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https://www.poringa.net/posts/relatos/6408078/Mi-hija-termina-embarazada-de-mi.html
Jennifer seguía de rodillas frente a mí, con mi verga profundamente metida en su boca. La chupaba con ganas, sucia y húmeda, haciendo ruidos obscenos cada vez que bajaba hasta casi tocarme los huevos con la nariz. Su saliva le chorreaba por la comisura de los labios y le caía al pecho. Yo le sujetaba el cabello largo con una mano y la empujaba un poco más profundo cada vez, gemiendo bajo.
—Así, hija… chúpala bien… trágatela toda…
Ella soltó un gemido ahogado alrededor de mi verga y aceleró el ritmo, moviendo la cabeza de arriba a abajo con más fuerza, mirándome con esos ojos borrachos y calientes. Cuando sentí que ya no aguantaba más la boca, la saqué de un tirón. Un hilo de saliva conectaba sus labios con la punta de mi verga.
Jennifer se levantó tambaleante, se giró de espaldas a mí y se subió a la cama de cuatro. Sin que yo se lo pidiera, se bajó el pantie rosa de encaje hasta los muslos y lo dejó ahí, colgando. Se abrió las nalgas con las dos manos, ofreciéndome todo: su coño hinchado, brillante de lo mojada que estaba, y el agujerito rosado de su culo.
—Míralo, papi… está todo mojado por ti… —dijo con voz pastosa, todavía abriéndose las nalgas.
Me arrodillé detrás de ella. Agarré mi verga gruesa y la froté despacio entre sus labios hinchados, sintiendo cómo se le abría solo con el roce. Estaba empapada; el jugo le brillaba en los muslos. Apoyé la cabeza gruesa contra la entrada de su coño y empujé lento.
Primero solo entró la punta. Se le abrió con dificultad, apretado y caliente, tragándome centímetro a centímetro. Jennifer soltó un gemido largo y tembloroso mientras yo seguía empujando, viendo cómo su coño se estiraba alrededor de mi verga, cómo la tragaba poco a poco hasta que se me hundió completa, hasta tocarle el fondo.
—Ahhh… sí… así… más duro, papi… —gimió, empujando el culo hacia atrás para sentirme más profundo.
Empecé a moverme. Primero lento, sacándola casi completa y volviendo a entrar hasta el fondo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban. Luego aceleré. Le agarré fuerte las caderas y empecé a follarla de verdad, golpeándole el culo con cada embestida.
—Qué rico se siente tu coño, hija… tan apretado… tan caliente… —le dije con la voz ronca, mirando cómo mi verga entraba y salía brillante de su jugo—. Te lo estoy llenando completo… ¿te gusta que tu papi te folle así?
—Sí, papi… más duro… así… rompeme… —respondió entre gemidos, abriendo más las nalgas con las manos mientras yo la embestía.

Le di más fuerte. El sonido de mis huevos golpeándole el coño y el chapoteo de su humedad llenaban la habitación. Cada embestida la hacía temblar y soltar gritos ahogados contra la almohada. Yo no paraba de hablarle sucio
—Mira cómo te abre la verga de tu papá… qué putita estás hecha… solo para mí…
Aceleré todavía más. La follé sin piedad, profundo y rápido, hasta que sentí que se me venía encima. Me hundí hasta el fondo de un solo golpe, le apreté fuerte las caderas y me corrí dentro de ella. Me corrí mucho. Chorros calientes y espesos llenándole el coño mientras yo gemía contra su espalda y ella seguía diciendo:
—Papi… papi… lléname…
Seguí empujando un poco más, exprimiendo hasta la última gota adentro. Cuando por fin salí, mi verga salió goteando y su coño quedó abierto, rojo e hinchado. El semen me empezó a salir a chorros de dentro de ella, blanco y espeso, resbalándole por los labios y bajándole por el muslo.

