gesticulaba con las manos como si hubiera dormido en una taza de café expreso. Su cabello rubio, lacio y perfectamente alineado caía sobre sus hombros como una cortina de revista, sin una sola hebra rebelde. Llevaba un traje entallado color marfil, de esos que gritan “poder ejecutivo” pero con escote suficiente como para que no se note que lo están gritando. Tacones finos, labios color vino y uñas rojas perfectamente brillantes. Una femme fatale disfrazada de ejecutiva, o una ejecutiva que disfrutaba demasiado parecer una femme fatale. Con Stella nunca se sabía.
Yo estaba a su derecha. Katia —y sus dos tetas— a la izquierda. Una simetría desigual.
—¿Alguien quiere azúcar? —preguntó Katia, levantándose con la bandeja en mano.
Ese fue el momento.
Su camisa blanca —con botones demasiado tensos para su propio bien— parecía haber sido diseñada para alguien con una talla menos o un día menos de curvas. Debajo llevaba una falda de oficina negra que, en teoría, debía aportarle formalidad, pero que en la práctica la hacía parecer una cabaretera infiltrada en una reunión de balances trimestrales. Su cabello largo, con ondas sueltas, caía desordenado sobre sus hombros, como si se hubiera peinado con los dedos mientras cruzaba la calle. Y para coronar el cuadro, su labial rojo carmesí estaba mal aplicado. Nada escandaloso. Apenas un desvío en la comisura izquierda, una imperfección diminuta... pero suficiente para que mi cerebro, programado para detectar el desorden como una alarma de incendio, no pudiera dejar de mirarlo.
Ella se inclinó sobre la mesa para alcanzar la azucarera, y en esa breve, silenciosa y fatal inclinación, el botón central de su camisa salió disparado como un proyectil bendecido por la tensión superficial. Cruzó el aire con un sonido apenas audible —un tic liviano— y aterrizó, como si hubiera sido guiado por el destino, en la taza de Stella.
Hubo un silencio. Breve. Pero devastador.
* * *
—Igual, lo del botón tampoco fue tan grave —dijo Katia, estirándose en el sillón como si estuviera sacudiéndose el recuerdo junto con la rigidez del día.
Yo giré apenas la cabeza para mirarla. Se estaba rascando el pubis. Según ella, le pican los pelitos que ya están creciendo otra vez.
—¿No tan grave? Voló directo a la taza de Stella. Hubo una pausa de cinco segundos. Yo conté cada uno.
Katia sonrió con los ojos entrecerrados.
—Bueno, pero nadie murió. Además, Stella se lo tomó con humor.
—Sí, claro. Stella se toma todo con humor… hasta que un día yo esté en la calle y ella siga en su oficina, riéndose con tu sostén en la mano.
Ella se rio bajito, sin culpa.
—¿De verdad pensás que por un botón vas a perder tu trabajo?
—No. Pero si seguimos con estos episodios, en plural, no sé cuánto va a aguantar mi margen de dignidad profesional.
Katia se acomodó una almohada en el regazo.
—Estás exagerando.
—Estoy siendo prudente. Lo que vos hacés y lo que vos sos, a veces no se llevan bien con el concepto de “oficina”. Vos también deberías tener un poco de prudencia.
—Vergüenza y prudencia, nunca tuve.
—¡Mentira! Si te pusiste más roja que yo cuando te quedaron las tetas al aire.
—Bueno, fue una forma de decir —contestó, con las mejillas como tomates.
* * *
Yo bajé la mirada, deseando que me tragara el piso o, en su defecto, una carpeta de informes de presupuesto. Cualquier cosa que me salvara de mirar el escote súbitamente generoso de Katia, que se había abierto como flor en primavera. ¿Y del corpiño? Ni noticias. Los pezones de Katia parecían dos ojos atolondrados de lujuria. Miraban para todos lados como si estuvieran buscando un ojo —o una boca— donde hincarse.
