Era por la mañana, a eso de las diez, cuando mamá e Isa me mostraron el plan que tenían para mí. Algo que le dio un vuelco a mi corazón. Como siempre, hallaban nuevas maneras de hacerme sentir humillada, avergonzada e incómoda, cuando pensaba que no podrían. Papá se había ido con unos amigos y no vendría hasta el día siguiente, de modo que ese día estaría con mamá e Isa. Y con alguien más a quien conocía muy bien y, por el título de este capítulo, ya se imaginarán. Pero veamos como llegué hasta ahí.
• Hola bebé — me dijo mami.
Yo estaba, para variar, desnuda en mi cuarto. Isa acompañaba a mamá. Mamá iba vestida con camiseta blanca y vaqueros e Isa llevaba vaqueros negros y camiseta roja. Ambas se sentaron a los pies de la cama y mami dijo:
• ¿Te acuerdas de Pedro cielo?
Pedro. Así se llama mi mejor amigo.
Yo asentí, temerosa. Notaba mis piernitas temblar como gelatina y mi corazón latir con fuerza. No sabía bien qué me iban a decir, pero lo intuía. Mami dijo:
• Pues bien. Como sabes, hemos tratado de apartarte de tu antigua vida. Fuera de la escuela, adiós amigos…
Aquello me entristeció un poco. No tuve tiempo de seguir lamentándome, pues mami continuó hablando:
• Pues bien, como sabes, Pedro, tu mejor amigo, nos ha insistido mucho en saber cómo estas.
• Así que le hemos dicho lo que eres — dijo Isa.
Silencio. Tras asimilarlo un momento (mi mejor amigo sabía que era Sissy), mami dijo:
• Lo sabe todo cielo. Lo que eres, lo que has hecho. Aunque anonadado, ha decidido verte hoy. Quiere conocer a la niña que te has convertido.
• Y queremos exhibirte ante él.
Tras otro momento para asimilar, levanté la mano, solicitando permiso para hablar. Mami me lo concedió y dije:
• ¿Y cuándo le veré?
• Esta tarde — dijo Isa —. Lo recibirás absolutamente desnuda y estaréis a solas un rato. Luego harás lo que él te ordene. No sé si follareis, pero ojalá.
Dicho eso, soltó una risita.
Aquello no me hacía la menor pizca de gracia. Pero sabía que no tenía elección. Durante las dos siguientes horas (que es lo que tardaría Pedro en venir a verme), estuvieron “preparándome”. Por supuesto, no tuve nada de ropita, solo mi jaulita rosa. Me obligaron a beber pipí de ellas dos en un biberón y luego agua. Todo para aumentar mis ganas de orinar. Y lo lograron. Para cuando quedaban diez minutos, tenía muchas ganas de orinar.
• Él vendrá de un momento a otro — dijo mami emocionada.
• Vamos a terminar de prepararte — añadió Isa.
Y dicho eso, me aplicaron perfume de amor, amor en mi cuello, pelo y jaulita. Hecho eso, colocaron pendientes en forma de corazón, pero no peluca.
• Queremos que vea lo marica que te has vuelto — dijo Isa, conteniendo la risa.
Estaba claro que eso le encantaba.
Pero ahí no terminó la preparación. Me pusieron el culito en pompa y mamá procedió a ponerme un buttplug dentro de mi culito. Por último, me colocaron un chupete rosa.
• Así él verá cuando bebita eres — dijo mami.
Y ya estaba lista para él.
Yo estaba muy nerviosa. Vería al que fue mi mejor amigo por primera vez en meses. Y ahora él sabía la verdad. ¿Cómo se lo tomaría? ¿Me usaría también? Ojalá que no. Tal vez él pudiera sacarme de esta situación y volver a mi otra vida, lejos de esto. Aunque no tenía muchas esperanzas puestas. Lo único que me hacía soportable esta situación, era la permanente excitación que sentía. Por eso mamá e Isa lo hacían. Así no me rebelaba. Además, tenían la llave de mi castidad, lo que implicaba que, un mal gesto, un intento de huida, y eliminarían la llave, estando permanentemente caliente (aunque eso ya sucedía claro, pero la esperanza de un orgasmo completo permanecía, aunque no fuera a obtenerlo jamás). Fue entonces cuando sonó el timbre. Yo me puse muy nerviosa. Las piernas las sentía de mantequilla y las ganas de hacer pipí se incrementaron. Tragué saliva. Estaba loca por orinar. Me imaginaba corriendo al servicio y haciendo pipí sentadita. Pero no podía. Ese permiso debía concedérmelo Pedro.
• Ya ha llegado él — dijo mamá guiñándome el ojo —. Ve a abrirle. Que vea lo que eres.
Asentí, azorada y bajé las escaleras bajo la atenta mirada de mis dos dueñas. Ellas me siguieron, susurrando entre ellas, divertidas. Luego, se detuvieron al pie de la escalera y yo me posé en la puerta. Dudé un segundo. Pero decidí que, ya que tenía que ser avergonzada, mejor hacerlo del tirón, como cuando te quitas una tirita. Al fin y al cabo, estaba ya acostumbrada. Aunque las cosas serían muy diferentes con mi amigo.
Abrí la puerta.
