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Campamento de Verano

Mientras caminaba agarrado de la mano de su nieto Dani, Manuel sonrió irónicamente al recordar la conversación que había mantenido con su hijo por teléfono.

—Vamos, papá, anímate. Yo creo que te vendrá bien ir y desconectar unos días. Además, Dani está deseando que vayas —le había dicho David.

—Pero vamos a ver... ¿Qué pinto yo, a mis sesenta y nueve años, en un campamento de verano lleno de chavales? Además, ¿no hay ya unos monitores para supervisarlos?

—Sí, pero este año se ve que hay más gente de lo previsto y están buscando familiares y demás para ayudar —le explicó—. Anímate, papá, tampoco está tan mal. Es como un camping enorme en mitad del bosque, hay varias piscinas...

—Que no, hijo, que no. No me vas a convencer. Yo estoy muy a gusto aquí en casa, saliendo a correr cada día, tomando tranquilamente mi café...

David lo había llamado varias veces más, recibiendo siempre la misma negativa.

Y, sin embargo, ahí estaba aquella mañana, de camino al autocar que los llevaría a pasar cuatro días en un camping. Cuando vio a lo lejos el vehículo repleto de juventud, se rascó la cabeza, cubierta por una abundante cabellera canosa, ligeramente ondulada, y murmuró:

—Cómo he acabado aquí...

—¿Decías algo, abuelo?

—No, no. Solo decía cuánta gente... Te lo vas a pasar en grande, ¿eh?

—Sí, sí, tengo muchas ganas —respondió un ilusionado Dani, que a sus diez años era un auténtico terremoto.

Tanto que, en cuanto vio a unos amigos suyos, se soltó de la mano de su abuelo y salió corriendo hacia ellos, dando saltos de alegría.

Manuel se mantuvo al margen, resoplando y llevándose una mano a su cuidada y muy corta barba gris mientras observaba el panorama: padres despidiéndose de sus hijos, niños revoloteando de un lado para otro y, algo más apartados, quienes parecían ser los monitores.

Eran cuatro: tres chicos y una chica. Todos iban vestidos igual, con una camiseta roja y unos pantalones cortos negros.

No era únicamente porque fuera la única chica, pero lo cierto era que resultaba difícil no fijarse en ella. Incluso desde lejos destacaban su piel morena y bronceada y, sobre todo, sus generosas curvas. Parecía una auténtica belleza.

Entre resoplidos y admitiendo para sus adentros que no había escapatoria, Manuel se acercó a los monitores con paso firme y decidido.

—¡Hola! Esto... Soy Manuel, uno de los voluntarios y abuelo del que seguramente será el niño que más guerra os dé —dijo con tono amable y simpático.

—¡Ah, hola! ¡Qué bien, bienvenido! —respondió uno de los monitores, estrechándole la mano—. Nos presentamos: yo soy Álex; el de mi derecha, Hugo; a mi izquierda, Raúl; y la chica del grupo, Zoe.

Ninguno aparentaba tener más de veinticinco años y, como bien había intuido, la tal Zoe era un bellezón. Su cabello era afro y rizado, de un color muy oscuro, prácticamente negro. Sus ojos, también oscuros, destacaban tras unas gafas de montura grande. Tenía un rostro sonriente y precioso, de facciones finas y muy simétricas.

A primera vista, todos parecían bastante agradables. Tal vez el que menos, el tal Raúl.

—Pues te llevo con el resto de voluntarios y ahora subiremos al autocar, que estamos a punto de salir —concluyó Álex.

Antes de marcharse, Manuel lanzó una última mirada hacia Zoe y sus ojos se encontraron. Ella le dedicó una amplia sonrisa, mostrando unos dientes blancos y cuidados.

El resto de voluntarios —cuatro en total, contando con Manuel— parecían estar en su misma situación: abuelos que habían sido engañados para pasar unos «tranquilos días» junto a sus nietos.

—En menuda nos hemos metido, ¿eh? —dijo Manuel.

Todos asintieron.

