Emilio caminaba con un ritmo seguro, las manos en los bolsillos de sus jeans, mientras a su lado, Carolina balanceaba su cuerpo curvo con una gracia casual. Su cabello negro y rizado rebotaba con cada paso, y sus ojos verdes se perdían en el paisaje con una apariencia de aburrimiento divertido.


El aire olía a tierra húmeda y a los jazmines que crecían en las cercanías. Fue entonces cuando Emilio se detuvo en seco. Su mirada, que había estado recorriendo el entorno con despreocupación, se clavó en un punto fijo detrás de Carolina


sentada sola, había una chica. No era nada del otro mundo, no era una modelo de portada, pero había algo en ella que le robó el aire a Emilio. Llevaba un vestido de color con medias de rejilla que se le adhería a las caderas con cada leve movimiento, dejando ver la silueta de sus piernas largas y tonificadas. Su cabello castaño, le caía sobre un hombro, descubriendo un cuello esbelto. Emilio tragó saliva, el ritmo de sus pasos se alteró por un instante, y no pudo evitar imaginar cómo sería deshacerse de ese vestido, descubrir qué se escondía debajo.
Carolina, que había notado la parada súbita y la fijación de su amigo, lo siguió con la mirada. Una sonrisa pícara, llena de travesura, se dibujó en sus labios. Se acercó a él y le dio un codazo suave en las costillas. "La viste, ¿verdad?", susurró, su voz un murmullo seductor que solo él podía oír. "Estás mirando a esa zorra como un perro con un hueso". Emilio no negó, solo asintió, sin apartar los ojos de la chica del banco. Carolina se rio, un sonido bajo y caliente. "Te apuesto algo", propuso, acercándose aún más, su pecho rozando su brazo. "Consigo que esa chica acepte follar contigo ahora mismo. Pero si lo logro... Nos tendrás que follar a las dos". Emilio finalmente giró la cabeza para mirarla. Sus ojos avellana se abrieron un poco, procesando la proposición. Era una locura, una apuesta de lo más delirante. Pero la imagen de las dos chicas, la desconocida y Carolina, retorciéndose de placer bajo él, fue demasiado potente para ignorarla. "Estás loca", dijo, pero una sonrisa comenzaba a asomar en su rostro. "Acepta", susurró ella. "Acepta, cabrón". Él respiró hondo, asintiendo una vez más. "Aceptado".
Con una confianza que Emilio le envidiaba, Carolina se ajustó el sujetador, se pasó la lengua por los labios y caminó directamente hacia la chica. Emilio se quedó atrás, observando, sintiéndose como un voyeur antes de tiempo. Vio cómo Carolina le sonreía y decía algo que la hizo levantar la vista.


La chica sonrió de vuelta, un poco tímida al principio, pero luego más abierta. Emilio no podía oír la conversación, pero veía el lenguaje corporal: la inclinación de cabeza de Carolina, la forma en que la desconocida se reía con los ojos. El resto de la conversación fue un borrón, un salto cinematográfico en su mente. De repente, ya no estaban en el parque.
El departamento de Carolina olía a sándalo y a lavanda. Era un espacio acogedor, con libros apilados en el suelo y plantas colgando del techo. Pero Emilio no prestaba atención a la decoración. Su atención estaba en las dos mujeres en la cama frente a él. La desconocida, cuyo nombre supo era Josselyn, y Carolina. No hubo palabras. Solo un entendimiento silencioso, una corriente eléctrica que recorría la habitación. Carolina fue la primera en moverse, acercándose a Josselyn y, con una delicadeza que contrastaba con la audacia de su apuesta, le rodeó la cintura con un brazo. Sus labios se encontraron en un beso que comenzó tierno y rápidamente se volvió profundo y hambriento.


Emilio observó, sintiendo cómo su polla se endurecía en sus pantalones, mientras las manos de Carolina se deslizaban por la espalda de Josselyn, deshaciendo el cierre de su vestido. La tela cayó al suelo, revelando un cuerpo esbelto y piel pálida. Josselyn correspondió, desabrochando el vestido de Carolina y liberando sus tetas generosas y firmes.


