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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 4

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 4
Capítulo 4: El Cebo y la Jaula



Y entonces, con la mano temblando sobre el regazo, mi mente proyectó un flash blanco.

Los videos. Todos. Laura rechazando al principio, haciéndose la mosquita muerta en el tren, apartando la mano del desconocido… para minutos después estar de rodillas en un baño público, tragando pija como si se le fuera la vida en ello, o ensartándose ella sola la verga de un tipo cualquiera con una hambre enferma.

A ella le gusta esta mierda. Lo necesita.

El corazón, que ya latía a mil, recibió una inyección letal de adrenalina. La pija se me puso más dura que nunca, una barra de carne que me asfixiaba dentro del short ligero.

Simplemente me atreví.

En un movimiento rápido bajé el cierre. Zzzziip.

Metí la mano, aparté la tela del bóxer y la saqué. Mi pija saltó hacia el aire acondicionado del Audi, erecta, venosa, roja, coronada por una gota espesa de líquido preseminal que brillaba bajo el sol que se filtraba por el parabrisas. La envolví con la mano derecha y sentí mi propio calor hirviendo.

Ella, que seguía apoyada en el marco de la ventanilla, notó el movimiento brusco. La mirada se le bajó automáticamente.

Su expresión fue un poema en tres actos.

Primero: sorpresa absoluta. Los ojos azules se abrieron de par en par. Segundo: indignación. Los labios se apretaron. El ceño se frunció. Tercero —y el más importante—: curiosidad. Una curiosidad oscura, animal, que no pudo disimular a tiempo.

Mierda. Eso era exactamente lo que buscaba.

Primero miró directo la carne que yo sostenía. Después tragó saliva, levantó la vista hacia mi cara y siguió hablando… pero ahora mirando nerviosamente hacia los lados. Hacia la calle vacía. Hacia las casas con las persianas bajadas. Como si no quisiera volver a ver mi pija… o como si estuviera verificando que nadie viniera a interrumpir el espectáculo.

No me volvió a mirar a los ojos.

Hablamos unos minutos más como si absolutamente nada estuviera pasando. Como si yo no tuviera la verga en la mano, dándome tirones lentos.

Schlick… schlick.

El sonido húmedo de mi mano resbalando por el glande llenaba la cabina, mezclándose con su vocecita temblorosa que me seguía explicando cómo llegar al puto semáforo. 

Tal cual lo decía el PDF de Néstor. El nivel de control de ese tipo era aterrador.
Hasta que la gravedad hizo su trabajo.

Ella no aguantó más. Cortó su propia frase a la mitad y clavó la mirada en mi pija, observando cómo el pulgar esparcía el precum por la corona.

—¿Qué? ¿Te gusta? —le solté, con la voz ronca de lujuria pura.

Pegó un respingo, como si recién se diera cuenta de que yo la estaba mirando mirarme.
—No… pará, pelotudo, ¿qué hacés? —dio medio paso hacia atrás—. Eso… está mal… guardala.
La voz decía las palabras correctas. Las que la sociedad espera.

Pero no se alejó indignada. No dio media vuelta. No sacó el celular. Se quedó anclada a cincuenta centímetros de mi ventanilla.

Esa era una señal gloriosa. Y, otra vez, era justo lo que el hijo de puta de Néstor había predicho en la página cuatro del manual.

El olor dentro del auto había cambiado. Mi colonia cara ahora se mezclaba con el olor metálico y almizclado de mi propia excitación. Seguí las instrucciones al pie de la letra. Esto valía cada maldito centavo que había transferido.

—¿Te gustaría tocarlo? —bajé el tono, haciéndolo íntimo.

Ella soltó una risita nerviosa, casi histérica, y se tapó la boca con los dedos.

—Noooo… es que… sos un atrevido. No deberías hacer eso… sacarte la pija así como así en la calle…
—Es que la tenía muy dura —le respondí, dándome un tirón más fuerte. Schlick.—. Después de ver tu culazo moverse así por la vereda era imposible no sacarla. 

¿No te pasa seguido? Vas por ahí, vestida así, excitando a todo hombre que se te cruza.
Me miró con una expresión de sorpresa e indignación fingida, abriendo esos ojazos azules.

—No… yo no hago eso. Solo ando por ahí… normal.

Seguíamos hablando y yo me seguía pajeando despacio, sosteniéndole la mirada. Ella trataba de mirarme a la cara, pero la vista se le caía una y otra vez hacia el regazo. Lo hacía por segundos, por instantes de morbo puro, y después volvía a subir los ojos con las mejillas teñidas de rojo. 

Apoyaba y levantaba el peso de un pie al otro. Como si los muslos le pesaran.

La tensión se estiraba como una cuerda de piano.

Le pregunté otra vez por las indicaciones, haciéndome el perdido. Ella seguía ayudándome, hipnotizada, atrapada entre la visión de mi pija y el peligro de la situación. 

No se quería ir. El cuerpo le pedía quedarse.

Ahí tiré la red.

—Dale. Subite. Si no, me pierdo seguro. Te juro que si te subís, la guardo y listo. Te llevo a tu casa, te dejo en la puerta y no pasa nada.

Empezó a dudar. Titubeó. Se mordió el labio inferior brillante.

Exactamente como decía el puto PDF. La promesa de “seguridad” (guardar el arma) combinada con el morbo de subir al auto del exhibicionista era su punto de quiebre.

Ante su duda, me adelanté. Metí la pija dentro del short de un solo movimiento y subí el cierre.

—Mirá. Ya está guardada.

La tela del short no ocultaba nada. Se veía la erección enorme, una carpa indecente apuntando hacia el volante, latiendo.

Ella miró a ambos lados de la calle. Verificó que no hubiera vecinos regando el pasto ni autos pasando. 

El silencio del barrio era absoluto.

No dijo nada.

Las instrucciones de Néstor brillaron en mi cabeza:

«Si la ves dudar, no hables. Ábrele la puerta. Su sumisión a las órdenes físicas es más fuerte que su moral.»
Me estiré sobre la consola central y tiré de la manija interna del copiloto. 

El seguro saltó con un clack pesado. Abrí la puerta de cuero negro desde adentro.

Laura miró el asiento vacío.

Tragó saliva.

Dio un paso adelante.

Y se subió.

Cerró la puerta con un golpe sordo que aisló por completo el sonido de la calle. El interior del Audi se llenó de golpe del olor a vainilla dulce y al sudor caliente de su cuerpo. Quedé congelado un segundo.
Tenía a Laura —la fantasía inalcanzable de la web— encerrada en mi auto.

 Sentada a mi costado. Sus muslos apretados en el leggin negro rozaban la consola, a centímetros de mi pija todavía dura bajo la tela fina del short. Sus ojos azules, temerosos y al mismo tiempo encendidos de una lujuria enferma, estaban clavados en los míos.

Ninguno de los dos habló.

El silencio dentro del auto era más denso que cualquier grito.

culona


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