Lima Peru - 2024
Todo empezó un día cualquiera mientras hacía movilidad. Manejaba sin prisa cuando, de repente, vi a una chica caminando por la avenida. Llevaba unos shorts de jean y me llamó la atención de inmediato. Desaceleré, me acerqué despacio y le pregunte: «¿A dónde vas? Te llevo». Al principio se sorprendió y me miró con una pequeña sonrisa, pero siguió caminando. No me di por vencido. Avancé un poco más, la alcancé y le insistí: «¿Hasta dónde vas? Súbete, te dejo en la siguiente avenida para que tomes tu carro con calma». Ella dudó un segundo y me dijo que iba cerca. «Vamos tellevo, sube, así te evitas la fatiga», le respondí con confianza. Finalmente, aceptó y subió al copiloto.
En el trayecto empezamos a conversar. Me contó que venía de salir de su turno como mesera en un restaurante cercano. Le pregunté qué tal le iba y me confesó que las cosas estaban bien, pero que ya estaba pensando en irse. Me enteré de que era colombiana y que había llegado al país persiguiendo un amor que conoció por redes sociales, pero las cosas habían salido mal y él le había fallado. Se sinceró aún más y me contó que tenía un hijo pequeño en Colombia; por él estaba ahorrando para regresar pronto.
Para cuando la charla se puso interesante, ya habíamos llegado a su destino: una casa donde arrendaba una habitación. No quería que la conversación terminara ahí, así que me arriesgué: «Te invito a tomar algo para seguir platicando». Ella me miró sorprendida. «¿De verdad puedes?», preguntó por que le habia dicho que habia salido hacer taxi o aplicativo. Le aseguré que sí. Dimos la vuelta, salimos de su calle y fuimos a una licorería. Compré un vino bien frio, snacks, agua y unos cigarrillos que ella me pidió.
Al volver a su dirección, el plan inicial era quedarnos en el carro, pero la curiosidad me ganó. «¿Y no se puede subir a tu cuarto? Estaríamos más cómodos», le propuse. Lo pensó un momento, algo indecisa, y me advirtió que su habitación estaba un poco desordenada. «No pasa nada, el mío para igual. Cuando uno vive solo, es lo normal», le dije para quitarle la tensión. Aseguré bien el carro, lo dejé afuera y subimos.
El cuarto era pequeño: apenas una mesa, una cocina, una silla y la cama. Como faltaba espacio, acomodé el trago y la ayudé a ordenar un poco para estar a gusto. Aproveché para pasar al baño y, cuando salí, ella se había cambiado por un short y una camiseta mucho más cómodos. Me pareció genial el detalle; ya estaba en confianza. Servimos el vino, pusimos música y ella empezó a cantar de a ratos.
A medida que el vino hacía efecto, el ambiente se volvió más cálido y atrevido. Me acerqué más, halagando su cabello rojo que contrastaba perfectamente con su piel blanca y sus curvas pronunciadas. Con cualquier excusa le tomé la mano, empecé a acariciarla y, sin pensarlo mucho, la besé. Ella me correspondió el beso. Mientras la timidez desaparecía, empecé a recorrer su cuerpo con las manos y a desabrocharme la camisa. Como ambos éramos delgados, ella se sumó al juego y me ayudó a quitarme los botones.
La atracción era total. Le quité el short y la besé por completo. Me desvestí también y la tensión sexual se desbordó. Vi cómo se le fijaba la mirada en mí pene el cual estaba bien parado; abrió las piernas queria que se la metiera, me sujetó con su mano y me guio hacia ella. «Espera», le susurré. La besé de nuevo mientras sacaba rápidamente un preservativo, me lo puse y me deslicé dentro de ella despacio. Sus gemidos llenaron la habitación mientras me pedía que no parara.
El encuentro se volvió intenso. Cambiamos de posición y la puse de perrito; tenía una silueta espectacular, firme y perfecta. Me acomodé detrás de ella dejándome llevar por el instinto, disfrutando cada segundo de ese ritmo salvaje. Sentía que el final estaba cerca de botar todo mi estres y no quería que acabara tan rápido, así que detuve el ritmo un momento, la recosté al borde de la cama para buscar penetrarla con más profundidad senti como agarraba fuerte las sabanas en esta posicion y yo le daba mas duro tenia el control y luego cambiamos los papeles: me eché boca arriba para que ella tomara el control.
Se subió despacio, saboreando cada centímetro de mi pene que esta bien erecto y caliente, y poco a poco empezó a moverse con más velocidad. A los pocos minutos, la temperatura subió al máximo; sentí cómo su vajina me quemaba de lo caliente que estaba. En ese instante soltó un grito, estaba teniendo un orgasmo intenso. Repitió ese clímax unas tres veces hasta quedarse casi sin fuerzas. Entonces fue mi turno. La recosté boca abajo, recuperé el control y mantuve el ritmo con fuerza hasta que sentí que estaba eyyaculando al mismo tiempo que ella nuevamente, terminando juntos en una explosión de placer.
Nos quedamos tendidos en la cama, completamente relajados y recuperando el aire. Ella encendió un cigarrillo. Yo no suelo fumar, pero la atmósfera era tan perfecta que le pedí una calada para probar. El tiempo volaba y se hacía tarde, así que le avisé que ya debía marcharme. Con total agradecimiento por el momento y sabiendo el desgaste de energía que habíamos tenido, le dejé algo de dinero en la mesa para su desayuno del día siguiente.
Tuvimos un encuentro de despedida días después, ya que al poco tiempo regreso a Colombia. Hoy sé que está de vuelta en Colombia, viviendo su vida y dedicada a su familia, pero siempre me queda el recuerdo una de los mejores culos que me he comido redondito y duritos.
