
Yo ya estaba esperando ansiosa a Camilo para su turno del día cuando escuché
El ruido de la camioneta perdiéndose en la trocha dejó un vacío pesado en la casa. Lucas ya iba camino al pueblo a buscar las provisiones, un viaje que tomaría prácticamente todo el día, mientras que Santiago y Mateo llevaban más de una hora adentro del socavón. Quedábamos únicamente Camilo y yo.
Terminé de organizar la mesa de la cocina tratando de concentrarme en las tareas de la mañana, pero el ambiente se sentía distinto, cargado de una tensión casi palpable. La presencia de Camilo se escuchaba cada vez más cerca en el pasillo, sin el menor intento de disimulo.
Cuando cruzó el marco de la cocina, no traía la actitud somnolienta de las mañanas anteriores. Se detuvo a un metro de mí, recostándose contra el mesón y cerrándome el paso con una mirada fría y calculadora.
CAMILO: Ya el pelao se me fue, cuñadita... Tenemos horas por delante antes de que alguien regrese.
VALERIA: Camilo, vaya a alistarse para su turno. No empiece con rodeos que no hay tiempo para perder.
CAMILO: El tiempo es lo que nos sobra hoy. Pero se acabó el jueguito de las mañanas. A mí no me va a dejar a medias como al pelao. Hoy me la voy a coger como se debe.
Me tensé de inmediato, dando un paso atrás hasta chocar contra el borde del mesón. El calor de su cuerpo tan cerca me activó una alarma en el pecho, pero también una punzada incontrolable y húmeda en el vientre.
VALERIA: ¿De qué habla? Nosotros ya teníamos un acuerdo entre los tres. No voy a hacer nada más.
CAMILO: Ese acuerdo lo puso usted para tenernos controlados, pero hoy mando yo. O se abre de piernas aquí mismo, o apenas baje Santiago de la mina le cuento todo con pelos y señales. A ver a quién le cree más.
El chantaje cayó como agua fría. Dios mío, ¿qué estoy haciendo?, me dije en un grito sordo mientras el corazón me martilleaba el pecho. Hasta ese momento me engañaba pensando que mantenía el control porque con Lucas apenas eran favores orales breves y jamás le había permitido tocarme ni meterse dentro de mí. Pero esto era cruzar la raya de verdad. Era ponerle los cuernos a Santiago del todo, entregándome por completo a uno de sus hermanos
Camilo no esperó respuesta. Cortó la distancia de un solo paso, me agarró del cabello con fuerza para inclinarme la cabeza hacia atrás y me pegó de golpe contra la madera del mesón. Un choque entre el frío de la mesa y el calor rugoso de sus manos me sacó un jadeo involuntario.
CAMILO: Bien calladita, cuñada... Muerda la culpa, pero no me vaya a gritar que la madera retumba fácil.
VALERIA: —Mmmh... ah... Camilo, no... espere... —gemí entre dientes, sintiendo cómo se quitaba la ropa
Dios, qué perra me siento, pensaba con la cabeza echada hacia atrás, sintiendo el crujido de la madera bajo mi peso y el roce de su correa al desabrocharse. Sentía un pánico aterrador de que alguien llegara, pero la brusquedad con la que me tomaba y el sonido de nuestras respiraciones agitadas rebotando en los azulejos de la cocina me llenaban de un placer sucio.
CAMILO: —A ver si con esto deja de hacerse la santa... Mmmgh...
VALERIA: —¡Ahhh!... Uff... C-Camilo...— el impacto inicial me sacó un gemido agudo que tuve que ahogar contra su hombro, sintiendo el estiramiento interno y la calidez seca penetrándome de golpe.

Camilo no perdió el tiempo. Me tomó con firmeza de las caderas y me giró de espaldas sobre el mesón sin darme tregua, doblándome hacia adelante sobre los platos sucios. Apoyé las palmas sobre la madera húmeda, sintiendo el choque rítmico del cuerpo de Camilo golpeando contra el mío.
CAMILO: —Mire cómo se moja toda... —murmuró a mi oído en un resoplido caliente, dándome una nalgada seca que me hizo brincar—. Le encanta que la traten así, ¿no? Sabiendo que Santiago está abajo en la tierra y usted aquí, prestándome la nalga al hermano.