Me quedé mirándola así, de cuatro, con las nalgas abiertas y mi leche chorreándole del coño, sin poder creer del todo lo que acababa de hacer con mi propia hija.
Jennifer se quedó un momento en cuatro, respirando agitada, con mi semen todavía saliéndole del coño y resbalándole por el muslo. Yo me senté en el borde de la cama, con la verga todavía semi-dura, brillante de su jugo y de mi propia leche, sucia y pesada.
Ella se giró despacio, se arrodilló frente a mí otra vez y me miró con esa sonrisa borracha y cansada. Sin decir nada, se inclinó y me tomó la verga con la mano. La acercó a su boca y le dio una lamida larga de abajo hacia arriba, limpiando todo el desastre que había quedado: el sabor de su coño mezclado con mi semen.
—Está toda sucia de nosotros, papi… —murmuró, y se la metió en la boca.
Empezó a chupármela despacio, con cuidado, pasando la lengua por toda la longitud, limpiándome la cabeza, la base, hasta los huevos. El sonido húmedo de su boca llenaba el silencio de la habitación. Yo le acaricié el cabello mientras ella me chupaba, sin prisa, solo saboreando lo que quedaba de lo que habíamos hecho.
Cuando terminó de limpiármela, me soltó con un último beso en la punta y se subió a la cama. Se quitó del todo el pantie que todavía le colgaba de un tobillo y se acostó de lado, desnuda. Yo me quité lo poco que me quedaba y me metí detrás de ella, abrazándola por la cintura. Nuestros cuerpos desnudos se pegaron: su espalda contra mi pecho, mi verga todavía húmeda contra su culo, sus tetas bajo mi brazo.
Estuvimos un rato en silencio, solo escuchando nuestra respiración. El alcohol de ella iba bajando y la realidad empezaba a asentarse entre los dos.
—Papi… —dijo ella en voz baja, sin girarse—. ¿Qué… qué fue lo que acabamos de hacer?
Le apreté un poco más contra mí y le hablé cerca de la oreja, con la voz ronca
—Lo que no debíamos. Pero ya pasó. Y no me arrepiento… aunque debería.
Ella se quedó callada unos segundos. Luego se giró un poco para mirarme por encima del hombro, con los ojos todavía vidriosos pero más claros.
—Yo tampoco me arrepiento —confesó—. Estaba borracha, sí… pero sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Desde hace tiempo… te miraba diferente. Y tú a mí también, ¿verdad?
Asentí en silencio. No hacía falta mentir.
—Mamá no puede enterarse nunca —dijo ella, más seria—. Esto se queda aquí. Solo nosotros dos.
—Solo nosotros dos —repetí, y le besé el hombro.
Nos quedamos abrazados así, desnudos, con el olor a sexo todavía en la cama y el silencio de la casa vacía alrededor. Poco a poco el cansancio nos ganó. Jennifer se acomodó mejor contra mi pecho, yo le rodeé la cintura con el brazo, y nos dormimos juntos, piel contra piel, sin separarnos.
Después de esa primera noche, mientras mi esposa y mi otro hijo seguían fuera, Jennifer y yo nos entregamos por completo. Todos los días. Sin condón. Sin límites.

Por las mañanas, antes de que yo saliera a la obra, ella se metía en la ducha conmigo y me chupaba la verga hasta dejarme seco. Por las tardes, cuando llegaba sucio y cansado, me esperaba en el sofá o en su cama, ya mojada, lista para que se la metiera. La follábamos en todas las posiciones: de perrito, ella encima, contra la pared, en la cocina, en el baño. Probamos de todo. Un día le abrí el culo despacio, con mucho cuidado, y se la metí por atrás mientras ella gemía “papi… más despacio… así…”. Después de eso el anal se volvió algo habitual. La llenaba de leche en el coño y en el culo casi todos los días. Dormíamos desnudos, nos despertábamos follando, y al final del día volvíamos a hacerlo.
Fueron los días más intensos y sucios de mi vida.
Cuando por fin regresó mi esposa con mi otro hijo, el ambiente en la casa cambió por completo. Todo se volvió tenso, incómodo. Jennifer y yo apenas nos mirábamos cuando había alguien más presente. La culpa pesaba, pero el deseo no se apagó. Seguimos viéndonos a escondidas: en la madrugada, cuando todos dormían; en el baño mientras ella se duchaba; alguna vez en el coche cuando la iba a dejar a la escuela. Rápido, silencioso, intenso. Ella siempre me recibía mojada y yo siempre me corría dentro de ella, sin protección.
Pasaron algunas semanas así, robando momentos.
Hasta que un día Jennifer llegó del baño con la cara pálida y una prueba de embarazo en la mano. Me miró en silencio, me la mostró y solo dijo:
—Papi… salió positiva.
El positivo estaba claro. Estaba embarazada de mí.