Carolina empujó suavemente a Josselyn hacia la cama, Sin más preámbulos, Emilio tomó a Josselyn. La colocó boca arriba sobre el colchón, abrió sus piernas con firmeza y se arrodilló entre ellas. Su mirada recorrió su coño, ya húmedo y ansioso. Se inclinó, no para besarla, sino para escupir sobre su entrada, lubricándola con su saliva. Luego, sin previo aviso, guió su polla dura y la hundió de una sola embestida profunda.



Josselyn gimió, un sonido agudo que se cortó en un jadeo. Emilio empezó a follarla, con golpes largos y potentes, mirándola a los ojos, disfrutando de cada gesto de placer que cruzaba su rostro. Después de varios minutos de ese ritmo implacable, se retiró. Su polla, brillante con los jugos de Josselyn, pulsaba en el aire. Se giró hacia Carolina, que los observaba con los ojos muy abiertos y la mano metida entre sus propias piernas. "Tu turno", ordenó. La puso boca arriba y ella se abrió de piernas, pero él tomó el control. La agarró de las caderas y la empezó a follar,


llenándola por completo. La folló con la misma fuerza, pero con una familiaridad que solo tenían ellos dos.
Luego, cambió de nuevo. "Ahora a montarme. Las dos. Una a la vez", dijo, sentándose en el borde de la cama. Carolina fue la primera. Se colocó de espaldas a él, apoyando sus manos en sus muslos, y comenzó a dar sentadillas, subiendo y bajando sobre su polla con una fuerza que hacía que sus tetas rebotaran salvajemente.
Emilio la agarró del pelo, tirando de él suavemente, lo que la hizo gemir más fuerte. Después de un rato, la hizo bajar. Josselyn tomó su lugar.




Su estilo era diferente, más suave al principio, pero Emilio no lo permitió. "Más duro, maldita", gruñó, dándole una nalgada tan fuerte que dejó una marca roja en su piel clara. Josselyn gritó, mezclando el dolor con el placer, y comenzó a montarlo con la misma ferocidad que Carolina.
Finalmente, Emilio estaba listo para el final. "En cuatro. Las dos", comandó. Se pusieron en la cama, una al lado de la otra, con sus culos en el aire y sus coños expuestos.




Se colocó detrás de Carolina primero. La penetró sin piedad, agarrándola de los hombros y embistiéndola con una fuerza bruta que hacía que la cama crujiera. Le dio varias nalgadas más, disfrutando del movimiento de su piel y de sus gemidos ahogados en la almohada. Luego, sin decir una palabra, pasó a Josselyn. Se colocó detrás de ella, pero esta vez fue diferente. La penetró con una intensidad y una pasión que eran casi violentas.






Cada golpe era más profundo, más rápido. La agarró con tanta fuerza que sus dedos se marcaron en su carne. No era solo follar; era una posesión, una reivindicación de la apuesta ganada. Josselyn ya no gemía, gritaba, su cuerpo temblando bajo el asalto brutal de Emilio, que solo aceleraba, perdiéndose en el calor y la estrechez de su coño, decidido a llevarla al límite.





El ritmo de Emilio no cesaba, sus caderas se movían como un pistón impulsado por una furia contenida, cada embestida más profunda que la anterior. Josselyn gimió, su cuerpo arqueado en un ángulo imposible, las manos aferradas a las sábanas como si fueran su única salvación. El choque de sus pelvis resonaba en la habitación, un sonido crudo y húmedo que se mezclaba con los jadeos de los tres. "Así, cabrona, gime para mí", siseó Emilio, sus dedos apretando las caderas de Josselyn con tanta fuerza que dejaron marcas rojas en su piel pálida.
El orgasmo de Josselyn explotó como una tormenta repentina. Su espalda se arqueó violentamente, un grito ronco escapó de su garganta mientras sus piernas temblaban incontrolablemente. Emilio sintió cómo su coño se contraía alrededor de su verga, apretándola con fuerza, y eso solo aumentó su deseo. Sin darle tiempo a recuperarse, se retiró de ella con un movimiento brusco y, antes de que Josselyn pudiera protestar, volvió a penetrarla de una sola embestida.




