Buenas mis amores los invito a mi loyal fans
Dónde voy a estar publicando sagas completas espero su apoyo mis amores
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Pasaron un par de semanas en las que la rutina de casados se convirtió en el escenario perfecto para mi juego de voyerismo y complicidad secreta. Mi relación con Paola ya no era solo de amistad o de chismes; se había transformado en una sociedad de depravación. Nos escribíamos a cualquier hora, compartiendo la fascinación por la perra que Laura se había vuelto.
PAOLA: (Vía texto) —Hola, cornudo... Oye, tengo unas ganas salvajes de cogerme a tu esposita otra vez mi dildo la extraña , pero esa perra me ha estado sacando el cuerpo estos días. ¿En qué anda?
Sonreí frente a la pantalla del celular mientras sentía una punzada de excitación. Sabía perfectamente por qué Laura estaba tan distraída.
DANIEL: (Vía texto) —Jajaja... Yo creo que sé por qué, Pao. Imagínate que le vi unos videos en el celular... Te acuerdas del Amante secreto Resulta que la esta lleva a moteles por las tardes, la pone en cuatro patas y la hace gritar como nunca. No sé quién es el tipo, pero se la coge muy sabroso mira


PAOLA: (Vía texto) —¡Mírala a la mosquita muerta! Salió tremenda perra... Bueno, avísame si descubres quién es, porque entre más abierta la tengamos entre todos, mejor.
Me quedé mirando el mensaje con una sonrisa cínica. Me encantaba que Paola estuviera en el juego; que el círculo de posesión de mi esposa se expandiera era el combustible perfecto para mi libido.
Llegó el domingo y nos dirigimos a la casa de los papás de Laura para un asado familiar. El ambiente era el típico de un almuerzo de fin de semana: música de fondo, el olor de la carne asándose en la parrilla y el ruido de risas y cervezas fluyendo. Fue entonces cuando presentaron al Tío Manuel, el hermano menor de la mamá de Laura. Llegó con su esposa y sus hijos, que tenían más o menos la misma edad que Laura. Al acercarme para saludarlo, le extendí la mano y el Tío Manuel me miró con una seguridad que rayaba en la arrogancia.
TÍO MANUEL: —Mucho gusto, Daniel... Laura me ha hablado bastante de ti. Qué placer conocer al esposo de mi sobrina .
En ese instante, el mundo se detuvo para mí. Sentí un corrientazo eléctrico que me recorrió la espina dorsal hasta dejármela tiesa en el pantalón. Era esa voz. Esa misma voz tosca, firme y dominante que había escuchado en el video del motel cuando le preguntaba a Laura de quién era esa perra casada. El shock fue tan brutal que por un momento creí que iba a desmayarme de la excitación. Mi mujer no solo se estaba acostando con desconocidos; se estaba follar al propio tío. El tabú del incesto le dio una dimensión de depravación que me dejó en un estado de trance morboso. Disimulé el impacto con una sonrisa educada y un apretón de manos, mientras mi mente gritaba de placer al saber que el amante misterioso estaba ahí mismo, parado frente a mí con su esposa e hijos al lado.
El asado continuó en el patio, pero yo no dejaba de observar la dinámica entre Laura y Manuel. Había miradas que se cruzaban, roces accidentales y una tensión sexual que se podía cortar con un cuchillo. En un momento dado, noté que ambos desaparecieron del grupo. Sin pensarlo dos veces, entré en la casa disimuladamente los busque en el primer piso y no los ví subí las escaleras en un silencio absoluto, con el corazón martilleando en mi pecho.
Llegué a la segunda planta y vi que la puerta de uno de los cuartos estaba entreabierta. Me pegué a la pared y miré por la rendija. Lo que vi fue una escena de una urgencia animal. Era un rapidín asfixiante y sudado. Laura se había quitado la ropa completa. Estaba montada encima del Tío Manuel, . Ella lo cabalgaba de frente con una desesperación salvaje, embistiéndose contra su ingle mientras se sofocaba con su propia mano en la boca para taparse los gemidos que amenazaban con retumbar hasta el patio.

