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NO ES LO QUE PARECE
Después de algunos años dedicada por completo a la crianza de su hijo, Laura, de treinta seis años, volvía al mundo laboral con la sensación de estar empezando otra vida. No lo hacía escapando de su hogar ni de su marido —todo lo contrario—, con Fede, su esposo, atravesaban el mejor momento en años. La maternidad, lejos de alejarlos, los había unido con una complicidad madura, intensa, sólida.
Pero algo dentro de ella también pedía pista, no por carencia, sino por deseo. Deseo de reencontrarse con su versión profesional, con el vértigo de una agenda, con ropa de oficina ajustada y tacos finos y altos que hacían sonar sus pasos con firmeza.
La empresa no era gran cosa, pero tenía potencial, pero también tendría a alguien diferente, a él, a Iván.
Iván era su compañero de escritorio.
Treinta y tantos, seguro de sí mismo, siempre elegante y con una sonrisa pícara, abiertamente gay y sin dramas con nadie, desde el primer día, Iván fue una ráfaga de energía.
—Nena, ese escote pide guerra —le soltó apenas la vio entrar con su camisa celeste.
Laura se rió, sorprendida.
—¿Así me vas a saludar todos los días? - respondió al tiempo que cerraba un botón en su camisa con el sonrojo de sentirse provocativa
—No. Algunos te voy a decir cosas peores —dijo él, y le guiñó un ojo.
No había nada sexual, pero sí una química rara, cargada de miradas, carcajadas compartidas, secretos en voz baja. Iván era como una mejor amiga traviesa, pero en cuerpo de varón atractivo.
Y lo que empezó como un juego de oficina pronto se volvió algo más.
Más provocador.
Más íntimo.
Más... inesperado.
Iván era un huracán. Siempre impecable, siempre con alguna ironía en la punta de la lengua, siempre atento.
Laura había perdido la cuenta de las veces que él la hacía reír, aún cuando ella ni tenía ganas. Lo que al principio era pura simpatía con pluma, se había convertido en una conexión difícil de explicar.
—Dios mío, Laurita, esa pollera te hace un culo de escándalo. —le decía sin mirarla a los ojos, como si fuera un comentario sobre el clima.
—Sos un tarado.
—Lo digo con respeto profesional. No es acoso si es gay, ¿o sí?
Laura reía, al principio sin pensarlo, pero después, con cierto cosquilleo en la espalda. Empezó a notarlo. A notar que Iván la miraba diferente a como miraba al resto. Con un brillo que no era solo de chisme o envidia estilística. Era... otra cosa.
En la oficina, sin embargo, notaba algo incómodo: Iván no era querido, lo toleraban, sí, pero no lo incluían en los almuerzos ni en las charlas pesadas de los varones. Hacían bromas en voz baja, le daban tareas que otros evitaban. A veces incluso a ella la miraban con rareza por llevarse tan bien con él.
Un día, en casa, lo comentó con Fede mientras cocinaban.
—Hoy Iván me hizo reír tanto... Te juro, es un personaje.
—¿Iván? ¿El putito ese con voz de locutora? —dijo Fede entre risas.
Laura frunció el ceño.
—No seas así. Es buena persona.
—Bueno, mientras no se te tire encima...
—Tranquilo, es gay.
—Mmm... —Fede sonrió con una ceja levantada—. Esos son los peores, miran a las mujeres sin culpa, y las mujeres solo no se incomodan, y lo peor, en charlas inocentes le arrancan hasta el ultimo secreto
Laura lo dejó pasar. Pero esa noche, en la cama, pensó en Iván.
En su forma de mirarla.
En cómo la hacía sentir, sin tocarla.
En cómo su voz afeminada la descolocaba... y a la vez, la confundía.
Porque si era tan "gay", ¿por qué a veces parecía leerle el cuerpo mejor que cualquier hombre?
Y además, las palabras de su esposo, porque ella sabía que le había confesado secretos de cama solo por ser gay, porque a ningún otro hombre se las hubiese confesado
Y entonces recordó lo que él le había dicho esa tarde, sin más:
—Tranquila, amor. Yo soy gay... pero no ciego.
Y no supo si reír, enojarse... o seguir pensando en eso mientras se metía la mano bajo las sábanas.
Era sábado a la tarde, y Laura había salido de shopping con dos amigas de siempre. Ropa, cafés, risas y comentarios sobre hombres, como en los viejos tiempos.
—¿Ese escote es para trabajar o para provocar, Laura?
—Para que Iván me diga que estoy buena sin que le importe —dijo entre risas, sabiendo que, aunque lo decía como chiste, había una pequeña verdad escondida ahí.
Estaban en una tienda de decoración, entre velas aromáticas y cuadros minimalistas, cuando lo vio.
Iván.
Y con él, un hombre que le robó el aliento.
Joven, de unos treinta y pocos. Rubio, de piel perfecta, mandíbula de actor y una sonrisa que irradiaba seguridad. Alto, atlético. Vestía con elegancia pero sin esfuerzo. Tenía el brazo pasado por la cintura de Iván, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era.
Laura se quedó congelada un segundo.
Iván la vio, sonrió con su gesto habitual y se acercó con paso firme.
—¡Laurita! —la besó en la mejilla—. Qué divina estás.
—Gracias... —dijo ella, todavía aturdida—. Qué sorpresa verte por acá.
—Te presento a Matías, mi pareja. Y sí, está tan bueno como parece —agregó con una sonrisa descarada.
Matías le estrechó la mano con un gesto encantador.
—Así que vos sos la famosa compañera que lo hace reír. Un gusto.
—El gusto es mío —respondió Laura, mientras pensaba “¿Qué hace este hombre perfecto con Iván?”, sin poder evitarlo.
La charla duró apenas unos minutos. Un intercambio cordial, simpático, sin tensión. Cuando se despidieron, Laura volvió con sus amigas como si nada. Pero por dentro, algo la quemaba.
—¿Ese era el famoso Iván? —preguntó una de ellas.
—Sí... y ese con él, su pareja.
—Mamita... ¡qué desperdicio! —dijo la otra, y todas rieron.
Laura rió también, pero su risa fue más amarga.
No porque deseara a Matías.
Sino porque de pronto, la fantasía que había tejido con Iván se le desmoronó en la cara.
O eso creyó...
Porque el lunes siguiente, cuando volvió a la oficina, Iván la esperó en su escritorio, con una sonrisa nueva, más filosa, más oscura.
—¿Te gustó Matías, no? —le dijo sin filtro.
Laura lo miró, incómoda.
—Es hermoso. Pero no es mi tipo.
Iván se acercó un poco más.
—¿Y si te dijera que a él le gustás vos?
Laura se quedó helada.
Pero Iván solo sonrió, se sentó en su silla y volvió a mirar la computadora, como si no hubiera dicho nada.