—Ay… —dijo Katia, intentando taparse con la carpeta que tenía en la mano, como si fuera un chal medieval—. Me parece que rompí la camisa.
“No. En realidad rompiste mi carrera”, pensé, sin valor para decirlo.
La auditora se aclaró la garganta. Stella sonrió, recogió el botón de su café como quien levanta un amuleto caído y dijo:
—No es la primera vez que alguien se queda en tetas en una de mis reuniones —dijo Stella, levantando su taza como si brindara por el momento.
La auditora soltó una risita breve. Incompleta. Más protocolo que diversión. No desvió la mirada de Katia ni por un segundo. Su rostro seguía tan serio como si estuviera frente a un balance en rojo. La observaba con una intensidad que me incomodaba y, a la vez, parecía clínicamente fascinada.
Katia se rió, cubriéndose las tetas con la carpeta de actas como si fuera un escudo medieval.
Yo, en cambio, me quedé petrificado.
Porque con Stella uno nunca sabe si está bromeando, pero con Silvia Daneri es peor: uno nunca sabe si está analizando tu alma.
—Ese botón no fue hecho para resistir tanta tensión —dijo de pronto, seca, como si analizara la resistencia estructural de un puente.
—Puedo buscarte una camisa de repuesto… —dije, como por reflejo, mirando cualquier punto que no fuera el canal de visión directo al escote de Katia, que seguía peligrosamente presente, vibrante, como una advertencia a mi sanidad mental.
—No hace falta, Abelito —intervino Stella, divertida—. A veces el vestuario nos recuerda que no todo en esta oficina es Excel y café.
Katia se encogió de hombros y volvió a sonreír, como si todo fuera una escena descartada de una sitcom.
La auditora la miró con seriedad quirúrgica, bajó un poco los lentes por el tabique y dijo:
—Un alfiler de ganchos común no va a aguantar. Con semejante busto, se necesita algo más resistente.
Y volvió a tomar su té.
Yo me hundí en mi silla. Sentía que acababan de convertir mi jornada laboral en un sketch sin libreto. Y lo peor es que yo no era ni el protagonista ni el que hacía reír: yo era el tipo al que nadie le avisa que está en cámara.
Me prometí mentalmente que jamás volvería a confiar en una camisa mal planchada, un clip de oficina o una sonrisa de Katia.
Y Stella… Stella simplemente cruzó las piernas, satisfecha, como si todo estuviera saliendo exactamente como lo había planeado.
* * *
—Y encima te sacaste la camisa —dije, sin rodeos. Lo solté como quien lanza una piedra al agua esperando ver hasta dónde llegan las ondas.
Katia me miró de reojo.
—Tenía que ponerme el alfiler. No quería pincharme una teta, Abel.
—Podías ir al baño. O a otro lado.
—¿Y salir de la sala con la camisa abierta? ¿Caminar por toda la oficina así? Imaginate el escándalo. Me iban a mirar todos como si me hubiera escapado de una porno barata.
Me quedé en silencio. En mi cabeza, la imagen era tan absurda como convincente.
Suspiré.
—Bien. Ganaste esta batalla. Fue la decisión menos mala. Aunque en el momento me pareció...
—Un horror —completó ella, divertida.
—Exacto.
Se acomodó en el sillón, cruzando los brazos.
—Pero admitilo, manejé la situación con dignidad. No lloré. No grité. No le pegué a nadie.
—No. Solo te quedaste en tetas frente a nuestra jefa y a una auditora casada.
—Bueno, ahora que lo decís así… eso sí me dio un poquito de morbo. No por Stella, que ya me vio hasta el segundo apellido. Pero… Silvina… es un poco estirada, pero linda.
—Hubo un poquito de “sin querer queriendo”
—Bueno, sí —sonrió—. Estaba muy avergonzada, pero…
Nos reímos los dos, al mismo tiempo. Y por un instante, todo pareció más liviano.
Pero no duró mucho. Porque, aunque intentáramos disfrazarlo con chistes, sabíamos perfectamente que ese día había dejado marcas.