Decidimos tenerlo.Y que mi esposa nunca se enterara de la verdad.
Jennifer fue la que armó la historia. Un viernes por la noche, cuando estábamos los cuatro en la sala, ella se puso seria, bajó la mirada y soltó:
—Mamá… papá… estoy embarazada.
El silencio se volvió pesado. Mi esposa se quedó congelada. Yo abrí los ojos como si fuera la primera vez que escuchaba esa noticia y pregunté, fingiendo sorpresa:
—¿Qué… cómo… de quién?
Jennifer se mordió el labio y contestó con la voz temblorosa que había ensayado:
—Fue… una noche. En una fiesta. Un chico que conocí. Nos besamos, terminamos en su carro… y después ya no supe más de él. No me dejó ni número. Intenté buscarlo, pero desapareció.
Mi esposa se llevó las manos a la cara. Yo me acerqué, le puse una mano en el hombro a Jennifer y dije con tono de padre preocupado:
—Está bien, hija. Vamos a enfrentar esto juntos. No estás sola.
Por dentro, mientras la abrazaba, solo pensaba en lo rico que se sentía seguir follándola sabiendo que ese bebé era mío.

Pasaron los meses.La panza de Jennifer creció. Al quinto mes ya se le notaba redonda y firme bajo la ropa. Seguí metiéndome a su habitación casi todas las noches, cuando la casa estaba en silencio.
Esa noche entré sin hacer ruido. Ella estaba acostada de lado, solo con una camiseta corta que le dejaba la panza al aire y sin pantie. Me acerqué, me quité la ropa y me metí detrás de ella. Mi verga ya estaba dura solo de verla.
Le levanté la camiseta, le acaricié la panza redonda y después bajé la mano hasta su coño. Estaba empapada, como siempre.
—Ábrete para papá… —le susurré al oído.
Jennifer se giró un poco, me miró con esa sonrisa cómplice y se puso de cuatro con cuidado, apoyando las manos en la cama para no cargar peso en la panza. Se abrió las nalgas con las dos manos.
Primero le froté la cabeza de mi verga contra su coño hinchado y mojado. Empujé despacio. Entró fácil, caliente, más apretado que nunca por el embarazo. La follé rico, profundo, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo la panza se movía un poco con cada embestida.

—Así, papi… más duro… lléname… —gimió bajito.
Le di sin piedad un rato, hasta que sentí que se me venía. Me hundí hasta el fondo y me corrí dentro de su coño, llenándola de leche espesa. Cuando salí, el semen me empezó a salir a chorros de entre sus labios hinchados.
Sin darle tiempo a recuperarse, le escupí en el culo, le metí dos dedos para abrirla y después apoyé mi verga todavía dura y resbalosa de semen contra su agujero. Empujé lento. Se le abrió con un gemido largo y tembloroso. Me la metí completa por el culo y empecé a follárselo rico, profundo, mientras ella se mordía la almohada para no gritar.
—Qué rico tienes el culo, hija… todavía más apretado con la panza… —le dije al oído, embistiéndola fuerte.
Me corrí otra vez dentro de su culo, llenándoselo hasta que me rebosó. Cuando por fin salí, le abrí las nalgas con las manos y miré: el semen me salía a chorros de su coño y de su culo al mismo tiempo, blanco, espeso, resbalándole por los muslos mientras ella jadeaba de cuatro, con la panza colgando y el culo abierto.
Me acosté a su lado, le acaricié la panza y le susurré:
—Siempre te voy a dejar llena. De las dos partes. Esto es solo nuestro.
Ella se acomodó contra mi pecho, todavía goteando leche de ambos agujeros, y contestó en voz baja:
—Solo nuestro, papi… para siempre.