Pedro era un chico un poco más alto que yo. Medía 1,68, cabello lleno de rizos, ojos azules. Le gustaba ir al gimnasio por lo que estaba algo musculoso, aunque no demasiado. Llevaba por ropa unos vaqueros, deportivas y camisa verde. Quedé en shock al verle. No sabía si era la calentura, pero lo veía muy guapo y atractivo. Él se quedó también en shock un momento, mirándome con la boca abierta. Traía en la mano derecha una flor blanca. Me la dio y dijo:
• Hola Man… María.
Yo, avergonzada, acepté la flor y le dije:
• Hola. Gr… gracias por la flor.
• De nada. Estás… increíble.
• Gracias.
Atrás mía, Isa y mami se aguantaban la risa como podían. Se acercaron a mí luego de que invité pasar a Pedro y dijo primero mamá y luego Isa:
• Hola Pedro.
• Bienvenido.
• Gracias — respondió él.
Todas fuimos al salón, donde Pedro y yo nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro, muy cerca. Nuestras manos casi se rozaban. Mami e Isa no se sentaron, sino que quedaron de pie. Charlamos durante al menos una hora. Bueno, ellos hablaron, porque yo solo hablaba cuando se me exigía. Finalmente, quedaron en que Pedro y yo daríamos una vuelta para conocernos mejor. Para ello, accedieron a colocarme una faldita roja y un top rosa. Echo eso, salimos.
Ya estábamos afuera de casa, en la calle. Pedro me ofreció la mano y yo, sumisa, la acepté. La noté cálida y reconfortante. Él me sonrió y yo le devolví la sonrisa, a pesar de llevar el chupete.
• Te queda bien el chupete — me dijo amable.
• Gracias — le respondí.
Empezamos a caminar. Mientras caminábamos (por las calles del barrio no se veía a nadie), él me hizo muchas preguntas. Con mami e Isa respondió algunas como, por ejemplo, cuando empecé en esto, si ya había cogido con chicos, si me gustaba aquello. Pero Pedro me hizo algunas más:
• ¿Desde cuándo sabes que eres Sissy?
Así que él también conocía el término. Aunque no lo decidí exactamente, sabía que no podía revelar nada. Mami me tenía bien agarrada por mis huevitos. Así que respondí:
• Desde el verano. Veía videos y me sentía nena. Me gustaba sentirme en su lugar.
• Ah ya veo. ¿Y yo te parezco guapo?
• Mucho — respondí sin dudar.
No sabía si era por la calentura, pero lo cierto es que Pedro estaba muy bueno. Estaba, una parte de mí, loca por verle sin ropa. A él pareció gustarle aquello, porque sonrió.
Seguíamos caminando tranquilamente. Pedro me dijo:
• Tú también eres preciosa. Me gustas más que cuando eras niño. Tengo que confesar, que siempre me han atraído un poco las Sissy.
• Ah.
Tragué saliva. Ya sabía por dónde iba la cosa. Pero era la primera vez que no me incomodaba tanto. Quizás por costumbre ya.
• Estamos de camino al coche — me informó él —. Nos subiremos e iremos a mi casa. Mis padres están en un viaje romántico durante la semana.
• Que bien.
Le pregunté por sus padres y dijo que estaban muy bien. seguimos paseando. Él haciéndome preguntas sobre qué me gustaba hacer en la cama y dudas sobre si tenía novio. Claro, esa parte no se le había dicho.
• Si tengo — confesé, azorada —. Aunque es una relación liberal.
• Bien, bien. Quizás lo conozca algún día.
• Si, puede ser.
Si supiera quien es, se quedaría más sorprendido de lo que estaba ya, de eso estaba absolutamente segura.
Finalmente llegamos a una calle donde estaba su coche: un Peugeot 308 blanco. Abrió el coche y me dijo que me pusiera de copiloto. Así hice. Aquel barrio era una maravilla pensé. Nadie nos había visto y estaba todo en calma, al haber solo casas en el lugar.
Pedro entró al coche, arrancó y condujo.
Durante el trayecto, el empezó a acariciarme la pierna, estando cerca su mano de mi cosita. Me acarició durante un rato. Sus caricias eran suaves y me estaba gustando por donde iba la cosa. Finalmente, y como cabía esperar, tocó mi cosita.
• Así que ahora la llevas enjaulada.
• Si. Para evitar correrme y disfrutar más.
Era en parte cierto. Pero ya sabéis la verdad. Pedro dijo entonces:
• ¿Y hace cuanto que no te corres?
• Ah, no tengo orgasmos desde el verano. Solo arruinado.
• ¡Vaya! — parecía realmente alucinado —. He investigado eso un poco. Así que estás constantemente excitada ¿no?
• Sí, eso es — respondí avergonzada.
Tener esos temas de conversación con el que un día fue mi mejor amigo era vergonzoso, pero también me aliviaba. Creo que era la primera vez que podía conversar así de tranquila. Aunque con cuidado, claro.
Siguió acariciando mi jaulita. Sus suaves manos masculinas en mi pitito de bebé.
• Me gusta que lleves chupete — me dijo de repente —. Te hace tan infantil.
• G…gracias.