* * *
Y Stella… Stella simplemente se sirvió otro café. Con su sonrisa de huracán en calma.
Creí que ya habíamos alcanzado el límite del caos.
Error de principiante.
Porque justo cuando pensaba que Katia iba a disculparse, a salir discretamente de la sala, o a quedarse quieta al menos —solo eso, quieta, como una planta de oficina avergonzada—, empezó a desabotonarse lo que quedaba de su camisa. Así, con total naturalidad. Como si estuviera en su casa. Como si no tuviera enfrente a una señora que parecía haberse planchado hasta las emociones.
—Tranquilos —dijo Katia mientras tiraba la blusa sobre el respaldo de su silla—. Lo arreglo en un segundo. ¿Alguien tiene un clip?
Se quedó en tetas. Tetas y nada más que tetas.
Yo sentí cómo mi alma se evaporaba por los poros, abandonando lentamente el cuerpo. Lo único que me tranquilizaba un poco era que en ningún momento Stella había presentado a Katia como mi hermana.
Intenté reanudar la monótona charla sobre el balance trimestral y noté cómo la atención de Silvia Daneri se diluía. Porque sus ojos, que hasta hace unos minutos analizaban gráficos de inversión, ahora estaban fijos en los pechos de Katia, como si ahí hubiera una infografía reveladora.
—Estábamos hablando del incremento intermensual —intenté decir, tragando saliva, mirando la carpeta como si allí estuviera escrita la salvación—. Implementamos una estrategia de reordenamiento de partidas que…
Nada.
La auditora ni parpadeaba.
Su mirada seguía fija en Katia, que ahora forcejeaba con un clip como si estuviera desactivando una bomba plantada en su escote. El clip, en manos de cualquier mortal, habría sido solo eso: un objeto funcional. En manos de Katia, era un intento de ingeniería textil improvisada. Un arma blanca con riesgo de detonar algo más que botones.
—Interesante distribución de tensiones —dijo Silvia, muy seria, con la voz levemente más grave—. Aunque yo diría que ahí hay… un volumen acumulativo.
Me quedé helado.
¿Lo había dicho en serio?
¿Se refería al presupuesto?
¿A las tetas?
¿A la bomba?
Todo era posible. Especialmente con esa mirada que no abandonaba las tetas de Katia ni por un microsegundo.
Stella, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad:
—Bueno, si estamos evaluando volúmenes, no olvidemos lo más importante: esas tetas son una obra maestra de arquitectura blanda. Estan para hacerles “Brrrrffff” con toda la cara.
Excelente, Stella. Otro grandísimo ejemplo de “Sutileza nivel Bananero”.
Silvia sonrió por primera vez. Apenas. Pero lo suficiente como para que me temblara el alma.
—Ya lo creo —dijo, sin apartar la vista.
* * *
—Me mató lo que dijo Stella —comentó Katia, con esa sonrisa que se le escapa cuando está por mandarse una boludez—. “Arquitectura blanda”. ¿Quién habla así, boludo? ¡Parecía una crítica de arte tocando tetas.
No contesté. Solo me limité a masajearme el entrecejo, como si pudiera borrar el recuerdo con la presión justa.
—A mí me dio gracia —confesó ella, encogiéndose de hombros—. Me la aguanté, pero te juro que estuve a un milisegundo de reírme fuerte. Tipo carcajada real. De esas que te hacen escupir la Coca por la nariz.
—Me dio vergüenza ajena —dije, sincero.
—Ay, pero fue buenísimo —insistió—. “Están para hacerles Brrrrffff con toda la cara”. Ni el Bananero se anima a decir eso durante una reunión de auditoría. Aunque… bueno, capaz que él sí.
—Y Stella —dije—. Stella lo dijo… y ni se inmutó.
Nos miramos. Ella se rió de nuevo, bajito. Y yo, contra todo pronóstico, también.