LAURA: (Cabalgándolo rápido, con los ojos desorbitados y gimiendo contra su cuello) —¡Mmmgh!... Qué rico, tío... Dios mío, desde que lo vi llegar abajo con mi tía estaba que me lo comía... ¡SÍ, ASÍ, MÉTALA TODA!
TÍO MANUEL: (Clavándole los dedos en las nalgas con violencia brutal, empujando hacia arriba) —¡Qué ricas nalgas tiene mi sobrina!... Muévase más rápido, perra, tráguese toda la verga de su tío antes de que su maridito o mi esposa suban y nos pillen en este polvo.

LAURA: (Restregándose contra él, sudada, con la piel del pecho roja por el calor y la excitación) —¡Sí, tío, hágale duro!... ¡Pártame toda!... ¡Mmmgh, ahhh, que su sobrina es una perra!
¡Plap, plap, plap, plap!
El sonido húmedo y denso de la carne chocando contra la carne era un estruendo en la penumbra del cuarto. Podía ver el brillo del sudor en el cuello de Laura y cómo la penetración la deformaba de placer. Mi verga estaba como un leño de dura, reventándome la costura de la bragueta. Me pasé la mano por encima de la tela del pantalón, apretándome con fuerza en medio del pasillo. Sentía un morbo indescriptible al ver la traición familiar consumándose a escasos metros de la suegra y de la tía. En lugar de sentir rabia, me convertí en su cómplice perverso: me quedé allí parado en las escaleras, vigilando en silencio hacia abajo con el oído atento a cualquier pisada, haciendo de guardián para que nadie los interrumpiera mientras mi esposa se hacía rellenar por su propia sangre.
Escuché las embestidas hacerse más cortas y brutales, seguidas de un gruñido ahogado del Tío Manuel mientras terminaba de vaciarse dentro de ella. Esperé unos segundos a que se separaran y me alejé unos pasos por el pasillo. Laura salió del cuarto ajustándose el pantalón con manos temblorosas, despeinada y con las mejillas encendidas. Al girar, se tropezó de frente conmigo. Sus ojos se abrieron de par en par por el pánico, pero recuperó la compostura en un segundo.
LAURA: (Con una sonrisa dulce e inocente, acercándose a mí para darme un beso cariñoso en la boca) —¡Ay, mi amor! ¿Dónde estabas? Te estaba buscando... Te amo mucho.
Al besarla, sentí el aliento caliente y agitado saliendo de sus labios, impregnado del aroma a sudor y sexo reciente. Sentí una gota espesa deslizándose por la parte interna de su muslo por debajo del pantalón. El sabor de ese beso, sabiendo que llevaba el esperma de su tío escurriendo por dentro, fue el acto más cínico y excitante de mi vida.
DANIEL: (Pasándole la mano por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo todavía tembloroso) —Estaba buscando el baño, mi vida... Yo también te amo.
Bajamos juntos al patio para seguir con el asado. Minutos después, el Tío Manuel bajó las escaleras con una tranquilidad pasmosa, se sirvió una cerveza y saludó a su esposa con un beso casual. Me miró de lejos con una sonrisa picaresca que confirmaba el pacto silencioso entre los dos. Abracé a Laura por la cintura, pegando mi cuerpo al de ella mientras le susurraba al oído:
DANIEL: —Oye, mi amor... Me cayó súper bien tu familia, los que no conocía... Sobre todo tu tío Manuel, se ve que es un tipazo.
Laura me sonrió, convencida de que su engaño era perfecto y de que yo era el idiota de la historia. Yo cerré el capítulo extasiado, sintiendo cómo la adrenalina de guardar el secreto del incesto me dejaba en un estado de euforia total. El morbo en mi casa acababa de rebasar todos los límites de la sangre y yo era el único dueño del espectáculo.