https://www.poringa.net/posts/relatos/6408078/Mi-hija-termina-embarazada-de-mi.html
Jennifer seguía de rodillas frente a mí, con mi verga profundamente metida en su boca. La chupaba con ganas, sucia y húmeda, haciendo ruidos obscenos cada vez que bajaba hasta casi tocarme los huevos con la nariz. Su saliva le chorreaba por la comisura de los labios y le caía al pecho. Yo le sujetaba el cabello largo con una mano y la empujaba un poco más profundo cada vez, gemiendo bajo.
—Así, hija… chúpala bien… trágatela toda…
Ella soltó un gemido ahogado alrededor de mi verga y aceleró el ritmo, moviendo la cabeza de arriba a abajo con más fuerza, mirándome con esos ojos borrachos y calientes. Cuando sentí que ya no aguantaba más la boca, la saqué de un tirón. Un hilo de saliva conectaba sus labios con la punta de mi verga.
Jennifer se levantó tambaleante, se giró de espaldas a mí y se subió a la cama de cuatro. Sin que yo se lo pidiera, se bajó el pantie rosa de encaje hasta los muslos y lo dejó ahí, colgando. Se abrió las nalgas con las dos manos, ofreciéndome todo: su coño hinchado, brillante de lo mojada que estaba, y el agujerito rosado de su culo.
—Míralo, papi… está todo mojado por ti… —dijo con voz pastosa, todavía abriéndose las nalgas.
Me arrodillé detrás de ella. Agarré mi verga gruesa y la froté despacio entre sus labios hinchados, sintiendo cómo se le abría solo con el roce. Estaba empapada; el jugo le brillaba en los muslos. Apoyé la cabeza gruesa contra la entrada de su coño y empujé lento.
Primero solo entró la punta. Se le abrió con dificultad, apretado y caliente, tragándome centímetro a centímetro. Jennifer soltó un gemido largo y tembloroso mientras yo seguía empujando, viendo cómo su coño se estiraba alrededor de mi verga, cómo la tragaba poco a poco hasta que se me hundió completa, hasta tocarle el fondo.
—Ahhh… sí… así… más duro, papi… —gimió, empujando el culo hacia atrás para sentirme más profundo.
Empecé a moverme. Primero lento, sacándola casi completa y volviendo a entrar hasta el fondo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban. Luego aceleré. Le agarré fuerte las caderas y empecé a follarla de verdad, golpeándole el culo con cada embestida.
—Qué rico se siente tu coño, hija… tan apretado… tan caliente… —le dije con la voz ronca, mirando cómo mi verga entraba y salía brillante de su jugo—. Te lo estoy llenando completo… ¿te gusta que tu papi te folle así?
—Sí, papi… más duro… así… rompeme… —respondió entre gemidos, abriendo más las nalgas con las manos mientras yo la embestía.

Le di más fuerte. El sonido de mis huevos golpeándole el coño y el chapoteo de su humedad llenaban la habitación. Cada embestida la hacía temblar y soltar gritos ahogados contra la almohada. Yo no paraba de hablarle sucio
—Mira cómo te abre la verga de tu papá… qué putita estás hecha… solo para mí…
Aceleré todavía más. La follé sin piedad, profundo y rápido, hasta que sentí que se me venía encima. Me hundí hasta el fondo de un solo golpe, le apreté fuerte las caderas y me corrí dentro de ella. Me corrí mucho. Chorros calientes y espesos llenándole el coño mientras yo gemía contra su espalda y ella seguía diciendo:
—Papi… papi… lléname…
Seguí empujando un poco más, exprimiendo hasta la última gota adentro. Cuando por fin salí, mi verga salió goteando y su coño quedó abierto, rojo e hinchado. El semen me empezó a salir a chorros de dentro de ella, blanco y espeso, resbalándole por los labios y bajándole por el muslo.