Capítulo 2

Mientras su nieto se acomodaba al fondo del todo con sus amigos, Manuel decidió sentarse en uno de los asientos delanteros. Sonrió para sus adentros cuando el autocar arrancó y comprobó que no tenía a nadie a su lado.

La soledad, sin embargo, le duró poco. Una voz con acento sudamericano llamó su atención.

—¿Te importa si me siento aquí? Es que, si me pongo muy atrás, me mareo —preguntó Zoe con amabilidad.

—Eh... Claro, claro, ningún problema. No estaría bien empezar el campamento con mareos, ¿no? —respondió él.

—Gracias, jeje.

Zoe se sentó y Manuel comprobó que su vista a lo lejos no le había fallado. Sus curvas eran para perderse, con unas tetas especialmente voluminosas y, al parecer, naturales, ya que al sentarse se movieron ligeramente.

—¿Con ganas de vivir estos cuatro días? —preguntó Zoe.

—Para no romper la alegría desmedida de la jauría de niños que hay ahí detrás, te diré que sí, va... —respondió Manuel.

Zoe comenzó a reírse. Manuel percibió entonces el agradable y dulce aroma que desprendía.

—¡Anímate, va! ¡Ya verás como lo pasaremos bien!

—Haré lo posible para que así sea... Prometido.

—Además, viendo que estás casado... —apuntó Zoe, fijándose en la alianza que llevaba Manuel—. Seguro que unos días de desconexión te vienen bien.

—Jajaja, bueno... En parte tienes razón, pero a mí esa desconexión del matrimonio no me hace falta. Soy viudo.

La sonrisa desapareció inmediatamente del rostro de Zoe, que se llevó una mano a la boca.

—Perdón, no sabía...

—Tranquila, ¡ni te preocupes! ¿Qué ibas a saber, mujer? Además, pasó hace ya tres meses y, créeme, era lo mejor. El cáncer destruye a una persona.

Se produjo un pequeño silencio. Zoe parecía sentirse realmente mal por aquella metedura de pata. Manuel lo notó y decidió cambiar el rumbo de la conversación.

—Con esa piel tan bronceada y ese acento... Deduzco que eres colombiana.

—Sí, señor, bien visto... Nací en Colombia, pero a los diez años me mudé con mi mamá aquí, a España.

—¿Las dos solas?

—Sí, bueno... Mi papá nos abandonó y, aprovechando que mi mamá tenía unos conocidos aquí, decidió que nos fuéramos para empezar una nueva vida. Y no le fue mal, ¿eh? Se volvió a enamorar y todo...

—¿Sí? ¡Qué bien!

Mientras la escuchaba, Manuel no pudo evitar reparar en algunos detalles de ella: los tatuajes de su brazo, su sonrisa y la seguridad con la que hablaba.

—Sí, de hecho siguen juntos... Y eso que él le saca veinte años. Mi mamá tiene cuarenta y cinco y él sesenta y cinco.

—¡Guau! Bueno, ya lo dicen, ¿no? Para el amor no hay edad...

—Y tanto que no la hay... Ese hombre es muy bueno. Me crio como si fuera su hija de sangre.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Manuel con curiosidad.

—¿Cuántos me echas? —replicó Zoe con una amplia sonrisa.

Manuel se tomó unos segundos para observarla.

—Pues veamos... ¿Veinticuatro?

—¡Guau, acertaste de nuevo! —contestó Zoe entre risas.

Manuel sonrió. Empezaba a pensar que tal vez aquel campamento no iba a estar tan mal...

Capítulo 3

Su hijo no le había mentido: el camping se veía espectacular. Varias piscinas grandes en plena naturaleza y pequeñas y preciosas cabañas de madera repartidas entre los árboles.

—Qué chulo, ¿eh? Anda que no te lo vas a pasar bien —fue lo único que le dio tiempo a decirle a su nieto antes de que este saliera corriendo hacia la piscina junto a sus amigos.

Mientras sus pequeños y claros ojos observaban todo a su alrededor, Manuel vio que, tras unos árboles, estaban dos de los monitores: Hugo y Raúl. Se acercó a ellos y escuchó lo que decían.

