You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 8: Mes 7
Primera semana. El cuerpo ya no entraba en ningún lado. Mis pechos habían llegado a 105H, enormes, pesados, con las areolas anchas y los pezones de un marrón cálido, casi chocolate con leche, y las venas azules marcadas como un mapa. La panza me llegaba al pecho al sentarme, y me faltaba el aire al subir un solo tramo de escalera.
El sábado, Vero me convenció de salir. Me puse un vestido negro que me marcaba todo. Pero la noche fue una sucesión de pequeños desastres. No podía bailar más de una canción sin que se me hincharan los pies. Los codazos de la gente me daban miedo. Y los hombres, que antes me devoraban con los ojos, ahora me miraban dos segundos y desviaban la vista.
Un flaco se me acercó con una sonrisa, me habló al oído y a los treinta segundos preguntó:
—¿De cuánto estás?
—Siete meses.
—Ah. Qué bueno. Felicitaciones.
Y se fue. Otro me miró el escote, después la panza, y le dijo a su amigo, riéndose: "Mirá, un bonus track". Un tercero le pidió el número a Vero a mi lado, sin siquiera mirarme. Tomé agua mineral toda la noche y volví a casa a las dos, con las piernas hinchadas y los ojos ardiendo de bronca.
Segunda semana. Lo volví a intentar. Esta vez el guardia de la puerta me frenó con una mano.
—Lo siento, no podemos dejarte pasar.
—¿Por qué?
—Política del lugar. Embarazadas de tantos meses, por seguridad. Si te pasa algo adentro, la responsabilidad es nuestra.
Vero discutió, gritó, dijo que iba a denunciarlos. Yo me quedé mirando el suelo, con todos los que hacían fila mirándome. Nunca me había sentido tan expuesta. Me fui sin decir palabra, con lágrimas de rabia que no dejé caer hasta que doblé la esquina.
Tercera semana. Como el boliche estaba vedado, salí a buscar en otros lados. Bajé una app de citas y armé mi perfil con una foto del rostro. Tuve tres matches en dos días, hasta que uno preguntó "¿es una foto vieja?" y le mandé una de cuerpo entero. Lo perdí al instante. Otro escribió "no busco compromisos con hijos" y otro directamente me bloqueó.
Fui a un bar tranquilo, sola, con un vestido escotado y mi mejor perfume. Un hombre de traje me sonrió y pidió una cerveza. Cuando me levanté para ir al baño, la panza le arrancó una mueca incómoda. Cuando volví, ya no estaba.
Escribí a Matías, a Ezequiel, a Diego. Ezequiel me contestó que estaba de viaje. Matías, con mucho tacto, dijo que prefería que fuéramos amigos. Diego nunca respondió.
Esas noches no dormía. El deseo me quemaba entera: mis pechos goteaban solos, la piel me ardía, y me tocaba de madrugada con dos dedos, mordiendo la almohada, acabando una y otra vez sin sentir jamás que fuera suficiente. Los orgasmos me dejaban más hambrienta que antes.
Cuarta semana. Una madrugada bajé al kiosco de la esquina, con un pijama y un abrigo largo, a buscar helado. Ramiro, el que atendía de noche, tenía treinta y siete años, las manos cuarteadas, ojeras profundas y un olor a cigarrillo barato. Hacía años que lo veía, sin mirarlo. Vivía en una pieza alquilada arriba del kiosco y hacía cualquier trabajo que apareciera: repartos, changas, turnos nocturnos. Tenía una deuda con el dueño y una vida que le había pegado más de lo que merecía.
—Esta noche estás distinta —me dijo—. Estás cansada.
—Estoy sola.
No sé por qué lo dije. Me miró sin lástima ni asco, con una atención tranquila que hacía semanas nadie me daba. Charlamos hasta que amaneció. Cuando cerró la persiana, me preguntó si quería subir a su pieza. No hablamos de amor. Ni de futuro. Los dos sabíamos qué buscábamos.
Su habitación era chiquita, con una cama, una mesa y una ventana que daba a un patio. Me sacó el abrigo despacio, casi con miedo. Cuando me quedé desnuda frente a él, con la panza enorme, los pechos pesados y las estrías, no dijo nada. Solo se arrodilló y me besó el vientre, y después me besó cada estría, una por una.
—Sos hermosa —murmuró, con la voz ronca.
Me sentó en el borde de la mesa, me abrió las piernas y me lamió con una lentitud desesperada, como quien hace mucho no come. Me agarré de su pelo, gemí sin freno y acabé rápido, con un orgasmo que me dobló, y él no se detuvo hasta que acabé otra vez. Sus manos ásperas amasaron mis pechos y bebió de mis pezones, lamiendo la leche tibia con los ojos cerrados. Me tembló todo el cuerpo.
Me acostó de costado y se metió detrás de mí, con una mano bajo la panza y la otra en mi cadera. Me penetró despacio, gimiendo contra mi nuca, y se movió con una devoción casi triste. Mis gemidos se mezclaron con los suyos, y cuando me rozó el clítoris con los dedos acabé de nuevo, apretándolo tan fuerte que soltó un gruñido y se vació adentro, temblando.
Nos quedamos abrazados, en silencio, con el cielo aclarándose en la ventana.
—¿Volvés mañana? —preguntó, sin mirarme.
Lo pensé un segundo. Sabía que no lo amaba. Sabía que mis padres nunca lo aceptarían y que esto tenía fecha de vencimiento. Pero también sabía que su cama era el único lugar donde me sentía deseada sin condiciones.
—Sí —dije.

0 comentarios - "Desde que estoy embarazada"