Pedro no dijo nada más. Al cabo de unos minutos, por fin llegamos a su casa. A diferencia de mí, Pedro vivía en un bloque de pisos. Pedro aparcó en el parking y luego salimos. No había nadie en el parking, salvo algunos coches. Fuimos directamente al ascensor. Pedro me cogió de la mano al llegar. Notar otra vez su tacto me gustó. Entramos al ascensor y Pedro pulsó el tercero. Mientras el ascensor seguía subiendo nos miramos a los ojos. Entonces, y sin aviso previo, Pedro acercó rápidamente sus labios a los míos y me plantó un tierno beso, dejándome pasmada. Sus labios se notaban dulces y cálidos, como sus manos. Nada que ver con los besos de papi, rudos y dominantes. Los suyos estaban cargados de dulzura. Rodeé su cuello con mis manitas y pegué mi cuerpo al suyo. Noté su lengua jugar con la mía y cerré los ojos, dejándome llevar por aquella hermosa sensación.
Solo separó sus labios de los míos cuando el ascensor llegó a la planta. Todavía sin decir nada, me volvió a coger de la mano y salimos del ascensor, atravesando un pequeño pasillo alfombrado, el cual tenía puertas a ambos lados. La cuarta puerta situada a la derecha, era la casa de Pedro. Este, con la mano libre, sacó las llaves y abrió.
Me dejó pasar primero, como todo un caballero. Al entrar, vi la que era su casa: un pasillo, con baño a la izquierda, un salón enfrente, y un dormitorio a la derecha. Ah y la cocina quedaba a la izquierda también, después del cuarto de baño. La cocina era un pasillo algo estrecho.
• Bienvenida princesa — me dijo Pedro.
Me acaricié el cabello, azorada y lo agradecí. En eso, Pedro me dijo:
• Bueno María, ahora estamos solos en casa. Ya no te hace falta la ropita. Quítatela.
Aunque era una orden, lo dijo de manera amable. Así era él, amable, considerado. Tal lo recordaba. Obedecí. Me quité el top y la faldita, quedando totalmente desnuda ante él, de nuevo. Eso no quitó mi vergüenza. Aún me sentía extraña estar sin ropita delante de él.
Pedro me miraba maravillado. Estaba claro que, aunque había tenido sus dudas al principio, yo le gustaba. Y eso me agradó. Se acercó a mí, me acarició la barbilla y volvió a besarme. Sus dulces labios ahora me besaban con calma, en vez pasión, como hace un momento. No había que preocuparse por si alguien nos veía, estábamos solos. Y yo solo podía pensar, mientras sentía sus labios en los míos y su lengua jugar con la mía, que iba a tener sexo con mi mejor amigo. Iba a notar su polla en mi boca, dentro de mí. Iba a sentir su leche. Y por primera vez, quería entregarme. Esa noche tendría sexo con un chico. Y esa noche me gustaría. Algo cambiaría en mi para siempre.
Pedro terminó de besarme. Entonces me dijo:
• Bueno preciosa, vamos al grano ¿quieres? Te tengo muchas ganas. Empieza por quitarme la ropa.
• Si amor — le dije, sumisa.
Procedí a desvestirle. Primero le desabroché la camisa, dejando ver su hermoso cuerpo musculoso. Se me cortó el aire por un instante. Luego, procedí a desabrochar sus vaqueros. Se los bajé. Ahora estaba casi desnudo, dejando entrever solo un bóxer blanco. Su polla ya se notaba dura tras los Bóxer.
• Aún no me quites el calzoncillo bebé — me dijo Pedro con dulzura —. Dale amor.
• Si señor — le dije.
Con mi lengua, lamí su polla tal como él me dijo. Lamí los huevos primero. Lentamente, mientras lo miraba a los ojos. Él me miraba maravillado. Estaba claro que, aunque había estado sorprendido al principio, se había estado haciendo ilusiones con mi primer encuentro. Estaba dispuesto a follarme y disfrutarlo.
Recorrí el tronco de su polla y luego llegué al glande, donde solté un tierno besito. Luego de eso, me dio permiso para bajar sus calzoncillos. Lo hice y su hermoso pollón empinó hacia mí goteando líquido seminal.
Sin mediar palabra, lamí el líquido seminal de su glande.
• Ah que bien lo haces perrita. Chúpamela.
Metí mi boquita en su verga. Primero el glande y luego fui recorriendo lentamente el tronco hasta llegar a sus huevos. Su polla estaba depilada, al contrario que la mayoría de hombres. Igual estaba su cuerpo. Empecé a chupar. Arriba, abajo. Su pene era delicioso. Me encantaba el sabor saladito que dejaba su semen. Escupí en su glande y en el tronco y seguí chupando. Él gemía un poco. Apoyé mis manitas en sus muslos y seguí chupando. No lo podía creer ¡le estaba haciendo una mamada a mi mejor amigo! Aquella era una sensación parecida a cuando tuve sexo con papá, aunque ni de lejos tan chocante.
Seguí a lo mío. Adentro, y hacia afuera. Fue entonces cuando las tornas cambiaron. Él empezó a follar mi boquita y sujetó mi cabecita con sus fuertes manos. Adentro, afuera. Me follaba con ganas, metiéndome hasta los huevos. Su polla sabía a semen, saliva y estaba algo saladita. Sus embestidas eran fuertes y casi no me dejaba respirar. Mientras lo hacía, jadeaba.
• Toma zorrita — me dijo.
