Desperté con un dolor punzante en la sien, como si miles de agujas estuvieran perforando mi cerebro simultáneamente. Mi primera reacción fue intentar sentarme, pero mi cuerpo respondió de manera extraña, con una ligereza que nunca antes había experimentado. Abrí los ojos lentamente, y la confusión se apoderó de mí al instante.
No estaba en mi habitación en el castillo de Peach. Tampoco en ningún lugar del Reino Champiñón que pudiera reconocer. Estaba en una cámara oscura, iluminada únicamente por el resplandor azulado de cristales mágicos suspendidos en el aire. Pero lo más perturbador no era el entorno... era mi propio cuerpo.

Mis manos... eran delicadas, con dedos largos y esbeltos, piel pálida y perfecta, uñas cuidadas con esmalte azul plateado. Sentí un peso extraño en mi cabeza y al tocarlo descubrí una melena larguísima, plateada como la luz de las estrellas, que caía en cascada hasta mi cintura. Y mi pecho... dioses, tenía pechos. Dos globos firmes y turgentes que se elevaban con cada respiración agitada que daba.
—¿Qué... qué demonios...? —mi voz salió melodiosa, suave, completamente diferente a mi tono rudo y masculino de toda la vida.
Los recuerdos regresaron en oleadas violentas. La batalla final con Bowser en el cosmos, cerca del Observatorio Cometa. Habíamos estado luchando en la cima de una plataforma flotante mientras estrellas moribundas estallaban a nuestro alrededor. Bowser había estado perdiendo, como siempre, pero esta vez tenía algo diferente. Un cetro oscuro, pulsante con energía púrpura y negra, algo que nunca había visto antes.
—¡Si no puedo vencerte, Mario, entonces te quitaré todo! —había rugido Bowser mientras levantaba ese artefacto maldito.
Intenté detenerlo, salté hacia él con el puño en alto, pero fue demasiado tarde. Una luz cegadora me envolvió, sentí como si mi alma fuera arrancada de mi cuerpo por un tornado invisible, y luego... oscuridad.
Ahora estaba aquí. En el cuerpo de Rosalina. La protectora del cosmos, la madre de las estrellas luminosas, una diosa celestial reducida a... ¿esto? ¿Y yo atrapado dentro de ella?
—No... no, no, no —gemí, llevándome las manos al rostro, sintiendo la piel suave y femenina de estas mejillas que no eran mías.
Fue entonces cuando escuché el estruendo. Pasos pesados, masivos, haciendo temblar el suelo de piedra. Cada paso resonaba como un tambor de guerra, y mi corazón —ahora este corazón femenino que sentía latir con fuerza en mi pecho— comenzó a acelerarse descontroladamente.
La puerta de la cámara se abrió con un chirrido metálico, y allí estaba él. Bowser. Pero no era el Bowser que conocía. Era más grande, más imponente, con una aura de poder oscuro que emanaba de su piel escamosa como una neblina tóxica. Sus ojos, normalmente rojos brillantes, ahora brillaban con un tono púrpura malévico, y sostenía ese mismo cetro que había causado todo esto.
—Despierta, princesa —su voz era un gruñido profundo, gutural, lleno de triunfo y lujuria apenas contenida.
Intenté retroceder, pero mi nuevo cuerpo no respondía como esperaba. Era ágil pero diferente, con centro de gravedad alterado, caderas más anchas, piernas más largas pero menos musculosas. Tropecé y caí sobre el trasento, sintiendo el frío de la piedra contra mi piel —¿por qué estaba tan poco vestida? Rosalina solía llevar su vestido azul característico, pero ahora solo tenía puesta una especie de bata ligera, casi transparente, que apenas cubría mis nuevas curvas.
—¿Qué hiciste, Bowser? —pregunté con esta voz que sonía tan extraña saliendo de mí, entre melodiosa y temblorosa—. ¿Dónde está mi cuerpo? ¿Qué hiciste con Rosalina?
Bowser soltó una carcajada que retumbó en toda la cámara, un sonido que me heló la sangre.
—Tu cuerpo de fontanero patético está... en otra parte —dijo con una sonrisa burlona, mostrando sus colmillos afilados—. Y en cuanto a Rosalina... bueno, ella está ahí dentro contigo, supongo. Atrapada, silenciada, mientras yo finalmente obtengo lo que siempre he querido.
Se acercó, y pude ver la magnitud de su transformación. No solo era más grande físicamente, sino que emanaba una energía sexual opresiva, una masculinidad primitiva y brutal que hacía que el aire fuera difícil de respirar. Y luego vi lo que colgaba entre sus piernas, y mi mente se negó a procesarlo inicialmente.