El jueves por la tarde, una reunión clave con gerencia fue cancelada a último momento. Laura ya se había mentalizado para quedarse hasta tarde, y al ver su agenda en blanco sintió un vacío distinto... uno que no tenía nada que ver con el trabajo.
Iván se le acercó con un mate en la mano y cara de fastidio.
—¿Viste? Suspendieron todo. Y yo que me había perfumado para impresionarte.
Laura sonrió con un dejo de picardía.
—Te lo estás tomando muy a pecho eso de conquistarme.
—Te aviso que Matías está celoso. Dice que te menciono demasiado.
—¿Y tiene motivos?
Iván no respondió. Solo la miró con esa mezcla de burla y malicia que ya no sabía cómo leer.
Laura volvió a su escritorio, pero algo ya estaba decidido. No de forma racional, pero sí en su cuerpo.
El escote, el perfume que se había puesto esa mañana, la depilación que se hizo la noche anterior sin saber por qué.
Todo apuntaba a ese momento.
Minutos después, sin levantar la voz, le dijo:
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Nada, irme a casa. ¿Vos?
—Tengo ganas de seguir la charla que dejamos pendiente.
—¿Qué charla?
—La que empezó cuando me dijiste que Matías se fijó en mí.
Iván la miró fijo. Por primera vez, sin risa.
Silencio.
Luego habló:
—¿Querés venir un rato? Total, ya estamos fuera de horario.
Ella asintió, como si fuera algo natural.
Como si no estuviera traspasando una línea invisible.
El viaje fue corto. Manejaron en silencio, con música suave. Laura miraba por la ventana, pero sentía el pulso en la garganta.
Cuando llegaron al departamento, Matías ya estaba en casa.
Pantalón jogging, remera blanca ajustada, sonrisa fácil.
—¡Mirá a quién trajiste! —dijo al verla—. La dama de los labios perversos.
—Qué observador —respondió Laura, nerviosa pero disimulando.
La casa era moderna, cálida. Mucho más masculina de lo que esperaba, nada de clichés gays.
Se sentaron los tres en el living, con una botella de vino. La charla fluyó rápido: cine, música, chismes de oficina. Las bromas iban y venían. Iván era puro fuego verbal y Matías la miraba con una calma peligrosa.
En un momento, Laura se quitó los zapatos y estiró las piernas, el vino le estaba haciendo efecto, la risa era más suelta.
La mirada de Matías, más directa.
La de Iván, más calculada.
—¿Así que nunca estuviste con dos hombres? —preguntó Iván de la nada, con esa sonrisa inocente que no engañaba a nadie.
Laura lo miró con sorpresa.
—¿Esa es tu forma de preguntar si me quiero quedar?
—No. Esa es mi forma de preguntarte si estás lista para dejar de hacerte la que no entendés lo que está pasando.
Matías no dijo nada. Solo la miró.
Laura tomó un sorbo más de vino, pero no respondió.
Iván y Matías se miraron apenas.
Y sin decir palabra, comenzaron a besarse, lento, en la boca, con hambre contenida y sin pudor.
Laura sintió una punzada eléctrica que le recorrió la espina dorsal, no era sorpresa lo que sentía, era algo más físico, algo visceral, deseo.
Los observó desde su lugar, sin moverse. El vino giraba lento en su copa, mientras su otra mano, como si tuviera vida propia, se coló por el escote de su blusa, primero acarició apenas el inicio del pecho, después se atrevió a más.
Sus dedos rozaron un pezón endurecido, sintió cómo su entrepierna palpitaba, caliente, húmeda.
Abrió un poco más las piernas, los dedos bajaron, su respiración se volvió errática.
Desde el sillón, Iván la miró de reojo.
Matías también.
Pero no se detuvieron.
Se besaban con fuerza, con deseo real. Se tocaban por encima de la ropa, marcando el ritmo que ella no podía seguir... pero sí imaginar.
Iván fue el primero en hablar:
—¿Te gusta mirar, Laurita?
Ella no respondió. Solo apretó los labios y bajó los ojos, aún con la mano entre las piernas.
Matías se acercó un poco, sin invadir.
—Desnudate —le dijo con voz calma, sin orden ni súplica—. Queremos verte.
Laura sintió un escalofrío. Su cuerpo entero temblaba, pero no de miedo. De entrega.
En su mente se cruzaban sus sensaciones, era casada, y estaba frente a dos hombres, pero a esos hombres no le gustaban las mujeres
Se puso de pie, dejó la copa sobre la mesa, y comenzó a desvestirse.
Primero la blusa, después la pollera ajustada, meneando las caderas, la bajó despacio.
Quedó en ropa interior. Dudó.
Iván se levantó, caminó hacia ella y le acarició apenas el mentón con dos dedos.
—Hasta acá llegaste pensando que controlabas esto, ¿no?
Ella asintió sin palabras.
—Bueno... —dijo él, mientras le desabrochaba el corpiño con una sola mano— ahora vas a tener que improvisar.
Laura ya no era una invitada, era el centro.
Estaba desnuda, tibia, con el cuerpo tenso y la entrepierna encharcada. Y los tenía a los dos ahí: expectantes, semidesnudos, con la piel vibrando.
Caminó hacia Iván y le tomó el rostro entre las manos.
Lo besó.
La boca de él era suave, más cálida de lo que imaginaba. Se dejó besar, sin dirigir.
Luego giró hacia Matías, sin dudar, y repitió el gesto.
El beso con Matías fue distinto: más firme, con presión, con un leve gemido ahogado que escapó de ella sin permiso.
Se separó unos centímetros, los miró a ambos, y dijo con voz ronca:
—Ya está. Quería saber cómo besaban los gays.
Ellos rieron, pero bajito, como si supieran que lo mejor venía ahora, mientras terminaban de desnudarese
Y así fue.
Laura señaló el futón.
—Acuéstense. Los dos. Boca arriba. Pero enfrentados.
Ellos obedecieron, intrigados.
Los cuerpos quedaron alineados, opuestos, con las cabezas en direcciones contrarias, las piernas abiertas... y sus penes, ya duros, apuntándose, encontrándose base con base.
Laura se agachó y miró.
Eso era lo que quería.
Eso la encendía.
Dos vergas gruesas, oscuras, paralelas, palpitando juntas como una escultura viva de carne.
—Así me gusta verlos —susurró.
Se colocó entre ambos, de rodillas, las manos sobre los muslos tensos de ellos.
Los acarició al mismo tiempo.
Las yemas de sus dedos bajaron y rodearon ambas vergas, como si fueran una sola.
Las unió con sus palmas.
Las apretó juntas, haciendo que se rozaran, que se endurecieran aún más.
Iván respiraba entrecortado.
Matías cerraba los ojos, mordiéndose el labio.
Laura se inclinó y pasó la lengua por el punto donde ambas se tocaban.
El gemido de los dos fue unísono.
Ella sonrió.