—Joder, yo que quería sentarme con Zoe y se ha tenido que poner al lado del viejo ese —protestó Raúl.

—No pasa nada, aún tienes días por delante, tío.

—Ya, ya lo sé... Estoy seguro de que esta vez no se me escapa. Esas tetazas morenas van a ser mías —concluyó Raúl con tono chulesco, soltando una risa bobalicona.

No le había fallado su intuición con Raúl. Era un chico guapo, alto, de facciones marcadas y en buena forma, con abundante cabello castaño y ojos claros. Sin embargo, ya a simple vista transmitía cierta arrogancia y, después de escuchar aquello, Manuel confirmó que era un presumido y un fanfarrón.

Regresó con el resto y suspiró aliviado al descubrir que tenía una cabaña para él solo, lo que significaba que no tendría que dormir ni compartir su espacio con nadie. Además, estaba bastante bien equipada; incluso tenía un pequeño porche donde sentarse.

El primer día transcurrió prácticamente en la piscina, aunque Manuel se mantuvo bastante al margen y pasó gran parte del tiempo sentado en el porche de su cabaña. Apenas estuvo con el resto del grupo, salvo a la hora de cenar, ya que las comidas se hacían en un gran comedor cubierto.

Allí se cruzó de nuevo con Zoe.

—No te he visto en la piscina... —le dijo ella a modo de saludo.

—Ten en cuenta que mi nieto, con esa energía que tiene, ya hace suficiente ruido por los dos.

—Jajaja, la verdad es que es un torbellino, ¿eh? —replicó Zoe, sonriéndole mientras le agarraba suavemente del brazo durante unos segundos.

Raúl los observaba desde lejos. No le pasaron inadvertidas aquellas sonrisas ni aquel leve contacto, aunque terminó negando con la cabeza.

Sí que le ha caído bien el viejo..., pensó.

A la mañana siguiente, Manuel fue de los primeros en despertarse. Todavía no había nadie levantado. Asomado al porche de su cabaña, vio a lo lejos una de las piscinas, tímidamente iluminada por los primeros rayos de sol.

No se lo pensó dos veces y se puso el bañador.

Mientras nadaba, escuchaba el aire colándose entre los árboles. Dio unos cuantos largos, animado y de buen humor. A sus sesenta y nueve años se conservaba muy bien. Había trabajado toda su vida en el puerto como mozo de almacén, por lo que su cuerpo todavía conservaba una notable robustez y fortaleza.

—Pensé que no te gustaba la piscina...

Manuel sacó la cabeza del agua y vio a Zoe.

Llevaba un vestido blanco ceñido al cuerpo, confeccionado con un tejido de rejilla semitransparente que dejaba entrever el bikini que llevaba debajo. A través de la tela también podían distinguirse los laterales de sus piernas y parte de sus torneados muslos, incluido el tatuaje que adornaba uno de ellos.

—Bueno, tal vez no me expliqué bien... No me gustan las piscinas con muchos niños saltando y salpicando.

—¡Jajaja! Te entiendo... Por eso estoy aquí, para aprovechar un rato de relax antes de que esto se llene. ¿Te importa si te acompaño?

—Faltaría más... Adelante.

Zoe se quitó el vestido bajo la atenta mirada de Manuel, que procuró observarla con disimulo. Cuando se quedó en bikini, comprendió definitivamente por qué resultaba tan difícil que aquella chica pasara desapercibida.

Llevaba un bikini de dos piezas de un llamativo color naranja. La parte superior, anudada al cuello y a la espalda, realzaba sus enormes y abundantes tetas. La braguita, de corte alto, se ajustaba a sus caderas y acentuaba todavía más sus pronunciadas curvas.

Sin darle tiempo a recrearse demasiado, Zoe se lanzó al agua e hizo también unos largos antes de detenerse frente a Manuel.

—Uf... Qué bien, ¿eh? ¡Qué fresquita está!