Era... enorme. Monstruosamente desproporcionado. Un falo escamoso, grueso como mi antiguo brazo de fontanero, largo y pulsante con venas oscuras que sobresalían de su superficie. La punta era bulbosa, de un color rojo oscuro, y ya goteaba un líquido preseminal espeso y translúcido.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Mario —siseó Bowser, y el uso de mi nombre real me hizo estremecer—. O debería decir... Rosalina. Porque desde ahora, serás a quien posea. Serás mi juguete, mi esclava, mi reina... mi puta.
—¡Nunca! —grité, intentando sonar valiente a pesar del terror que me paralizaba—. ¡Soy Mario! ¡Soy un héroe! ¡No me convertiré en tu...
Mi protesta se cortó cuando Bowser se movió con una velocidad increíble para alguien de su tamaño. Su garra se cerró alrededor de mi cuello delicado, no apretando lo suficiente para asfixiarme, pero sí para inmovilizarme por completo. Me levantó del suelo con facilidad, y de repente estaba colgando frente a su rostro monstruoso, sintiendo su aliento cálido y fetido contra mi piel.
—Escucha bien, pequeña estrella —gruñó, y pude sentir su erección pulsando contra mi vientre a través de la tela fina de mi bata—. He esperado décadas para esto. He usado magia oscura prohibida, he hecho pactos con entidades que ni siquiera tú, con todo tu conocimiento cósmico, podrías comprender. He intercambiado almas, Mario. Tu espíritu está ahora en el cuerpo de la mujer que más deseo. Y el cuerpo de Rosalina... bueno, ahora es mío para moldear.
Sus ojos púrpuras brillaron con intensidad mágica.
—Y lo haré. Te moldearé. Te romperé. Te reconstruiré a mi imagen y semejanza. Y cuando termine, no recordarás ser Mario. No recordarás ser un héroe. Solo recordarás ser mi obediente esclava sexual, adicta a mi semilla, desesperada por mi verga.
Me arrojó sobre una plataforma elevada que no había notado antes, un altar de piedra negra con grilletes de oro oscuro en cada esquina. Antes de que pudiera reaccionar, sentí un tirón mágico y los grilletes se cerraron alrededor de mis muñecas y tobillos, extendiéndome en una X perfecta, completamente expuesta y vulnerable.
—Comencemos tu entrenamiento —dijo Bowser, acercándose con pasos lentos, deliberados, disfrutando cada segundo de mi vulnerabilidad.
Lo que siguió fue... indescriptible. Bowser no fue gentil. No hubo preliminares, no hubo preparación. Simplemente tomó lo que consideraba suyo. Cuando esa cosa masiva, esa verga monstruosa que parecía no tener fin, comenzó a presionar contra mi entrada, grité. Grité con la voz de Rosalina, un sonido agudo y desgarrador que resonó en las paredes de piedra.
—¡Por favor! ¡Bowser, no! —supliqué, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. Soy Mario... soy tu enemigo... no hagas esto...
—Eso es exactamente por qué lo hago —gruñó, y luego empujó.

El dolor fue cegador. Una sensación de ruptura, de invasión total, de ser partida en dos por algo que no debería caber dentro de un cuerpo humanoide. Mis ojos se abrieron desorbitadamente, mi boca se abrió en un grito silencioso mientras mi cerebro se negaba a procesar la agresión. Era demasiado grande, demasiado grueso, demasiado todo.
Bowser comenzó a moverse con embestidas profundas, bestiales, cada una golpeando algo dentro de mí que hacía que mi visión se nublara. No era sexo; era conquista. Era violencia hecha carne. Y a pesar del dolor, a pesar de la repulsión, sentí cómo mi nuevo cuerpo traicionaba mi mente. Rosalina... este cuerpo había sido sellado con magia, estaba seguro. Había encantamientos de sumisión, de receptividad, de hiper-sensibilidad erótica impregnados en cada célula.
—Siente eso, Mario —gruñó Bowser, agarrando mis pechos con sus garras, apretándolos con fuerza casi dolorosa—. Siente cómo te lleno. Cómo te reclamo. Este cuerpo ya no es tuyo... es mío. Cada agujero, cada curva, cada gemido que saque de ti... todo mío.
Continuó durante lo que pareció una eternidad. Cambió de posiciones, siempre manteniéndome atada, siempre tomando lo que quería. Me tomó por detrás, por delante, de lado. Me hizo montarlo mientras me susurraba obscenidades al oído sobre lo que me convertiría. Me usó hasta que mi voz se quebró de tanto gritar, hasta que las lágrimas se secaron, hasta que mi cuerpo comenzó a responder con espasmos involuntarios que me avergonzaban más que el dolor.



