
El yeso pesaba como una roca sobre cada brazo de Valentina, convirtiendo las extremidades en dos inútiles adornos blancos que la mantenían prisionera en su propia cama. Desde que su hermano Santi se había ido a Buenos Aires para empezar la universidad, se había quedado sola con su papá, que tuvo que hacerse cargo de cuidarla después del accidente.
La rutina se había instalado con la rigidez de los vendajes: Martín, viudo y hombre de hábitos sencillos, asumía el rol de enfermero con una dedicación silenciosa. Al principio, la dinámica había estado cargada de vergüenza; él debía ayudarla con lo más básico, y sobre todo el momento diario de cambiar la bombacha usada por una limpia, o ayudarla en el baño, se había convertido en un ritual de ojos evasivos y respiraciones contenidas.
Pero el tiempo había aflojado el pudor, y la necesidad funcional le iba ganando a la incomodidad. Ella ya no se contraía cuando él deslizaba la tela de algodón limpio por sus tobillos y la subía con movimientos clínicos, y él ya no pedía disculpas en voz baja antes de tocar su piel.
Sin embargo, tenía para varios meses de yeso, y pasado el primer mes, una nueva tensión comenzó a fermentar. No era el dolor de los huesos, ni la incomodidad del yeso rasguñando la piel, sino un calor para el cual no encontraba alivio. Valentina era una joven con necesidades fuertes, y la abstinencia forzada estaba empezando a torcerle el humor, dejándola irritable y triste.
Todavía era virgen, más allá de algunos toqueteos con algún noviecito, pero se masturbaba regularmente, como muchas chicas de su edad. Ahora sus manos, sus únicas herramientas para el placer, estaban atrapadas en el yeso. Cualquier cosa la calentaba y le mojaba la bombacha, dejandole incómodas manchas que la avergonzaban cuando el papá venía a cambiarsela.
Intentaba frotar los muslos, buscar cualquier fricción, pero la angulación era imposible y la frustración solo aumentaba la calentura. Era una picazón que no podía rascarse, un zumbido constante que la mantenía despierta imaginando chanchadas que antes no hubiera concebido.
Una tarde Valentina ya no pudo contener la presión. Su papá entró con la bandeja del almuerzo, pero ella apenas miró la comida. Se revolvió en la cama, los ojos vidriosos, fijándose en la mancha de la pared. Un nudo en la garganta. Había decidido decirle algo.
—Papi —dijo, y la voz le salió rara, rasposa—. No puedo más así.
Martín dejó la bandeja sobre la mesita de noche con un golpe seco, preocupado.
—¿Te duele mucho? ¿Querés que te traiga algo más fuerte?
—No, no es el dolor —ella apretó los dientes, sintiendo cómo la cara le ardía—. Es... otra cosa. Tengo... calor, digamos. Mucho calor. Y no me lo puedo sacar de la manera normal, digamos.
Martín se quedó quieto, la jarra de agua en la mano. Comprendió de inmediato. Bajó la mirada, sintiendo que se ponía colorado, pero haciendo un gran esfuerzo por comportarse con normalidad y no darle importancia.
—Ah —murmuró, incómodo—. Bueno... es normal, Vale. El cuerpo es una máquina y tiene sus ritmos. No te avergüences. Es... biología.
Ella soltó un gemido frustrado, enterrando la cara en la almohada.
—Pero no puedo hacer nada con estas cosas —dijo, moviendo los brazos rígidos—. Voy a explotar, Papi. Necesito que se vaya. Necesito... terminar.
Martín carraspeó, mirando hacia cualquier lado que no fueran las caderas de su hija bajo la sábana.
—Ya... ya entiendo. Voy a ver... voy a pensar en algo. No te preocupes hija.
Salió de la habitación. Valentina se quedó sola, escuchando sus propios latidos, entre la vergüenza de haberlo dicho y el desesperado alivio de no tener que guardarlo más. Minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Martín entró con una almohada de relleno firme, evitando el contacto visual directo.
—Probemos con esto —dijo, acercándose a la cama—.
Levantó la sábana y, con movimientos torpes pero cuidadosos, colocó la almohada entre las piernas de Valentina, apretándola contra su entrepierna.
—Intentá —murmuró él, dándole la espalda un momento para darle privacidad, pero mirando de reojo.
Valentina intentó acomodarse. Empujó la cadera hacia abajo, buscando que la tela raspara contra su clítoris a través de la pijama. Hizo un movimiento de frotamiento, levantando la cadera y dejándola caer, pero el pantalón era demasiado grueso y la almohada se deslizaba. No había suficiente fricción, nada de la presión precisa que necesitaba sentir en la conchita. Tras unos minutos de intentos inútiles, la frustración la venció. Soltó un sollozo corto, golpeando la cabeza contra la almohada.
—No sirve... no sirve nada —lloriqueó, con la voz quebrada.
Martín se giró, viéndola retorcerse en vano. La lógica de cuidador se impuso sobre la incomodidad.
—A ver, así —dijo, con voz más firme.