—No me excita verlos penetrarse. Pero esto… esto sí. - dijo como marcando el terreno
Y entonces empezó a mover las manos arriba y abajo, masturbándolos al mismo tiempo, con ritmo lento, firme, envolvente. Las bocas de ellos se abrieron, los torsos se arqueaban, pero no se tocaban. Era ella la que manejaba todo.
Laura los miraba. Los lamía.
Los provocaba.
Y por primera vez, no sintió culpa, ni duda.
Solo un pensamiento se repetía:
“Esto no es lo que parece. Es mucho mejor.”
Ella se inclinó. Primero los acarició con los labios, apenas. Una lengua juguetona por la base, una succión ligera en la punta.
Pero eso no era suficiente, los observó, tan cerca, tan juntos.
Y su boca...
Su boca los quería a los dos.

Abrió bien los labios, ladeó la cabeza y comenzó a introducirlos al mismo tiempo.
No completamente. No entraban del todo.
Pero logró envolver ambas cabezas con la humedad de su lengua, con la presión de sus labios.
La sensación la desbordó, era caliente, salado, masculino, vivo.
Chupaba, lamía, babeaba sobre ellos sin culpa.
Los giraba apenas con las manos, los frotaba uno contra el otro, los acariciaba desde el tronco hasta las puntas como si fueran un solo objeto, uno que ella poseía.
Iván gemía sin contenerse, Matías la miraba entre jadeos, incrédulo, con los músculos tensos.
—¿Te gusta? —murmuró Iván entre suspiros.
Ella soltó apenas los penes y respondió sin dejar de acariciarlos:
—No...
Volvió a chuparlos.
Se detuvo otra vez.
—Me encanta.
El sabor de los dos se mezclaba en su lengua como un cóctel prohibido.
Sabía a carne, a lujuria, a poder.
Su poder.
Y mientras lo hacía, mientras su boca se estiraba para lamer las dos vergas al mismo tiempo, su mente ya palpitaba la próxima jugada.
Porque no iba a conformarse con eso, no esta noche.
Tenía hambre.
De probarlos por dentro.
De montarse sobre uno.
Mientras el otro la llenaba por detrás.
Tenía imágenes que la hacían temblar.
Y el calor en su entrepierna era ya insoportable.
Pero no tenía prisa.
Quería que los cuerpos se rindieran ante ella.
Quería saborearlos hasta que suplicaran ser parte de su fantasía.
Porque en el fondo, Laura sabía algo que ellos aún no imaginaban del todo:
Esta historia no iba a terminar esa noche.
La habitación olía a vino, saliva y sexo.
Laura los miraba desde arriba, desnuda, con el cabello desordenado y los pezones duros. Los dos hombres seguían acostados, uno frente al otro, sus cuerpos extendidos, tensos, con los penes duros brillando por la mezcla de su propia excitación y la saliva de ella.
Ella se colocó entre ambos.
—Muévanse un poco —ordenó con voz suave pero firme.
Ellos obedecieron sin chistar. Se acomodaron de forma que sus caderas quedaran muy cerca, los glandes tocándose. Laura se puso de pie sobre el futón, sus piernas temblorosas, abiertas. El calor de su sexo goteaba.
Ella los miró desde arriba, respiró hondo y dijo:
—No quiero uno en cada agujero.
Ambos la miraron, confundidos.
—Quiero los dos... ahí —y se acarició el pubis con tres dedos, dejando claro a dónde se refería.
Matías abrió los ojos.
Iván se mordió el labio.
—¿Estás segura?
—No pregunten. Ayúdenme.
Se agachó despacio. El primer roce de ambos glandes contra su sexo la hizo gemir.
Estaba empapada, caliente como nunca. Pero eso no evitaba la resistencia: dos vergas gruesas, al mismo tiempo, en su concha... era una locura.
Apoyó una mano en el pecho de cada uno, y con la otra se separó los labios vaginales, guiando, acomodando.
Al principio dolió.
Mucho.
El tejido se estiraba más de lo que creía posible.
Tuvo que detenerse y respirar.
Volver a intentar.
Mojada, sí. Pero no lo suficiente.
Nunca lo suficiente para eso.
—Tranquila —susurró Iván, con una mano en su cintura.
—Relajate —murmuró Matías, acariciándole el muslo.
Laura se mordió el labio y bajó un poco más.
Los dos glandes entraron juntos, apenas la punta.
Ella gritó.
No de dolor, de shock, de gloria.
Y siguió.
Milímetro a milímetro.
Peleando contra el instinto de retroceder, obligándose a tragarlos a los dos.
Los sintió frotarse dentro de ella, luchando por espacio en ese túnel ardiente y estrecho.
Esa presión la volvía loca.
Cuando logró encajarlos hasta la mitad, sus piernas temblaron, sus uñas se clavaron en el pecho de Iván, sus ojos se cerraron.
Y entonces... se dejó caer.
Hasta el fondo.
Ambos adentro.
Por completo.
Un alarido le escapó desde el alma.
Iván y Matías gemían, sorprendidos, incrédulos, sus rostros desfigurados de placer.
—No puedo creerlo... —jadeó Matías.
—La estás sintiendo... ¿me estás sintiendo a mí? —preguntó Iván.
—Sí... sí... están dentro de mí, los dos... juntos... —gimió ella, con la voz quebrada.
La fricción entre ambos dentro de su concha era brutal.
Cada movimiento la hacía vibrar por dentro, el roce de sus penes chocando en su interior, desgarrándole el alma de placer.
Laura comenzó a moverse despacio.
Ascendía y bajaba.
Era doloroso.
Era bestial.
Era delicioso.
Pero Laura se detuvo.
Ambos hombres estaban jadeando, sus cuerpos temblaban bajo el peso de lo que acababan de vivir.
Sus penes seguían dentro de ella, apretados, calientes, palpitantes.
Pero algo en su mente la hizo reaccionar.
"No puedo seguir así. No sin protección. No estoy tranquila, las pastillas no son suficientes."
Respiró hondo, cerró los ojos un segundo, y se levantó despacio, liberándolos con un gemido húmedo y profundo.
—¿Qué pasa...? —preguntó Matías, entrecortado.
—Nada... —susurró ella—. Ya lo tuve. Lo que quería ya lo tuve.
Ambos quedaron mirando, confundidos, como si les hubieran robado el paraíso a mitad del viaje.
Pero Laura no los abandonó, se agachó entre ellos.
Tomó la verga de Matías, aún empapada y rígida, y empezó a masturbarla con decisión.
—Todavía me deben algo —dijo con una sonrisa torcida.
Lo hizo con ganas. Con fuerza. Como si necesitara sacarle el alma por el glande.
Matías se arqueó, jadeando.
—Mierda... Laura... pará... voy a...
Ella no paró. Aceleró. Apretó.
Y justo en ese momento, giró su cuerpo y apuntó la corrida.
El chorro caliente de semen saltó y cubrió la otra pija, la de Iván.