Pero en el fondo... todavía me temblaba el alma.
* * *
Katia seguía a lo suyo, tirando del clip como si estuviera intentando sintonizar una frecuencia de FM Tetánica 96.9: la radio que vibra con vos.
Yo, mientras tanto, me fundía lentamente en la silla, sin saber si reír, gritar, o directamente renunciar y dedicarme a plantar orégano en el balcón.
—Ahí está… —murmuró, doblando el clip por cuarta vez—. ¿Ven? Como nuevo.
No. No era como nuevo. Su camisa ahora estaba sostenida por un hilo de fe y dos curvas peligrosamente fuera de rango.
—¿Decías algo, Abel? —preguntó Stella, que estaba absolutamente divertida.
—Sí —dije, sin saber a quién mirar—. Estaba explicando el plan de eficiencia presupuestaria —ya ni sabía si estaba hablando de eso o no—. Pero creo que… quizás… lo dejo en un informe por escrito.
La auditora asintió. O al menos movió la cabeza. Puede que fuera un espasmo.
Y yo, con el poco orgullo que me quedaba, me prometí que al salir de esa sala iba a fingir un llamado urgente. De tres días de duración.
La reunión terminó, por fin. La auditora estrechó manos con la delicadeza de quien ya se olvidó de todo lo hablado, menos del corpiño de encaje.
Stella se ofreció a acompañarla hasta la salida, con ese tono suyo de anfitriona pícara que parece siempre al borde de un chiste subido de tono.
Y así, por unos minutos, me quedé solo con Katia en la sala de reuniones.
La miré. Seguía en tetas. Su camisa maltrecha descansaba sobre la mesa, como si también se hubiera rendido.
* * *
—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando Stella entró con el papelito? —pregunté, sin despegar la vista del televisor, donde alguien tatuaba un muffin en una espalda sudada.
Katia tardó en responder. Lo cual, en ella, ya era raro.
—Que me estaban despidiendo. —Hizo una pausa—. O que era una multa. Una citación judicial. Algo grave.
—Y sin embargo te lo quedaste.
—¿Qué querías que hiciera? Me lo dio como si me estuviera pasando una receta de su abuela. No podía decirle que no.
Recordé su cara en ese momento. Los ojos bien abiertos. El cuerpo tenso. Un segundo de parálisis que solo yo noté. Porque claro, todos los demás estaban demasiado ocupados fingiendo normalidad.
—Te quedaste dura —dije—. Como si se te hubiera reiniciado el sistema.
—Es que se me reinició el cerebro, boludo. ¡¿Qué esperabas?! ¿Que recibiera eso con una reverencia?
Me reí, bajito.
—Stella te lo dio como si fuera una encomienda confidencial del Servicio Secreto —dije, finalmente—. Le faltó decir “cuidalo bien”.
—Yo creo que le molestó que no fuera para ella —agregó Katia, bajando el tono.
No supe qué responder. Pero asentí. Porque puede ser. Con Stella nunca se sabe.
Y la tele seguía ahí, haciendo ruido, mientras una manga pastelera colapsaba frente a un jurado implacable.
* * *
Stella volvió. Como si el universo la hubiera mandado justo a tiempo para arruinarle el final a una mala película.
—Katia —anunció, agitando un papelito entre los dedos—. La auditora te dejó esto.
Katia parpadeó, todavía acomodándose la camisa improvisada con el clip asesino.
—¿Eh?
Stella sonrió como quien entrega el resultado de un análisis comprometedor.
—Creo que se fue bastante conforme con tus… atributos.
Se tomó una pausa innecesaria, teatral.
—Tus tetas, Katia. Estoy hablando de tus tetas.
Katia soltó una carcajada, aguda y sincera, como si le hubieran contado un chiste en código.}
Yo no me moví. No pestañeé. No respiré. Me sentí como una planta de decoración testigo de un crimen.
La tarjeta tenía el nombre de la auditora escrito con letra impecable. Y el número. Y corazones. Pequeños, prolijos, rosados. Corazones.