Me quedé mirándola así, de cuatro, con las nalgas abiertas y mi leche chorreándole del coño, sin poder creer del todo lo que acababa de hacer con mi propia hija.
Jennifer se quedó un momento en cuatro, respirando agitada, con mi semen todavía saliéndole del coño y resbalándole por el muslo. Yo me senté en el borde de la cama, con la verga todavía semi-dura, brillante de su jugo y de mi propia leche, sucia y pesada.
Ella se giró despacio, se arrodilló frente a mí otra vez y me miró con esa sonrisa borracha y cansada. Sin decir nada, se inclinó y me tomó la verga con la mano. La acercó a su boca y le dio una lamida larga de abajo hacia arriba, limpiando todo el desastre que había quedado: el sabor de su coño mezclado con mi semen.
—Está toda sucia de nosotros, papi… —murmuró, y se la metió en la boca.
Empezó a chupármela despacio, con cuidado, pasando la lengua por toda la longitud, limpiándome la cabeza, la base, hasta los huevos. El sonido húmedo de su boca llenaba el silencio de la habitación. Yo le acaricié el cabello mientras ella me chupaba, sin prisa, solo saboreando lo que quedaba de lo que habíamos hecho.
Cuando terminó de limpiármela, me soltó con un último beso en la punta y se subió a la cama. Se quitó del todo el pantie que todavía le colgaba de un tobillo y se acostó de lado, desnuda. Yo me quité lo poco que me quedaba y me metí detrás de ella, abrazándola por la cintura. Nuestros cuerpos desnudos se pegaron: su espalda contra mi pecho, mi verga todavía húmeda contra su culo, sus tetas bajo mi brazo.
Estuvimos un rato en silencio, solo escuchando nuestra respiración. El alcohol de ella iba bajando y la realidad empezaba a asentarse entre los dos.
—Papi… —dijo ella en voz baja, sin girarse—. ¿Qué… qué fue lo que acabamos de hacer?
Le apreté un poco más contra mí y le hablé cerca de la oreja, con la voz ronca
—Lo que no debíamos. Pero ya pasó. Y no me arrepiento… aunque debería.
Ella se quedó callada unos segundos. Luego se giró un poco para mirarme por encima del hombro, con los ojos todavía vidriosos pero más claros.
—Yo tampoco me arrepiento —confesó—. Estaba borracha, sí… pero sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Desde hace tiempo… te miraba diferente. Y tú a mí también, ¿verdad?
Asentí en silencio. No hacía falta mentir.
—Mamá no puede enterarse nunca —dijo ella, más seria—. Esto se queda aquí. Solo nosotros dos.
—Solo nosotros dos —repetí, y le besé el hombro.
Nos quedamos abrazados así, desnudos, con el olor a sexo todavía en la cama y el silencio de la casa vacía alrededor. Poco a poco el cansancio nos ganó. Jennifer se acomodó mejor contra mi pecho, yo le rodeé la cintura con el brazo, y nos dormimos juntos, piel contra piel, sin separarnos.
Después de esa primera noche, mientras mi esposa y mi otro hijo seguían fuera, Jennifer y yo nos entregamos por completo. Todos los días. Sin condón. Sin límites.

Por las mañanas, antes de que yo saliera a la obra, ella se metía en la ducha conmigo y me chupaba la verga hasta dejarme seco. Por las tardes, cuando llegaba sucio y cansado, me esperaba en el sofá o en su cama, ya mojada, lista para que se la metiera. La follábamos en todas las posiciones: de perrito, ella encima, contra la pared, en la cocina, en el baño. Probamos de todo. Un día le abrí el culo despacio, con mucho cuidado, y se la metí por atrás mientras ella gemía “papi… más despacio… así…”. Después de eso el anal se volvió algo habitual. La llenaba de leche en el coño y en el culo casi todos los días. Dormíamos desnudos, nos despertábamos follando, y al final del día volvíamos a hacerlo.
Fueron los días más intensos y sucios de mi vida.
Cuando por fin regresó mi esposa con mi otro hijo, el ambiente en la casa cambió por completo. Todo se volvió tenso, incómodo. Jennifer y yo apenas nos mirábamos cuando había alguien más presente. La culpa pesaba, pero el deseo no se apagó. Seguimos viéndonos a escondidas: en la madrugada, cuando todos dormían; en el baño mientras ella se duchaba; alguna vez en el coche cuando la iba a dejar a la escuela. Rápido, silencioso, intenso. Ella siempre me recibía mojada y yo siempre me corría dentro de ella, sin protección.
Pasaron algunas semanas así, robando momentos.
Hasta que un día Jennifer llegó del baño con la cara pálida y una prueba de embarazo en la mano. Me miró en silencio, me la mostró y solo dijo:
—Papi… salió positiva.
El positivo estaba claro. Estaba embarazada de mí.