Cuando finalmente se retiró y derramó su semilla sobre mi vientre, pechos y rostro, estaba tan agotada que ni siquiera podía moverme. Era caliente, espesa, y había tanta... litros de ella, imposiblemente. La magia oscura de nuevo, supuse en mi delirio.
—Eso fue solo el comienzo —dijo Bowser, limpiándose en mi cabello plateado—. Te quedarás aquí, en mis aposentos privados. Sin rescate, Mario. Nadie vendrá a buscarte. Peach cree que estás muerto. Luigi cree que desapareciste. Y Rosalina... bueno, ella está atrapada contigo, sintiendo todo lo que sientes, viendo a través de tus ojos, incapaz de hacer nada mientras convierto su cuerpo sagrado en mi receptáculo personal.
Me dejó allí, atada y cubierta de su esencia, mientras salía de la cámara con pasos pesados. Las lágrimas volvieron entonces, silenciosas y amargas. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo podía ser esto mi realidad ahora?
Los días —¿o eran semanas?— que siguieron fueron un borrón de degradación sistemática. Bowser me visitaba regularmente, a veces solo, a veces con sus secuaces más leales —Koopalings que me miraban con ojos hambrientos, Magikoopas que realizaban rituales de sumisión mientras Bowser me usaba. Cada sesión era más intensa que la anterior.
Me obligó a aprender cosas que nunca imaginé. Cómo usar mi boca para su placer, cómo posicionarme para ofrecerle mis tres agujeros, cómo suplicar por su verga con la voz de Rosalina. Me hizo practicar frente a espejos mágicos, viendo mi reflejo —esta hermosa diosa de cabello plateado y ojos azules cristalinos— haciendo cosas obscenas, sintiendo cómo la mente de Rosalina, atrapada dentro de mí, se retorcía de vergüenza y horror.


Pero algo comenzó a cambiar alrededor de la tercera semana. No sé si fueron los hechizos de sumisión que Bowser hacía que sus brujos me aplicaran cada mañana, o si era la naturaleza misma de este cuerpo celestial, diseñado para recibir y nutrir vida, o quizás simplemente mi propia mente fracturándose bajo la presión. Pero comencé a... anticiparlo.
Despertaba y mi primer pensamiento era cuándo vendría Bowser. Cuando entraba en la habitación, mi cuerpo se preparaba automáticamente, secretando humedad, abriéndose para él. Cuando me tomaba, el dolor se había transformado en algo diferente, una sensación intensa que bordeaba el placer, y luego cruzaba esa línea con descaro.
—Estás cambiando, pequeña estrella —observó Bowser una noche, acariciando mi vientre hinchado con su semen—. Ya no luchas tanto. Ya no lloras.
—Por favor... —susurré, y ni siquiera sabía qué estaba pidiendo.
—¿Por favor qué? —presionó, sus ojos brillando con sadismo y algo más... ¿esperanza?
—Por favor... fóllame —las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y el horror de mi propia solicitud me hizo gemir, pero no de disgusto.
Bowers rio, un sonido triunfante, y me dio exactamente lo que pedía. Pero esta vez fue diferente. Esta vez, cuando terminó, me acunó contra su pecho escamoso, y yo... me dejé. Incluso apoyé la cabeza en su hombro.
El quiebre completo llegó durante la quinta semana. Bowser había traído algo nuevo: un vestido. Pero no era el vestido azul elegante de Rosalina. Era blanco, pero eso era lo único que tenía de tradicional. Era transparente, hecho de telas que apenas cubrían lo esencial, con aberturas estratégicas en los pechos, los costados, y la entrepierna. Era un vestido de novia prostituta, diseñado para ser follada sin quitárselo.

—Es hora de que tomes una decisión —dijo Bowser, sosteniendo el vestido frente a mí—. He roto tu cuerpo. He comenzado a romper tu mente. Pero quiero más. Quiero que elijas esto. Quiero que aceptes ser mía oficialmente. Casémonos, Rosalina. Sé mi reina, mi esclava consentida, mi puta esposa.
Miré el vestido. Miré a Bowser, este monstruo que me había tomado todo, que me había reducido de héroe a receptáculo sexual. Y luego miré dentro de mí, buscando a Mario, buscando al fontanero valiente que salvaba princesas.
No encontré nada. Solo encontré vacío, y en ese vacío, un deseo ardiente de ser llenada nuevamente.
