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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 6: Mes 5 (reescrito)
Primera semana. Una tarde, acostada en el sillón, sentí una burbujita que subía y estallaba adentro, como un pez diminuto aleteando. Me quedé quieta, con la mano en la panza, hasta que volvió a pasar. Llamé a mi mamá a los gritos. Se arrodilló delante de mí y lloró de nuevo.
El cuerpo ya era otro. Mis pechos habían pasado a 100G, más pesados, con las areolas más anchas y los pezones convertidos en un canela suave, como café con leche, mucho más oscuros que el rosa de antes. Una mañana, al sacarme el corpiño, vi en la punta de uno una gota transparente. La miré unos segundos, con un escalofrío que me bajó hasta las piernas.
Segunda semana. Descubrí que la panza abría puertas. En el colectivo, apenas subía, alguien se levantaba para ofrecerme el asiento. En el banco, una señora me dejó pasar adelante en la fila. La gente era amable, casi cómplice. Y las miradas de los hombres cambiaron: ya no era solo deseo, era algo más hondo, con una mezcla de ternura y hambre que me encendía.
Un flaco de barba, en el colectivo, me cedió el lugar y se quedó charlando conmigo diez cuadras. Me hizo reír, me pidió el número. Esperé tres días con el celular en la mano. Nunca escribió.
Otro día, en un café, un tipo muy lindo me habló de sus sobrinos, me preguntó por el nombre del bebé y se emocionó tanto que terminamos abrazados en la vereda. Me dijo "sos re fuerte" y se fue. Volví a casa caliente y sola, con una mezcla de risa y frustración.
Tercera semana. El cumpleaños de Vero fue en un boliche. Llegué con un vestido elástico que me marcaba la panza y el escote, pero no podía tomar, el humo del cigarrillo me revolvía el estómago, me dolía la espalda, se me hincharon los pies dentro de los tacos y tuve que ir al baño cuatro veces en una hora. A las dos de la mañana ya no daba más.
Antes de irme, Matías, 34, me sacó a bailar. Me habló al oído, me apoyó la mano en la cintura, y esa noche terminé en su departamento. Me besó con ganas, me desvistió y se quedó mirándome los pechos con la boca abierta. Los chupó con ansiedad, y cuando una gota tibia le mojó la lengua se apartó de golpe.
—¿Eso es normal?
—Sí —reí—. Seguí.
Pero se puso tan nervioso que no podía concentrarse. Cuando lo monté, cada vez que el bebé pateaba se quedaba duro de miedo, y en cada movimiento me preguntaba "¿te duele?". Me dio un calambre en la pantorrilla, tuve que salir de encima, cojeando; después me agarró acidez; después necesitaba ir al baño otra vez. Nos miramos, agotados, y nos reímos. Terminé de rodillas entre sus piernas con la boca llena, cerrando los ojos, hasta que se estremeció con un gemido. Él me devolvió el favor con la lengua, lento, cuidadoso, y acabé despacio, sin explosión, con la cabeza en sus almohadas. Un orgasmo amable, torpe. Nos despedimos con un abrazo incómodo.
Cuarta semana. El sábado fui a la terraza de la prima de Vero, con una pileta chiquita y luces de colores. La noche estaba cálida. Al meterme al agua sentí un alivio increíble: la panza flotaba, la espalda se aflojaba, mis pechos livianos subían y bajaban con la corriente.
Diego, 32, amigo de la prima, se acercó despacio. Charlamos de todo, con el agua a la cintura. Cuando los demás se fueron, seguimos ahí. Me tomó de la cintura y me besó, con una mano subiendo hasta mis pechos.
—Se te nota lo sensible que estás —susurró contra mi boca, rozando mis pezones canela, duros bajo el agua.
Me levantó como si no pesara nada. Con la espalda contra el borde, me abrió las piernas y hundió la boca en mis pechos, chupando con hambre hasta arrancarme un gemido largo. Yo bajé la mano, le bajé el short y lo tomé entre los dedos, duro y caliente bajo el agua. Me penetró de a poco, sosteniéndome de la cola, y el agua nos mecía con cada embestida. Me dejé llevar sin miedo, con la panza tibia contra su abdomen y el pelo mojado pegado al cuello, hasta que acabé mordiéndole el hombro, con las piernas apretadas alrededor de su cintura. Él terminó dentro, temblando, murmurando mi nombre.
Nos quedamos flotando abrazados, en silencio, con las luces reflejadas en el agua.
El lunes, la ecografía morfológica fue con mi papá al lado, callado, con las manos entrelazadas. En la pantalla apareció una carita de perfil, una manito abierta.
—Es una nena —dijo la doctora.
Mi papá me agarró la mano, fuerte. Esa tarde lo vi en el garaje, lijando una cunita vieja que guardaba hacía décadas.

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