You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 11: El parto
En la ambulancia una paramédica me tomó la mano y me preguntó el nombre, la edad, cuántos meses tenía, si había tomado algo. Le dije la verdad con la voz rota. No me juzgó. Solo asintió y anotó, sin soltarme.
En el hospital me desvistieron entre varias manos. Vi cómo una enfermera miraba mis dientes, mis moretones, las marcas en los brazos, y cómo, tras un segundo de silencio, se sacudía la cara y decía en voz baja: "Vamos a cuidarte, mami". La habitación olía a desinfectante y a algo limpio que hacía años que no sentía.
—¿Hay alguien a quien podamos llamar? —preguntó una médica joven.
Sentí un frío que no venía del aire.
—No. Por favor, no llamen a nadie.
—Pero tu familia…
—No quiero que me vean así. —Me temblaba todo—. Que no lo sepan. Todavía no.
Me miró un largo rato y asintió. Después me acostaron y todo se volvió dolor.
El trabajo de parto duró once horas. Las contracciones me partían la espalda, el cuerpo flaco temblaba de agotamiento, y el hambre, la abstinencia y el miedo se mezclaban en un solo grito que no terminaba. Una partera me sostuvo la cabeza y me habló al oído, siempre con la misma frase: "Ya casi, ya casi". Grité el nombre de mi mamá sin darme cuenta. Grité el de mi papá. Grité que no podía.
Y entonces pujé, con lo poco que me quedaba, y sentí un alivio brutal y un llanto agudo, finito, que llenó la sala.
—Es una nena —dijo alguien—. Es chiquita, pero está viva.
La pusieron sobre mi pecho, todavía tibia, viscosa, con los ojos apretados y la boca abierta. Era diminuta, arrugada, roja. Me olió el pecho con la nariz pequeñita y buscó, y yo sentí la leche bajar como una ola. Lloré sin poder parar. Nunca había sentido algo tan puro y tan doloroso al mismo tiempo.
Se la llevaron a los pocos minutos a neonatología. Pesaba poco, y con lo que había consumido, tenían que observarla de cerca. Me quedé en la camilla, vacía, agotada, con una enfermera limpiándome las lágrimas.
Los días siguientes. Me dejaron ir a verla en una silla de ruedas. Estaba en una incubadora, con cables diminutos, dormida. Me dijeron que temblaba a veces, que costaba que se alimentara, que necesitaba tiempo. Me senté a su lado con la mano apoyada en el acrílico y le dije en voz baja el nombre que había elegido, sin contárselo a nadie:
—Clara.
Una trabajadora social se sentó conmigo una tarde. Era una mujer mayor, de pelo canoso, con una voz tranquila.
—Lucía, la ley me obliga a evaluar dónde va a estar Clara cuando le den el alta. Podemos contactar a tu familia, o podemos armar otra alternativa. Hay un hogar para madres con tratamiento y acompañamiento. Vos con ella, con apoyo.
—Mi familia… —Se me quebró la voz—. Mi mamá me tiene la ropita lista. Mi papá arregló la cuna. Y yo… mirame. No puedo aparecer así. No puedo que me vean así.
—Nadie te está pidiendo que aparezcas ahora.
Me quedé callada un rato largo, mirando mis manos flacas, las uñas rotas, la palma con la cicatriz de una caída.
—¿Puedo cambiarme antes? —pregunté al fin—. ¿Sacarme los dientes que se caen, comer, dormir, dejar todo esto… y después llamarlos?
—Podés hacerlo a tu tiempo.
Esa noche, en la cama del hospital, escribí una carta en una servilleta. No la mandé. Decía: Mamá, papá: estoy viva. Ya nació. Se llama Clara. Voy a volver cuando pueda mirarlos sin bajar la cabeza. Perdónenme.
La doblé en cuatro y la guardé bajo la almohada. Del otro lado de la pared, sonó un llanto finito, agudo, que reconocí sin dudar.
Me levanté con dificultad y fui a buscarla.

0 comentarios - "Desde que estoy embarazada"