—Sí —dije, y mi voz sonió genuina, emocionada incluso—. Sí, me casaré contigo, Bowser. Te pertenezco. Soy tuya.
Los preparativos para la boda fueron una parodia de todo lo sagrado. Bowser invitó a todos sus secuaces, desde los más altos rangos hasta los esbirros más bajos. Todos verían a la gran Rosalina, protectora del cosmos, convertida en la esclava sexual de su señor.
El día de la ceremonia, me vistieron en el vestido blanco de puta novia. Era aún más revelador de lo que recordaba, con escote que dejaba ver la mitad de mis pechos, aberturas laterales que mostraban mis costados y caderas, y la entrepierna completamente expuesta, con solo unas cadenas de perlas colgando decorativamente sobre mi sexo afeitado y húmedo.
Mi cabello en mechones diseñados para caer sobre mis pechos de manera provocativa. Mi rostro fue pintado con cosméticos que resaltaban mis ojos azules y mis labios, haciéndome ver como una muñeca sexual viviente.
Cuando caminé por el pasillo del gran salón del castillo, sobre una alfombra roja que llevaba al trono de Bowser, cientos de ojos me devoraron. Koopas, Goombas, Hammer Bros, todos los enemigos a los que una vez derroté ahora me veían reducida a esto: una novia dispuesta, una esclava sexual caminando hacia su amo.
Bowser esperaba en el trono, vestido con su traje blanco , su miembro ya erecto y visible, no haciendo ningún intento por ocultarlo. Este era mi futuro esposo. Este monstruo que me había violado hasta la sumisión.
—¿Aceptas tomar a Bowser como tu señor, tu amo, tu dueño? —preguntó un Magikoopa oficiante—. ¿Aceptas servirle sexualmente siempre que lo desee, ofrecerle tus agujeros para su placer, y recibir su semilla con gratitud?
Miré a Bowser. Sentí el vacío entre mis piernas, el anhelo que había cultivado durante semanas de uso constante. Ya no había vuelta atrás. Mario estaba muerto. Solo quedaba Rosalina, la esclava, la puta, la novia de Bowser.
—Sí —dije claramente, mi voz resonando en el gran salón—. Acepto. Soy tuya, Bowser. Mi cuerpo es tu propiedad. Mi boca, mi coño, mi culo... todo te pertenece. Úsame. Lléname. Hazme tu puta esposa.
Un rugido de aprobación estalló de la multitud. Bowser se levantó, tomó mi mano con su garra, y me hizo girar para que todos vieran mi vestido de novia prostituta. Luego, sin ceremonia adicional, me empujó sobre el altar improvisado frente al trono, levantó mi vestido —aunque realmente no había mucho que levantar— y me tomó allí mismo, frente a toda su corte.
Grité, no de dolor esta vez, sino de éxtasis. Mi cuerpo se había reprogramado completamente para recibirlo, para celebrar su posesión. Cuando se derramó dentro de mí, marcándome con su semilla en nuestra "luna de miel" pública, sentí un orgasmo tan intenso que casi pierdo el conocimiento.
Esa noche, en los aposentos nupciales, Bowser me usó durante horas. Me hizo repetir quién era ahora, qué era para él.
—Soy tu esclava —recité mientras me tomaba por detrás, mirándonos en un espejo mágico que mostraba mi degradación—. Soy tu puta. Tu juguete sexual. Tu esposa obediente.
—¿Y Mario? —preguntó, empujando más profundo.
—Mario está muerto —respondí, y por primera vez, lo creí completamente—. Nunca existió. Solo existe Rosalina. Solo existe tu esclava. Tu receptáculo. Tu...
—¿Tu qué? —gruñó, cercano al clímax.
—Tu puta —gemí, las palabras saliendo con una sinceridad que me horrorizaba y excitaba simultáneamente—. Tu zorra. Tu puta novia. Lléname, amo. Marca tu propiedad.
Cuando terminó, me acunó contra su cuerpo masivo, y yo me acurrucuqué contra él, buscando su calor, su protección, su dominación. Ya no quería ser rescatada. Ya no quería ser el héroe. Solo quería ser esto: la esclava sexual de Bowser, su esposa puta, su propiedad para usar y llenar siempre que lo deseara.
Y mientras me quedaba dormida, sintiendo su semilla derramándose de mí, manchando mi vestido de novia blanco, supe que había encontrado mi verdadero propósito. El cosmos podía esperar. Las estrellas podían morir. Yo tenía una nueva función ahora, una función que cumplía con dedicación y, para mi eterna vergüenza, con genuino deseo.