Esta vez fue diferente. Su mano derecha rodeó el cuello de Josselyn, aplicando una presión calculada que le cortó parcialmente el aliento. Sus ojos se abrieron desorbitados, una mezcla de pánico y éxtasis en su mirada. "Te gusta así, ¿verdad, zorra?", gruñó Emilio mientras la follaba con una ferocidad renovada, cada golpe haciendo que las tetas de Josselyn rebotaran salvajemente. La respuesta de ella fue un grito ahogado, su cuerpo completamente entregado al placer doloroso.
Carolina observaba todo desde su posición, su cuerpo desnudo brillando por el sudor. Cada gemido de Josselyn, cada golpe sordo de la carne contra la carne, la hacía moverse involuntariamente. Sus piernas estaban abiertas, su coño húmedo y ansioso. "Por favor, Emilio", susurró, su voz casi inaudible sobre el ruido de la cama. "Dame a mí también".
Emilio giró la cabeza hacia ella, una sonrisa cruel en sus labios. "Tu turno vendrá, princesa". Pero antes de cambiar de objetivo, se concentró en Josselyn una última vez. "Ahora las dos en cuatro, juntas", ordenó, retirándose de Josselyn con un chasquido húmedo. Las chicas obedecieron de inmediato, poniéndose boca abajo con sus nalgas levantadas, una al lado de la otra como dos presas esperando al depredador.
La vista era increíble: dos coños abiertos y mojados, dos cuerpos dispuestos a ser usados. Emilio se masajeó su verga, completamente erecta y brillante por los jugos de Carolina. Se acercó primero a ella, penetrándola sin previo aviso con un golpe que la hizo gritar. La folló rápido, brutal.


Cuando entró en Carolina, ella gimió de gratitud. Estaba más apretada, más caliente, y él lo notó de inmediato. "Así, perra, recibe toda mi verga", dijo mientras la agarraba de las caderas, sus dedos hundiéndose en su carne. Carolina respondió empujando hacia atrás, buscando más profundidad, más dolor, más placer. Sus gemidos eran diferentes a los de Josselyn, más suaves pero igualmente desesperados.
De repente, Carolina se incorporó. "Chicos, tengo que irme", dijo, buscando su ropa dispersa por el suelo. Pero antes de salirse, se acercó a Emilio, sus labios rozando su oreja. "Espero mañana enterarme de que le diste la mejor follada de su vida", susurró con una sonrisa maliciosa. "Porque si no, voy a inventarle a todo el mundo que eres un pito chico que no sabe follar". Se rió, un sonido agudo y desafiante, y salió de la habitación dejando a Emilio y Josselyn solos.
El silencio que siguió fue eléctrico. Emilio miró a Josselyn, que aún estaba en cuatro, temblando de anticipación. Su verga no había perdido ni un gramo de dureza, si acaso estaba más erecta que nunca. Sin decir una palabra, se lanzó sobre ella, derribándola sobre la cama.




La folló misionero primero, mirándola a los ojos mientras la penetraba lentamente, sintiendo cada centímetro de su interior. "Mírame cuando te folla", ordenó, y Josselyn obedeció, sus ojos llenos de lágrimas de placer. Luego la giró, poniéndola de lado y levantando una de sus piernas sobre su hombro. Esta posición le permitió llegar aún más profundo, y cada embestida sacaba un gemido más alto de ella.
La pasó a su espalda otra vez, esta vez con sus piernas sobre sus hombros, doblada casi por la mitad. "Así, así, así", repetía como un mantra, sudando profusamente sobre ella. El olor a sexo llenaba la habitación, un aroma denso y primitivo que los embriagaba.

Finalmente, la subió encima de él, haciéndola montar su verga. "Mueve esa cadera, muéstrame cuánto lo quieres", dijo mientras apretaba sus nalgas, guíandola en el ritmo. Josselyn cabalgó desesperadamente, sus tetas rebotando frente a su cara, luego emilio la puso en cuatro y la siguió follando





Cuando sintió que estaba por venirse la puso boca arriba y la follo bien duro hasta venirse.








"Adentro", suplicó. "Por favor, ven dentro de mí".
Emilio Con una serie de embestidas finales, violentas y profundas, explotó dentro de ella, sintiendo cómo su semen llenaba su coño. Se mantuvo así un momento, ambos temblando, antes de colapsar a su lado.
Josselyn quedó con las piernas temblando, el cuerpo cubierto de sudor y semen, sintiendo cómo el líquido tibio se escapaba lentamente de ella. Había recibido exactamente lo que había deseado: una follada brutal, intensa, inolvidable. Y en el fondo de su mente, sabía que Carolina se enteraría de cada detalle.


