
Capítulo 2: La Primera Transgresión
Cuando el pestillo del baño hizo clicy la puerta se abrió, fue como si la gravedad de toda la habitación se hubieradesplazado hacia el pasillo. No pude evitar mirarla. Era un instinto primario.Todo su cuerpo era una zona de desastre para mi autocontrol, un campogravitacional que jalaba mi mirada directamente a la curva exagerada de suscaderas. Cruzamos miradas. Ella me clavó esos ojazos marrones y me sonrió, unasonrisa brillante, húmeda por el gloss.
Mierda, ¿me está coqueteando?El pensamiento cruzó mi mente como un relámpago, pero lo aplasté enseguida. Nah,seguro así es su personalidad. Es una pendeja simpática, no te hagas películas,pelotudo. Tragué la saliva espesa que se me acumulaba en la garganta y meobligué a enfocarme.
Traté de seguir con la clase comopude. Mi voz sonaba un poco más grave de lo normal, pero logré armar un par deoraciones coherentes. Como parte de la sesión de diagnóstico, le di una pequeñaficha de evaluación impresa para que la completara.
—Tomate tu tiempo, no es con nota—le dije, poniendo el papel frente a ella.
La dejé sentada en la mesa delcomedor, encorvada sobre la hoja con la lapicera en la mano, y me alejé.Necesitaba aire. Me fui hacia la ventana del living, apoyé una mano contra elvidrio frío y miré hacia la calle, intentando calmar el martilleo en mis sienesy, sobre todo, la presión insoportable que me tensaba la bragueta. Atrás mío,solo se escuchaba el ras, ras, ras de la punta del bolígrafo sobre elpapel.
Fueron cinco minutos de agoníasilenciosa. Entonces, la escuché.
—Santi... de pronto acá noentiendo muy bien la pregunta, ¿me explicás?
El aire se me atascó en lospulmones. Santi. Ya me estaba llamando Santi, como si nos conociéramosde toda la vida, con esa voz dulce, vibrante, cargada de una energía femeninaque me ponía los pelos de punta. Hasta su puta voz me encantaba.
Me di la vuelta y me acerqué. Yahí fue cuando cometí el error de mirar hacia abajo.
Ella seguía sentada. Yo estabaparado a su lado, inclinándome ligeramente para ver el papel que señalaba consu dedo de uña esculpida. El ángulo era una sentencia de muerte. Tenía losbrazos desnudos, apoyados sobre la mesa, empujando sus pechos hacia arriba yhacia el centro. A través del escote de ese top ridículo, la vista era unbanquete obsceno. Podía ver la curva superior de sus senos, la piel blanca salpicadapor un par de pequitas tenues, el canal profundo y oscuro entre las dos masasde carne apretada.
La puta madre. Queríahundir la cara en esas tetas. Quería agarrarlas a mano llena, amasar la carneblanda hasta dejarle los dedos marcados, sacar la lengua y lamer latranspiración dulce que se acumulaba en ese canal. Mi cuerpo reaccionó antes deque mi cerebro pudiera meter los frenos. La sangre bombeó hacia mi entrepiernacon una violencia que me mareó. Mi pija, que apenas había empezado aablandarse, se puso dura como una piedra en un milisegundo, gruesa y pesadacontra la dura tela del jean.
Y entonces, el animal tomó elcontrol.
Me apegué a ella. No me quedé auna distancia prudencial. Di medio paso hacia adelante, cerrando el espacio.Fingí que me inclinaba más para leer la hoja, y lo hice. Mi pelvis chocósutilmente contra su brazo.
Le di un roce. Un roce pequeñito,directo, con la pija completamente dura presionando contra su brazo desnudo.
El contraste térmico fueeléctrico. La tela áspera de mi jean caliente chocando contra la piel suave yfría de su brazo. Pude sentir la densidad de mi propia erección aplastándosecontra ella, la forma gruesa de mi glande marcada contra su carne. Dios, quérico, pensé, apretando los dientes para no soltar un gruñido. Qué ricose siente ponerle la pija ahí. Probablemente sea lo máximo que pueda lograr conesta pendeja.

Mi corazón latía tan fuerte queamenazaba con romperme las costillas. Estaba esperando la bofetada, el grito,el escándalo. Pero lo mejor, lo más retorcido y excitante de todo, fue que nodijo nada.
En el primer instante decontacto, sentí que su cuerpo se tensaba. Se alejó un puto milímetro, unreflejo automático al sentir la barra de carne dura presionándola, pero casi deinmediato, volvió a su posición original. Su brazo se quedó ahí, firme, aceptandola presión de mi bulto.
Mi cerebro se fundió. Cuandorecuperé una fracción de sentido, me di cuenta de que era mi turno deresponder. Me había quedado con la mente en blanco, borracho de lujuria.Carraspeé, la garganta seca.
—E-esto... acá tenés que usar elpasado continuo —logré articular, levantando mi mano derecha temblorosa paraseñalar la parte de la hoja que debía completar.
Y al hacer ese movimiento, alestirar el brazo, incliné mi cadera y hundí mi pija un poco más contra subrazo. Me restregué, apenas un centímetro, la fricción ruda del denim sobre supiel enviando una descarga directo a mis bolas.
Luego, hui.
Me aparté de golpe, como si mehubiera quemado, y di dos pasos hacia atrás. Mi corazón estaba acelerado,bombeando adrenalina pura como si hubiera cometido un crimen. La miré de reojo.Ella estaba ruborizada, un color rojo vivo tiñéndole las mejillas hasta lasorejas, pero seguía enfocada en su tarea, la vista clavada en el papel. Como siestuviera discutiendo en su propia mente si reaccionar a lo que acababa depasar o tomarlo como algo casual por la estrechez del espacio.