Ser la puta de Bowser. Para siempre.
*Fin*


















No estaba en mi habitación en el castillo de Peach. Tampoco en ningún lugar del Reino Champiñón que pudiera reconocer. Estaba en una cámara oscura, iluminada únicamente por el resplandor azulado de cristales mágicos suspendidos en el aire. Pero lo más perturbador no era el entorno... era mi propio cuerpo.

Mis manos... eran delicadas, con dedos largos y esbeltos, piel pálida y perfecta, uñas cuidadas con esmalte azul plateado. Sentí un peso extraño en mi cabeza y al tocarlo descubrí una melena larguísima, plateada como la luz de las estrellas, que caía en cascada hasta mi cintura. Y mi pecho... dioses, tenía pechos. Dos globos firmes y turgentes que se elevaban con cada respiración agitada que daba.
—¿Qué... qué demonios...? —mi voz salió melodiosa, suave, completamente diferente a mi tono rudo y masculino de toda la vida.
Los recuerdos regresaron en oleadas violentas. La batalla final con Bowser en el cosmos, cerca del Observatorio Cometa. Habíamos estado luchando en la cima de una plataforma flotante mientras estrellas moribundas estallaban a nuestro alrededor. Bowser había estado perdiendo, como siempre, pero esta vez tenía algo diferente. Un cetro oscuro, pulsante con energía púrpura y negra, algo que nunca había visto antes.
—¡Si no puedo vencerte, Mario, entonces te quitaré todo! —había rugido Bowser mientras levantaba ese artefacto maldito.
Intenté detenerlo, salté hacia él con el puño en alto, pero fue demasiado tarde. Una luz cegadora me envolvió, sentí como si mi alma fuera arrancada de mi cuerpo por un tornado invisible, y luego... oscuridad.
Ahora estaba aquí. En el cuerpo de Rosalina. La protectora del cosmos, la madre de las estrellas luminosas, una diosa celestial reducida a... ¿esto? ¿Y yo atrapado dentro de ella?
—No... no, no, no —gemí, llevándome las manos al rostro, sintiendo la piel suave y femenina de estas mejillas que no eran mías.
Fue entonces cuando escuché el estruendo. Pasos pesados, masivos, haciendo temblar el suelo de piedra. Cada paso resonaba como un tambor de guerra, y mi corazón —ahora este corazón femenino que sentía latir con fuerza en mi pecho— comenzó a acelerarse descontroladamente.
La puerta de la cámara se abrió con un chirrido metálico, y allí estaba él. Bowser. Pero no era el Bowser que conocía. Era más grande, más imponente, con una aura de poder oscuro que emanaba de su piel escamosa como una neblina tóxica. Sus ojos, normalmente rojos brillantes, ahora brillaban con un tono púrpura malévico, y sostenía ese mismo cetro que había causado todo esto.
—Despierta, princesa —su voz era un gruñido profundo, gutural, lleno de triunfo y lujuria apenas contenida.
Intenté retroceder, pero mi nuevo cuerpo no respondía como esperaba. Era ágil pero diferente, con centro de gravedad alterado, caderas más anchas, piernas más largas pero menos musculosas. Tropecé y caí sobre el trasento, sintiendo el frío de la piedra contra mi piel —¿por qué estaba tan poco vestida? Rosalina solía llevar su vestido azul característico, pero ahora solo tenía puesta una especie de bata ligera, casi transparente, que apenas cubría mis nuevas curvas.
—¿Qué hiciste, Bowser? —pregunté con esta voz que sonía tan extraña saliendo de mí, entre melodiosa y temblorosa—. ¿Dónde está mi cuerpo? ¿Qué hiciste con Rosalina?
Bowser soltó una carcajada que retumbó en toda la cámara, un sonido que me heló la sangre.
—Tu cuerpo de fontanero patético está... en otra parte —dijo con una sonrisa burlona, mostrando sus colmillos afilados—. Y en cuanto a Rosalina... bueno, ella está ahí dentro contigo, supongo. Atrapada, silenciada, mientras yo finalmente obtengo lo que siempre he querido.
Se acercó, y pude ver la magnitud de su transformación. No solo era más grande físicamente, sino que emanaba una energía sexual opresiva, una masculinidad primitiva y brutal que hacía que el aire fuera difícil de respirar. Y luego vi lo que colgaba entre sus piernas, y mi mente se negó a procesarlo inicialmente.