Siguió adelante. Tras unos minutos y, embargado con la calentura, me agarró en brazos. Apoyé mis manitas en sus hombros y luego procedió a darme un dulce y tierno beso. Mientras sus labios se pegaban a los míos, noté como su dura polla se iba introduciendo lentamente en mi culito hasta chocar con los huevos. Ahora, con su verga completamente metida en mi culito, usó nuevamente su lengua para jugar con la mía. nos dábamos múltiples besos y yo acariciaba con cariño su hermoso cabello. Desde esa posición. Mi jaulita chocaba con su estómago y notaba sus pectorales. Podía, además, oler su perfume, que reconocí era de Hugo Boss.
Empezó a embestirme con su hermosa polla. Adentro, afuera. Apoyé entonces mis manitas en sus hombros y sentí “volar”. Arriba, abajo. Con cada embestida. Gemía al tiempo que él me miraba orgulloso. Orgulloso de estar cogiéndose a su mejor amiga, que ahora era su putita. Seguimos así un buen rato. Yo notando su polla en mi interior mientras saltaba. Finalmente, paró, me dio otro beso y luego me llevó así tal cual, hasta el dormitorio, donde me lanzó contra la cama.
• En cuatro — ordenó.
Hice lo que ordenaba y pronto sentí nuevamente su polla, tras haberme sentido vacía. Adentro. Lentamente, fue introduciendo su duro miembro. Noté el líquido seminal en mi interior y gruesa polla. Adentro, afuera. Cada vez más rápido. Agarró mi cintura y empezó a follarme rápidamente mientras yo gemía como la putita que era. Adentro, afuera. La polla de él estaba llena de saliva y de semen. La cama entera temblaba de las fuertes embestidas. Sin aviso previo, me dio la vuelta bruscamente (sacando antes la polla de mi) y luego volvió a insertar la verga, estando ambos frente a frente. Él se acercó a mí al tiempo que me follaba más despacio. Sus labios cerca de los míos. Su perfume llenándome toda. Acercó sus labios y me dio otro beso suave y dulce. Mientras me besaba, seguía introduciendo su verga en mi culito. Se sentía genial.
Nos dimos varios besos más. Luego, él sacó la polla de mi culito y se tumbó cuan largo era en la cama.
• Dame algunos besitos princesa — me dijo él.
Encantada, le di algunos besos en los labios. Luego, por orden suya, fui descendiendo. Varios besos le regalé en el cuello, donde aspiraba fuertemente su aroma. Luego, le di besitos a sus pectorales, a su ombligo y finalmente, llegué a su polla. Empecé a besar. Los huevos primero. Di un beso a cada testículo y luego di varios besitos en el tronco hasta llegar al glande, donde di dos más, tragando de paso algo de semen. Lamí el líquido seminal y empecé una nueva mamada.
Adentro y afuera, como siempre y hasta llegar a los huevos. Él gimió. Yo lo miré directamente a los ojos mientras lo hacía. Luego, terminé la mamada y me subí a su polla, la metí en mi culito y apoyé mis manitas en sus hermosos pectorales. Se notaban duros. Lo miré. Pedro era guapísimo y pensar aquello me puso muy colorada.
Empecé a cabalgar. Arriba, abajo. Saltaba sobre su polla mientras mis manos se apoyaban en sus pectorales y yo gemía como una zorra. Bueno, soy una zorra.
Él apoyó sus manos en mis caderas y de vez en cuando me daba cachetadas.
• Sigue así zorra — me dijo.
Ambos éramos víctimas de la calentura. Seguí cabalgando. Podía sentir que estaba a punto de venirse. Seguí cabalgando. Y finalmente sucedió. Un gran chorro de leche masculina salió de su polla y llenó mi culito. Él soltó un gemido brutal y yo me mordí el labio, cachonda perdida. Ver como brotaba litros y litros de semen de su polla y acababa de en mi interior me puso a mil. Sobre todo, porque yo aún estaba caliente, ya que no me había tocado ni nada. Solo él había recibido placer y orgasmo (mi único placer era satisfacerlo a él).
Apoyé mi cabecita en sus pectorales y él me acarició el pelo con suavidad. Tragué saliva.
• Que bien follas María — me dijo Pedro —. Espero que lo repitamos pronto bebé.
• G…gracias. Yo también.
Él me sonrió y nos dimos un nuevo besito. Entonces, de la mesita de noche que había al lado de la cama, Pedro abrió un cajón y sacó un buttplug. Así que no me había llevado al dormitorio solo para follar. Además, tenía ya pensado correrse en mi culito.
Tras un buen rato abrazados, con su polla llena de semen en mi culo, Pedro me sacó de su linda polla y me metió rápidamente el buttplug para que el semen quedara dentro de mí.
• Ya te lo sacará tu mamá o Isa cuando vuelvas — dijo Pedro —. Ahora, límpiame.
De rodillas en el suelo y Pedro sentado en la cama, procedí a obedecer. Lamí sus huevos. O, mejor dicho, la leche de estos. luego, el tronco, donde lentamente tragué cada rastro de semen y, después el glande, a quien le di una chupadita. Chupé todo su pene y, tras eso, lo dejé impoluto.
Pedro estaba maravillado.
• Que bien lo haces princesa.