Se acercó a la cama y, sin ceremonias, desabrochó el botón del pantalón de pijama de Valentina. Ella levantó las caderas lo mejor que pudo, ayudándolo con movimientos bruscos. Él deslizó la prenda hacia abajo, dejándola solo con su bombacha blanca de algodón, que se tensaba sobre sus nalgas. "Tiene un orto precioso, debería tener mil chicos intentando satisfacerla, y está así, pobre mi nena", pensó. Luego, retiró la sábana superior por completo, dejándola expuesta al aire tibio de la habitación.
—A ver, intentá —dijo suavemente, dando un paso atrás.
Valentina volvió a apoyarse sobre la almohada. La tela fina de la bombacha permitía una sensación mucho más directa. Comenzó a moverse, despacio al principio, deslizando su conchita húmeda hacia arriba y hacia abajo por la superficie. Y entonces, algo cambió. Se dio cuenta de que su papá, su héroe de siempre, estaba ahí, de pie, mirándola. La mirada de él, pesada y recatada a la vez, cayó sobre sus caderas que se movían con ritmo creciente. En lugar de avergonzarla, la idea de ser observada por él mientras hacía algo tan íntimo le envió una descarga eléctrica que recorrió su espalda. Su respiración se agitó y el movimiento de sus caderas se volvió más profundo, más intenso.
Se acomodó mejor, dejando la cola alta, apoyando el peso sobre sus antebrazos enyesados y el pecho, ofreciendo sus nalgas a la vista de él mientras frotaba la almohada con más fuerza.
—Papi... —jadeó, sin dejar de moverse—. Mové la almohada. Ayúdame a moverla.
Martín dudó un segundo, sus manos temblando levemente al lado del cuerpo, pero dio un paso adelante. Agarró la almohada por los extremos y comenzó a deslizarla hacia adelante y hacia atrás en sincronía con el movimiento de las caderas de Valentina, mientras le apoyaba la otra mano en la espalda, apenas sobre la bombacha, sintiendo su columna vertebral.
Esto permitió una presión más firme y constante. Valentina gimió, sintiendo cómo la tela de la funda rozaba su zona sensible a través de la bombacha mojada. Martín sintió una extraña puntada de excitación y ternura al ver a su nena gozando y aliviandose así. El ritmo se aceleró. El sonido de la fricción y sus jadeos llenaron la habitación. Pasaron cinco minutos de un trabajo intenso, sudoroso. En la cola comenzaba a aparecer una mancha de sudor, que se sumaba a lo mojada que estaba la otra parte de la bombacha. Ella estaba cerca, muy cerca, pero el orgasmo se le escapaba, la almohada no tenía la precisión de una mano, ni la temperatura.
El placer se acumulaba en una bola tensa en su pancita, amenazando con disiparse si no llegaba ya a la meta.
—Papi, sacá la almohada —gritó, con la voz ronca por el esfuerzo—. Ayúdame con la mano, te animás?
Martín soltó la almohada inmediatamente y la apartó a un lado. Valentina siguió moviendo las caderas en el aire, buscando el contacto. Él, con la cara roja y el cuello sudoroso, acercó la mano derecha. Al principio fue tímido, colocando la palma plana sobre la entrepierna de ella, pero ella se frotó contra él con desesperación, marcando el ritmo. Estaba hambienta de ese orgasmo, no le importaba nada más.
Él entendió y puso la mano firme, presionando contra la tela húmeda de la bombacha. Sintió el calor de su entrepierna, la humedad que empapaba sus dedos a través del algodón. Sus manos mojádose con los líquidos de su princesita, no lo podía creer. Ella se frotaba con fuerza, usando la mano de él como si fuera un juguete sexual, deslizando su clítoris endurecido contra la palma rígida de su papá.
—Así... así —gemía ella, con los ojos cerrados, las piernas temblando—. Casi estoy, casi estoy papi...
El orgasmo estaba ahí, faltaba un último empujón. La tensión en sus nalgas era insoportable.
—Tocáme un poco la cola, papi —suplicó, con un hilo de voz—.
Martín, sumido en una mezcla de shock y excitación, llevó su mano libre a la nalga izquierda de Valentina. La apretó con fuerza, hundiendo sus dedos en la carne blanda y firme, sintiendo cómo se contraía bajo su toque, y con el pulgar rozó el ano. Eso fue todo. El estímulo adicional, la posesividad de ese toque, rompió la presa. Valentina gritó, arqueando la espalda tanto como los yesos se lo permitían, y explotó. El orgasmo la recorrió como una corriente, haciendo que sus piernas sacudieran violentamente y que su conchita latiera contra la mano de Martín, inundando la bombacha en un espasmo de liberación absoluta.
Quedó boca abajo, jadeando como si hubiera corrido una maratón, con el cuerpo bañado en sudor y la mente en blanco, totalmente rendida. Martín retiró las manos lentamente, como si se quemara, se olió fugazmente, y se limpió los dedos en el pantalón de manera disimulada. No dijo nada. No había nada que decir. Caminó hacia la puerta, apagó la luz, sumiendo la habitación en una penumbra azulada. Justo antes de cerrar la puerta, escuchó la voz de ella, suave y exhausta, saliendo desde la oscuridad.
—Gracias, pá.
—De nada, hijita. Descansá.
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