Que estaba dura, brillante, mojada.
Y de pronto, bañada.
Con la leche de su amigo.
Descaradamente. Deliberadamente.
—¡¿Qué carajo...?! —exclamó Iván, al sentir el calor ajeno esparciéndose sobre su propio glande.
Pero no retrocedió.
Ni un milímetro.
Laura lo miró directo a los ojos mientras extendía la mano y repartía el semen con sus dedos, como quien unta miel sobre un postre.
Lo masajeó.
Lo embarró.
Lo hizo suyo.
—Ahora sí... —dijo, mirándolo de abajo—. Ahora sos vos el que me debe algo.
El ambiente estaba cargado, espeso, sucio de placer.
Nadie hablaba. Solo respiraban.
Iván tragó saliva.
Su pene palpitaba, brillante, cubierto del semen de su amigo.
Y Laura le había gustado tanto más así.
Ella le lamió un poco la punta, recogiendo apenas una gota de la mezcla.
Y susurró:
—Nunca me sentí tan puta.
Y nunca me excité tanto.
Laura se relamió lentamente mientras aún tenía la verga entre los labios, tibia y tensa, con el sabor reciente de su descarga mezclado con su propia excitación. Se sentía poderosa. Dueña del momento. Alzó la vista y vio al otro, que la miraba entre atónito y encendido, con su miembro completamente erguido, brillando por la mezcla de fluidos.
Sin decir una palabra, Laura se arrastró sobre sus rodillas y lo tomó también. Primero con una mano, firme, envolviéndolo como si ya lo conociera de antes, como si supiera exactamente cómo hacerle perder el control. Luego fue su lengua: lenta, precisa, provocadora. Lamía desde la base hasta el glande, como quien disfruta un manjar prohibido.
—¿Así se besan entre ustedes? —susurró, con una sonrisa ladina, justo antes de metérselo entero en la boca.
El hombre gimió. Ella lo sintió temblar. Jugó con la lengua, con la presión de los labios, con el ritmo. Cada vez que lo sacaba de su boca, lo acariciaba con la mano, lo humedecía aún más. A su lado, el primero aún respiraba agitado, observando, fascinado por ese despliegue de deseo femenino desatado.
Laura no pensaba detenerse. Estaba en ese estado donde el cuerpo manda, donde la moral se corre y todo se reduce a piel, sudor y ganas. Y justo cuando sintió que el segundo también iba a explotar, lo sostuvo con fuerza, lo miró a los ojos... y lo dejó hacerlo. Todo. En su lengua. En su boca. Y lo tragó sin apartar la mirada.
Luego se recostó en medio de los dos, jadeando, con una sonrisa de placer absoluto. Cerró los ojos, sintiendo el calor de ambos cuerpos rodeándola y la mezcla de sabor de ambos que aun estaban presentes en sus papilas gustativas y le parecía llegar hasta lo profundo de su garganta, de su esófago
Laura miró la hora en la pantalla del celular, no era tarde para un día jueves, pero si para una reunión de oficina. El cuerpo aún le temblaba, húmedo y cálido, pero una sensación sorda comenzaba a filtrarse entre el placer: la conciencia.
Se levantó sin decir palabra, se vistió con movimientos lentos, mecánicos, como si no quisiera romper algo frágil que quedaba flotando en esa sala. Los dos hombres la miraron en silencio. Uno le dedicó una sonrisa ladeada, el otro una caricia en el muslo que no buscaba retenerla, sino despedirla.
—Nos vemos, Lau —le dijo él, el compañero, el que hasta ayer solo compartía planillas de Excel y cafés entre reuniones.
Laura no respondió. Apenas una mirada que decía más de lo que se atrevía a poner en palabras. Cerró la puerta del departamento sin mirar atrás.
Ya en la calle, la brisa fresca golpeó el rostro, tomó el primer taxi que se cruzó en su camino, viajó en silencio, como si cada cuadra la acercara de nuevo a la otra versión de sí misma.
Al llegar, su esposo estaba recostado en el sillón, adormilado frente al televisor. El mismo pijama de siempre, la misma rutina de cada noche. Ella le dejó un beso suave en la mejilla.
—¿Todo bien? —preguntó él sin abrir los ojos.
—Sí, todo bien —mintió, con una dulzura inesperada en la voz.
Se preparó un té y agarró un par de bizcochos del día anterior, y subió a ver a su hijo. Dormía boca abajo, abrazado a su peluche. Laura se sentó en la punta de la cama y le acarició el cabello. Ese pequeño cuerpo respirando en paz era su ancla, su refugio, su verdad más sincera.
Esa noche durmió poco. El cuerpo cansado, la mente despierta, y la concha llena de pecado. Daba vueltas entre sábanas con pensamientos inconclusos y sensaciones encontradas
El viernes la recibió con su peor cara: nublado, húmedo, gris. Laura llegó a la oficina más temprano que de costumbre, con ojeras disimuladas bajo una base ligera y el pelo recogido como señal de que no quería hablar demasiado. O eso creyó.
A media mañana, él apareció. Sonriente. Como si la tarde anterior no hubiese sido una bomba atómica en sus vidas.
—Buen día —dijo con su tono de siempre, apenas un matiz más bajo, más cómplice.
—Hola —respondió Laura, sin levantar mucho la vista del monitor, escondida entre culpas y vergüenzas
Hubo silencio unos segundos. Luego él se acercó con una carpeta.
—¿Te dejo esto acá? Es lo del cliente nuevo.
Ella asintió. Cuando él apoyó la carpeta, sus manos se rozaron apenas. Fue un segundo. Pero bastó para encender un relámpago en los ojos de ambos. Nadie más en la oficina entendía. Nadie más en la oficina sabía.
Durante el almuerzo se sentaron juntos, como siempre. Hablaron de trabajo, de temas triviales, de nada. Pero bajo la mesa, el clima era otro. Una corriente subterránea unía sus cuerpos, hecha de recuerdos frescos y una tensión nueva.
Al final del día, cuando las computadoras se apagaban y las sillas quedaban vacías, él pasó por su escritorio.
—¿Te vas ya? —preguntó.
—Sí. Tengo cosas en casa —respondió ella, secamente, como si tuviera miedo de quedarse.
Pero él no se movió.
—Lo de ayer… ¿vas a hacer como si no pasó?
Laura lo miró fijo. Una pausa. Respiró hondo. Su voz salió baja, clara, decidida:
—No sé todavía qué voy a hacer.
Él asintió. Y sonrió, esa media sonrisa que ella empezaba a conocer demasiado bien.
—Entonces, supongo que… estamos en pausa.
Laura recogió sus cosas. Caminó hacia el ascensor sin volverse. Al llegar al hall de salida, sintió un cosquilleo en la espalda, una mezcla de miedo, deseo, y esa duda que llega sin avisar: lo de la tarde anterior, había terminado para siempre, o... solo había comenzado?