Katia me miró, todavía riéndose.
—¿Ves? Al final no fue tan grave.
Yo no respondí. Ni asentí. Solo pensé que lo más grave ni siquiera había empezado.
Hay días en los que uno siente que está de más en su propia vida.
Y Stella… Stella simplemente se fue.
Pero no caminó como quien deja una escena triunfante. Caminó como quien intenta que no se le note el temblor en la mandíbula. Sonreía, sí, pero era esa clase de sonrisa tensa que uno usa cuando tiene que fingir que todo está bajo control y no lo está.
Como si por dentro hiciera fuerza para no gritarle al mundo que cometió un error. Otro más. Y esta vez, con corazones incluidos.
* * *
—¿Qué sentiste cuando la viste volver? —preguntó Katia, de golpe, mientras en la pantalla alguien intentaba modelar un bizcochuelo con forma de dragón.
—¿Cuándo? —pregunté, aunque sabía exactamente a qué se refería.
—Cuando entró de nuevo a la oficina. Silvia.
Me tomé unos segundos. No porque no tuviera la respuesta, sino porque era tan obvia que daba vergüenza.
—Pánico —admití—. Del bueno. De ese que arranca en el estómago y se extiende como humedad por la espalda.
Ella se rió, esa risa nasal bajita que usa cuando se burla de mí con cariño.
—¿Y si era solo para saludarnos? —insistió.
—Claro —dije, girando apenas la cabeza para mirarla—. Como hacen los tiburones cuando dan una vuelta antes de morderte el brazo.
—Sos un exagerado.
—¿Sí? ¿Y vos no viste el portafolio? Lo traía con la energía de alguien que viene a clausurarte el alma.
—Me sentí como Sarah Connor cuando ve volver al Terminator, en la segunda película —aseguré.
—No vi esa peli.
—Sí la viste, Katia. La vimos juntos como tres veces.
—¿Es esa con Stallone?
No me digné a responder.
Katia sonrió, pero no dijo nada. Se quedó mirando la tele. En silencio. Y en ese silencio, supe que ella también lo había sentido.
Ese cosquilleo de desastre inevitable.
* * *
No eran ni las cuatro de la tarde cuando la vi entrar otra vez. Silvia Daneri. La auditora de la sucursal centro. Volvía con el mismo rodete blindado, la misma mirada de escáner biométrico y ese paso firme que hacía temblar el piso como si marcara el compás de un juicio inminente.
—No —murmuré—. No puede ser.
Pero era. Y venía directo hacia nosotros.
Llevaba el portafolio cerrado con violencia pasiva, como si adentro llevara pruebas incriminatorias y una lapicera condenatoria.
—Buenas tardes —dijo, sin mirar a nadie más que a Stella—. Noté una irregularidad en los informes del trimestre anterior. Hay una inconsistencia de fechas que podría comprometer el cierre contable.
Yo parpadeé. Stella sonrió como si le hubieran ofrecido un cóctel en la playa.
—Oh, querida Silvia… qué vista tan afilada —dijo—. Por supuesto, vamos a aclararlo todo. ¿Te parece si te esperás un minuto en la sala de reuniones?
—Claro —respondió la auditora, girando sobre sus tacos.
Y ahí se fue, con su carpeta y su mirada de rayos X. Caminó hasta la sala como quien va a sentenciar una ejecución.
En cuanto la puerta se cerró, Stella bajó la sonrisa. Nos miró. Y habló sin rodeos.
—Bueno. Escuchen. La que cometió el error con las fechas fui yo. Me confundí de trimestre. Nada grave, pero si esa mujer empieza a escarbar, voy a tener que armar un informe nuevo y eso me va a quitar toda la semana. Así que, Abel… vos vas a usar tu superpoder.
—¿El encanto?
—El aburrimiento. Vas a hacer que esa mujer se duerma como si la estuvieran hipnotizando con planillas de Excel, gráficas y números. Inventale alguna subcategoría si hace falta.