Después de eso, Pedro me devolvió a casa, donde mami estuvo maravillada de escuchar que todo fue genial. Cuando Pedro se fue, ella me exigió detalles junto a Isa. Mientras lo hacía, ambas mujeres se tocaron el coño delante de mí y finalmente, cuando acabé, se corrieron en mi boca (Isa) y cara (mami), se rieron y por fin, me permitieron orinar. Ya tranquila, cené algo de fruta y me fui a dormir, todavía con el semen de Pedro y la corrida de mami e Isa.
• Hola bebé — me dijo mami.
Yo estaba, para variar, desnuda en mi cuarto. Isa acompañaba a mamá. Mamá iba vestida con camiseta blanca y vaqueros e Isa llevaba vaqueros negros y camiseta roja. Ambas se sentaron a los pies de la cama y mami dijo:
• ¿Te acuerdas de Pedro cielo?
Pedro. Así se llama mi mejor amigo.
Yo asentí, temerosa. Notaba mis piernitas temblar como gelatina y mi corazón latir con fuerza. No sabía bien qué me iban a decir, pero lo intuía. Mami dijo:
• Pues bien. Como sabes, hemos tratado de apartarte de tu antigua vida. Fuera de la escuela, adiós amigos…
Aquello me entristeció un poco. No tuve tiempo de seguir lamentándome, pues mami continuó hablando:
• Pues bien, como sabes, Pedro, tu mejor amigo, nos ha insistido mucho en saber cómo estas.
• Así que le hemos dicho lo que eres — dijo Isa.
Silencio. Tras asimilarlo un momento (mi mejor amigo sabía que era Sissy), mami dijo:
• Lo sabe todo cielo. Lo que eres, lo que has hecho. Aunque anonadado, ha decidido verte hoy. Quiere conocer a la niña que te has convertido.
• Y queremos exhibirte ante él.
Tras otro momento para asimilar, levanté la mano, solicitando permiso para hablar. Mami me lo concedió y dije:
• ¿Y cuándo le veré?
• Esta tarde — dijo Isa —. Lo recibirás absolutamente desnuda y estaréis a solas un rato. Luego harás lo que él te ordene. No sé si follareis, pero ojalá.
Dicho eso, soltó una risita.
Aquello no me hacía la menor pizca de gracia. Pero sabía que no tenía elección. Durante las dos siguientes horas (que es lo que tardaría Pedro en venir a verme), estuvieron “preparándome”. Por supuesto, no tuve nada de ropita, solo mi jaulita rosa. Me obligaron a beber pipí de ellas dos en un biberón y luego agua. Todo para aumentar mis ganas de orinar. Y lo lograron. Para cuando quedaban diez minutos, tenía muchas ganas de orinar.
• Él vendrá de un momento a otro — dijo mami emocionada.
• Vamos a terminar de prepararte — añadió Isa.
Y dicho eso, me aplicaron perfume de amor, amor en mi cuello, pelo y jaulita. Hecho eso, colocaron pendientes en forma de corazón, pero no peluca.
• Queremos que vea lo marica que te has vuelto — dijo Isa, conteniendo la risa.
Estaba claro que eso le encantaba.
Pero ahí no terminó la preparación. Me pusieron el culito en pompa y mamá procedió a ponerme un buttplug dentro de mi culito. Por último, me colocaron un chupete rosa.
• Así él verá cuando bebita eres — dijo mami.
Y ya estaba lista para él.
Yo estaba muy nerviosa. Vería al que fue mi mejor amigo por primera vez en meses. Y ahora él sabía la verdad. ¿Cómo se lo tomaría? ¿Me usaría también? Ojalá que no. Tal vez él pudiera sacarme de esta situación y volver a mi otra vida, lejos de esto. Aunque no tenía muchas esperanzas puestas. Lo único que me hacía soportable esta situación, era la permanente excitación que sentía. Por eso mamá e Isa lo hacían. Así no me rebelaba. Además, tenían la llave de mi castidad, lo que implicaba que, un mal gesto, un intento de huida, y eliminarían la llave, estando permanentemente caliente (aunque eso ya sucedía claro, pero la esperanza de un orgasmo completo permanecía, aunque no fuera a obtenerlo jamás). Fue entonces cuando sonó el timbre. Yo me puse muy nerviosa. Las piernas las sentía de mantequilla y las ganas de hacer pipí se incrementaron. Tragué saliva. Estaba loca por orinar. Me imaginaba corriendo al servicio y haciendo pipí sentadita. Pero no podía. Ese permiso debía concedérmelo Pedro.
• Ya ha llegado él — dijo mamá guiñándome el ojo —. Ve a abrirle. Que vea lo que eres.
Asentí, azorada y bajé las escaleras bajo la atenta mirada de mis dos dueñas. Ellas me siguieron, susurrando entre ellas, divertidas. Luego, se detuvieron al pie de la escalera y yo me posé en la puerta. Dudé un segundo. Pero decidí que, ya que tenía que ser avergonzada, mejor hacerlo del tirón, como cuando te quitas una tirita. Al fin y al cabo, estaba ya acostumbrada. Aunque las cosas serían muy diferentes con mi amigo.
Abrí la puerta.
Pedro era un chico un poco más alto que yo. Medía 1,68, cabello lleno de rizos, ojos azules. Le gustaba ir al gimnasio por lo que estaba algo musculoso, aunque no demasiado. Llevaba por ropa unos vaqueros, deportivas y camisa verde. Quedé en shock al verle. No sabía si era la calentura, pero lo veía muy guapo y atractivo. Él se quedó también en shock un momento, mirándome con la boca abierta. Traía en la mano derecha una flor blanca. Me la dio y dijo:
• Hola Man… María.