Era... enorme. Monstruosamente desproporcionado. Un falo escamoso, grueso como mi antiguo brazo de fontanero, largo y pulsante con venas oscuras que sobresalían de su superficie. La punta era bulbosa, de un color rojo oscuro, y ya goteaba un líquido preseminal espeso y translúcido.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Mario —siseó Bowser, y el uso de mi nombre real me hizo estremecer—. O debería decir... Rosalina. Porque desde ahora, serás a quien posea. Serás mi juguete, mi esclava, mi reina... mi puta.
—¡Nunca! —grité, intentando sonar valiente a pesar del terror que me paralizaba—. ¡Soy Mario! ¡Soy un héroe! ¡No me convertiré en tu...
Mi protesta se cortó cuando Bowser se movió con una velocidad increíble para alguien de su tamaño. Su garra se cerró alrededor de mi cuello delicado, no apretando lo suficiente para asfixiarme, pero sí para inmovilizarme por completo. Me levantó del suelo con facilidad, y de repente estaba colgando frente a su rostro monstruoso, sintiendo su aliento cálido y fetido contra mi piel.
—Escucha bien, pequeña estrella —gruñó, y pude sentir su erección pulsando contra mi vientre a través de la tela fina de mi bata—. He esperado décadas para esto. He usado magia oscura prohibida, he hecho pactos con entidades que ni siquiera tú, con todo tu conocimiento cósmico, podrías comprender. He intercambiado almas, Mario. Tu espíritu está ahora en el cuerpo de la mujer que más deseo. Y el cuerpo de Rosalina... bueno, ahora es mío para moldear.
Sus ojos púrpuras brillaron con intensidad mágica.
—Y lo haré. Te moldearé. Te romperé. Te reconstruiré a mi imagen y semejanza. Y cuando termine, no recordarás ser Mario. No recordarás ser un héroe. Solo recordarás ser mi obediente esclava sexual, adicta a mi semilla, desesperada por mi verga.
Me arrojó sobre una plataforma elevada que no había notado antes, un altar de piedra negra con grilletes de oro oscuro en cada esquina. Antes de que pudiera reaccionar, sentí un tirón mágico y los grilletes se cerraron alrededor de mis muñecas y tobillos, extendiéndome en una X perfecta, completamente expuesta y vulnerable.
—Comencemos tu entrenamiento —dijo Bowser, acercándose con pasos lentos, deliberados, disfrutando cada segundo de mi vulnerabilidad.
Lo que siguió fue... indescriptible. Bowser no fue gentil. No hubo preliminares, no hubo preparación. Simplemente tomó lo que consideraba suyo. Cuando esa cosa masiva, esa verga monstruosa que parecía no tener fin, comenzó a presionar contra mi entrada, grité. Grité con la voz de Rosalina, un sonido agudo y desgarrador que resonó en las paredes de piedra.
—¡Por favor! ¡Bowser, no! —supliqué, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. Soy Mario... soy tu enemigo... no hagas esto...
—Eso es exactamente por qué lo hago —gruñó, y luego empujó.

El dolor fue cegador. Una sensación de ruptura, de invasión total, de ser partida en dos por algo que no debería caber dentro de un cuerpo humanoide. Mis ojos se abrieron desorbitadamente, mi boca se abrió en un grito silencioso mientras mi cerebro se negaba a procesar la agresión. Era demasiado grande, demasiado grueso, demasiado todo.
Bowser comenzó a moverse con embestidas profundas, bestiales, cada una golpeando algo dentro de mí que hacía que mi visión se nublara. No era sexo; era conquista. Era violencia hecha carne. Y a pesar del dolor, a pesar de la repulsión, sentí cómo mi nuevo cuerpo traicionaba mi mente. Rosalina... este cuerpo había sido sellado con magia, estaba seguro. Había encantamientos de sumisión, de receptividad, de hiper-sensibilidad erótica impregnados en cada célula.
—Siente eso, Mario —gruñó Bowser, agarrando mis pechos con sus garras, apretándolos con fuerza casi dolorosa—. Siente cómo te lleno. Cómo te reclamo. Este cuerpo ya no es tuyo... es mío. Cada agujero, cada curva, cada gemido que saque de ti... todo mío.
Continuó durante lo que pareció una eternidad. Cambió de posiciones, siempre manteniéndome atada, siempre tomando lo que quería. Me tomó por detrás, por delante, de lado. Me hizo montarlo mientras me susurraba obscenidades al oído sobre lo que me convertiría. Me usó hasta que mi voz se quebró de tanto gritar, hasta que las lágrimas se secaron, hasta que mi cuerpo comenzó a responder con espasmos involuntarios que me avergonzaban más que el dolor.