Nadaron juntos durante un buen rato hasta que vieron que se acercaba la hora del desayuno y salieron de la piscina para secarse.

La piel morena de Zoe, intensamente bronceada, contrastaba con el vivo color naranja del bikini. Tenía una cintura estrecha que daba paso a unas caderas anchas y proporcionadas. Mientras se secaba, Manuel se dio cuenta de que ahora era ella quien lo observaba de arriba abajo.

—No quiero ser indiscreta, pero... ¿Qué edad tienes?

—Sesenta y nueve. Dentro de justo dos semanas cumpliré setenta.

—¡Guau! Pues te echaba muchísimos menos, que lo sepas... Estás fenomenal.

—Oír eso de una chica como tú... anima, y mucho. Tanto que hasta voy a proponer que amplíen los días del campamento.

Zoe comenzó a reír. Su risa hizo que todo su cuerpo se estremeciera ligeramente y arrancó una sonrisa a Manuel, que no pudo evitar sentir que aquella joven escultural empezaba a remover algo dentro de él.

Capítulo 4

Aquella mañana del segundo día de campamento la pasaron dando un largo paseo por los alrededores, entre bosques y montañas. A lo largo del recorrido, Manuel y Zoe intercambiaron conversaciones y risas, algo que irritó profundamente a Raúl.

—Joder, pero ¿este viejo de dónde ha salido? Qué pesado, no se separa de ella.

—A ver si a Zoe le van los maduritos... —apuntó Hugo entre risas.

—¿Qué dices? No digas tonterías.

Sin embargo, durante un fugaz segundo, la enorme seguridad que Raúl tenía en sí mismo pareció tambalearse al observar la complicidad entre ambos.

Volvieron justo a la hora de comer. Manuel y Zoe se sentaron juntos, hablando y riendo tranquilamente, aunque la conversación se vio interrumpida por Raúl, que llevaba un rato observándolos.

—Manuel, ¿verdad? —preguntó con falsa amabilidad.

—Sí, ese soy yo —respondió Manuel, limpiándose la boca.

—Verás, esta tarde vamos a hacer una competición de natación... Era por si querías apuntarte.

Sus miradas se cruzaron. A pesar de que Raúl sonreía, Manuel percibió cierta hostilidad en sus ojos.

—Pues... ¿por qué no? Allí estaré.

—Así me gusta, mostrando espíritu guerrero —dijo Raúl, dándole una sonora palmada en la espalda.

Ya por la tarde, Manuel abandonó la comodidad de su porche y se plantó en la piscina. A lo lejos vio a Raúl, que fanfarroneaba mientras calentaba y hablaba con varios niños.

—Demuestra que esos sesenta y nueve años son solo un número —le dijo Zoe antes de que entrara en el agua, acariciándole la espalda.

Llevaba la camiseta roja de monitora y la braguita del bikini. Manuel notó un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo, viniéndose arriba.

La competición era sencilla: tenían que recorrer la piscina de un extremo a otro dos veces y el último en llegar quedaba eliminado. Los niños fueron los primeros en caer y, a medida que avanzaba la prueba, fueron quedando menos participantes hasta que finalmente solo quedaron Hugo, Raúl y Manuel.

Para sorpresa de todos, el siguiente eliminado fue Hugo.

—¡Vamos, abuelo! ¡Tú puedes! —gritó su nieto, orgulloso y expectante, mientras Hugo salía del agua derrotado.

Raúl y Manuel permanecieron apoyados en el borde de la piscina, recuperando el aliento.

—Vaya, Manuel... Qué aguante tienes. Quién lo iba a decir, a tu edad... —comentó Raúl con sarcasmo y una sonrisa desafiante.

Manuel no respondió. Mantuvo la mirada al frente hasta que escuchó la voz de Zoe.

—¡Vamos, Manuel! ¡Que casi lo tienes! —gritó mientras saltaba para animarlo, haciendo que sus enormes tetas botaran bajo la camiseta.

Aquello irritó todavía más a Raúl, mientras una sonrisa aparecía en el rostro de Manuel.

