

Recibí esta idea
Holaaa,
Te quería pedir un favor. ¿Te animarías a escribir un relato erótico con una mina trans? Me gustaría que fuera piola, con buena onda y que se note cariño por el personaje, nada de burlarse ni de ponerla como un chiste.
Sé que capaz no es el estilo que más manejas, pero confío en cómo escribís y me coparía ver qué se te ocurre. Que sea rico, entretenido y que la piba se sienta real y simpática.
Si te late la idea, joya. Y si no va con vos, tranqui, no hay problema.
Gracias💋
Generalmente no suelo escribir este tipo de relato, pero lo haré con un toqué de humor y adaptado a mi estilo.
🖊 Relato Personalizado 👇
Horacio tenía 32 años y llevaba demasiado tiempo solo.
Una noche, aburrido, se descargó una app de citas. Ahí apareció Luisa. 28 años, sonrisa pícara, curvas pronunciadas y una bio que decía: “Busco algo intenso y sin dramas”.

Empezaron a chatear. Rápido. Muy rápido.
Luisa le mandaba fotos casi todas las noches: en tanga negra de espaldas, mostrando un trasero redondo y firme; de frente, con un sostén que apenas contenía unas tetas grandes y prometedoras; en la cama, mordiéndose el labio.

Horacio respondía con cumplidos cada vez más directos. En pocos días el chat se volvió abiertamente sexual.
—Estoy loco por conocerte y tocar esas tetas, le escribió una madrugada, con la pija dura.
—Entonces deja de escribir y míramelas en persona, respondió ella.
Fijaron el encuentro en un bar del centro. Horacio llegó nervioso. Cuando vio a Luisa sentada en la barra, se le secó la boca. Era todavía más buena en persona: pelo largo, labios pintados, escote generoso y unas piernas que se perdían bajo una falda negra.
Hablaron poco, Bebieron menos. En menos de una hora ya se estaban besando en la penumbra del local.
Horacio tenía una erección marcada en el pantalón y se lo dijo al oído, sin filtro:
—Me muero por penetrarte… por hacerte el amor esta misma noche.
Luisa sonrió contra su boca y aceptó. Pidieron un Uber a un motel cercano.

En la habitación apenas cerraron la puerta. Horacio la empujó contra la pared y la besó con hambre. Le metió las manos por debajo de la blusa y le agarró las tetas, grandes, firmes, con pezones duros. Los exprimió, los levantó, se bajó un poco y las chupó los pezones por encima del sostén. Luisa gemía y le manoseaba el bulto por encima del pantalón, apretándole la pija dura.
—Sácame la ropa, le pidió ella.
Horacio le quitó la blusa y el sostén. Se le quedaron las tetas libres y el se lanzó a chuparlas con ganas, mordisqueando, lamiendo, mientras ella le gemía en el pelo.
Después le bajó la falda de un tirón, junto con la tanga…
Y se quedó congelado.