Cuando finalmente se retiró y derramó su semilla sobre mi vientre, pechos y rostro, estaba tan agotada que ni siquiera podía moverme. Era caliente, espesa, y había tanta... litros de ella, imposiblemente. La magia oscura de nuevo, supuse en mi delirio.
—Eso fue solo el comienzo —dijo Bowser, limpiándose en mi cabello plateado—. Te quedarás aquí, en mis aposentos privados. Sin rescate, Mario. Nadie vendrá a buscarte. Peach cree que estás muerto. Luigi cree que desapareciste. Y Rosalina... bueno, ella está atrapada contigo, sintiendo todo lo que sientes, viendo a través de tus ojos, incapaz de hacer nada mientras convierto su cuerpo sagrado en mi receptáculo personal.
Me dejó allí, atada y cubierta de su esencia, mientras salía de la cámara con pasos pesados. Las lágrimas volvieron entonces, silenciosas y amargas. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo podía ser esto mi realidad ahora?
Los días —¿o eran semanas?— que siguieron fueron un borrón de degradación sistemática. Bowser me visitaba regularmente, a veces solo, a veces con sus secuaces más leales —Koopalings que me miraban con ojos hambrientos, Magikoopas que realizaban rituales de sumisión mientras Bowser me usaba. Cada sesión era más intensa que la anterior.
Me obligó a aprender cosas que nunca imaginé. Cómo usar mi boca para su placer, cómo posicionarme para ofrecerle mis tres agujeros, cómo suplicar por su verga con la voz de Rosalina. Me hizo practicar frente a espejos mágicos, viendo mi reflejo —esta hermosa diosa de cabello plateado y ojos azules cristalinos— haciendo cosas obscenas, sintiendo cómo la mente de Rosalina, atrapada dentro de mí, se retorcía de vergüenza y horror.


Pero algo comenzó a cambiar alrededor de la tercera semana. No sé si fueron los hechizos de sumisión que Bowser hacía que sus brujos me aplicaran cada mañana, o si era la naturaleza misma de este cuerpo celestial, diseñado para recibir y nutrir vida, o quizás simplemente mi propia mente fracturándose bajo la presión. Pero comencé a... anticiparlo.
Despertaba y mi primer pensamiento era cuándo vendría Bowser. Cuando entraba en la habitación, mi cuerpo se preparaba automáticamente, secretando humedad, abriéndose para él. Cuando me tomaba, el dolor se había transformado en algo diferente, una sensación intensa que bordeaba el placer, y luego cruzaba esa línea con descaro.
—Estás cambiando, pequeña estrella —observó Bowser una noche, acariciando mi vientre hinchado con su semen—. Ya no luchas tanto. Ya no lloras.
—Por favor... —susurré, y ni siquiera sabía qué estaba pidiendo.
—¿Por favor qué? —presionó, sus ojos brillando con sadismo y algo más... ¿esperanza?
—Por favor... fóllame —las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y el horror de mi propia solicitud me hizo gemir, pero no de disgusto.
Bowers rio, un sonido triunfante, y me dio exactamente lo que pedía. Pero esta vez fue diferente. Esta vez, cuando terminó, me acunó contra su pecho escamoso, y yo... me dejé. Incluso apoyé la cabeza en su hombro.
El quiebre completo llegó durante la quinta semana. Bowser había traído algo nuevo: un vestido. Pero no era el vestido azul elegante de Rosalina. Era blanco, pero eso era lo único que tenía de tradicional. Era transparente, hecho de telas que apenas cubrían lo esencial, con aberturas estratégicas en los pechos, los costados, y la entrepierna. Era un vestido de novia prostituta, diseñado para ser follada sin quitárselo.

—Es hora de que tomes una decisión —dijo Bowser, sosteniendo el vestido frente a mí—. He roto tu cuerpo. He comenzado a romper tu mente. Pero quiero más. Quiero que elijas esto. Quiero que aceptes ser mía oficialmente. Casémonos, Rosalina. Sé mi reina, mi esclava consentida, mi puta esposa.
Miré el vestido. Miré a Bowser, este monstruo que me había tomado todo, que me había reducido de héroe a receptáculo sexual. Y luego miré dentro de mí, buscando a Mario, buscando al fontanero valiente que salvaba princesas.
No encontré nada. Solo encontré vacío, y en ese vacío, un deseo ardiente de ser llenada nuevamente.
—Sí —dije, y mi voz sonió genuina, emocionada incluso—. Sí, me casaré contigo, Bowser. Te pertenezco. Soy tuya.