Todo empezó un día cualquiera mientras hacía movilidad. Manejaba sin prisa cuando, de repente, vi a una chica caminando por la avenida. Llevaba unos shorts de jean y me llamó la atención de inmediato. Desaceleré, me acerqué despacio y le pregunte: «¿A dónde vas? Te llevo». Al principio se sorprendió y me miró con una pequeña sonrisa, pero siguió caminando. No me di por vencido. Avancé un poco más, la alcancé y le insistí: «¿Hasta dónde vas? Súbete, te dejo en la siguiente avenida para que tomes tu carro con calma». Ella dudó un segundo y me dijo que iba cerca. «Vamos tellevo, sube, así te evitas la fatiga», le respondí con confianza. Finalmente, aceptó y subió al copiloto.
En el trayecto empezamos a conversar. Me contó que venía de salir de su turno como mesera en un restaurante cercano. Le pregunté qué tal le iba y me confesó que las cosas estaban bien, pero que ya estaba pensando en irse. Me enteré de que era colombiana y que había llegado al país persiguiendo un amor que conoció por redes sociales, pero las cosas habían salido mal y él le había fallado. Se sinceró aún más y me contó que tenía un hijo pequeño en Colombia; por él estaba ahorrando para regresar pronto.
Para cuando la charla se puso interesante, ya habíamos llegado a su destino: una casa donde arrendaba una habitación. No quería que la conversación terminara ahí, así que me arriesgué: «Te invito a tomar algo para seguir platicando». Ella me miró sorprendida. «¿De verdad puedes?», preguntó por que le habia dicho que habia salido hacer taxi o aplicativo. Le aseguré que sí. Dimos la vuelta, salimos de su calle y fuimos a una licorería. Compré un vino bien frio, snacks, agua y unos cigarrillos que ella me pidió.
Al volver a su dirección, el plan inicial era quedarnos en el carro, pero la curiosidad me ganó. «¿Y no se puede subir a tu cuarto? Estaríamos más cómodos», le propuse. Lo pensó un momento, algo indecisa, y me advirtió que su habitación estaba un poco desordenada. «No pasa nada, el mío para igual. Cuando uno vive solo, es lo normal», le dije para quitarle la tensión. Aseguré bien el carro, lo dejé afuera y subimos.
El cuarto era pequeño: apenas una mesa, una cocina, una silla y la cama. Como faltaba espacio, acomodé el trago y la ayudé a ordenar un poco para estar a gusto. Aproveché para pasar al baño y, cuando salí, ella se había cambiado por un short y una camiseta mucho más cómodos. Me pareció genial el detalle; ya estaba en confianza. Servimos el vino, pusimos música y ella empezó a cantar de a ratos.
A medida que el vino hacía efecto, el ambiente se volvió más cálido y atrevido. Me acerqué más, halagando su cabello rojo que contrastaba perfectamente con su piel blanca y sus curvas pronunciadas. Con cualquier excusa le tomé la mano, empecé a acariciarla y, sin pensarlo mucho, la besé. Ella me correspondió el beso. Mientras la timidez desaparecía, empecé a recorrer su cuerpo con las manos y a desabrocharme la camisa. Como ambos éramos delgados, ella se sumó al juego y me ayudó a quitarme los botones.
La atracción era total. Le quité el short y la besé por completo. Me desvestí también y la tensión sexual se desbordó. Vi cómo se le fijaba la mirada en mí pene el cual estaba bien parado; abrió las piernas queria que se la metiera, me sujetó con su mano y me guio hacia ella. «Espera», le susurré. La besé de nuevo mientras sacaba rápidamente un preservativo, me lo puse y me deslicé dentro de ella despacio. Sus gemidos llenaron la habitación mientras me pedía que no parara.
El encuentro se volvió intenso. Cambiamos de posición y la puse de perrito; tenía una silueta espectacular, firme y perfecta. Me acomodé detrás de ella dejándome llevar por el instinto, disfrutando cada segundo de ese ritmo salvaje. Sentía que el final estaba cerca de botar todo mi estres y no quería que acabara tan rápido, así que detuve el ritmo un momento, la recosté al borde de la cama para buscar penetrarla con más profundidad senti como agarraba fuerte las sabanas en esta posicion y yo le daba mas duro tenia el control y luego cambiamos los papeles: me eché boca arriba para que ella tomara el control.
Se subió despacio, saboreando cada centímetro de mi pene que esta bien erecto y caliente, y poco a poco empezó a moverse con más velocidad. A los pocos minutos, la temperatura subió al máximo; sentí cómo su vajina me quemaba de lo caliente que estaba. En ese instante soltó un grito, estaba teniendo un orgasmo intenso. Repitió ese clímax unas tres veces hasta quedarse casi sin fuerzas. Entonces fue mi turno. La recosté boca abajo, recuperé el control y mantuve el ritmo con fuerza hasta que sentí que estaba eyyaculando al mismo tiempo que ella nuevamente, terminando juntos en una explosión de placer.
Nos quedamos tendidos en la cama, completamente relajados y recuperando el aire. Ella encendió un cigarrillo. Yo no suelo fumar, pero la atmósfera era tan perfecta que le pedí una calada para probar. El tiempo volaba y se hacía tarde, así que le avisé que ya debía marcharme. Con total agradecimiento por el momento y sabiendo el desgaste de energía que habíamos tenido, le dejé algo de dinero en la mesa para su desayuno del día siguiente.
Tuvimos un encuentro de despedida días después, ya que al poco tiempo regreso a Colombia. Hoy sé que está de vuelta en Colombia, viviendo su vida y dedicada a su familia, pero siempre me queda el recuerdo una de los mejores culos que me he comido redondito y duritos.
0 comentarios - Colombiana peliroja