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NO ES LO QUE PARECE
Después de algunos años dedicada por completo a la crianza de su hijo, Laura, de treinta seis años, volvía al mundo laboral con la sensación de estar empezando otra vida. No lo hacía escapando de su hogar ni de su marido —todo lo contrario—, con Fede, su esposo, atravesaban el mejor momento en años. La maternidad, lejos de alejarlos, los había unido con una complicidad madura, intensa, sólida.
Pero algo dentro de ella también pedía pista, no por carencia, sino por deseo. Deseo de reencontrarse con su versión profesional, con el vértigo de una agenda, con ropa de oficina ajustada y tacos finos y altos que hacían sonar sus pasos con firmeza.
La empresa no era gran cosa, pero tenía potencial, pero también tendría a alguien diferente, a él, a Iván.
Iván era su compañero de escritorio.
Treinta y tantos, seguro de sí mismo, siempre elegante y con una sonrisa pícara, abiertamente gay y sin dramas con nadie, desde el primer día, Iván fue una ráfaga de energía.
—Nena, ese escote pide guerra —le soltó apenas la vio entrar con su camisa celeste.
Laura se rió, sorprendida.
—¿Así me vas a saludar todos los días? - respondió al tiempo que cerraba un botón en su camisa con el sonrojo de sentirse provocativa
—No. Algunos te voy a decir cosas peores —dijo él, y le guiñó un ojo.
No había nada sexual, pero sí una química rara, cargada de miradas, carcajadas compartidas, secretos en voz baja. Iván era como una mejor amiga traviesa, pero en cuerpo de varón atractivo.
Y lo que empezó como un juego de oficina pronto se volvió algo más.
Más provocador.
Más íntimo.
Más... inesperado.
Iván era un huracán. Siempre impecable, siempre con alguna ironía en la punta de la lengua, siempre atento.
Laura había perdido la cuenta de las veces que él la hacía reír, aún cuando ella ni tenía ganas. Lo que al principio era pura simpatía con pluma, se había convertido en una conexión difícil de explicar.
—Dios mío, Laurita, esa pollera te hace un culo de escándalo. —le decía sin mirarla a los ojos, como si fuera un comentario sobre el clima.
—Sos un tarado.
—Lo digo con respeto profesional. No es acoso si es gay, ¿o sí?
Laura reía, al principio sin pensarlo, pero después, con cierto cosquilleo en la espalda. Empezó a notarlo. A notar que Iván la miraba diferente a como miraba al resto. Con un brillo que no era solo de chisme o envidia estilística. Era... otra cosa.
En la oficina, sin embargo, notaba algo incómodo: Iván no era querido, lo toleraban, sí, pero no lo incluían en los almuerzos ni en las charlas pesadas de los varones. Hacían bromas en voz baja, le daban tareas que otros evitaban. A veces incluso a ella la miraban con rareza por llevarse tan bien con él.
Un día, en casa, lo comentó con Fede mientras cocinaban.
—Hoy Iván me hizo reír tanto... Te juro, es un personaje.
—¿Iván? ¿El putito ese con voz de locutora? —dijo Fede entre risas.
Laura frunció el ceño.
—No seas así. Es buena persona.
—Bueno, mientras no se te tire encima...
—Tranquilo, es gay.
—Mmm... —Fede sonrió con una ceja levantada—. Esos son los peores, miran a las mujeres sin culpa, y las mujeres solo no se incomodan, y lo peor, en charlas inocentes le arrancan hasta el ultimo secreto
Laura lo dejó pasar. Pero esa noche, en la cama, pensó en Iván.
En su forma de mirarla.
En cómo la hacía sentir, sin tocarla.
En cómo su voz afeminada la descolocaba... y a la vez, la confundía.
Porque si era tan "gay", ¿por qué a veces parecía leerle el cuerpo mejor que cualquier hombre?
Y además, las palabras de su esposo, porque ella sabía que le había confesado secretos de cama solo por ser gay, porque a ningún otro hombre se las hubiese confesado
Y entonces recordó lo que él le había dicho esa tarde, sin más:
—Tranquila, amor. Yo soy gay... pero no ciego.
Y no supo si reír, enojarse... o seguir pensando en eso mientras se metía la mano bajo las sábanas.
Era sábado a la tarde, y Laura había salido de shopping con dos amigas de siempre. Ropa, cafés, risas y comentarios sobre hombres, como en los viejos tiempos.
—¿Ese escote es para trabajar o para provocar, Laura?
—Para que Iván me diga que estoy buena sin que le importe —dijo entre risas, sabiendo que, aunque lo decía como chiste, había una pequeña verdad escondida ahí.
Estaban en una tienda de decoración, entre velas aromáticas y cuadros minimalistas, cuando lo vio.
Iván.
Y con él, un hombre que le robó el aliento.
Joven, de unos treinta y pocos. Rubio, de piel perfecta, mandíbula de actor y una sonrisa que irradiaba seguridad. Alto, atlético. Vestía con elegancia pero sin esfuerzo. Tenía el brazo pasado por la cintura de Iván, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era.
Laura se quedó congelada un segundo.
Iván la vio, sonrió con su gesto habitual y se acercó con paso firme.
—¡Laurita! —la besó en la mejilla—. Qué divina estás.
—Gracias... —dijo ella, todavía aturdida—. Qué sorpresa verte por acá.
—Te presento a Matías, mi pareja. Y sí, está tan bueno como parece —agregó con una sonrisa descarada.
Matías le estrechó la mano con un gesto encantador.
—Así que vos sos la famosa compañera que lo hace reír. Un gusto.
—El gusto es mío —respondió Laura, mientras pensaba “¿Qué hace este hombre perfecto con Iván?”, sin poder evitarlo.
La charla duró apenas unos minutos. Un intercambio cordial, simpático, sin tensión. Cuando se despidieron, Laura volvió con sus amigas como si nada. Pero por dentro, algo la quemaba.
—¿Ese era el famoso Iván? —preguntó una de ellas.
—Sí... y ese con él, su pareja.
—Mamita... ¡qué desperdicio! —dijo la otra, y todas rieron.
Laura rió también, pero su risa fue más amarga.
No porque deseara a Matías.
Sino porque de pronto, la fantasía que había tejido con Iván se le desmoronó en la cara.
O eso creyó...
Porque el lunes siguiente, cuando volvió a la oficina, Iván la esperó en su escritorio, con una sonrisa nueva, más filosa, más oscura.
—¿Te gustó Matías, no? —le dijo sin filtro.
Laura lo miró, incómoda.
—Es hermoso. Pero no es mi tipo.
Iván se acercó un poco más.
—¿Y si te dijera que a él le gustás vos?
Laura se quedó helada.
Pero Iván solo sonrió, se sentó en su silla y volvió a mirar la computadora, como si no hubiera dicho nada.