Yo, avergonzada, acepté la flor y le dije:
• Hola. Gr… gracias por la flor.
• De nada. Estás… increíble.
• Gracias.
Atrás mía, Isa y mami se aguantaban la risa como podían. Se acercaron a mí luego de que invité pasar a Pedro y dijo primero mamá y luego Isa:
• Hola Pedro.
• Bienvenido.
• Gracias — respondió él.
Todas fuimos al salón, donde Pedro y yo nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro, muy cerca. Nuestras manos casi se rozaban. Mami e Isa no se sentaron, sino que quedaron de pie. Charlamos durante al menos una hora. Bueno, ellos hablaron, porque yo solo hablaba cuando se me exigía. Finalmente, quedaron en que Pedro y yo daríamos una vuelta para conocernos mejor. Para ello, accedieron a colocarme una faldita roja y un top rosa. Echo eso, salimos.
Ya estábamos afuera de casa, en la calle. Pedro me ofreció la mano y yo, sumisa, la acepté. La noté cálida y reconfortante. Él me sonrió y yo le devolví la sonrisa, a pesar de llevar el chupete.
• Te queda bien el chupete — me dijo amable.
• Gracias — le respondí.
Empezamos a caminar. Mientras caminábamos (por las calles del barrio no se veía a nadie), él me hizo muchas preguntas. Con mami e Isa respondió algunas como, por ejemplo, cuando empecé en esto, si ya había cogido con chicos, si me gustaba aquello. Pero Pedro me hizo algunas más:
• ¿Desde cuándo sabes que eres Sissy?
Así que él también conocía el término. Aunque no lo decidí exactamente, sabía que no podía revelar nada. Mami me tenía bien agarrada por mis huevitos. Así que respondí:
• Desde el verano. Veía videos y me sentía nena. Me gustaba sentirme en su lugar.
• Ah ya veo. ¿Y yo te parezco guapo?
• Mucho — respondí sin dudar.
No sabía si era por la calentura, pero lo cierto es que Pedro estaba muy bueno. Estaba, una parte de mí, loca por verle sin ropa. A él pareció gustarle aquello, porque sonrió.
Seguíamos caminando tranquilamente. Pedro me dijo:
• Tú también eres preciosa. Me gustas más que cuando eras niño. Tengo que confesar, que siempre me han atraído un poco las Sissy.
• Ah.
Tragué saliva. Ya sabía por dónde iba la cosa. Pero era la primera vez que no me incomodaba tanto. Quizás por costumbre ya.
• Estamos de camino al coche — me informó él —. Nos subiremos e iremos a mi casa. Mis padres están en un viaje romántico durante la semana.
• Que bien.
Le pregunté por sus padres y dijo que estaban muy bien. seguimos paseando. Él haciéndome preguntas sobre qué me gustaba hacer en la cama y dudas sobre si tenía novio. Claro, esa parte no se le había dicho.
• Si tengo — confesé, azorada —. Aunque es una relación liberal.
• Bien, bien. Quizás lo conozca algún día.
• Si, puede ser.
Si supiera quien es, se quedaría más sorprendido de lo que estaba ya, de eso estaba absolutamente segura.
Finalmente llegamos a una calle donde estaba su coche: un Peugeot 308 blanco. Abrió el coche y me dijo que me pusiera de copiloto. Así hice. Aquel barrio era una maravilla pensé. Nadie nos había visto y estaba todo en calma, al haber solo casas en el lugar.
Pedro entró al coche, arrancó y condujo.
Durante el trayecto, el empezó a acariciarme la pierna, estando cerca su mano de mi cosita. Me acarició durante un rato. Sus caricias eran suaves y me estaba gustando por donde iba la cosa. Finalmente, y como cabía esperar, tocó mi cosita.
• Así que ahora la llevas enjaulada.
• Si. Para evitar correrme y disfrutar más.
Era en parte cierto. Pero ya sabéis la verdad. Pedro dijo entonces:
• ¿Y hace cuanto que no te corres?
• Ah, no tengo orgasmos desde el verano. Solo arruinado.
• ¡Vaya! — parecía realmente alucinado —. He investigado eso un poco. Así que estás constantemente excitada ¿no?
• Sí, eso es — respondí avergonzada.
Tener esos temas de conversación con el que un día fue mi mejor amigo era vergonzoso, pero también me aliviaba. Creo que era la primera vez que podía conversar así de tranquila. Aunque con cuidado, claro.
Siguió acariciando mi jaulita. Sus suaves manos masculinas en mi pitito de bebé.
• Me gusta que lleves chupete — me dijo de repente —. Te hace tan infantil.
• G…gracias.
Pedro no dijo nada más. Al cabo de unos minutos, por fin llegamos a su casa. A diferencia de mí, Pedro vivía en un bloque de pisos. Pedro aparcó en el parking y luego salimos. No había nadie en el parking, salvo algunos coches. Fuimos directamente al ascensor. Pedro me cogió de la mano al llegar. Notar otra vez su tacto me gustó. Entramos al ascensor y Pedro pulsó el tercero. Mientras el ascensor seguía subiendo nos miramos a los ojos. Entonces, y sin aviso previo, Pedro acercó rápidamente sus labios a los míos y me plantó un tierno beso, dejándome pasmada. Sus labios se notaban dulces y cálidos, como sus manos. Nada que ver con los besos de papi, rudos y dominantes. Los suyos estaban cargados de dulzura. Rodeé su cuello con mis manitas y pegué mi cuerpo al suyo. Noté su lengua jugar con la mía y cerré los ojos, dejándome llevar por aquella hermosa sensación.