Ambos arrancaron a nadar. La fatiga empezaba a hacer mella en Manuel, pero luchaba con todas sus fuerzas, manteniendo el ritmo de un sorprendido Raúl, que se vio obligado a exprimirse al máximo. Tanto, que al final logró imponerse.

—¡Vamos! —gritó Raúl con tono chulesco al salir del agua.

Después se acercó a Manuel y añadió en voz baja:

—¿Ves, abuelo? Al final, la tercera edad no tiene nada que hacer... Estoy en otra liga. Para todo...

Manuel lo vio alejarse para reunirse con varios niños, que lo recibieron entre vítores.

—¡Buah, abuelo, por qué poco...! Has estado a nada —le dijo su nieto con orgullo.

—Sí, por muy poco... —corroboró Zoe.

Se agachó junto al borde de la piscina mientras Manuel todavía permanecía en el agua. Al inclinarse, sus voluptuosas tetas se apretaron bajo la camiseta, acentuando todavía más su volumen.

—Para mí, tú eres el vencedor. Te has ganado que esta noche te invite a una copa en el bar del camping... Si quieres.

—No lo dudes, allí estaré. Solo vine al camping por eso, para que me invitaras a una copa.

Zoe rio y se alejó.

Manuel observó cómo sus caderas se balanceaban suavemente al caminar, mientras la braguita del bikini dibujaba el contorno de sus glúteos redondos y firmes. La siguió con la mirada hasta que su figura terminó perdiéndose entre el resto del grupo.

Capítulo 5

El resto del día se le hizo eterno a Manuel, que estaba deseando tomar aquella copa con Zoe. Cuando al fin llegó la noche, se dirigió con cierto nerviosismo al bar del camping. Ella ya estaba allí.

—Vaya... Pensaba que un caballero me estaría esperando al llegar —dijo Zoe con su característico acento colombiano, entre risas.

—Perdón, pero quería ponerme guapo para la ocasión. Aunque creo que no estoy a la altura de mi acompañante...

Manuel tomó asiento. Zoe estaba guapísima. Sus gafas de montura grande realzaban sus expresivos ojos oscuros. Vestía una camiseta negra de manga larga y elástica que se ceñía a su cuerpo. Varios cordones negros se entrecruzaban sobre el pronunciado escote de la prenda, provocando que sus tetas se vieran descomunales.

—¿Sí? Me puse guapa para la ocasión...

—Has superado las expectativas.

Ambos pidieron un par de cócteles y comenzaron a bebérselos mientras la conversación fluía con facilidad.

—¿Sabes? Creo que el tal Raúl montó esa competición para impresionarte...

—Pff... Pues lo lleva difícil. No me llama nada la atención. Veo a Raúl como uno de esos hombres con los que tan mal lo pasó mi mamá, incluido mi padre.

—Si te soy sincero... A mí tampoco me gusta Raúl para ti.

—Aunque también te digo una cosa: ahora mismo no busco pareja. Estoy bien soltera; tan solo quiero pasármelo bien... Pero tampoco con cualquiera.

—Entiendo... Y me parece muy bien esa postura. Además, no creo que te resulte difícil pasártelo bien.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué crees eso? —preguntó Zoe con curiosidad y una sonrisa.

Manuel cogió su móvil, activó la cámara frontal y orientó la pantalla hacia ella. Zoe contempló su propio rostro en el teléfono, con su pronunciado escote asomando por la parte inferior de la imagen.

—Una imagen vale más que mil palabras, ¿no?

Zoe estalló en carcajadas.

—Esa no me la esperaba... ¡Jajajaja!

Manuel también comenzó a reír. Zoe jugueteó con la pajita de su cóctel y, antes de darle un sorbo, le preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué me cuentas de tus relaciones?

—Pues conocí a mi mujer con veinte años... A los veintidós ya nos habíamos casado. Tuvimos dos hijos, luego vinieron mis nietos... Y así hasta estar juntos un total de cuarenta y siete años.