El aire olía a tierra húmeda y a los jazmines que crecían en las cercanías. Fue entonces cuando Emilio se detuvo en seco. Su mirada, que había estado recorriendo el entorno con despreocupación, se clavó en un punto fijo detrás de Carolina


sentada sola, había una chica. No era nada del otro mundo, no era una modelo de portada, pero había algo en ella que le robó el aire a Emilio. Llevaba un vestido de color con medias de rejilla que se le adhería a las caderas con cada leve movimiento, dejando ver la silueta de sus piernas largas y tonificadas. Su cabello castaño, le caía sobre un hombro, descubriendo un cuello esbelto. Emilio tragó saliva, el ritmo de sus pasos se alteró por un instante, y no pudo evitar imaginar cómo sería deshacerse de ese vestido, descubrir qué se escondía debajo.
Carolina, que había notado la parada súbita y la fijación de su amigo, lo siguió con la mirada. Una sonrisa pícara, llena de travesura, se dibujó en sus labios. Se acercó a él y le dio un codazo suave en las costillas. "La viste, ¿verdad?", susurró, su voz un murmullo seductor que solo él podía oír. "Estás mirando a esa zorra como un perro con un hueso". Emilio no negó, solo asintió, sin apartar los ojos de la chica del banco. Carolina se rio, un sonido bajo y caliente. "Te apuesto algo", propuso, acercándose aún más, su pecho rozando su brazo. "Consigo que esa chica acepte follar contigo ahora mismo. Pero si lo logro... Nos tendrás que follar a las dos". Emilio finalmente giró la cabeza para mirarla. Sus ojos avellana se abrieron un poco, procesando la proposición. Era una locura, una apuesta de lo más delirante. Pero la imagen de las dos chicas, la desconocida y Carolina, retorciéndose de placer bajo él, fue demasiado potente para ignorarla. "Estás loca", dijo, pero una sonrisa comenzaba a asomar en su rostro. "Acepta", susurró ella. "Acepta, cabrón". Él respiró hondo, asintiendo una vez más. "Aceptado".
Con una confianza que Emilio le envidiaba, Carolina se ajustó el sujetador, se pasó la lengua por los labios y caminó directamente hacia la chica. Emilio se quedó atrás, observando, sintiéndose como un voyeur antes de tiempo. Vio cómo Carolina le sonreía y decía algo que la hizo levantar la vista.


La chica sonrió de vuelta, un poco tímida al principio, pero luego más abierta. Emilio no podía oír la conversación, pero veía el lenguaje corporal: la inclinación de cabeza de Carolina, la forma en que la desconocida se reía con los ojos. El resto de la conversación fue un borrón, un salto cinematográfico en su mente. De repente, ya no estaban en el parque.
El departamento de Carolina olía a sándalo y a lavanda. Era un espacio acogedor, con libros apilados en el suelo y plantas colgando del techo. Pero Emilio no prestaba atención a la decoración. Su atención estaba en las dos mujeres en la cama frente a él. La desconocida, cuyo nombre supo era Josselyn, y Carolina. No hubo palabras. Solo un entendimiento silencioso, una corriente eléctrica que recorría la habitación. Carolina fue la primera en moverse, acercándose a Josselyn y, con una delicadeza que contrastaba con la audacia de su apuesta, le rodeó la cintura con un brazo. Sus labios se encontraron en un beso que comenzó tierno y rápidamente se volvió profundo y hambriento.


Emilio observó, sintiendo cómo su polla se endurecía en sus pantalones, mientras las manos de Carolina se deslizaban por la espalda de Josselyn, deshaciendo el cierre de su vestido. La tela cayó al suelo, revelando un cuerpo esbelto y piel pálida. Josselyn correspondió, desabrochando el vestido de Carolina y liberando sus tetas generosas y firmes.


Carolina empujó suavemente a Josselyn hacia la cama, Sin más preámbulos, Emilio tomó a Josselyn. La colocó boca arriba sobre el colchón, abrió sus piernas con firmeza y se arrodilló entre ellas. Su mirada recorrió su coño, ya húmedo y ansioso. Se inclinó, no para besarla, sino para escupir sobre su entrada, lubricándola con su saliva. Luego, sin previo aviso, guió su polla dura y la hundió de una sola embestida profunda.



