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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 2: Mes 1 (reescrito)
Me fui de madrugada, con las piernas flojas y el semen de Andrés todavía tibio entre mis muslos. No nos dimos el número. Yo no quise, él no insistió. Caminé hasta mi casa con la sonrisa puesta y una sensación de victoria absurda. Entré descalza, con los zapatos en la mano, y crucé el living en puntas de pie. Mi mamá ya estaba en la cocina.
—¿A esta hora?
—Me quedé en lo de Vero.
Me miró de arriba abajo y no dijo nada.
Primera semana. Vero gritó tanto cuando le conté que despertó a media cuadra. Yo me sentía liviana, encendida, como si me hubieran prendido algo por dentro. Mis pechos, mis 95D de siempre, estaban tan sensibles que el corpiño me rozaba los pezones claros a cada paso, y me descubrí caminando más erguida para que se notara. En la calle, un obrero me silbó desde un andamio. Antes habría acelerado. Esta vez me di vuelta y le sonreí. Se le cayó el mate.
En el colectivo, pegada contra la barra, sentí un roce persistente contra mi cola. No sé si fue intencional o el vaivén, pero no me alejé. Me bajé con el corazón acelerado y una humedad que me acompañó hasta la esquina.
Segunda semana. Las ganas se volvieron más hondas y más constantes. Una tarde, sola en casa, me tiré en la cama con el pulso golpeándome. Me saqué el corpiño: mis pechos estaban más pesados, con los pezones claros ya duros. Los tomé con las manos y un escalofrío me bajó hasta el vientre. Bajé una mano entre mis piernas y estaba empapada. Me acaricié rápido, con los dedos resbalosos y la respiración cortada, hasta que un orgasmo corto y violento me dobló entera. Y aun así, cuando terminé, quería más.
Tercera semana. El sábado me puse el vestido negro y salí con Vero a un bar de la costanera. Tomé dos tragos, bailé, me dejé mirar. Se me acercó Franco, 30, brazos tatuados, voz grave. Me habló al oído con una mano apoyada en mi cintura.
—Sos la más linda de acá.
—Todavía no viste nada.
En su departamento cerró la puerta y me sentó sobre la mesada de la cocina. Me subió el vestido hasta la cintura, me abrió las piernas y se arrodilló. Me comió con la boca húmeda y lenta hasta que tuve que agarrarme de las alacenas para no caerme, gimiendo su nombre en voz alta. Después me llevó a la cama y me hizo montarlo, con las manos en mis caderas guiándome, mientras yo me movía con la cabeza hacia atrás y mis pechos rebotando frente a su cara. Acabé dos veces, y la segunda me quedé sin voz.
Me fui antes del amanecer, sin dejar el número.
Cuarta semana. Ya me tenía que haber venido el período. Me dije que era por tanta salida, por el cansancio, por el estrés de no tener rumbo, y lo anoté mentalmente en la lista de cosas que no pensaba mirar. Salí dos noches más, me dejé besar en una plaza, y contesté los mensajes de un tipo del gimnasio que me escribía a las tres de la mañana. Mi cuerpo ya estaba hablando. Yo, por ahora, me hacía la sorda.

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