Solo separó sus labios de los míos cuando el ascensor llegó a la planta. Todavía sin decir nada, me volvió a coger de la mano y salimos del ascensor, atravesando un pequeño pasillo alfombrado, el cual tenía puertas a ambos lados. La cuarta puerta situada a la derecha, era la casa de Pedro. Este, con la mano libre, sacó las llaves y abrió.
Me dejó pasar primero, como todo un caballero. Al entrar, vi la que era su casa: un pasillo, con baño a la izquierda, un salón enfrente, y un dormitorio a la derecha. Ah y la cocina quedaba a la izquierda también, después del cuarto de baño. La cocina era un pasillo algo estrecho.
• Bienvenida princesa — me dijo Pedro.
Me acaricié el cabello, azorada y lo agradecí. En eso, Pedro me dijo:
• Bueno María, ahora estamos solos en casa. Ya no te hace falta la ropita. Quítatela.
Aunque era una orden, lo dijo de manera amable. Así era él, amable, considerado. Tal lo recordaba. Obedecí. Me quité el top y la faldita, quedando totalmente desnuda ante él, de nuevo. Eso no quitó mi vergüenza. Aún me sentía extraña estar sin ropita delante de él.
Pedro me miraba maravillado. Estaba claro que, aunque había tenido sus dudas al principio, yo le gustaba. Y eso me agradó. Se acercó a mí, me acarició la barbilla y volvió a besarme. Sus dulces labios ahora me besaban con calma, en vez pasión, como hace un momento. No había que preocuparse por si alguien nos veía, estábamos solos. Y yo solo podía pensar, mientras sentía sus labios en los míos y su lengua jugar con la mía, que iba a tener sexo con mi mejor amigo. Iba a notar su polla en mi boca, dentro de mí. Iba a sentir su leche. Y por primera vez, quería entregarme. Esa noche tendría sexo con un chico. Y esa noche me gustaría. Algo cambiaría en mi para siempre.
Pedro terminó de besarme. Entonces me dijo:
• Bueno preciosa, vamos al grano ¿quieres? Te tengo muchas ganas. Empieza por quitarme la ropa.
• Si amor — le dije, sumisa.
Procedí a desvestirle. Primero le desabroché la camisa, dejando ver su hermoso cuerpo musculoso. Se me cortó el aire por un instante. Luego, procedí a desabrochar sus vaqueros. Se los bajé. Ahora estaba casi desnudo, dejando entrever solo un bóxer blanco. Su polla ya se notaba dura tras los Bóxer.
• Aún no me quites el calzoncillo bebé — me dijo Pedro con dulzura —. Dale amor.
• Si señor — le dije.
Con mi lengua, lamí su polla tal como él me dijo. Lamí los huevos primero. Lentamente, mientras lo miraba a los ojos. Él me miraba maravillado. Estaba claro que, aunque había estado sorprendido al principio, se había estado haciendo ilusiones con mi primer encuentro. Estaba dispuesto a follarme y disfrutarlo.
Recorrí el tronco de su polla y luego llegué al glande, donde solté un tierno besito. Luego de eso, me dio permiso para bajar sus calzoncillos. Lo hice y su hermoso pollón empinó hacia mí goteando líquido seminal.
Sin mediar palabra, lamí el líquido seminal de su glande.
• Ah que bien lo haces perrita. Chúpamela.
Metí mi boquita en su verga. Primero el glande y luego fui recorriendo lentamente el tronco hasta llegar a sus huevos. Su polla estaba depilada, al contrario que la mayoría de hombres. Igual estaba su cuerpo. Empecé a chupar. Arriba, abajo. Su pene era delicioso. Me encantaba el sabor saladito que dejaba su semen. Escupí en su glande y en el tronco y seguí chupando. Él gemía un poco. Apoyé mis manitas en sus muslos y seguí chupando. No lo podía creer ¡le estaba haciendo una mamada a mi mejor amigo! Aquella era una sensación parecida a cuando tuve sexo con papá, aunque ni de lejos tan chocante.
Seguí a lo mío. Adentro, y hacia afuera. Fue entonces cuando las tornas cambiaron. Él empezó a follar mi boquita y sujetó mi cabecita con sus fuertes manos. Adentro, afuera. Me follaba con ganas, metiéndome hasta los huevos. Su polla sabía a semen, saliva y estaba algo saladita. Sus embestidas eran fuertes y casi no me dejaba respirar. Mientras lo hacía, jadeaba.
• Toma zorrita — me dijo.
Siguió adelante. Tras unos minutos y, embargado con la calentura, me agarró en brazos. Apoyé mis manitas en sus hombros y luego procedió a darme un dulce y tierno beso. Mientras sus labios se pegaban a los míos, noté como su dura polla se iba introduciendo lentamente en mi culito hasta chocar con los huevos. Ahora, con su verga completamente metida en mi culito, usó nuevamente su lengua para jugar con la mía. nos dábamos múltiples besos y yo acariciaba con cariño su hermoso cabello. Desde esa posición. Mi jaulita chocaba con su estómago y notaba sus pectorales. Podía, además, oler su perfume, que reconocí era de Hugo Boss.