Josselyn gimió, un sonido agudo que se cortó en un jadeo. Emilio empezó a follarla, con golpes largos y potentes, mirándola a los ojos, disfrutando de cada gesto de placer que cruzaba su rostro. Después de varios minutos de ese ritmo implacable, se retiró. Su polla, brillante con los jugos de Josselyn, pulsaba en el aire. Se giró hacia Carolina, que los observaba con los ojos muy abiertos y la mano metida entre sus propias piernas. "Tu turno", ordenó. La puso boca arriba y ella se abrió de piernas, pero él tomó el control. La agarró de las caderas y la empezó a follar,


llenándola por completo. La folló con la misma fuerza, pero con una familiaridad que solo tenían ellos dos.
Luego, cambió de nuevo. "Ahora a montarme. Las dos. Una a la vez", dijo, sentándose en el borde de la cama. Carolina fue la primera. Se colocó de espaldas a él, apoyando sus manos en sus muslos, y comenzó a dar sentadillas, subiendo y bajando sobre su polla con una fuerza que hacía que sus tetas rebotaran salvajemente.
Emilio la agarró del pelo, tirando de él suavemente, lo que la hizo gemir más fuerte. Después de un rato, la hizo bajar. Josselyn tomó su lugar.




Su estilo era diferente, más suave al principio, pero Emilio no lo permitió. "Más duro, maldita", gruñó, dándole una nalgada tan fuerte que dejó una marca roja en su piel clara. Josselyn gritó, mezclando el dolor con el placer, y comenzó a montarlo con la misma ferocidad que Carolina.
Finalmente, Emilio estaba listo para el final. "En cuatro. Las dos", comandó. Se pusieron en la cama, una al lado de la otra, con sus culos en el aire y sus coños expuestos.




Se colocó detrás de Carolina primero. La penetró sin piedad, agarrándola de los hombros y embistiéndola con una fuerza bruta que hacía que la cama crujiera. Le dio varias nalgadas más, disfrutando del movimiento de su piel y de sus gemidos ahogados en la almohada. Luego, sin decir una palabra, pasó a Josselyn. Se colocó detrás de ella, pero esta vez fue diferente. La penetró con una intensidad y una pasión que eran casi violentas.






Cada golpe era más profundo, más rápido. La agarró con tanta fuerza que sus dedos se marcaron en su carne. No era solo follar; era una posesión, una reivindicación de la apuesta ganada. Josselyn ya no gemía, gritaba, su cuerpo temblando bajo el asalto brutal de Emilio, que solo aceleraba, perdiéndose en el calor y la estrechez de su coño, decidido a llevarla al límite.





El ritmo de Emilio no cesaba, sus caderas se movían como un pistón impulsado por una furia contenida, cada embestida más profunda que la anterior. Josselyn gimió, su cuerpo arqueado en un ángulo imposible, las manos aferradas a las sábanas como si fueran su única salvación. El choque de sus pelvis resonaba en la habitación, un sonido crudo y húmedo que se mezclaba con los jadeos de los tres. "Así, cabrona, gime para mí", siseó Emilio, sus dedos apretando las caderas de Josselyn con tanta fuerza que dejaron marcas rojas en su piel pálida.
El orgasmo de Josselyn explotó como una tormenta repentina. Su espalda se arqueó violentamente, un grito ronco escapó de su garganta mientras sus piernas temblaban incontrolablemente. Emilio sintió cómo su coño se contraía alrededor de su verga, apretándola con fuerza, y eso solo aumentó su deseo. Sin darle tiempo a recuperarse, se retiró de ella con un movimiento brusco y, antes de que Josselyn pudiera protestar, volvió a penetrarla de una sola embestida.