El jueves por la tarde, una reunión clave con gerencia fue cancelada a último momento. Laura ya se había mentalizado para quedarse hasta tarde, y al ver su agenda en blanco sintió un vacío distinto... uno que no tenía nada que ver con el trabajo.
Iván se le acercó con un mate en la mano y cara de fastidio.
—¿Viste? Suspendieron todo. Y yo que me había perfumado para impresionarte.
Laura sonrió con un dejo de picardía.
—Te lo estás tomando muy a pecho eso de conquistarme.
—Te aviso que Matías está celoso. Dice que te menciono demasiado.
—¿Y tiene motivos?
Iván no respondió. Solo la miró con esa mezcla de burla y malicia que ya no sabía cómo leer.
Laura volvió a su escritorio, pero algo ya estaba decidido. No de forma racional, pero sí en su cuerpo.
El escote, el perfume que se había puesto esa mañana, la depilación que se hizo la noche anterior sin saber por qué.
Todo apuntaba a ese momento.
Minutos después, sin levantar la voz, le dijo:
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Nada, irme a casa. ¿Vos?
—Tengo ganas de seguir la charla que dejamos pendiente.
—¿Qué charla?
—La que empezó cuando me dijiste que Matías se fijó en mí.
Iván la miró fijo. Por primera vez, sin risa.
Silencio.
Luego habló:
—¿Querés venir un rato? Total, ya estamos fuera de horario.
Ella asintió, como si fuera algo natural.
Como si no estuviera traspasando una línea invisible.
El viaje fue corto. Manejaron en silencio, con música suave. Laura miraba por la ventana, pero sentía el pulso en la garganta.
Cuando llegaron al departamento, Matías ya estaba en casa.
Pantalón jogging, remera blanca ajustada, sonrisa fácil.
—¡Mirá a quién trajiste! —dijo al verla—. La dama de los labios perversos.
—Qué observador —respondió Laura, nerviosa pero disimulando.
La casa era moderna, cálida. Mucho más masculina de lo que esperaba, nada de clichés gays.
Se sentaron los tres en el living, con una botella de vino. La charla fluyó rápido: cine, música, chismes de oficina. Las bromas iban y venían. Iván era puro fuego verbal y Matías la miraba con una calma peligrosa.
En un momento, Laura se quitó los zapatos y estiró las piernas, el vino le estaba haciendo efecto, la risa era más suelta.
La mirada de Matías, más directa.
La de Iván, más calculada.
—¿Así que nunca estuviste con dos hombres? —preguntó Iván de la nada, con esa sonrisa inocente que no engañaba a nadie.
Laura lo miró con sorpresa.
—¿Esa es tu forma de preguntar si me quiero quedar?
—No. Esa es mi forma de preguntarte si estás lista para dejar de hacerte la que no entendés lo que está pasando.
Matías no dijo nada. Solo la miró.
Laura tomó un sorbo más de vino, pero no respondió.
Iván y Matías se miraron apenas.
Y sin decir palabra, comenzaron a besarse, lento, en la boca, con hambre contenida y sin pudor.
Laura sintió una punzada eléctrica que le recorrió la espina dorsal, no era sorpresa lo que sentía, era algo más físico, algo visceral, deseo.
Los observó desde su lugar, sin moverse. El vino giraba lento en su copa, mientras su otra mano, como si tuviera vida propia, se coló por el escote de su blusa, primero acarició apenas el inicio del pecho, después se atrevió a más.
Sus dedos rozaron un pezón endurecido, sintió cómo su entrepierna palpitaba, caliente, húmeda.
Abrió un poco más las piernas, los dedos bajaron, su respiración se volvió errática.
Desde el sillón, Iván la miró de reojo.
Matías también.
Pero no se detuvieron.
Se besaban con fuerza, con deseo real. Se tocaban por encima de la ropa, marcando el ritmo que ella no podía seguir... pero sí imaginar.
Iván fue el primero en hablar:
—¿Te gusta mirar, Laurita?
Ella no respondió. Solo apretó los labios y bajó los ojos, aún con la mano entre las piernas.
Matías se acercó un poco, sin invadir.
—Desnudate —le dijo con voz calma, sin orden ni súplica—. Queremos verte.
Laura sintió un escalofrío. Su cuerpo entero temblaba, pero no de miedo. De entrega.
En su mente se cruzaban sus sensaciones, era casada, y estaba frente a dos hombres, pero a esos hombres no le gustaban las mujeres
Se puso de pie, dejó la copa sobre la mesa, y comenzó a desvestirse.
Primero la blusa, después la pollera ajustada, meneando las caderas, la bajó despacio.
Quedó en ropa interior. Dudó.
Iván se levantó, caminó hacia ella y le acarició apenas el mentón con dos dedos.
—Hasta acá llegaste pensando que controlabas esto, ¿no?
Ella asintió sin palabras.
—Bueno... —dijo él, mientras le desabrochaba el corpiño con una sola mano— ahora vas a tener que improvisar.
Laura ya no era una invitada, era el centro.
Estaba desnuda, tibia, con el cuerpo tenso y la entrepierna encharcada. Y los tenía a los dos ahí: expectantes, semidesnudos, con la piel vibrando.
Caminó hacia Iván y le tomó el rostro entre las manos.
Lo besó.
La boca de él era suave, más cálida de lo que imaginaba. Se dejó besar, sin dirigir.
Luego giró hacia Matías, sin dudar, y repitió el gesto.
El beso con Matías fue distinto: más firme, con presión, con un leve gemido ahogado que escapó de ella sin permiso.
Se separó unos centímetros, los miró a ambos, y dijo con voz ronca:
—Ya está. Quería saber cómo besaban los gays.
Ellos rieron, pero bajito, como si supieran que lo mejor venía ahora, mientras terminaban de desnudarese
Y así fue.
Laura señaló el futón.
—Acuéstense. Los dos. Boca arriba. Pero enfrentados.
Ellos obedecieron, intrigados.
Los cuerpos quedaron alineados, opuestos, con las cabezas en direcciones contrarias, las piernas abiertas... y sus penes, ya duros, apuntándose, encontrándose base con base.
Laura se agachó y miró.
Eso era lo que quería.
Eso la encendía.
Dos vergas gruesas, oscuras, paralelas, palpitando juntas como una escultura viva de carne.
—Así me gusta verlos —susurró.
Se colocó entre ambos, de rodillas, las manos sobre los muslos tensos de ellos.
Los acarició al mismo tiempo.
Las yemas de sus dedos bajaron y rodearon ambas vergas, como si fueran una sola.
Las unió con sus palmas.
Las apretó juntas, haciendo que se rozaran, que se endurecieran aún más.
Iván respiraba entrecortado.
Matías cerraba los ojos, mordiéndose el labio.
Laura se inclinó y pasó la lengua por el punto donde ambas se tocaban.
El gemido de los dos fue unísono.
Ella sonrió.