Los preparativos para la boda fueron una parodia de todo lo sagrado. Bowser invitó a todos sus secuaces, desde los más altos rangos hasta los esbirros más bajos. Todos verían a la gran Rosalina, protectora del cosmos, convertida en la esclava sexual de su señor.
El día de la ceremonia, me vistieron en el vestido blanco de puta novia. Era aún más revelador de lo que recordaba, con escote que dejaba ver la mitad de mis pechos, aberturas laterales que mostraban mis costados y caderas, y la entrepierna completamente expuesta, con solo unas cadenas de perlas colgando decorativamente sobre mi sexo afeitado y húmedo.
Mi cabello en mechones diseñados para caer sobre mis pechos de manera provocativa. Mi rostro fue pintado con cosméticos que resaltaban mis ojos azules y mis labios, haciéndome ver como una muñeca sexual viviente.
Cuando caminé por el pasillo del gran salón del castillo, sobre una alfombra roja que llevaba al trono de Bowser, cientos de ojos me devoraron. Koopas, Goombas, Hammer Bros, todos los enemigos a los que una vez derroté ahora me veían reducida a esto: una novia dispuesta, una esclava sexual caminando hacia su amo.
Bowser esperaba en el trono, vestido con su traje blanco , su miembro ya erecto y visible, no haciendo ningún intento por ocultarlo. Este era mi futuro esposo. Este monstruo que me había violado hasta la sumisión.
—¿Aceptas tomar a Bowser como tu señor, tu amo, tu dueño? —preguntó un Magikoopa oficiante—. ¿Aceptas servirle sexualmente siempre que lo desee, ofrecerle tus agujeros para su placer, y recibir su semilla con gratitud?
Miré a Bowser. Sentí el vacío entre mis piernas, el anhelo que había cultivado durante semanas de uso constante. Ya no había vuelta atrás. Mario estaba muerto. Solo quedaba Rosalina, la esclava, la puta, la novia de Bowser.
—Sí —dije claramente, mi voz resonando en el gran salón—. Acepto. Soy tuya, Bowser. Mi cuerpo es tu propiedad. Mi boca, mi coño, mi culo... todo te pertenece. Úsame. Lléname. Hazme tu puta esposa.
Un rugido de aprobación estalló de la multitud. Bowser se levantó, tomó mi mano con su garra, y me hizo girar para que todos vieran mi vestido de novia prostituta. Luego, sin ceremonia adicional, me empujó sobre el altar improvisado frente al trono, levantó mi vestido —aunque realmente no había mucho que levantar— y me tomó allí mismo, frente a toda su corte.
Grité, no de dolor esta vez, sino de éxtasis. Mi cuerpo se había reprogramado completamente para recibirlo, para celebrar su posesión. Cuando se derramó dentro de mí, marcándome con su semilla en nuestra "luna de miel" pública, sentí un orgasmo tan intenso que casi pierdo el conocimiento.
Esa noche, en los aposentos nupciales, Bowser me usó durante horas. Me hizo repetir quién era ahora, qué era para él.
—Soy tu esclava —recité mientras me tomaba por detrás, mirándonos en un espejo mágico que mostraba mi degradación—. Soy tu puta. Tu juguete sexual. Tu esposa obediente.
—¿Y Mario? —preguntó, empujando más profundo.
—Mario está muerto —respondí, y por primera vez, lo creí completamente—. Nunca existió. Solo existe Rosalina. Solo existe tu esclava. Tu receptáculo. Tu...
—¿Tu qué? —gruñó, cercano al clímax.
—Tu puta —gemí, las palabras saliendo con una sinceridad que me horrorizaba y excitaba simultáneamente—. Tu zorra. Tu puta novia. Lléname, amo. Marca tu propiedad.
Cuando terminó, me acunó contra su cuerpo masivo, y yo me acurrucuqué contra él, buscando su calor, su protección, su dominación. Ya no quería ser rescatada. Ya no quería ser el héroe. Solo quería ser esto: la esclava sexual de Bowser, su esposa puta, su propiedad para usar y llenar siempre que lo deseara.
Y mientras me quedaba dormida, sintiendo su semilla derramándose de mí, manchando mi vestido de novia blanco, supe que había encontrado mi verdadero propósito. El cosmos podía esperar. Las estrellas podían morir. Yo tenía una nueva función ahora, una función que cumplía con dedicación y, para mi eterna vergüenza, con genuino deseo.
Ser la puta de Bowser. Para siempre.
*Fin*


















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