Esta vez fue diferente. Su mano derecha rodeó el cuello de Josselyn, aplicando una presión calculada que le cortó parcialmente el aliento. Sus ojos se abrieron desorbitados, una mezcla de pánico y éxtasis en su mirada. "Te gusta así, ¿verdad, zorra?", gruñó Emilio mientras la follaba con una ferocidad renovada, cada golpe haciendo que las tetas de Josselyn rebotaran salvajemente. La respuesta de ella fue un grito ahogado, su cuerpo completamente entregado al placer doloroso.
Carolina observaba todo desde su posición, su cuerpo desnudo brillando por el sudor. Cada gemido de Josselyn, cada golpe sordo de la carne contra la carne, la hacía moverse involuntariamente. Sus piernas estaban abiertas, su coño húmedo y ansioso. "Por favor, Emilio", susurró, su voz casi inaudible sobre el ruido de la cama. "Dame a mí también".
Emilio giró la cabeza hacia ella, una sonrisa cruel en sus labios. "Tu turno vendrá, princesa". Pero antes de cambiar de objetivo, se concentró en Josselyn una última vez. "Ahora las dos en cuatro, juntas", ordenó, retirándose de Josselyn con un chasquido húmedo. Las chicas obedecieron de inmediato, poniéndose boca abajo con sus nalgas levantadas, una al lado de la otra como dos presas esperando al depredador.
La vista era increíble: dos coños abiertos y mojados, dos cuerpos dispuestos a ser usados. Emilio se masajeó su verga, completamente erecta y brillante por los jugos de Carolina. Se acercó primero a ella, penetrándola sin previo aviso con un golpe que la hizo gritar. La folló rápido, brutal.


Cuando entró en Carolina, ella gimió de gratitud. Estaba más apretada, más caliente, y él lo notó de inmediato. "Así, perra, recibe toda mi verga", dijo mientras la agarraba de las caderas, sus dedos hundiéndose en su carne. Carolina respondió empujando hacia atrás, buscando más profundidad, más dolor, más placer. Sus gemidos eran diferentes a los de Josselyn, más suaves pero igualmente desesperados.
De repente, Carolina se incorporó. "Chicos, tengo que irme", dijo, buscando su ropa dispersa por el suelo. Pero antes de salirse, se acercó a Emilio, sus labios rozando su oreja. "Espero mañana enterarme de que le diste la mejor follada de su vida", susurró con una sonrisa maliciosa. "Porque si no, voy a inventarle a todo el mundo que eres un pito chico que no sabe follar". Se rió, un sonido agudo y desafiante, y salió de la habitación dejando a Emilio y Josselyn solos.
El silencio que siguió fue eléctrico. Emilio miró a Josselyn, que aún estaba en cuatro, temblando de anticipación. Su verga no había perdido ni un gramo de dureza, si acaso estaba más erecta que nunca. Sin decir una palabra, se lanzó sobre ella, derribándola sobre la cama.




La folló misionero primero, mirándola a los ojos mientras la penetraba lentamente, sintiendo cada centímetro de su interior. "Mírame cuando te folla", ordenó, y Josselyn obedeció, sus ojos llenos de lágrimas de placer. Luego la giró, poniéndola de lado y levantando una de sus piernas sobre su hombro. Esta posición le permitió llegar aún más profundo, y cada embestida sacaba un gemido más alto de ella.
La pasó a su espalda otra vez, esta vez con sus piernas sobre sus hombros, doblada casi por la mitad. "Así, así, así", repetía como un mantra, sudando profusamente sobre ella. El olor a sexo llenaba la habitación, un aroma denso y primitivo que los embriagaba.

Finalmente, la subió encima de él, haciéndola montar su verga. "Mueve esa cadera, muéstrame cuánto lo quieres", dijo mientras apretaba sus nalgas, guíandola en el ritmo. Josselyn cabalgó desesperadamente, sus tetas rebotando frente a su cara, luego emilio la puso en cuatro y la siguió follando





Cuando sintió que estaba por venirse la puso boca arriba y la follo bien duro hasta venirse.








"Adentro", suplicó. "Por favor, ven dentro de mí".
Emilio Con una serie de embestidas finales, violentas y profundas, explotó dentro de ella, sintiendo cómo su semen llenaba su coño. Se mantuvo así un momento, ambos temblando, antes de colapsar a su lado.
Josselyn quedó con las piernas temblando, el cuerpo cubierto de sudor y semen, sintiendo cómo el líquido tibio se escapaba lentamente de ella. Había recibido exactamente lo que había deseado: una follada brutal, intensa, inolvidable. Y en el fondo de su mente, sabía que Carolina se enteraría de cada detalle.
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