—¡Guau! Qué bonito... Pensaba que algo así solo pasaba en las películas, jeje. Entiendo que quizá no quieras hablar de ella, pero... ¿cómo era?

—¿Mi mujer? Se llamaba Cristina y era perfecta para mí. Aventurera, alegre, divertida, guapa... La verdad es que nuestra vida juntos fue muy buena hasta que... llegó ese maldito cáncer.

—Qué injusta es a veces la vida...

—Totalmente. Los dos últimos años ya no era ella, no era mi Cristina... Era solo su cuerpo.

—Quédate con los cuarenta y cinco años anteriores. Tuvo suerte de dar con alguien como tú.

Manuel sonrió, agradecido por aquellas palabras.

—Suerte tendrá quien logre pasárselo bien contigo.

—Jajaja... Bueno, yo no cierro puertas.

Zoe le guiñó un ojo con complicidad.

Manuel sintió de nuevo cómo algo se removía dentro de él, aunque aquella vez con mucha más intensidad. Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo.

Capítulo 6

Llegó el penúltimo día de campamento. Unos días atrás, eso era precisamente lo que Manuel más habría deseado. Sin embargo, ahora pensaba justo lo contrario. Le encantaba pasar tiempo con Zoe y la idea de que aquella experiencia estuviera llegando a su fin le producía una extraña sensación de vacío.

Al ser la última noche, el camping iba a celebrar una pequeña fiesta con música y baile en el gran comedor. Mientras los niños disfrutaban de la piscina, los monitores y los voluntarios se encargaban de decorar el salón para la ocasión.

—Esta noche... ¿nos tomaremos una copa juntos? —preguntó Raúl a Zoe con su habitual fanfarronería.

—Sí, bueno... junto al resto, ¿no?

—Ya brindaremos, ya verás... Lo pasaremos bien. Tiene que ser una noche especial.

Acto seguido, Raúl se acercó a Manuel, que estaba moviendo varias mesas.

—¿Te echo un cable, abuelo?

Manuel dejó la mesa en el suelo y levantó la vista hacia él. Raúl lo observaba con una amplia sonrisa, esperando alguna reacción.

—El abuelo se vale por sí mismo, créeme.

—Ya veo, ya... La verdad es que no pareces el típico abuelo que se pasa el día mirando obras, dando de comer a las palomas o diciendo aquello de «antes todo esto era campo» —comentó entre risas.

Manuel sonrió con tranquilidad.

—No, la verdad. Igual que tú tampoco pareces de los que vayan a hacer mucho más esta noche que tomarse unas copas.

Las sonrisas desaparecieron de ambos rostros. Durante unos segundos se quedaron mirándose fijamente.

Raúl no esperaba aquella respuesta.

—Eso ya lo veremos... Siempre que aguantes despierto. A vuestra edad soléis acostaros pronto, ¿no?

Sin esperar contestación, se dio la vuelta y se alejó, intentando mantener su aire de superioridad.

Zoe, que había presenciado desde lejos la conversación entre ambos, se acercó a Manuel en cuanto Raúl se marchó.

—¿Todo bien?

—Sí, jeje, no te preocupes —respondió Manuel con una amplia sonrisa—. No ha quedado nada mal, ¿eh?

Zoe recorrió el comedor con la mirada y asintió, satisfecha.

—Jajaja... La verdad es que sí. Al ser la última noche, qué menos, ¿no? En una cosa no se equivocaba Raúl: tiene que ser... especial.

Al pronunciar aquella última palabra, sostuvo la mirada de Manuel durante unos segundos más de lo habitual y le dedicó una sonrisa cargada de complicidad y picardía. Después, le pasó suavemente una mano por los hombros antes de continuar hacia el otro lado del comedor.

Manuel permaneció inmóvil unos segundos, siguiéndola con la mirada. Cada pequeño gesto de Zoe, por insignificante que fuera, parecía despertar algo nuevo dentro de él.fin de la primera temporada encuentra la 2 temporada en la red social del autor original aqui: 
https://x.com/leonelly777/status/2093028954487599257

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