—No me excita verlos penetrarse. Pero esto… esto sí. - dijo como marcando el terreno
Y entonces empezó a mover las manos arriba y abajo, masturbándolos al mismo tiempo, con ritmo lento, firme, envolvente. Las bocas de ellos se abrieron, los torsos se arqueaban, pero no se tocaban. Era ella la que manejaba todo.
Laura los miraba. Los lamía.
Los provocaba.
Y por primera vez, no sintió culpa, ni duda.
Solo un pensamiento se repetía:
“Esto no es lo que parece. Es mucho mejor.”
Ella se inclinó. Primero los acarició con los labios, apenas. Una lengua juguetona por la base, una succión ligera en la punta.
Pero eso no era suficiente, los observó, tan cerca, tan juntos.
Y su boca...
Su boca los quería a los dos.

Abrió bien los labios, ladeó la cabeza y comenzó a introducirlos al mismo tiempo.
No completamente. No entraban del todo.
Pero logró envolver ambas cabezas con la humedad de su lengua, con la presión de sus labios.
La sensación la desbordó, era caliente, salado, masculino, vivo.
Chupaba, lamía, babeaba sobre ellos sin culpa.
Los giraba apenas con las manos, los frotaba uno contra el otro, los acariciaba desde el tronco hasta las puntas como si fueran un solo objeto, uno que ella poseía.
Iván gemía sin contenerse, Matías la miraba entre jadeos, incrédulo, con los músculos tensos.
—¿Te gusta? —murmuró Iván entre suspiros.
Ella soltó apenas los penes y respondió sin dejar de acariciarlos:
—No...
Volvió a chuparlos.
Se detuvo otra vez.
—Me encanta.
El sabor de los dos se mezclaba en su lengua como un cóctel prohibido.
Sabía a carne, a lujuria, a poder.
Su poder.
Y mientras lo hacía, mientras su boca se estiraba para lamer las dos vergas al mismo tiempo, su mente ya palpitaba la próxima jugada.
Porque no iba a conformarse con eso, no esta noche.
Tenía hambre.
De probarlos por dentro.
De montarse sobre uno.
Mientras el otro la llenaba por detrás.
Tenía imágenes que la hacían temblar.
Y el calor en su entrepierna era ya insoportable.
Pero no tenía prisa.
Quería que los cuerpos se rindieran ante ella.
Quería saborearlos hasta que suplicaran ser parte de su fantasía.
Porque en el fondo, Laura sabía algo que ellos aún no imaginaban del todo:
Esta historia no iba a terminar esa noche.
La habitación olía a vino, saliva y sexo.
Laura los miraba desde arriba, desnuda, con el cabello desordenado y los pezones duros. Los dos hombres seguían acostados, uno frente al otro, sus cuerpos extendidos, tensos, con los penes duros brillando por la mezcla de su propia excitación y la saliva de ella.
Ella se colocó entre ambos.
—Muévanse un poco —ordenó con voz suave pero firme.
Ellos obedecieron sin chistar. Se acomodaron de forma que sus caderas quedaran muy cerca, los glandes tocándose. Laura se puso de pie sobre el futón, sus piernas temblorosas, abiertas. El calor de su sexo goteaba.
Ella los miró desde arriba, respiró hondo y dijo:
—No quiero uno en cada agujero.
Ambos la miraron, confundidos.
—Quiero los dos... ahí —y se acarició el pubis con tres dedos, dejando claro a dónde se refería.
Matías abrió los ojos.
Iván se mordió el labio.
—¿Estás segura?
—No pregunten. Ayúdenme.
Se agachó despacio. El primer roce de ambos glandes contra su sexo la hizo gemir.
Estaba empapada, caliente como nunca. Pero eso no evitaba la resistencia: dos vergas gruesas, al mismo tiempo, en su concha... era una locura.
Apoyó una mano en el pecho de cada uno, y con la otra se separó los labios vaginales, guiando, acomodando.
Al principio dolió.
Mucho.
El tejido se estiraba más de lo que creía posible.
Tuvo que detenerse y respirar.
Volver a intentar.
Mojada, sí. Pero no lo suficiente.
Nunca lo suficiente para eso.
—Tranquila —susurró Iván, con una mano en su cintura.
—Relajate —murmuró Matías, acariciándole el muslo.
Laura se mordió el labio y bajó un poco más.
Los dos glandes entraron juntos, apenas la punta.
Ella gritó.
No de dolor, de shock, de gloria.
Y siguió.
Milímetro a milímetro.
Peleando contra el instinto de retroceder, obligándose a tragarlos a los dos.
Los sintió frotarse dentro de ella, luchando por espacio en ese túnel ardiente y estrecho.
Esa presión la volvía loca.
Cuando logró encajarlos hasta la mitad, sus piernas temblaron, sus uñas se clavaron en el pecho de Iván, sus ojos se cerraron.
Y entonces... se dejó caer.
Hasta el fondo.
Ambos adentro.
Por completo.
Un alarido le escapó desde el alma.
Iván y Matías gemían, sorprendidos, incrédulos, sus rostros desfigurados de placer.
—No puedo creerlo... —jadeó Matías.
—La estás sintiendo... ¿me estás sintiendo a mí? —preguntó Iván.
—Sí... sí... están dentro de mí, los dos... juntos... —gimió ella, con la voz quebrada.
La fricción entre ambos dentro de su concha era brutal.
Cada movimiento la hacía vibrar por dentro, el roce de sus penes chocando en su interior, desgarrándole el alma de placer.
Laura comenzó a moverse despacio.
Ascendía y bajaba.
Era doloroso.
Era bestial.
Era delicioso.
Pero Laura se detuvo.
Ambos hombres estaban jadeando, sus cuerpos temblaban bajo el peso de lo que acababan de vivir.
Sus penes seguían dentro de ella, apretados, calientes, palpitantes.
Pero algo en su mente la hizo reaccionar.
"No puedo seguir así. No sin protección. No estoy tranquila, las pastillas no son suficientes."
Respiró hondo, cerró los ojos un segundo, y se levantó despacio, liberándolos con un gemido húmedo y profundo.
—¿Qué pasa...? —preguntó Matías, entrecortado.
—Nada... —susurró ella—. Ya lo tuve. Lo que quería ya lo tuve.
Ambos quedaron mirando, confundidos, como si les hubieran robado el paraíso a mitad del viaje.
Pero Laura no los abandonó, se agachó entre ellos.
Tomó la verga de Matías, aún empapada y rígida, y empezó a masturbarla con decisión.
—Todavía me deben algo —dijo con una sonrisa torcida.
Lo hizo con ganas. Con fuerza. Como si necesitara sacarle el alma por el glande.
Matías se arqueó, jadeando.
—Mierda... Laura... pará... voy a...
Ella no paró. Aceleró. Apretó.
Y justo en ese momento, giró su cuerpo y apuntó la corrida.
El chorro caliente de semen saltó y cubrió la otra pija, la de Iván.