—¿Y si me pregunta algo en serio?
—Le decís que estás esperando confirmación de gerencia. Nadie discute “confirmación de gerencia”.
—Perfecto —dije—. Yo entretengo a la inspectora fiscal con mi voz de Wikipedia. ¿Y Katia?
Stella se giró hacia ella.
—Katia… vos la vas a distraer. Pero de otra forma. Seducila. Coqueteale. Hacé lo tuyo.
—¿Mi “yo”? ¿Qué “yo”? —preguntó Katia, confundida.
—Tu “yo Katia”. Ese que camina en ropa interior por mi oficina como si fuera su living.
—Eso no fue seducción. Eso fue calor.
—Bueno, esta vez vas a tener que fingir que es las dos cosas. ¿Podés?
Katia parpadeó.
—¿Tiene que ser sutil?
—Idealmente sí.
—¿Y si me pongo nerviosa?
—Sonreí. Mostrá hombros. No te pongas en bolas… todavía.
Yo me llevé una mano a la cara. Esto ya no era una reunión de seguimiento. Era una emboscada con escote.
—Vamos —dijo Stella, palmoteando—. La auditora nos espera. Y si esto sale bien, nadie va a tener que quedarse el fin de semana redactando correcciones.
* * *
Me reí. No fue una carcajada, más bien un resoplido involuntario, el tipo de risa que se te escapa cuando recordás un chiste interno que nadie más captó.
—¿De qué te reís? —preguntó Katia sin apartar la vista de la taza de té que sostenía como si adentro hubiera respuestas.
—“De forma sutil” —dije, imitando la voz de Stella con una mezcla de afectación y fastidio.
Katia entrecerró los ojos.
—¿Algún problema con eso?
—Solo a Stella se le ocurre pedirte sutileza. Claro, ella tampoco tiene idea de lo que significa.
Katia se irguió, ofendida en broma.
—Yo puedo ser sutil —dijo, mientras sus labios vaginales asomaban con descaro por debajo de su remera.
—Sutil como Terminator cuando dice “I’ll be back” —respondí, con una mala imitación de Schwarzenegger.
—No sé… soy sutil todo el tiempo. Tengo una sutileza introspectiva —dijo, alzando el mentón como si acabara de citar a Nietzsche.
—Katia —dije, despacio—. Hoy, sin ir más lejos, te sacaste la camisa delante de una auditora. En plena reunión. Con Stella ahí. Tus tetas pasaron a ser el espectáculo principal.
—Era eso o pincharme una teta con el alfiler —replicó, como si se tratara de la decisión más lógica del mundo.
—¿Y el día de la visita del Ministro de Transporte? Vos llevabas ese vestido negro…
—¡Ese vestido era formal!
—Claro —asentí—. Hasta que se te quedó enganchado con la ruedita del dispenser y se te vio la bombacha mientras intentabas sacar un vaso de agua. Al tipo casi se le salen los ojos.
Katia se sonrojó, pero también se rió.
—¡No fue mi culpa!
—Lo gracioso no fue que se te viera. Fue que dijeras “¡ay, justo esta, que no combina con el corpiño!” delante de todos.
—Estaba nerviosa.
—Y sutil —rematé.
Ella se acomodó en el sillón, todavía con una sonrisa. Su concha seguía siendo un espectáculo pornográfico.
—¿Y si me sale bien? —preguntó de pronto.
—¿Qué cosa?
—La seducción. De forma sutil, digo.
—¿Tan bien como te salió con Silvia Daneri?
—Quiero la revancha —dijo Katia.
Me giré para mirarla.
—¿Con quién? ¿Cuándo?
—No sé —respondió, dejando la taza en la mesa—. Ya aparecerá algún candidato. O candidata.
—Ah —dije, como si no me importara. Como si no me hubiera quedado una vibración rara en el estómago.
