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Una noche cambio de rumbo

Una noche que cambió de rumbo
Aclaro que es totalmente verídico el relato
La noche había empezado sin ninguna intención especial. María y yo habíamos ido a pasar unas horas juntos, tomar algo, reírnos y desconectarnos de todo.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por las luces de la ciudad que se filtraban entre las cortinas. El alcohol había aflojado las inhibiciones y las conversaciones se habían vuelto cada vez más íntimas, aunque ninguno de los dos parecía dispuesto a reconocerlo.
No había apuro.
Hasta que, justo cuando estábamos por irnos, pasé junto a ella y, casi como una provocación, le di un nalgazo.
Me alejé tranquilamente, fingiendo que no había pasado nada.
María se quedó mirándome.
Por un instante no dijo nada. Después apareció esa sonrisa que cambia por completo el significado de una mirada.
—Me gustó.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Nos reímos, pero ninguno de los dos volvió a sentirse exactamente igual.
Me acerqué otra vez. Esta vez más despacio. La miré esperando alguna señal y ella no retrocedió. Al contrario: sostuvo la mirada unos segundos más de lo necesario.
La provocación se convirtió en un juego.
Y el juego empezó a adquirir reglas propias.
Cada gesto parecía durar un poco más. Cada mirada tenía una intención más evidente. María había dejado de mostrarse sorprendida; ahora parecía disfrutar deliberadamente de hacerme esperar, como si quisiera comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llevar aquella tensión.
Yo seguí el ritmo.
Despacio al principio.
Lo suficiente para que ella supiera que aquello ya no era una broma, pero sin apresurar nada.
Su actitud cambió. Había desaparecido la timidez del comienzo y en su lugar apareció una seguridad provocadora. Era como si, en cuestión de minutos, los dos hubiéramos aceptado silenciosamente que aquella noche todavía no había terminado.
La cercanía se volvió difícil de ignorar.
Cuando finalmente se dejó llevar, lo hizo con una confianza que me sorprendió. Yo marqué el ritmo y ella respondió, cada vez más entregada al juego que habíamos creado entre los dos.
Incluso el cinturón terminó convirtiéndose en parte de aquella provocación.
Pero lo verdaderamente excitante no era el objeto ni siquiera el juego en sí.
Era la mirada de María.
Esa mezcla de desafío y deseo.
La sensación de que ambos sabíamos perfectamente lo que estaba ocurriendo, aunque ninguno necesitara decirlo en voz alta.
Lo que había empezado con un gesto impulsivo se había transformado en una noche cargada de tensión, complicidad y deseo. Una de esas situaciones que nadie planea y que, precisamente por eso, resultan imposibles de olvidar.
Y cuando finalmente nos quedamos tranquilos, todavía con esa sonrisa cómplice entre los dos, quedó una certeza flotando en el aire:
Después de aquella noche, nuestra relación ya no iba a sentirse exactamente igual.

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