Decidimos tenerlo.Y que mi esposa nunca se enterara de la verdad.
Jennifer fue la que armó la historia. Un viernes por la noche, cuando estábamos los cuatro en la sala, ella se puso seria, bajó la mirada y soltó:
—Mamá… papá… estoy embarazada.
El silencio se volvió pesado. Mi esposa se quedó congelada. Yo abrí los ojos como si fuera la primera vez que escuchaba esa noticia y pregunté, fingiendo sorpresa:
—¿Qué… cómo… de quién?
Jennifer se mordió el labio y contestó con la voz temblorosa que había ensayado:
—Fue… una noche. En una fiesta. Un chico que conocí. Nos besamos, terminamos en su carro… y después ya no supe más de él. No me dejó ni número. Intenté buscarlo, pero desapareció.
Mi esposa se llevó las manos a la cara. Yo me acerqué, le puse una mano en el hombro a Jennifer y dije con tono de padre preocupado:
—Está bien, hija. Vamos a enfrentar esto juntos. No estás sola.
Por dentro, mientras la abrazaba, solo pensaba en lo rico que se sentía seguir follándola sabiendo que ese bebé era mío.

Pasaron los meses.La panza de Jennifer creció. Al quinto mes ya se le notaba redonda y firme bajo la ropa. Seguí metiéndome a su habitación casi todas las noches, cuando la casa estaba en silencio.
Esa noche entré sin hacer ruido. Ella estaba acostada de lado, solo con una camiseta corta que le dejaba la panza al aire y sin pantie. Me acerqué, me quité la ropa y me metí detrás de ella. Mi verga ya estaba dura solo de verla.
Le levanté la camiseta, le acaricié la panza redonda y después bajé la mano hasta su coño. Estaba empapada, como siempre.
—Ábrete para papá… —le susurré al oído.
Jennifer se giró un poco, me miró con esa sonrisa cómplice y se puso de cuatro con cuidado, apoyando las manos en la cama para no cargar peso en la panza. Se abrió las nalgas con las dos manos.
Primero le froté la cabeza de mi verga contra su coño hinchado y mojado. Empujé despacio. Entró fácil, caliente, más apretado que nunca por el embarazo. La follé rico, profundo, agarrándola de las caderas, sintiendo cómo la panza se movía un poco con cada embestida.

—Así, papi… más duro… lléname… —gimió bajito.
Le di sin piedad un rato, hasta que sentí que se me venía. Me hundí hasta el fondo y me corrí dentro de su coño, llenándola de leche espesa. Cuando salí, el semen me empezó a salir a chorros de entre sus labios hinchados.
Sin darle tiempo a recuperarse, le escupí en el culo, le metí dos dedos para abrirla y después apoyé mi verga todavía dura y resbalosa de semen contra su agujero. Empujé lento. Se le abrió con un gemido largo y tembloroso. Me la metí completa por el culo y empecé a follárselo rico, profundo, mientras ella se mordía la almohada para no gritar.
—Qué rico tienes el culo, hija… todavía más apretado con la panza… —le dije al oído, embistiéndola fuerte.
Me corrí otra vez dentro de su culo, llenándoselo hasta que me rebosó. Cuando por fin salí, le abrí las nalgas con las manos y miré: el semen me salía a chorros de su coño y de su culo al mismo tiempo, blanco, espeso, resbalándole por los muslos mientras ella jadeaba de cuatro, con la panza colgando y el culo abierto.
Me acosté a su lado, le acaricié la panza y le susurré:
—Siempre te voy a dejar llena. De las dos partes. Esto es solo nuestro.
Ella se acomodó contra mi pecho, todavía goteando leche de ambos agujeros, y contestó en voz baja:
—Solo nuestro, papi… para siempre.

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