Ella no me miró. Siguió como si hubiera dicho algo sobre el clima. Pero yo vi ese leve cambio en la comisura de sus labios. Ese gesto diminuto que, en ella, era el equivalente a un redoble de tambores.
Me recosté un poco más en el sillón. Disimulando. Katia seduciendo a alguien de forma sutil. ¡Ja! Eso me gustaría verlo.
* * *
Caminamos hacia la sala como un grupo comando mal entrenado. Yo con mi carpeta. Katia con su sonrisa temblorosa. Y Stella… Stella con el mismo aplomo que una directora de casting que ya sabe cómo va a terminar la escena.
Entramos a la sala de reuniones como si estuviéramos entrando a un quirófano sin anestesia. Silvia Daneri ya nos esperaba, sentada con la espalda recta, el portafolio cerrado frente a ella como una trampa de oso. Su rodete seguía intacto. Su mirada, también. Ni un músculo fuera de lugar. Ni uno.
Stella ocupó su lugar en la cabecera, con una sonrisa forzada que le quedaba más apretada que la falda de Katia. La tensión se le notaba en los dedos: los entrelazaba, los separaba, los volvía a unir, como si eso pudiera evitar la explosión que venía en camino.
—Bueno, Silvia —dijo con una voz casi chillona—. Acá estamos, listas para revisar lo que necesites. Abel preparó algunos informes muy completos, ¿verdad, Abel?
—Ajá —dije, abriendo mi carpeta con la parsimonia de un noticiero a las tres de la mañana—. Como te decía más temprano, la estrategia de reordenamiento de partidas tuvo un impacto directo en la reducción del desfasaje operativo intermensual. Si vemos el cuadro uno punto tres…
Y ahí empecé.
Mi voz. Mi superpoder.
Monótona. Lineal. Meticulosamente aburrida. Con el tono justo para adormecer a la bestia. Mientras hablaba de curvas descendentes y fondos de inversión, sabía que nadie estaba escuchando. Lo veía en la mirada de la auditora, que no estaba en mis gráficos… sino en Katia.
Porque Katia… bueno. Katia había entendido “coquetear” como un concepto performático. Al principio, se sentó con una pierna cruzada muy arriba. Demasiado arriba. Después dejó caer “accidentalmente” el bolígrafo. Se agachó a buscarlo con la espalda arqueada como si estuviera haciendo yoga sensual para principiantes.
Yo hablaba de márgenes de error. Ella mostraba escote como quien muestra cartas en un strip póker involuntario.
—Como pueden ver, la curva de comportamiento trimestral se estabiliza en el eje de ingresos proyectados —seguí, con el alma disociada—. Y si tomamos la comparación interanual...
Stella se aclaró la garganta. Dos veces. Sudaba por la nariz. Literalmente. Movía los labios como si estuviera haciendo playback de una versión editada de sí misma.
Katia, mientras tanto, había abierto un botón extra de su blusa, y ahora se inclinaba sobre la mesa para alcanzar un papel que no necesitaba. El corpiño negro asomaba sin remordimientos.
Y yo… bueno. Yo leía.
—Además, si analizamos los indicadores de estacionalidad…
La auditora se acomodó los anteojos sin apartar la vista de Katia. Ni una vez. No hablaba. No tomaba notas. Solo observaba. Como una coleccionista frente a una pieza valiosa.
Stella me interrumpió, nerviosa:
—Perdón, Abel… ¿podés repetir lo del eje de ingresos?
—¿Cuál parte?
—Toda. Desde el inicio.
Tragué saliva. Levanté la vista.
Y en ese instante, Katia se sacó el saco —creo que era de Stella, por eso le quedaba tan chico— como si la temperatura en la sala fuera tropical y estuviera por servirse una caipirinha.
Debajo, una musculosa blanca apretada. ¿También de Stella? Pero no llevaba corpiño. Y eso, amigos, se notaba.
Algo se movió, encima de mi bulto. Una tenaza se cerró sobre mi verga. Era la mano de la auditora.
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