VALERIA: —Ah... ah... ¡S-Sí!... Mmmgh... cállese y siga... aah...— jadeé fuera de mí, enterrando las uñas en el borde de la mesa mientras los efectos del roce sordo e incesante resonaban en toda la cocina: —Tuc... tuc... tuc...— la madera crujía a cada embestida.
El contraste entre la vergüenza de estar en la cocina donde Santiago desayunaba cada mañana y la sensación física de Camilo llenándome sin piedad me provocó un orgasmo violento. Apreté los dientes y mordí mi propio brazo para no soltar un grito que delatara el placer perverso de estar siendo tomada por el cuñado.

CAMILO: —Mmmgh... eso... tráguese los gritos, puta...— gruñó él contra mi nuca, acelerando el paso hasta que un temblor le recorrió la espalda y se descargó entero dentro de mí con un suspiro pesado.
A eso de las cuatro de la tarde, el sonido del motor de la camioneta anunció el regreso de Lucas. La casa olía a café recién pasado y la luz de la tarde comenzaba a caer sobre los techos de lámina. Mi cuerpo todavía guardaba el temblor y el goteo interno de las horas que pasé con Camilo sobre ese mismo mesón.
Lucas entró por la puerta trasera cargando un par de bultos con víveres y cajas de enlatados. Al cruzar hacia la cocina para dejar las compras, se encontró a Camilo sentado en la mesa, tranquilo, ajustándose el cinturón con una sonrisa de satisfacción que no intentaba ocultar.
Lucas dejó caer las bolsas sobre el mesón y miró a su hermano de reojo, notando de inmediato la actitud triunfante de Camilo y mi postura rígida mientras lavaba la loza sin atreverme a mirarlo.
LUCAS: ¿Qué pasó aquí? —preguntó Lucas en un susurro cargado de desconfianza, mirando a Camilo y luego a mí.
CAMILO: Lo que tenía que pasar, chino... Se acabaron los favores a medias. Ya me la cogí bien cogida. La cuñada es mía del todo.
Lucas se mudó de color. Dio un paso hacia la mesa con los puños apretados, respirando agitado.
LUCAS: ¿Usted qué hizo, Camilo? Quedamos en que esto era entre los tres... ¡Usted no podía hacérselo!
CAMILO: ¿Y quién me lo iba a impedir? ¿Usted? Deje la bobada que usted no tuvo los pantalones para meterse ahí.
La discusión amenazaba con subirse de tono a pocos minutos de que Santiago y Mateo bajaran del socavón. La sola idea de Santiago llegando cansado a la cocina, pisando el mismo suelo donde horas antes su hermano me había rellenado contra el mesón, me provocaba una mezcla amarga de culpa y una excitación desbordada.
Esperé a que Camilo saliera al patio a revisar la camioneta para acercarme a Lucas en el pasillo. El menor estaba apoyado contra la pared del cuarto, temblando de rabia.
VALERIA: Lucas... baje la voz, por favor —le dije sujetándolo del brazo con firmeza.
LUCAS: ¡No es justo, cuñada! Yo fui el que empezó esto, yo la cuidé... A mí ni tocarla me dejaba, solo eran los favores orales y ya, ¿y a él sí se le abre de piernas en el mesón y a mí me deja a un lado?
VALERIA: Nadie lo está dejando a un lado —murmuré, sintiendo cómo la humillación de uno me arrastraba a la codicia del otro—. Si usted arma un escándalo ahora, Santiago se enterará y se acaba todo para los dos. Tranquilícese.
Lucas me miró a los ojos, con la respiración entrecortada y una mezcla de despecho y exigencia en la cara.
LUCAS: Entonces mañana la cosa es conmigo... Me la voy a coger igual que Camilo o si no se lo cuento todo a mi hermano.
Me quedé mirándolo en medio del pasillo oscuro. El remordimiento por Santiago me quemaba por dentro, pero la fascinación de ver a los dos hermanos totalmente corrompidos por el deseo hacia mi cuerpo alimentaba un vicio del que ya no quería escapar.
VALERIA: Mañana a la misma hora... pero se me queda callado.
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