Mierda de casual no tuvo nada,me dije, tragando aire. Me había dejado llevar. Se había sentido tanenfermizamente bien, pero el pánico me empezó a morder la nuca. Estas cosasno me pueden pasar con una clienta. Carajo. Procesé lo que había hecho. Losaboreé por un segundo más, y luego bajé la persiana mental. Se acabó. De ahoraen adelante, iba a ser una sesión normal de inglés.
Diez minutos después, ellaterminó su pequeña prueba. Me senté frente a ella de nuevo, esta vezasegurándome de que la mesa me sirviera de escudo. El resultado era claro:inglés básico. Había que trabajar mucho; ella quería llegar al intermedio enescrito, hablado y comprensión auditiva.
No sé si internamente me alegréporque eso significaba más tiempo facturando, o simplemente por tenerla cerca.Siendo honesto, le daría clases gratis todos los malditos días con tal de tenerese cuerpazo sentado en mi comedor y esa carita de ángel pecador mirándome.
Le expliqué cómo iban a ser lassesiones. Ella podía los sábados por la mañana y uno que otro día de semana porlas noches. Por mí que vengas todos los días, corazón, pensé. Y por unsegundo, me aterró no saber si lo había pensado o lo había dicho en voz alta,pero ella solo asintió con entusiasmo. Parecía que el incidente del brazo habíaquedado enterrado. Menos mal.
Ya para terminar la clase de hoy,le propuse practicar un poco de speaking. Nos movimos al sofá de doscuerpos. El error táctico más grande del día.
El espacio era reducido. Ella sesentó a un lado y yo al otro, pero la cercanía era abrumadora. El olor avainilla barata me llenaba los pulmones con cada respiración. Ella hablabamezclando español e inglés, trabándose a cada rato, preguntándome con unasonrisa nerviosa: "Ay, ¿cómo se dice esto, Santi?".
Tenía una energía inagotable. Ylo peor, era muy táctil. Cuando se interrumpía a sí misma o se frustraba por noencontrar la palabra, ponía su mano delicada sobre mi antebrazo. El contacto desus deditos cálidos sobre mi piel enviaba oleadas de calor directo a mi ingle.Mi cuerpo, traicionero, agradecía de sobremanera cada maldito toque.
Me contó un poco de ella, bajandola guardia. Vivía a quince minutos en bondi. Sus padres la sobreprotegíanmuchísimo porque querían que estudiara y fuera una profesional intachable. Meconfesó, bajando un poco la voz como si fuera un secreto, que a veces legustaría poder comprarse cosas caras, ropa de marca, pero entendía que suspadres le daban lo que podían.
—Y la verdad, estoy re contentacon estas clases y con vos —me dijo, mirándome con esos ojos enormes, su manoapretando ligeramente mi brazo—. Me tenés mucha paciencia.
¿Quién no te va a tenerpaciencia, corazón? pensé, sintiendo que me derretía un poco por dentro. Sosun puto encanto de mujer.
A las doce en punto, la sesiónterminó. Acompañé a Casidy hacia la puerta. Mientras caminaba por el pasillofrente a mí, volví a ser víctima de ese espectáculo. Miré cómo ese culazomonumental rebotaba y se movía de un lado a otro con cada paso, la tela de lascalzas tragada por la zanja de su trasero. Estaba hipnotizado.
De pronto, cuando llegamos a lapuerta, ella misma se giró rápidamente. Vi que se acercaba de golpe y mi menteproyectó tres o cuatro escenas porno distintas en una fracción de segundo, perono. Se me lanzó encima para darme un abrazo de agradecimiento.
El impacto de su cuerpo blando ytibio contra el mío fue brutal. Sentí la presión de sus pechos pesadosaplastándose contra mi pecho a través de la ropa. Mis manos, impulsadas por uninstinto primitivo y salvaje, querían bajar directamente, agarrar esas ricasnalgas, amasar esa carne firme y arrastrarla hacia mi erección reprimida parano dejarla salir nunca de mi departamento.
No sé de dónde saqué la fuerza devoluntad, pero me contuve. Mis manos se posaron con cuidado en su cinturaestrecha.
Pero cuando nos separamos —fue unabrazo rápido, impulsivo—, la gravedad y la calentura me ganaron la partida. Aldejar caer mis brazos, no pude evitar bajar las manos por sus costados. El roceparecía casual, la inercia del movimiento. Pero no lo fue.
Mis yemas descendieron y rozaronsus ricas y suaves nalgas. Fue solo un instante. Una fracción de segundo. Perosentí la curvatura perfecta, la tensión de la tela sobre la carne abundante, latemperatura de su cuerpo emanando desde abajo. Eran deliciosas. La textura sequedó grabada a fuego en las yemas de mis dedos.
Ella me dio una última sonrisa,abrió la puerta y se fue, irradiando esa energía positiva, llevándose con ellael olor a vainilla y el mejor culo que había visto en mis treinta y ocho añosde vida.
Cuando finalmente la puerta secerró con un chasquido sordo, el silencio del departamento me cayó encima comouna losa.
Me fui directo al living y metiré de espaldas en el sofá, justo donde ella había estado sentada. Todavíaestaba tibio. Me froté la cara con ambas manos, respirando agitado. ¿Quémierda acabo de hacer? ¿Por qué me comporté así? Me recriminaba, sintiendola culpa asomar por jugar con fuego de esa manera con una alumna.
Pero la culpa duró poco. Mi manobajó por inercia hacia mi bragueta, aferrando el bulto doloroso que no cedía.La otra parte de mí, la más oscura, no pensaba en la ética profesional. Solopensaba en la textura de ese brazo, en el calor de ese abrazo, y en buscarfrenéticamente la manera de tener ese culazo en cuatro, gimiendo, en este mismoputo sofá.
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