Entre las piernas de Luisa, semidura y claramente más gruesa y larga que la de él, había una pija.
Horacio retrocedió de golpe, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué carajo…?
—Espera… puedo explicarlo, dijo Luisa, levantando las manos.
—¡Eres un puto hombre!, gritó él, entre la indignación y el susto, mientras se subía el pantalón a las carreras.
—¡Soy mujer! ¡Solo… no te lo dije todavía!
Horacio no escuchó nada más. Abrió la puerta y salió corriendo por el pasillo del motel en dirección a la calle, todavía con la camisa abierta y el cinturón desabrochado. Luisa, en pánico, salió detrás de él completamente desnuda, con las tetas al aire y la pija todavía semidura balanceándose, gritando:
—¡Horacio, espera! ¡Déjame explicarte!
Los dos salieron a la vereda. Él corría. Ella lo perseguía desnuda, intentando alcanzarlo. Un patrullero que pasaba por la avenida frenó en seco. Las luces rojas y azules se encendieron.
—¡Alto ahí los dos!, gritó uno de los policias al bajar del auto.
Horacio se detuvo, jadeando, con cara de haber visto un fantasma. Luisa intentó cubrirse con las manos, sin mucho éxito.
—Señora… señor… están en la vía pública. Exhibicionismo. Los dos van a tener que acompañarnos.
Ni siquiera pudieron explicar demasiado. Uno iba semi vestido y en estado de shock. La otra estaba completamente desnuda en plena calle. Los esposaron a los dos.
Horas después, en la comisaría, Horacio estaba sentado en un banco de metal con la mirada perdida. En la celda de al lado, Luisa, ya cubierta con una manta que le habían prestado, intentaba, todavía, decirle entre rejas:
—Te lo iba a contar… de verdad…
Horacio ni siquiera la miró.
La estafa sexual había terminado exactamente como nadie esperaba:
los dos detenidos,
uno traumatizado
y la otra todavía intentando explicarse.
Más Tarde, Luisa pagó las dos multas.
Horacio firmó los papeles en silencio y salieron de la comisaría con la primera luz del día. En la vereda ella se detuvo frente a él, todavía un poco avergonzada.
—Perdón por no decírtelo antes. Debí ser clara desde el principio. No estaba bien.
Horacio se pasó una mano por la cara, cansado.
—No te discrimino. De verdad. Simplemente… me gustan las mujeres. Estaba buscando una pareja.. con vagina. No es odio, es preferencia.
Luisa asintió, sin pelear.
—Lo entiendo. ¿Y si… quedamos solo como amigos? Sin drama.
Él dudó un segundo y después aceptó con un gesto de cabeza. Todavía tenían que volver al motel a recoger la ropa que habían dejado tirada en la habitación. Pidieron un taxi en silencio.
Cuando entraron otra vez a la pieza, el desorden seguía ahí: la falda de ella en el suelo, la camisa de él sobre la silla, el sostén colgando de un lado de la cama. Luisa cerró la puerta y lo miró.
—Sé que anoche tenías muchas ganas de sexo. Se te notaba.
Puedes pensar que soy como mujer. Si no miras entre mis piernas… el resto es de mujer. Tetas, culo, cintura, todo.

Déjame chupártela. Y si quieres, te ofrezco el anal. Sin compromiso. Solo esta vez.
Horacio se quedó quieto. La excitación de la noche anterior todavía estaba ahí, mezclada con el recuerdo del susto. Miró sus tetas, su cintura, su trasero… y apartó la vista de la entrepierna. Al final tragó saliva y asintió.
Luisa sonrió con alivio y se acercó. Lo empujó suavemente a sentarse al borde de la cama, le bajó el pantalón y le sacó la pija. Estaba semi dura. Se arrodilló y se la metió en la boca. Empezó a chupársela con ganas, profunda, usando la lengua, masturbándolo con una mano mientras lo miraba desde abajo. Horacio cerró los ojos y se dejó llevar. En pocos minutos estaba completamente erecto.
Cuando lo tuvo bien duro, Luisa, sacó un condón, lo abrió y se lo colocó ella misma. Después se subió a la cama, se puso en cuatro y le ofreció el culo, mirándolo por encima del hombro.
—Solo no mires hacia abajo. El resto… soy mujer.
Horacio se colocó detrás, le agarró de las caderas y la penetró. El culo de Luisa estaba apretado y caliente.
Entró despacio y después empezó a embestirla con ritmo. Las nalgas le rebotaban con cada golpe. Él se concentró en esa sensación, en la curva de su espalda, en cómo sus tetas se movían, en los gemidos agudos que ella soltaba. La cogió en cuatro con ganas, cada vez más profundo, hasta que sintió el orgasmo subir. Se la clavó hasta el fondo y eyaculo dentro del condón, con un gemido grave, apretándole las caderas.
Se quedó unos segundos quieto, jadeando. Después se retiró. Luisa se giró, se le acercó y lo besó en los labios, suave.
—Ahora me toca a mí… —dijo de pronto, con voz seria.

Horacio miró su pija y abrió los ojos de golpe, pálido, y retrocedió un poco. Luisa lo miró un segundo en silencio… y después soltó una carcajada clara.
—¡Es broma! Deberías haber visto tu cara.
Horacio se pasó una mano por el pecho, soltando el aire con nervios, y al final también rio, todavía algo tembloroso. Luisa se dejó caer en la cama a su lado, riéndose.
—Tranquilo, somos amigos. Solo amigos.
Él asintió, esta vez con una media sonrisa.
—Amigos, repitió.
Se quedaron un rato más en la habitación, recuperando el aliento y la ropa, sin tocarse otra vez. Cuando salieron del motel, ya de día completamente, caminaron juntos hasta la esquina.
La estafa sexual había terminado de la forma más absurda posible:
con una multa pagada,
una cogida anal
y un “quedamos como amigos” que, por primera vez en toda la noche, parecía sincero.



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