Que estaba dura, brillante, mojada.
Y de pronto, bañada.
Con la leche de su amigo.
Descaradamente. Deliberadamente.
—¡¿Qué carajo...?! —exclamó Iván, al sentir el calor ajeno esparciéndose sobre su propio glande.
Pero no retrocedió.
Ni un milímetro.
Laura lo miró directo a los ojos mientras extendía la mano y repartía el semen con sus dedos, como quien unta miel sobre un postre.
Lo masajeó.
Lo embarró.
Lo hizo suyo.
—Ahora sí... —dijo, mirándolo de abajo—. Ahora sos vos el que me debe algo.
El ambiente estaba cargado, espeso, sucio de placer.
Nadie hablaba. Solo respiraban.
Iván tragó saliva.
Su pene palpitaba, brillante, cubierto del semen de su amigo.
Y Laura le había gustado tanto más así.
Ella le lamió un poco la punta, recogiendo apenas una gota de la mezcla.
Y susurró:
—Nunca me sentí tan puta.
Y nunca me excité tanto.
Laura se relamió lentamente mientras aún tenía la verga entre los labios, tibia y tensa, con el sabor reciente de su descarga mezclado con su propia excitación. Se sentía poderosa. Dueña del momento. Alzó la vista y vio al otro, que la miraba entre atónito y encendido, con su miembro completamente erguido, brillando por la mezcla de fluidos.
Sin decir una palabra, Laura se arrastró sobre sus rodillas y lo tomó también. Primero con una mano, firme, envolviéndolo como si ya lo conociera de antes, como si supiera exactamente cómo hacerle perder el control. Luego fue su lengua: lenta, precisa, provocadora. Lamía desde la base hasta el glande, como quien disfruta un manjar prohibido.
—¿Así se besan entre ustedes? —susurró, con una sonrisa ladina, justo antes de metérselo entero en la boca.
El hombre gimió. Ella lo sintió temblar. Jugó con la lengua, con la presión de los labios, con el ritmo. Cada vez que lo sacaba de su boca, lo acariciaba con la mano, lo humedecía aún más. A su lado, el primero aún respiraba agitado, observando, fascinado por ese despliegue de deseo femenino desatado.
Laura no pensaba detenerse. Estaba en ese estado donde el cuerpo manda, donde la moral se corre y todo se reduce a piel, sudor y ganas. Y justo cuando sintió que el segundo también iba a explotar, lo sostuvo con fuerza, lo miró a los ojos... y lo dejó hacerlo. Todo. En su lengua. En su boca. Y lo tragó sin apartar la mirada.
Luego se recostó en medio de los dos, jadeando, con una sonrisa de placer absoluto. Cerró los ojos, sintiendo el calor de ambos cuerpos rodeándola y la mezcla de sabor de ambos que aun estaban presentes en sus papilas gustativas y le parecía llegar hasta lo profundo de su garganta, de su esófago
Laura miró la hora en la pantalla del celular, no era tarde para un día jueves, pero si para una reunión de oficina. El cuerpo aún le temblaba, húmedo y cálido, pero una sensación sorda comenzaba a filtrarse entre el placer: la conciencia.
Se levantó sin decir palabra, se vistió con movimientos lentos, mecánicos, como si no quisiera romper algo frágil que quedaba flotando en esa sala. Los dos hombres la miraron en silencio. Uno le dedicó una sonrisa ladeada, el otro una caricia en el muslo que no buscaba retenerla, sino despedirla.
—Nos vemos, Lau —le dijo él, el compañero, el que hasta ayer solo compartía planillas de Excel y cafés entre reuniones.
Laura no respondió. Apenas una mirada que decía más de lo que se atrevía a poner en palabras. Cerró la puerta del departamento sin mirar atrás.
Ya en la calle, la brisa fresca golpeó el rostro, tomó el primer taxi que se cruzó en su camino, viajó en silencio, como si cada cuadra la acercara de nuevo a la otra versión de sí misma.
Al llegar, su esposo estaba recostado en el sillón, adormilado frente al televisor. El mismo pijama de siempre, la misma rutina de cada noche. Ella le dejó un beso suave en la mejilla.
—¿Todo bien? —preguntó él sin abrir los ojos.
—Sí, todo bien —mintió, con una dulzura inesperada en la voz.
Se preparó un té y agarró un par de bizcochos del día anterior, y subió a ver a su hijo. Dormía boca abajo, abrazado a su peluche. Laura se sentó en la punta de la cama y le acarició el cabello. Ese pequeño cuerpo respirando en paz era su ancla, su refugio, su verdad más sincera.
Esa noche durmió poco. El cuerpo cansado, la mente despierta, y la concha llena de pecado. Daba vueltas entre sábanas con pensamientos inconclusos y sensaciones encontradas
El viernes la recibió con su peor cara: nublado, húmedo, gris. Laura llegó a la oficina más temprano que de costumbre, con ojeras disimuladas bajo una base ligera y el pelo recogido como señal de que no quería hablar demasiado. O eso creyó.
A media mañana, él apareció. Sonriente. Como si la tarde anterior no hubiese sido una bomba atómica en sus vidas.
—Buen día —dijo con su tono de siempre, apenas un matiz más bajo, más cómplice.
—Hola —respondió Laura, sin levantar mucho la vista del monitor, escondida entre culpas y vergüenzas
Hubo silencio unos segundos. Luego él se acercó con una carpeta.
—¿Te dejo esto acá? Es lo del cliente nuevo.
Ella asintió. Cuando él apoyó la carpeta, sus manos se rozaron apenas. Fue un segundo. Pero bastó para encender un relámpago en los ojos de ambos. Nadie más en la oficina entendía. Nadie más en la oficina sabía.
Durante el almuerzo se sentaron juntos, como siempre. Hablaron de trabajo, de temas triviales, de nada. Pero bajo la mesa, el clima era otro. Una corriente subterránea unía sus cuerpos, hecha de recuerdos frescos y una tensión nueva.
Al final del día, cuando las computadoras se apagaban y las sillas quedaban vacías, él pasó por su escritorio.
—¿Te vas ya? —preguntó.
—Sí. Tengo cosas en casa —respondió ella, secamente, como si tuviera miedo de quedarse.
Pero él no se movió.
—Lo de ayer… ¿vas a hacer como si no pasó?
Laura lo miró fijo. Una pausa. Respiró hondo. Su voz salió baja, clara, decidida:
—No sé todavía qué voy a hacer.
Él asintió. Y sonrió, esa media sonrisa que ella empezaba a conocer demasiado bien.
—Entonces, supongo que… estamos en pausa.
Laura recogió sus cosas. Caminó hacia el ascensor sin volverse. Al llegar al hall de salida, sintió un cosquilleo en la espalda, una mezcla de miedo, deseo, y esa duda que llega sin avisar: lo de la tarde anterior, había terminado para siempre, o... solo había comenzado?
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