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Pasaron un par de semanas en las que la rutina de casados se convirtió en el escenario perfecto para mi juego de voyerismo y complicidad secreta. Mi relación con Paola ya no era solo de amistad o de chismes; se había transformado en una sociedad de depravación. Nos escribíamos a cualquier hora, compartiendo la fascinación por la perra que Laura se había vuelto.
PAOLA: (Vía texto) —Hola, cornudo... Oye, tengo unas ganas salvajes de cogerme a tu esposita otra vez mi dildo la extraña , pero esa perra me ha estado sacando el cuerpo estos días. ¿En qué anda?
Sonreí frente a la pantalla del celular mientras sentía una punzada de excitación. Sabía perfectamente por qué Laura estaba tan distraída.
DANIEL: (Vía texto) —Jajaja... Yo creo que sé por qué, Pao. Imagínate que le vi unos videos en el celular... Te acuerdas del Amante secreto Resulta que la esta lleva a moteles por las tardes, la pone en cuatro patas y la hace gritar como nunca. No sé quién es el tipo, pero se la coge muy sabroso mira


PAOLA: (Vía texto) —¡Mírala a la mosquita muerta! Salió tremenda perra... Bueno, avísame si descubres quién es, porque entre más abierta la tengamos entre todos, mejor.
Me quedé mirando el mensaje con una sonrisa cínica. Me encantaba que Paola estuviera en el juego; que el círculo de posesión de mi esposa se expandiera era el combustible perfecto para mi libido.
Llegó el domingo y nos dirigimos a la casa de los papás de Laura para un asado familiar. El ambiente era el típico de un almuerzo de fin de semana: música de fondo, el olor de la carne asándose en la parrilla y el ruido de risas y cervezas fluyendo. Fue entonces cuando presentaron al Tío Manuel, el hermano menor de la mamá de Laura. Llegó con su esposa y sus hijos, que tenían más o menos la misma edad que Laura. Al acercarme para saludarlo, le extendí la mano y el Tío Manuel me miró con una seguridad que rayaba en la arrogancia.
TÍO MANUEL: —Mucho gusto, Daniel... Laura me ha hablado bastante de ti. Qué placer conocer al esposo de mi sobrina .
En ese instante, el mundo se detuvo para mí. Sentí un corrientazo eléctrico que me recorrió la espina dorsal hasta dejármela tiesa en el pantalón. Era esa voz. Esa misma voz tosca, firme y dominante que había escuchado en el video del motel cuando le preguntaba a Laura de quién era esa perra casada. El shock fue tan brutal que por un momento creí que iba a desmayarme de la excitación. Mi mujer no solo se estaba acostando con desconocidos; se estaba follar al propio tío. El tabú del incesto le dio una dimensión de depravación que me dejó en un estado de trance morboso. Disimulé el impacto con una sonrisa educada y un apretón de manos, mientras mi mente gritaba de placer al saber que el amante misterioso estaba ahí mismo, parado frente a mí con su esposa e hijos al lado.
El asado continuó en el patio, pero yo no dejaba de observar la dinámica entre Laura y Manuel. Había miradas que se cruzaban, roces accidentales y una tensión sexual que se podía cortar con un cuchillo. En un momento dado, noté que ambos desaparecieron del grupo. Sin pensarlo dos veces, entré en la casa disimuladamente los busque en el primer piso y no los ví subí las escaleras en un silencio absoluto, con el corazón martilleando en mi pecho.
Llegué a la segunda planta y vi que la puerta de uno de los cuartos estaba entreabierta. Me pegué a la pared y miré por la rendija. Lo que vi fue una escena de una urgencia animal. Era un rapidín asfixiante y sudado. Laura se había quitado la ropa completa. Estaba montada encima del Tío Manuel, . Ella lo cabalgaba de frente con una desesperación salvaje, embistiéndose contra su ingle mientras se sofocaba con su propia mano en la boca para taparse los gemidos que amenazaban con retumbar hasta el patio.