Empezó a embestirme con su hermosa polla. Adentro, afuera. Apoyé entonces mis manitas en sus hombros y sentí “volar”. Arriba, abajo. Con cada embestida. Gemía al tiempo que él me miraba orgulloso. Orgulloso de estar cogiéndose a su mejor amiga, que ahora era su putita. Seguimos así un buen rato. Yo notando su polla en mi interior mientras saltaba. Finalmente, paró, me dio otro beso y luego me llevó así tal cual, hasta el dormitorio, donde me lanzó contra la cama.
• En cuatro — ordenó.
Hice lo que ordenaba y pronto sentí nuevamente su polla, tras haberme sentido vacía. Adentro. Lentamente, fue introduciendo su duro miembro. Noté el líquido seminal en mi interior y gruesa polla. Adentro, afuera. Cada vez más rápido. Agarró mi cintura y empezó a follarme rápidamente mientras yo gemía como la putita que era. Adentro, afuera. La polla de él estaba llena de saliva y de semen. La cama entera temblaba de las fuertes embestidas. Sin aviso previo, me dio la vuelta bruscamente (sacando antes la polla de mi) y luego volvió a insertar la verga, estando ambos frente a frente. Él se acercó a mí al tiempo que me follaba más despacio. Sus labios cerca de los míos. Su perfume llenándome toda. Acercó sus labios y me dio otro beso suave y dulce. Mientras me besaba, seguía introduciendo su verga en mi culito. Se sentía genial.
Nos dimos varios besos más. Luego, él sacó la polla de mi culito y se tumbó cuan largo era en la cama.
• Dame algunos besitos princesa — me dijo él.
Encantada, le di algunos besos en los labios. Luego, por orden suya, fui descendiendo. Varios besos le regalé en el cuello, donde aspiraba fuertemente su aroma. Luego, le di besitos a sus pectorales, a su ombligo y finalmente, llegué a su polla. Empecé a besar. Los huevos primero. Di un beso a cada testículo y luego di varios besitos en el tronco hasta llegar al glande, donde di dos más, tragando de paso algo de semen. Lamí el líquido seminal y empecé una nueva mamada.
Adentro y afuera, como siempre y hasta llegar a los huevos. Él gimió. Yo lo miré directamente a los ojos mientras lo hacía. Luego, terminé la mamada y me subí a su polla, la metí en mi culito y apoyé mis manitas en sus hermosos pectorales. Se notaban duros. Lo miré. Pedro era guapísimo y pensar aquello me puso muy colorada.
Empecé a cabalgar. Arriba, abajo. Saltaba sobre su polla mientras mis manos se apoyaban en sus pectorales y yo gemía como una zorra. Bueno, soy una zorra.
Él apoyó sus manos en mis caderas y de vez en cuando me daba cachetadas.
• Sigue así zorra — me dijo.
Ambos éramos víctimas de la calentura. Seguí cabalgando. Podía sentir que estaba a punto de venirse. Seguí cabalgando. Y finalmente sucedió. Un gran chorro de leche masculina salió de su polla y llenó mi culito. Él soltó un gemido brutal y yo me mordí el labio, cachonda perdida. Ver como brotaba litros y litros de semen de su polla y acababa de en mi interior me puso a mil. Sobre todo, porque yo aún estaba caliente, ya que no me había tocado ni nada. Solo él había recibido placer y orgasmo (mi único placer era satisfacerlo a él).
Apoyé mi cabecita en sus pectorales y él me acarició el pelo con suavidad. Tragué saliva.
• Que bien follas María — me dijo Pedro —. Espero que lo repitamos pronto bebé.
• G…gracias. Yo también.
Él me sonrió y nos dimos un nuevo besito. Entonces, de la mesita de noche que había al lado de la cama, Pedro abrió un cajón y sacó un buttplug. Así que no me había llevado al dormitorio solo para follar. Además, tenía ya pensado correrse en mi culito.
Tras un buen rato abrazados, con su polla llena de semen en mi culo, Pedro me sacó de su linda polla y me metió rápidamente el buttplug para que el semen quedara dentro de mí.
• Ya te lo sacará tu mamá o Isa cuando vuelvas — dijo Pedro —. Ahora, límpiame.
De rodillas en el suelo y Pedro sentado en la cama, procedí a obedecer. Lamí sus huevos. O, mejor dicho, la leche de estos. luego, el tronco, donde lentamente tragué cada rastro de semen y, después el glande, a quien le di una chupadita. Chupé todo su pene y, tras eso, lo dejé impoluto.
Pedro estaba maravillado.
• Que bien lo haces princesa.
Después de eso, Pedro me devolvió a casa, donde mami estuvo maravillada de escuchar que todo fue genial. Cuando Pedro se fue, ella me exigió detalles junto a Isa. Mientras lo hacía, ambas mujeres se tocaron el coño delante de mí y finalmente, cuando acabé, se corrieron en mi boca (Isa) y cara (mami), se rieron y por fin, me permitieron orinar. Ya tranquila, cené algo de fruta y me fui a dormir, todavía con el semen de Pedro y la corrida de mami e Isa.
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