LAURA: (Cabalgándolo rápido, con los ojos desorbitados y gimiendo contra su cuello) —¡Mmmgh!... Qué rico, tío... Dios mío, desde que lo vi llegar abajo con mi tía estaba que me lo comía... ¡SÍ, ASÍ, MÉTALA TODA!
TÍO MANUEL: (Clavándole los dedos en las nalgas con violencia brutal, empujando hacia arriba) —¡Qué ricas nalgas tiene mi sobrina!... Muévase más rápido, perra, tráguese toda la verga de su tío antes de que su maridito o mi esposa suban y nos pillen en este polvo.

LAURA: (Restregándose contra él, sudada, con la piel del pecho roja por el calor y la excitación) —¡Sí, tío, hágale duro!... ¡Pártame toda!... ¡Mmmgh, ahhh, que su sobrina es una perra!
¡Plap, plap, plap, plap!
El sonido húmedo y denso de la carne chocando contra la carne era un estruendo en la penumbra del cuarto. Podía ver el brillo del sudor en el cuello de Laura y cómo la penetración la deformaba de placer. Mi verga estaba como un leño de dura, reventándome la costura de la bragueta. Me pasé la mano por encima de la tela del pantalón, apretándome con fuerza en medio del pasillo. Sentía un morbo indescriptible al ver la traición familiar consumándose a escasos metros de la suegra y de la tía. En lugar de sentir rabia, me convertí en su cómplice perverso: me quedé allí parado en las escaleras, vigilando en silencio hacia abajo con el oído atento a cualquier pisada, haciendo de guardián para que nadie los interrumpiera mientras mi esposa se hacía rellenar por su propia sangre.
Escuché las embestidas hacerse más cortas y brutales, seguidas de un gruñido ahogado del Tío Manuel mientras terminaba de vaciarse dentro de ella. Esperé unos segundos a que se separaran y me alejé unos pasos por el pasillo. Laura salió del cuarto ajustándose el pantalón con manos temblorosas, despeinada y con las mejillas encendidas. Al girar, se tropezó de frente conmigo. Sus ojos se abrieron de par en par por el pánico, pero recuperó la compostura en un segundo.
LAURA: (Con una sonrisa dulce e inocente, acercándose a mí para darme un beso cariñoso en la boca) —¡Ay, mi amor! ¿Dónde estabas? Te estaba buscando... Te amo mucho.
Al besarla, sentí el aliento caliente y agitado saliendo de sus labios, impregnado del aroma a sudor y sexo reciente. Sentí una gota espesa deslizándose por la parte interna de su muslo por debajo del pantalón. El sabor de ese beso, sabiendo que llevaba el esperma de su tío escurriendo por dentro, fue el acto más cínico y excitante de mi vida.
DANIEL: (Pasándole la mano por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo todavía tembloroso) —Estaba buscando el baño, mi vida... Yo también te amo.
Bajamos juntos al patio para seguir con el asado. Minutos después, el Tío Manuel bajó las escaleras con una tranquilidad pasmosa, se sirvió una cerveza y saludó a su esposa con un beso casual. Me miró de lejos con una sonrisa picaresca que confirmaba el pacto silencioso entre los dos. Abracé a Laura por la cintura, pegando mi cuerpo al de ella mientras le susurraba al oído:
DANIEL: —Oye, mi amor... Me cayó súper bien tu familia, los que no conocía... Sobre todo tu tío Manuel, se ve que es un tipazo.
Laura me sonrió, convencida de que su engaño era perfecto y de que yo era el idiota de la historia. Yo cerré el capítulo extasiado, sintiendo cómo la adrenalina de guardar el secreto del incesto me dejaba en un estado de euforia total. El morbo en mi casa acababa de rebasar todos los límites de la sangre y yo era el único dueño del espectáculo.
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